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Néstor Martínez Valls

Dice entre otras cosas el documento Del conflicto a la comunión. Conmemoración conjunta Luterano-Católico Romana de la Reforma en el 2017 (en adelante DCC), elaborado por la Federación Luterana Mundial y el Pontificio Consejo para la Promoción de la Unidad de los Cristianos: “Tanto luteranos como católicos pueden afirmar en conjunto la presencia real de Jesucristo en la Cena del Señor: “En el sacramento de la Cena del Señor, Jesucristo, verdadero Dios y verdadero hombre, está presente total y enteramente, con su cuerpo y su sangre, bajo los signos del pan y del vino” (Eucaristía 16). Esta declaración en común afirma todos los elementos esenciales de la fe en la presencia eucarística de Jesucristo sin adoptar la terminología conceptual de “transubstanciación”. De esta forma, católicos y luteranos entienden que “el Señor exaltado está presente en la Cena del Señor, en el cuerpo y la sangre que él ofreció, con su divinidad y su humanidad, mediante la palabra de promesa, en los dones del pan y del vino, en el poder del Espíritu Santo, para su recepción mediante la congregación”.”

De este párrafo se sigue que “la terminología conceptual de ‘transubstanciación’” no es esencial a la fe en la presencia eucarística de Jesucristo. Ahora bien ¿qué es exactamente eso que no es esencial a nuestra fe?

Dice el Concilio de Trento: “D-877 Cristo Redentor nuestro dijo ser verdaderamente su cuerpo lo que ofrecía bajo la apariencia de pan [Mateo 26,26ss; Marcos 14,22ss; Lucas 22,19s; 1 Corintios 11,24ss]; de ahí que la Iglesia de Dios tuvo siempre la persuasión y ahora nuevamente lo declara en este santo Concilio, que por la consagración del pan y del vino se realiza la conversión de toda la sustancia del pan en la sustancia del cuerpo de Cristo Señor nuestro, y de toda la sustancia del vino en la sustancia de su sangre. La cual conversión, propia y convenientemente, fue llamada transubstanciación por la santa Iglesia Católica.”

“D-884 Can. 2. Si alguno dijere que en el sacrosanto sacramento de la Eucaristía permanece la sustancia de pan y de vino juntamente con el cuerpo y la sangre de nuestro Señor Jesucristo, y negare aquella maravillosa y singular conversión de toda la sustancia del pan en el cuerpo y de toda la sustancia del vino en la sangre, permaneciendo sólo las especies de pan y vino; conversión que la Iglesia Católica aptísimamente llama transubstanciación, sea anatema.”

Aquí tenemos varias cosas, o mejor, varios aspectos de una misma cosa:

1) La conversión del pan y el vino en el Cuerpo, Sangre, Alma y Divinidad de Nuestro Señor Jesucristo, de acuerdo con las palabras del Señor en la Última Cena: “Esto es mi Cuerpo”.

2) Que esa conversión del pan y del vino es, como no puede ser de otro modo, conversión del ser del pan y del vino, y que a ese ser del pan y del vino se lo denomina “sustancia”.

3) Que, por esa misma razón, a esa conversión del pan y del vino se la denomina ”transubstanciación”.

¿Cuál de estos aspectos es el que “no es esencial” a la fe en la Presencia Eucarística del Señor según DCC? Evidentemente, DCC afirma implícitamente que ninguno de esos tres aspectos es esencial a la fe católica en la Eucaristía, pues ninguno de ellos aparece en el texto del acuerdo o declaración común citado, y DCC dice que en dicho texto del acuerdo aparecen “todos los elementos esenciales” de la fe en la Presencia Real de Jesucristo en la Eucaristía. En efecto, en el texto citado de la Declaración Común, del cual se dice que contiene todos los elementos esenciales de la fe en la Presencia Real, se afirma dicha Presencia Real, pero no se afirma la conversión del pan y del vino. Y es claro que no se la afirma, porque para los luteranos dicha conversión, llámese o no “transubstanciación”, no existe. Según ellos el pan sigue siendo pan y el vino sigue siendo vino. ¿De modo que la conversión real del ser mismo del pan y del vino en Cuerpo y Sangre de Cristo definida por Trento bajo anatema no es esencial a la fe en la Presencia Real de Jesucristo en la Eucaristía? Esto es realmente inaudito.

Ya si lo miramos desde la sola razón, la conversión del ser mismo del pan y del vino viene exigida lógicamente por la Presencia Real de Jesucristo en el Sacramento. Si no hay conversión, y el pan sigue siendo pan, entonces eso que vemos como pan no es el Cuerpo de Cristo, porque el pan no es Cuerpo de Cristo, y el Cuerpo de Cristo no es pan. Y si eso que vemos como pan no es Cuerpo de Cristo, no hay Presencia Real de Jesús en la Eucaristía, porque esa Presencia Real es la que enseñan las palabras del Señor en los Evangelios: “Esto es mi Cuerpo”.

Y no se diga, tampoco, que aquí sucede algo análogo a lo que sucede en la Encarnación, por la cual Jesucristo es a la vez Dios y hombre. Porque la unión de lo divino y lo humano en Jesús se hace en su Persona Santísima, que posee las dos naturalezas, la divina y la humana, y por eso esa unión se llama “unión hipostática”, pues “hipóstasis” en este contexto quiere decir “persona”. Y por la Eucaristía no sucede que en Cristo haya tres naturalezas: la divina, la humana, ¡y la del pan…!!! No existe la empanación post-encarnatoria en la fe revelada. Por eso Jesús usa la palabra “esto” para referirse a la Eucaristía, para mostrar que la unidad del Sacramento Eucarístico no tiene lugar en el plano de la Persona del Verbo de Dios, sino en el plano de la naturaleza o esencia del pan y el vino, que es cambiada en su ser profundo por la conversión eucarística, de modo que deja de ser pan y vino y se convierte en el Cuerpo, Sangre, Alma y Divinidad de Nuestro Señor.

Precisamente esa analogía errada con la Encarnación es la que hace Lutero, según DCC: “Lutero entendía que el cuerpo y la sangre de Cristo estaban presentes “en, con y bajo” las especies del pan y del vino. Entre el cuerpo y la sangre de Cristo y el pan y el vino ocurre un intercambio de propiedades (communicatio idiomatum). Esto crea una unión sacramental entre el pan y el cuerpo de Cristo y entre el vino y la sangre de Cristo. Este nuevo tipo de unión, formado por la correspondencia de propiedades, es análogo a la unión de las naturalezas divina y humana en Cristo. Lutero también comparó esta unión sacramental a la unión del hierro y el fuego en el hierro ardiente.”

En esta hipótesis, no se podría decir que la Eucaristía es el Cuerpo y la Sangre de Cristo, como no se puede decir que la naturaleza humana del Señor Jesucristo es su naturaleza divina. El Señor no nos dijo: “Este Cuerpo y esta Alma míos son mi Divinidad”. La Divinidad se habría unido con la Humanidad por un lado, y con el pan y el vino por otro, pero la Humanidad del Señor y el pan y el vino no se habrían unido de modo de poder decir, como hace el mismo Jesús, que lo que era pan es su Cuerpo y lo que era vino es su Sangre. En efecto, la capacidad “asumente”, en la Encarnación, la tiene la naturaleza divina del Verbo, no su naturaleza humana. Nótese que el Señor no dice en los Evangelios “este pan es mi Cuerpo” ni “este vino es mi Sangre”, sino “esto es mi Cuerpo”, y “esta copa es la Nueva Alianza en mi Sangre”. Con lo cual nos está diciendo claramente que eso que les presenta a los apóstoles ya no es pan ni es vino.

El texto griego de Lucas 22,19 dice “touto estin to soma mou”: “esto es mi cuerpo”. No aparece en esa expresión la palabra “artos”, que quiere decir “pan”. Sin embargo, muchas traducciones protestantes dicen: “También tomó pan y, después de dar gracias, lo partió, se lo dio a ellos y dijo: –Este pan es mi cuerpo, entregado por ustedes; hagan esto en memoria de mí.” (Nueva Versión Internacional). Con lo cual se ve claramente que alteran la traducción del Nuevo Testamento para ajustarla a la doctrina de Lutero.

No todas las traducciones protestantes hacen esto; véase por ejemplo la Reina Valera: “Entonces tomó pan y, habiendo dado gracias, lo partió y les dio diciendo: ‘Esto es mi cuerpo que por ustedes es dado. Hagan esto en memoria de mí.’”

El texto de Lucas es muy preciso. Poco antes ha dicho “tomó el pan”. Es la Palabra de Jesús, “esto es mi Cuerpo”, la que opera la conversión eucarística. Antes de esa Palabra, lo que había en sus manos era pan.

Es cierto que en 1 Corintios 11, 26 San Pablo dice: “Así, pues, todas las veces que comiereis este pan (arton touton), y bebiereis esta copa, anunciáis la muerte del Señor hasta que Él venga.” Pero ahí mismo, al reportar las palabras de Cristo, San Pablo ha dicho: “Porque yo recibí del Señor lo que también os he enseñado: que el Señor Jesús, la noche que fue entregado, tomó pan; y habiendo dado gracias, lo partió, y dijo: Tomad, comed; esto es mi cuerpo que por vosotros es partido; haced esto en memoria de mí.” (vv. 23-24); exactamente igual que San Lucas. Es claro que en el primer texto citado San Pablo usa la palabra “pan” en sentido solamente metafórico.

Pero por encima de todo esto, el caso es que no estamos hablando, de hecho, solamente de una exigencia racional y lógica, sino también, como hemos visto, de un dogma de fe definido por el Concilio de Trento como contenido en la misma Revelación divina. ¿Y vamos a decir que eso no es esencial a la fe en la Presencia Real del Señor en la Eucaristía?

No sirve de nada jugar con la palabra “transubstanciación”. Es claro que el punto no está en el término utilizado, sino en la cosa designada por ese término: la conversión de todo el ser del pan y del vino, excepto sus accidentes sensibles, en el Cuerpo y la Sangre de Cristo. El texto del acuerdo menciona solamente la Presencia Real, y el documento que comentamos habla solamente de ella y de la “terminología conceptual de la transubstanciación”, silenciando la conversión eucarística, que es dogma de fe. ¡Y diciendo que con ese silenciamiento incluido se están presentando todos los elementos esenciales de la fe en la Presencia Real!!!

Aquí hay que aclarar además una cuestión terminológica. Cuando se habla de las “especies” del pan y el vino, en Trento (ver arriba: “permaneciendo sólo las especies de pan y vino”), se está hablando de los accidentes sensibles: extensión, color, sabor, olor, etc., en tanto que distintos de la sustancia misma del pan y el vino. Dichos accidentes, dice la fe católica, permanecen, a diferencia de la sustancia, que no permanece, pues se ha convertido en Cuerpo, Sangre, Alma y Divinidad de Jesucristo Nuestro Señor.

En el texto de DCC citado también se habla de las “especies”, pero es claro que en otro sentido, pues de lo contrario estarían haciendo de Lutero un defensor de la transubstanciación. Las “especies” de que se habla en DCC son la realidad misma del pan y el vino, lo que en lenguaje escolástico sería el ser, la sustancia, del pan y el vino, realidad que, según la doctrina luterana, permanece después de la consagración. Permanece, sea que se identifique esa realidad del pan y el vino con la sustancia de los mismos, al modo escolástico, sea que se la identifique con los fenómenos sensibles, al modo del empirismo moderno. En ambos casos, el ser del pan y el vino no ha sufrido conversión alguna en otra cosa distinta del pan y del vino, contra el dogma de fe definido en Trento.

DCC sugiere además que todo lo relativo a la ”transubstanciación” depende de una cierta escuela filosófica que en todo caso debe quedar como tema de libre discusión entre los creyentes: “El IV Concilio de Letrán (1215) utilizó el verbo transubstantiare, que implica una distinción entre sustancia y accidentes. Aunque para Lutero esta era una posible explicación de lo que sucede en la Cena del Señor, él no podía aceptar que tal explicación filosófica tuviera que ser vinculante para todos los cristianos. En cualquier caso, Lutero mismo reafirmó fuertemente la presencia real de Cristo en el sacramento.”

Pero aquí se olvida el sentido que tiene para la Iglesia el uso de terminología filosófica en las definiciones dogmáticas. Al utilizarlas, la Iglesia no se ata a escuela filosófica alguna, sino que recoge nociones básicas y universales del pensamiento humano presentes ya a nivel del sano sentido común. Otra cosa es que determinadas escuelas filosóficas en la Iglesia sean, y unas lo sean más que otras, nada más que la prolongación lógica y necesaria de ese sano sentido común. Lo que la Iglesia quiere decir con la “transubstanciación” es, sí, la Presencia Real de Jesucristo en el Sacramento eucarístico, pero no de cualquier modo, sino, por así decir, la Presencia Real “en serio”, o sea, la Presencia Real tal como la enseñan las palabras del Señor: “Esto ES mi cuerpo”.

De hecho, en los textos de Trento que hemos citado se buscará en vano la expresión “Presencia real”. Se dice en cambio que “Cristo Redentor nuestro dijo ser verdaderamente su cuerpo lo que ofrecía bajo la apariencia de pan”. El Señor no dijo: “Esto contiene mi Cuerpo”. No dijo tampoco “Mi Cuerpo está presente en esto”. El Señor dijo: “Esto ES mi Cuerpo”. Eso quiere decir que todas las veces que el Magisterio usa al respecto términos como “se contiene” o “está” hay que entenderlos a la luz del ES de la Última Cena, y no al revés, reducir el “es” al “se contiene” o al “está”. Cuando Jesús oraba en el Templo de Jerusalén, Jesús estaba en el Templo, y el Templo lo contenía, en cuanto a su naturaleza humana, pero el Templo no era Nuestro Señor Jesucristo.

Y la única forma de entender eso, según el Concilio de Trento y con él toda la Tradición de la Iglesia, es por una conversión realísima y radical del ser del pan y del vino en Cuerpo, Sangre, Alma y Divinidad de Jesucristo Nuestro Señor. Aquí no hay escuela filosófica ninguna, sino solamente una de las dos únicas formas posibles de entender la Presencia Real de Jesucristo en la Eucaristía: o bien como una presencia meramente “espiritual” que no cambia el ser mismo de las cosas materiales, o bien como una presencia que cambia radicalmente la esencia y la naturaleza de esas mismas cosas materiales. Es dogma de fe que sólo la segunda de esas dos interpretaciones es acorde con la Revelación divina.

Pero en DCC se está enseñando implícitamente la primera de esas dos interpretaciones, es decir, la luterana. En efecto, o bien hay conversión del pan y del vino, o no la hay. Y si no es esencial a la fe cristiana decir que la hay, entonces es claro que no la hay, porque un prodigio tan grande no se va a realizar para que exista algo que no es esencial a la fe. En la Revelación divina y en la fe que responde a la misma no hay elementos accidentales ni opcionales.

Véase uno de los errores señalados por Pío XII en la Encíclica Humani Generis de 1950: “D-2318 Tampoco faltan quienes pretenden que la doctrina de la transubstanciación, como apoyada que está en una noción filosófica de sustancia ya anticuada, ha de ser corregida en el sentido de que la presencia real de Cristo en la Santísima Eucaristía se reduzca a una especie de simbolismo, en cuanto las especies consagradas sólo son signos eficaces de la presencia espiritual de Cristo y de su íntima unión con los fieles miembros de su Cuerpo místico.”

¿Contiene el texto del “acuerdo”, tal como lo cita DCC, afirmando que recoge “todo lo esencial” de la fe en la Presencia eucarística de Jesucristo, algo más que lo que se señala como erróneo en la Humani Generis?