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Raymond de Souza

En esta serie de artículos sobre apologética, hemos seguido una secuencia lógica moviéndonos de lo más simple a lo más complejo. Así, primero vimos cómo tiene sentido considerar que la verdad es objetiva, y no subjetiva; es decir, que nuestras mentes no crean la verdad, sino que la aprenden, la descubren y la aprehenden desde la realidad exterior a través de los sentidos. Desde esta perspectiva, nos damos cuenta de que la existencia de Dios no es una creencia que podemos aceptar porque alguien nos la reveló, como la Eucaristía, el Nacimiento Virginal o la Santísima Trinidad. No, la existencia de Dios puede ser verificada por la filosofía y la ciencia, como hemos visto en artículos anteriores. Pero una vez que sabemos que hay un Dios, entonces nos damos cuenta de que hay muchas religiones que afirman ser el verdadero camino hacia ese Dios. Entonces comenzamos a dar una mirada al cristianismo: primero, los Evangelios son auténticos libros históricos, escritos por hombres que vivieron en los días de Jesús, y Lo conocieron bien.

Ahora viene la gran cuestión: los Evangelios no retratan a Jesús como un mero profeta, como Moisés; o como el Corán presenta a Mahoma; o como el Libro del Mormón acredita a Joseph Smith; y así sucesivamente. ¡De hecho, los Evangelios presentan a Jesús como el Hijo de Dios, que comparte la misma naturaleza divina de Dios!

¡Ahora debemos dar un paso hacia atrás y darnos cuenta de que ésta es la reivindicación más extravagante jamás hecha por hombre alguno! Ya hemos examinado este tema en detalle en una anterior serie de artículos, así que no será necesario agregar demasiado sobre esto en esta serie. Pero es el tema más importante sobre el cristianismo: porque si la reivindicación de divinidad de Jesucristo es verdadera, podemos descartar a todos los otros profetas auto-proclamados. Pero si no es verdadera, debemos rechazar a todo el cristianismo y a su fundador como el mayor fraude de la historia. Ser o no ser, como dice el viejo adagio shakesperiano…

Para investigar esta reivindicación debemos ante todo averiguar si alguna vez fue hecha, o sea, ¿alguna vez Jesús afirmó ser divino? Sí, lo hizo.

Él afirmó ser el Juez de toda la humanidad, que conoce los pecados y virtudes individuales de cada ser humano único que ha vivido jamás y que dará a cada uno de ellos sus retribuciones eternas (Mateo 25:31-46). ¡Tener tal conocimiento y poder requeriría una mente y una voluntad divinas!

Él afirmó tener poder sobre el Día Sábado, que fue dedicado solamente a Dios (Mateo 12:8).

Él afirmó tener el poder de mejorar los Diez Mandamientos de Dios dados a Moisés en el Monte Sinaí (Mateo 5:21-22; vv. 28, 32, 34, 39, 44). Él dijo a la gente que ellos habían oído de los antiguos (es decir, Moisés y sus seguidores) tal o cual mandamiento, pero Yo les digo, etc., y entonces Él agregaba una perfección, cambiando el mandamiento de Dios para mejor, por su propia autoridad.

Él afirmó ser omnipotente, es decir, tener todo poder en el cielo y en la tierra (Mateo 28:18), lo cual es decididamente una prerrogativa divina.

El Sanedrín Lo condenó a muerte por blasfemia precisamente porque Él afirmó ser divino (Marcos 14:61-64; Mateo 26:63-66).

El Evangelio de San Juan es especialmente rico en versículos de Jesús que afirman su divinidad. Por ejemplo, Él afirmó ser preexistente a Abraham (Juan 8:57-58); que los hombres Lo honrarían como honran a Dios Padre (Juan 5:22-23); que Él y el Padre eran uno, así haciéndose a Sí mismo igual a Dios a los oídos de los judíos (Juan 10:30-33; 5:17-21; 19:7); y que quien lo veía a Él, veía al Padre (Juan 12:45).

Para probar Su reivindicación de divinidad, Él realizó muchos milagros. Y a los judíos que no Le creían, Él los desafió a creer a sus obras, cuya realidad no podían negar (Juan 10:38) –y éste es otro argumento poderoso, porque ni siquiera Sus propios enemigos negaron Su poder de realizar milagros.

¡Jesús es el único fundador de una religión que realmente afirmó poseer el poder divino de perdonar los pecados (Marcos 2:5-12; Lucas 7:47-48) y que delegó ese mismo poder divino a los Apóstoles (Juan 20:23)!

Ahora bien, el problema es éste: ¿Su reivindicación era verdadera o falsa? Es lo uno o lo otro. No puede ser ambas cosas, ni depender de la opinión de nadie. Él no puede ser divino según la opinión de alguien y no ser divino según la opinión de alguien más, todo a la vez –¡esto sería un completo absurdo! ¡Por lo tanto, si su pretensión de divinidad es falsa, Él sería el mayor fraude de la historia humana!

¿De qué maneras Su pretensión podría ser falsa? De sólo dos maneras: o era falsa y Él sabía que era falsa; o bien era falsa y Él no sabía que era falsa. En el primer caso, Él sería un mentiroso; en el segundo caso sería un demente. ¡Pero si fuera verdadera, entonces Él sería el Señor, el Mesías, el Redentor, Dios Encarnado!

Por tanto, aquí están las opciones: ¡Él era un mentiroso, un demente o el Señor!

¿Podría Él ser un mentiroso? Ante todo, nadie, absolutamente nadie, da su vida por una mentira, por algo que él sabe que no es verdad. Alguien podría morir por una mentira pensando equivocadamente que era verdad; sí, es posible. Pero nadie lo hace por algo que sabe que es un fraude. Pero Jesús permaneció fiel a Su pretensión hasta el fin, y un fin muy extremadamente doloroso –¡la crucifixión!

Si Él hubiese mentido acerca de Su pretensión, todo lo que tendría que haber hecho cuando las cosas se pusieron duras era admitir que Él nunca había querido decir eso. Él podría haberse librado del problema con sólo unos cuantos azotes por su mentira, pero no Lo habrían crucificado si Él hubiera admitido que estaba mintiendo. Pero Él no lo hizo. Él mantuvo hasta el fin que Él era el Hijo de Dios –”así haciéndose a Sí mismo igual a Dios”.

Ahora bien, si Él no estaba mintiendo al afirmar que era divino, ¿entonces Él habría sido alguien fuera de Sí, un demente…? Pero esta sugerencia es tan absurda que cualquiera puede ver que no podría ser verdad: Su compostura, Su inteligencia, Su conocimiento de la Escritura, Su habilidad para discutir y refutar a Sus adversarios, todo indica que Jesús poseía un coeficiente intelectual muy alto, y además bajo el derecho romano no se crucificaba a un demente. Si ellos hubieran podido probar que Él estaba fuera de Sí y sólo decía sinsentidos, simplemente se habrían burlado de Él públicamente y lo habrían encerrado como un demente –porque los romanos nunca crucificaban a personas dementes. Simplemente los encerraban en algún lugar seguro para mantenerlos fuera de las calles.

Conclusión: dado que los Evangelios retratan con exactitud la pretensión de divinidad de Jesús y Su entrega de Su vida en apoyo de esa pretensión, y dado que podemos ver que Él no era ni un mentiroso ni un lunático, queda sólo una opción final: ¡Él era el Señor! Por lo tanto, tiene inmensamente más sentido creer que Jesús decía la verdad cuando Él afirmaba su divinidad que suponer que Él estaba mintiendo, o hablando sin sentido como un lunático.

Traducción del inglés por Daniel Iglesias Grèzes.