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Bruno Moreno

Desgraciadamente, no ha tardado mucho en llegar: ya tenemos aquí la aplicación a otros campos de los errores relativos a la recepción de la Eucaristía por los divorciados en una nueva unión. Recuerdo que el Cardenal Kasper nos aseguraba que lo de la comunión para los divorciados en nueva unión no iba a ser algo masivo y frecuente, sino sólo para algunos casos aislados. Pues bien, no sólo es evidente que la idea (y la realidad ya hoy en algunas diócesis) es legitimar el divorcio y las nuevas uniones de forma generalizada (y por lo tanto el adulterio), sino que esta forma de actuar ya ha empezado a aplicarse también a otro gran pecado (que ya no lo es tanto): el suicidio.

Después de que, en junio, se aprobara una nueva ley en el Canadá que legalizaba el suicidio asistido por profesionales “médicos”, los obispos canadienses de la región del Atlántico pensaron que había llegado el momento de trasladar la “revolución de la misericordia” a los futuros suicidas. El mes pasado, estos obispos escribieron una carta pastoral conjunta en la que se permite dar la Comunión y la Unción de Enfermos, además de confesar y absolver, ¡a los que van a suicidarse! Parece una broma, pero no lo es.

Según estos obispos atlánticos, un sacerdote deberá tener un “encuentro pastoral” con el interesado y su familia… y después decidirá si le dan los sacramentos o no. Y como esa decisión tendrá que ser “misericordiosa”, es evidente para cualquiera que lea la carta que la idea es que siempre se dé la comunión y los demás sacramentos a los futuros suicidas, porque una vez que la misericordia ya no depende de criterios objetivos, ¿quién se atreverá a exponerse a la acusación de falta de misericordia?

Siguiendo el ejemplo de Amoris Laetitia, se utiliza constantemente como excusa la idea de que la responsabilidad puede estar disminuida. Esta excusa, sin embargo, es claramente transparente, porque no estamos hablando de alguien que, en un momento de locura o de sufrimiento insoportable, acaba con su vida, sino de una persona que toma la decisión de suicidarse de forma serena, pública y premeditada, implicando en su pecado a otros (ya se trate de médicos, familia o amigos), haciendo uso de una ley gravísimamente inmoral y causando un terrible escándalo. Recordemos que la ley canadiense exige dos informes médicos independientes, que el paciente firme una declaración escrita ante dos testigos que confirmen que lo hizo de forma libre de coacción y el transcurso de un plazo de al menos diez días desde su firma. Es decir, sería dificilísimo encontrar un caso en el que la excusa de la falta de responsabilidad tenga menos valor (bueno, estaría empatado con el caso de los divorciados en una nueva unión, porque para contraer esa nueva unión, por definición, hace falta no ser irresponsable).

Una vez más, las consecuencias de esta forma de actuar son gravísimas. Es evidente que se tira por la borda la importancia del quinto mandamiento, que pasa a ser una mera orientación, sujeta a lo que le parezca mejor al interesado en cada momento. Es más, se deja de lado el mandamiento en el caso más grave y horrible, que es el suicidio. El asesino mata a una persona, mientras que, de alguna manera, el suicida está matando al mundo entero. Sin embargo, en las provincias atlánticas del Canadá, el suicida podrá confesarse, comulgar y recibir la unción de enfermos antes de suicidarse, como si lo que planeara fuera cambiar de casa o hacerse monje.

Además, se abandona en la práctica la necesidad de un propósito de enmienda para confesarse. Los obispos canadienses, aparentemente, no recuerdan o no quieren recordar que, como enseña Santo Tomás, “basta con la intención de cometer un pecado mortal para pecar mortalmente”. Es decir, la intención de cometer un pecado grave ya es un pecado grave de por sí y, por lo tanto, impide recibir la absolución, la comunión y la unción de enfermos. Este tipo de pastoral destruye el sacramento de la Penitencia, que deja de servir para la conversión del pecador y se convierte en una ayuda más para permanecer en el pecado.

Otra realidad que se ha abandonado es la del sacrilegio, porque recibir cualquier sacramento en esas condiciones es un acto sacrílego. Dar conscientemente la comunión, la absolución o la unción de enfermos a una persona que piensa suicidarse es una aberración, que pondría los pelos de punta a cualquier santo de la historia de la Iglesia. Y como el sacrilegio es un pecado contra el mandamiento de amar a Dios sobre todas las cosas,[1] he aquí que estas nuevas pastorales acaban también con el primer mandamiento de la ley de Dios, que ya no parece ser tan importante.

Todo esto se adorna con muchas referencias a la misericordia, como si pudiera existir una misericordia que acompañase al pecador hacia el infierno, en lugar de advertirle con firmeza y claridad que ese camino lleva a la perdición. Lo cierto es que esta actuación destruye también la misericordia y la sustituye por una actitud de “seguir la corriente” o “dar la razón”, que en lenguaje claro se llama pura y simplemente adulación.

La carta de los obispos comienza diciendo que la perspectiva que van a usar es la de la “Iglesia como nuestra Madre”, que “nos acompaña amorosamente a lo largo de la vida y que especialmente desea apoyarnos y guiarnos cuando afrontamos situaciones y decisiones difíciles”. Uno está tentado de pensar que estos obispos no tienen madre, porque cualquier persona que no sea huérfana sabe que una madre no se limitaría a “acompañar” a un hijo que quisiera tirarse por un precipicio, sino que le dará una buena azotaina y le gritará durante todo el camino de vuelta desde el precipicio hasta su casa, para que le quedara muy clarito que lo que iba a hacer era una estupidez.

En cualquier caso, la verdad objetiva y la ley moral fueron las primeras bajas de esta batalla, abandonadas en favor del subjetivismo y el relativismo exacerbados propios del pensamiento posmoderno. Lo mismo podríamos decir del Papado (ya que los obispos canadienses apelan al Papa como justificación de estos despropósitos: “Nuestra preocupación es el acompañamiento pastoral. El Papa Francisco es nuestro modelo”), la unidad de la Iglesia (ya que sus vecinos, los obispos de Alberta y el Noroeste de Canadá permanecen fieles a la doctrina tradicional), la Tradición (que ni siquiera se ha tenido en cuenta en todo esto, quizá porque es diametralmente opuesta a todas esas innovaciones) y otras muchas partes de la fe, porque la fe es como un cuerpo y no es posible dañar una parte y dejar a salvo las demás.

También se abandona, en fin, la existencia del bien objetivo, porque ya no importa lo que es bueno para el enfermo, lo que puede darle la verdadera felicidad y la vida eterna, sino únicamente lo que él quiere, desea y le apetece. Y lo que quiere es que alguien tranquilice su conciencia diciéndole que puede suicidarse e ir al cielo, que puede cometer un pecado mortal y seguir siendo un buen católico, que puede poner una vela a Dios y otra al diablo. Eso es precisamente lo que estos obispos han decidido darle. Es triste, porque la misión de tranquilizar las conciencias de los pecadores está ya asignada y no precisamente a la Iglesia, sino al diablo.

Por todo lo dicho, resulta evidente que, por su propia naturaleza, esta destrucción de la moral tiende a ir alcanzando poco a poco a todos los pecados. Comenzando, probablemente, por los actos sexuales entre personas del mismo sexo, como ya han pedido varios obispos, siguiendo por el aborto y continuando por cualquier otro pecado que al Mundo le parezca que está de moda, por muy horrible que sea. Si un ciego guía a otro ciego, los dos acabarán en el hoyo. Si Dios no lo remedia, claro. Recemos.

Infocatolica


[1] Cf. Catecismo de la Iglesia Católica §2118.