no-oenegearas-una-experiencia-india

Javier Olivera Ravasi

Entre los tantos viajes que debimos hacer durante este tiempo misional con el padre Federico narraré sólo una experiencia puntual para que cada uno saque sus propias conclusiones.[1]

El fin de las misiones ad gentes en la Iglesia es casi un hecho; ya casi nadie misiona en el mundo gentil y, si lo hace, es para resguardar a los pocos fieles católicos que se encuentran viviendo en ese ambiente; y no me refiero simplemente a ese “apostolado de la presencia” sino a la explicación lisa y llana del Evangelio ad gentes ante millones de almas que no conocen a Jesucristo. “Id por todo el mundo enseñando…”, decía el Señor antes de Su gloriosa ascensión.

Si no, veamos la siguiente conversación que mantuvimos en uno de los transportes con una joven pareja recién casada.

– Buenas tardes les dije. ¿De viaje por aquí?

En un perfecto inglés, contestaron:

– Sí, estamos de luna de miel. ¿Y usted?

– Yo, misionando por un tiempo aquí, en el norte de la India. Soy un sacerdote católico. ¿Saben ustedes lo que significa?

– Ahhhh…, sí, dijo la joven esposa. ¿Ustedes no se casan, no?

– Correcto. A ejemplo de Jesucristo, que es Dios hecho hombre, queremos imitarlo en su castidad. Es un sacrificio, claro. ¿Y ustedes saben quién es Jesucristo? (La mayoría por aquí sabe de Jesucristo más o menos lo mismo que un occidental de cultura media puede conocer de Buda o de Confucio…).

– Eh…, sí dijo ella. Yo algo sé, pues fui a un colegio católico y a una universidad católica.

– ¡Ahhh! ¿Y qué sabes de Él? ¿Te habrán dicho que vino a salvarnos, no?

– No…, no sé mucho. Sólo sé que a ustedes los llaman “father”, pero nada más…

– Pues bien, les dije. Jesucristo es Dios verdadero, Dios y hombre a la vez, que vino a salvarnos de nuestros pecados.

– Ahhh…; ¡gracias! (el indio es habitualmente muy cortés).

Y…, una pregunta: – ¿Y ustedes en qué creen?

– Somos hindúes respondieron (es decir, creen en dioses monstruosos con cabezas de elefantes y esas mitologías incluso aceptadas como tales por muchos de ellos).

– Pero insistió ella, ustedes los cristianos están divididos, ¿no?

Mmmm… Tenía ganas de decirle que cada vez más quieren que nos igualemos con los protestantes, pero mejor omití un poco la respuesta y respondí a lo jesuita, con otra pregunta:

– ¿Por qué lo dices?

– Porque están los musulmanes y los cristianos; ¿o no son lo mismo?

Ahí comprobé una vez más la ignorancia enorme que una persona que fue a una organización católica desde su más tierna edad tenía acerca de la religión verdadera. ¿Por qué? Porque habitualmente, por estos lares, no-se-predica-a-Jesucristo a los infieles. Esto lo hemos comprobado en más de una oportunidad. La Iglesia tiene un gran prestigio en el ámbito educativo, pero en sus establecimientos, hace décadas (quizás desde el aterrador invierno posconciliar) se ha dejado de lado, absolutamente, la predicación directa del Evangelio para “respetar a todas las religiones”.

A la joven parejita de tortolitos les expliqué que no; que los católicos no somos lo mismo que los musulmanes (ellos son una herejía judeo-cristiana, estrictamente); y que la división, en realidad, es con los protestantes…

– ¿Ah, sí? me dijo la joven. ¿Y qué diferencia hay entre los católicos y los protestantes?

– Muy bien les dije. Es simple: ellos son una secta que se separó de la verdadera Fe para seguir sus propias inclinaciones personales, por eso hay casi tantas sectas protestantes como pastores existen…

– ¡Ah! ¡Muchas gracias! me dijeron.

El viaje iba terminando y ellos estaban en su luna de miel, así que hasta ahí duró la conversación.

Me quedé pensando y pensando y me dije: ¿por qué cada vez es menor el avance de la Iglesia en estos países de infieles? Pues simple: porque han convertido a la Iglesia en una ONG de desarrollo social.

Entonces pensé: hoy que se dictan tantos “nuevos mandamientos”, propondré uno para que vayamos contra la corriente: “No o-ene-gearás.”

Amén y ¡que viva Cristo Rey!

Que no te la cuenten…

Infocatolica


[1] El autor es misionero itinerante en la meseta tibetana.