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Equipo de Dirección

En el debate suscitado en torno a las dubia (dudas) planteadas el 19 de septiembre de 2016 por los Cardenales Brandmüller, Burke, Caffarra y Meisner, hay dos hechos indudables.

  1. Hasta antes de la publicación de la Exhortación Apostólica Amoris Laetitia del Papa Francisco, nadie tenía la menor duda acerca de cuál era la doctrina católica sobre la posibilidad o no de dar la comunión a los divorciados vueltos a casar. La doctrina católica tradicional sobre este punto había sido reafirmada muy claramente en 1981 por el Papa San Juan Pablo II, y luego fue recogida en el Catecismo de la Iglesia Católica n. 1650, aún vigente. “La Iglesia, no obstante, fundándose en la Sagrada Escritura, reafirma su praxis de no admitir a la comunión eucarística a los divorciados que se casan otra vez. Son ellos los que no pueden ser admitidos, dado que su estado y situación de vida contradicen objetivamente la unión de amor entre Cristo y la Iglesia, significada y actualizada en la Eucaristía. Hay además otro motivo pastoral: si se admitieran estas personas a la Eucaristía, los fieles serían inducidos a error y confusión acerca de la doctrina de la Iglesia sobre la indisolubilidad del matrimonio. La reconciliación en el sacramento de la penitencia –que les abriría el camino al sacramento eucarístico– puede darse únicamente a los que, arrepentidos de haber violado el signo de la Alianza y de la fidelidad a Cristo, están sinceramente dispuestos a una forma de vida que no contradiga la indisolubilidad del matrimonio. Esto lleva consigo concretamente que cuando el hombre y la mujer, por motivos serios, –como, por ejemplo, la educación de los hijos– no pueden cumplir la obligación de la separación, “asumen el compromiso de vivir en plena continencia, o sea de abstenerse de los actos propios de los esposos.”[1]
  2. En cambio, después de la publicación de Amoris Laetitia, se ha producido un fuerte debate entre quienes sostienen la doctrina católica tradicional y quienes sostienen que Amoris Laetitia ha abierto las puertas a la comunión de los divorciados vueltos a casar que siguen conviviendo more uxorio (como marido y mujer), al menos en ciertos casos. Algunos Cardenales, Obispos y Conferencias Episcopales se han pronunciado en el sentido tradicional; otros Cardenales, Obispos y Conferencias Episcopales se han pronunciado en el sentido contrario; y la mayoría de los Cardenales, Obispos y Conferencias Episcopales no se han pronunciado aún sobre este punto, o no lo han hecho claramente.

Es un hecho indudable, pues, que hoy, a diferencia de lo que sucedía hace pocos años, existen —en la mente de muchos fieles católicos— dudas y confusiones acerca de cuál es la actual doctrina católica sobre el tema en discusión. No se trata de un asunto trivial, puesto que, como enseñó el Concilio Vaticano II, la Eucaristía es “fuente y cumbre de la vida de la Iglesia”, y por ende una discrepancia sobre el Santísimo Sacramento del Altar afecta necesariamente a toda la vida de la Iglesia. Afecta desde luego a su catolicidad, que implica la unidad doctrinal y sacramental en cuestiones esenciales como ésta. No es admisible que, en la Iglesia Católica –es decir, Universal– haya países, diócesis o parroquias donde dar la comunión a adúlteros no arrepentidos sea considerado como un sacrilegio según la Tradición de la Iglesia, y a la vez haya otros países, diócesis o parroquias donde el mismo acto sea considerado como una laudable obra de misericordia. Una división teórica y práctica tan profunda no puede subsistir de un modo estable en la misma Iglesia. Se ha vuelto necesaria, entonces, una aclaración del significado de Amoris Laetitia sobre este tema, y sobre otros temas importantes relacionados con él.

Por lo tanto, las dubia planteadas al Papa por los cuatro Cardenales son oportunísimas y constituyen, como dice la nota explicativa de sus autores, “un acto de justicia y de caridad”. Es absurdo presentarlas, según lo han hecho varios críticos, como un acto de rebeldía o de insolencia. Al contrario, se trata de una nota sumamente respetuosa, que reconoce la autoridad suprema del Sucesor de Pedro en materia doctrinal y le pide que la ejercite para dar una interpretación oficial inequívoca de los puntos discutidos hoy arduamente entre Cardenales, Obispos y teólogos católicos. El Magisterio de la Iglesia no se determina a través de respuestas improvisadas en una entrevista ni de cartas o conversaciones privadas, sino por medio de documentos oficiales. Y las dubia abordan un problema real y muy importante. Son preguntas simples y honestas que merecen respuestas simples y honestas.

Las dubia tampoco son nada “raro”, sino un método tradicional, utilizado con frecuencia en la Iglesia Católica para resolver dudas doctrinales. Nuestra revista ha publicado en distintos números varias respuestas oficiales de la Congregación para la Doctrina de la Fe a dudas doctrinales planteadas por ese mecanismo, al que puede recurrir cualquier fiel católico. Véase por ejemplo aquí, aquí y aquí. Normalmente, estas dudas se plantean a la Congregación para la Doctrina de la Fe. Suponemos que en el caso en cuestión los cuatro Cardenales plantearon las dudas directamente al Papa porque ellas se refieren a la interpretación de un documento del mismo Papa.

También es absurdo acusar a los cuatro Cardenales de hipocresía por plantear dudas doctrinales sobre puntos de doctrina que ellos, personalmente, tienen muy claros. Lo que pretende el mecanismo de las dubia no es la resolución de dudas subjetivas de uno o varios individuos, sino la expresión clara y formal, por parte de la Autoridad suprema, de doctrinas válidas para toda la Iglesia, cosa que no pueden hacer los autores de las dubia, por más Cardenales que sean y por más seguros que estén de cuáles serían las respuestas correctas a sus cinco preguntas. Por ejemplo, en el caso de la duda sobre la validez o invalidez del bautismo de los mormones, lo que pensara acerca de esa cuestión el fiel que planteó la duda a la Congregación para la Doctrina de la Fe no tiene mayor importancia para nosotros. Lo importante es la respuesta de la Congregación para la Doctrina de la Fe a esa duda.

Como se puede apreciar en los tres ejemplos citados más arriba, el método tradicional de las dubia requiere que cada pregunta sea respondida con un simple “sí” o “no”. Esto tiene una clara resonancia evangélica: “Limitaos a decir: ‘Sí, sí’ ‘no, no’, pues lo que pasa de aquí proviene del Maligno.”[2] La conservación del depósito de la fe confiado a los Apóstoles y a la Iglesia no necesita de astutos ardides ni de trampas dialécticas, sino de mera fidelidad. Pero hay otra razón más fundamental: el principio lógico del tercero excluido. Este principio, ya conocido por Aristóteles en la Antigüedad precristiana, establece que cada proposición es o verdadera o falsa. No hay una tercera posibilidad—tertium non datur. Más aún, un principio análogo rige a nivel metafísico: una cosa es o no es; no hay una tercera posibilidad. Una cosa no puede ser a medias, del mismo modo que ninguna mujer puede estar medio embarazada: o lo está, o no lo está.

El principio de tercero excluido se deduce de otro principio aún más básico, el de no contradicción, que también rige en los dos niveles, lógico y metafísico. El principio lógico de no contradicción dice que una proposición no puede ser verdadera y falsa a la vez y en el mismo sentido. El principio metafísico de no contradicción dice que una cosa no puede ser y no ser a la vez y en el mismo sentido.

El “progresismo” teológico, debido a su trasfondo irracionalista, tiende a desestimar esos principios fundamentales, válidos para todo ser y para todo pensamiento. Un ejemplo notable de esto lo dio hace pocos meses el P. Antonio Spadaro SJ, Editor en Jefe de la prestigiosa revista La Civiltà Cattolica, cuando publicó su ya famoso tweet: “La Teología no es Matemática. 2 + 2 en Teología puede dar 5. Porque tiene que ver con Dios y la vida real de la gente…” Cualquier estudiante principiante de teología escolástica en la Edad Media habría refutado fácilmente esta afirmación absurda. La omnipotencia de Dios no abarca lo absolutamente imposible, por ser contradictorio. Y esto no representa ninguna limitación de la omnipotencia divina, porque lo que queda excluido de ella no es nada. Dado que lo contradictorio no es ni puede ser, equivale a la nada; y la nada simplemente no es.

Para apartarnos de esas oscuridades que ofuscan la mente, nos conviene recordar la raíz común a los nombres de las dos ciencias aquí consideradas: “Teo-logía” y “Lógica”. La relación entre ambas es subrayada en el luminoso primer versículo del Evangelio de Juan: “En el principio era el Logos”[3] Como dijo el Papa Benedicto XVI el 12 de septiembre de 2006 en su magnífico discurso de Ratisbona—citando a un emperador bizantino que discutía con un sabio musulmán a fines del siglo XIV: “no actuar según la razón es contrario a la naturaleza de Dios”. Esta afirmación es típicamente cristiana, y niega la noción de un Dios absolutamente arbitrario, frecuente en la religión islámica.

El abandono o descuido de la filosofía realista ha llevado al oscurecimiento de los principios fundamentales del ser y del pensamiento en la mente de no pocos fieles –o incluso sacerdotes– católicos. Ante las dubia de los cuatro Cardenales, no falta quien responda absurdamente: tertium datur. A veces a una misma pregunta, formulada de un modo vago o impreciso, se puede responder “sí” en un sentido y “no” en otro sentido. Pero no se la puede responder “sí” y “no” en el mismo sentido, por lo que, una vez que se aclara el sentido de la pregunta, sólo cabe una respuesta: sí o no. Y en nuestro caso las cinco preguntas están bien formuladas, por lo que está muy claro el sentido de lo que se pregunta.

Las cinco dubia de los cuatro Cardenales tienen una misma estructura formal que se puede resumir así: “Después de la Amoris Laetitia, ¿sigue siendo válida la doctrina católica tradicional que enseña que…?” ¿Cuáles son esas cinco doctrinas tradicionales?

  1. No es posible dar la comunión a los divorciados que están en una nueva unión y siguen viviendo more uxorio.
  2. Existen normas morales absolutas.
  3. Quien vive habitualmente en contradicción con un mandamiento de la ley de Dios, como por ejemplo el que prohíbe el adulterio, está en una situación objetiva de pecado grave habitual.
  4. Es imposible que las circunstancias o las intenciones transformen un acto intrínsecamente malo por su objeto en un acto subjetivamente bueno.
  5. La conciencia nunca está autorizada para legitimar excepciones a las normas morales absolutas.

Como se puede apreciar fácilmente, desechar estas doctrinas católicas tradicionales –sobre todo las cuatro últimas, por ser más generales– destruiría prácticamente toda la moral católica. Pero además estas doctrinas deben ser sostenidas por todo católico como definitivas, aunque no hayan sido definidas solemnemente como dogmas por un Papa o un Concilio Ecuménico, porque han sido enseñadas siempre y en todo lugar por la Iglesia Católica; tal vez no como estrictamente pertenecientes al depósito de la fe, pero sí al menos como ligadas necesariamente a él. Por lo que hay sólo una forma católica de responder a las dubia: “Sí, esas doctrinas católicas tradicionales siguen siendo tan válidas hoy, después de la Amoris Laetitia, como lo eran antes”.

A quienes argumentan que la respuesta contraria—“No, después de la Amoris Laetitia esas doctrinas católicas tradicionales ya no son válidas”—puede ser correcta porque la “nueva doctrina” sería un “desarrollo” de la doctrina cristiana tradicional, se les debe responder que un desarrollo doctrinal es siempre una profundización de la doctrina anterior, nunca su mera negación. Una contradicción no es un desarrollo. El Espíritu Santo nos guía hacia la verdad completa, pero no enseña un Evangelio nuevo, sino que nos recuerda todo lo dicho por Jesús.[4] Dios puede sorprendernos, pero no contradecirse. “No actuar según la razón es contrario a la naturaleza de Dios”.

A quienes piensan que archivar las doctrinas católicas tradicionales sobre la moral y los sacramentos contribuiría a una renovación pastoral y a volver a atraer a la Iglesia Católica a las masas apartadas de ella, cabe responderles que, suponiendo que eso hiciera volver a la Iglesia a muchos alejados –cosa por demás dudosa– sería un regreso muy superficial y precario; y en el fondo no sería un regreso del mundo a la Iglesia, sino una claudicación de la Iglesia frente al mundo. La verdadera renovación pastoral es inseparable de la doctrina verdadera. No sería posible tomar muy en serio a una Iglesia que no tome muy en serio su propia doctrina.

La Palabra de Dios permanece para siempre y esa Palabra enseña –entre otras muchas cosas– que divorciarse y casarse de nuevo es cometer adulterio, que el adulterio es un pecado grave, que un pecador no arrepentido de un pecado grave no puede reconciliarse con Dios, que recibir la Eucaristía en pecado mortal es sacrilegio, etc. “El cielo y la tierra pasarán, pero mis palabras no pasarán.”[5] “Aunque nosotros o un ángel del cielo os anunciase otro evangelio distinto del que os hemos anunciado, sea anatema.”[6]

Sigamos rezando por el Papa Francisco, por los Cardenales y por la Iglesia Una, Santa, Católica y Apostólica, para que el Santo Padre, cumpliendo su misión de conservar el depósito de la fe y de confirmar a sus hermanos en la fe, responda las dubia de los cuatro Cardenales reafirmando la doctrina católica tradicional.


[1] Papa San Juan Pablo II, Exhortación Apostólica Familiaris Consortio, n. 84.

[2] Mateo 5,37.

[3] Juan 1,1.

[4] Cf. Juan 14,26.

[5] Mateo 24,35.

[6] Gálatas 1,8.