paternidad
San Juan Pablo II

San Juan Pablo II, Papa: Exhortación Apostólica Redemptoris Custos sobre la figura y la misión de San José en la vida de Cristo y de la Iglesia, dada el 15 de agosto del año 1989, nn. 7-8.

Como se deduce de los textos evangélicos, el matrimonio con María es el fundamento jurídico de la paternidad de José. Es para asegurar la protección paterna a Jesús por lo que Dios elige a José como esposo de María. Se sigue de esto que la paternidad de José –una relación que lo sitúa lo más cerca posible de Jesús, término de toda elección y predestinación[1]– pasa a través del matrimonio con María, es decir, a través de la familia.

Los evangelistas, aun afirmando claramente que Jesús ha sido concebido por obra del Espíritu Santo y que en aquel matrimonio se ha conservado la virginidad,[2] llaman a José esposo de María y a María esposa de José.[3]

Y también para la Iglesia, si es importante profesar la concepción virginal de Jesús, no lo es menos defender el matrimonio de María con José, porque jurídicamente depende de este matrimonio la paternidad de José. De aquí se comprende por qué las generaciones han sido enumeradas según la genealogía de José. “¿Por qué –se pregunta San Agustín– no debían serlo a través de José? ¿No era tal vez José el marido de María? […] La Escritura afirma, por medio de la autoridad angélica, que él era el marido. No temas, dice, recibir en tu casa a María, tu esposa, pues lo concebido en ella es obra del Espíritu Santo. Se le ordena poner el nombre del niño, aunque no fuera fruto suyo. Ella, añade, dará a luz un hijo, a quien pondrás por nombre Jesús. La Escritura sabe que Jesús no ha nacido de la semilla de José, porque a él, preocupado por el origen de la gravidez de ella, se le ha dicho: es obra del Espíritu Santo. Y, no obstante, no se le quita la autoridad paterna, visto que se le ordena poner el nombre al niño. Finalmente, aun la misma Virgen María, plenamente consciente de no haber concebido a Cristo por medio de la unión conyugal con él, le llama sin embargo padre de Cristo.”[4]

El hijo de María es también hijo de José en virtud del vínculo matrimonial que los une: “A raíz de aquel matrimonio fiel ambos merecieron ser llamados padres de Cristo; no sólo aquella madre, sino también aquel padre, del mismo modo que era esposo de su madre, ambos por medio de la mente, no de la carne.”[5] En este matrimonio no faltaron los requisitos necesarios para su constitución: “En los padres de Cristo se han cumplido todos los bienes del matrimonio: la prole, la fidelidad y el sacramento. Conocemos la prole, que es el mismo Señor Jesús; la fidelidad, porque no existe adulterio; el sacramento, porque no hay divorcio.”[6]

Analizando la naturaleza del matrimonio, tanto San Agustín como Santo Tomás la ponen siempre en la “indivisible unión espiritual”, en la “unión de los corazones”, en el “consentimiento,”[7] elementos que en aquel matrimonio se han manifestado de modo ejemplar. En el momento culminante de la historia de la salvación, cuando Dios revela su amor a la humanidad mediante el don del Verbo, es precisamente el matrimonio de María y José el que realiza en plena “libertad” el “don esponsal de sí” al acoger y expresar tal amor.[8] “En esta grande obra de renovación de todas las cosas en Cristo, el matrimonio, purificado y renovado, se convierte en una realidad nueva, en un sacramento de la nueva Alianza. Y he aquí que en el umbral del Nuevo Testamento, como ya al comienzo del Antiguo, hay una pareja. Pero, mientras la de Adán y Eva había sido fuente del mal que ha inundado al mundo, la de José y María constituye el vértice, por medio del cual la santidad se esparce por toda la tierra. El Salvador ha iniciado la obra de la salvación con esta unión virginal y santa, en la que se manifiesta su omnipotente voluntad de purificar y santificar la familia, santuario de amor y cuna de la vida.”[9]

¡Cuántas enseñanzas se derivan de todo esto para la familia! Porque “la esencia y el cometido de la familia son definidos en última instancia por el amor” y “la familia recibe la misión de custodiar, revelar y comunicar el amor, como reflejo vivo y participación real del amor de Dios por la humanidad y del amor de Cristo Señor por la Iglesia su esposa;”[10] es en la Sagrada Familia, en esta originaria “iglesia doméstica,”[11] donde todas las familias cristianas deben mirarse. En efecto, “por un misterioso designio de Dios, en ella vivió escondido largos años el Hijo de Dios: es pues el prototipo y ejemplo de todas las familias cristianas.”[12]

San José ha sido llamado por Dios para servir directamente a la persona y a la misión de Jesús mediante el ejercicio de su paternidad; de este modo él coopera en la plenitud de los tiempos en el gran misterio de la redención y es verdaderamente “ministro de la salvación.”[13] Su paternidad se ha expresado concretamente “al haber hecho de su vida un servicio, un sacrificio, al misterio de la encarnación y a la misión redentora que está unida a él; al haber hecho uso de la autoridad legal, que le correspondía sobre la Sagrada Familia, para hacerle don total de sí, de su vida y de su trabajo; al haber convertido su vocación humana al amor doméstico con la oblación sobrehumana de sí, de su corazón y de toda capacidad, en el amor puesto al servicio del Mesías, que crece en su casa.”[14]

La liturgia, al recordar que han sido confiados “a la fiel custodia de San José los primeros misterios de la salvación de los hombres,”[15] precisa también que “Dios lo ha puesto al cuidado de su familia, como siervo fiel y prudente, para que custodiara como padre a su Hijo unigénito.”[16] León XIII subraya la sublimidad de esta misión: “El se impone entre todos por su augusta dignidad, dado que por disposición divina fue custodio y, en la creencia de los hombres, padre del Hijo de Dios. De donde se seguía que el Verbo de Dios se sometiera a José, lo obedeciera y le diera aquel honor y aquella reverencia que los hijos deben a su propio padre.”[17]

Al no ser concebible que a una misión tan sublime no correspondan las cualidades exigidas para llevarla a cabo de forma adecuada, es necesario reconocer que José tuvo hacia Jesús “por don especial del cielo, todo aquel amor natural, toda aquella afectuosa solicitud que el corazón de un padre pueda conocer.”[18]

Con la potestad paterna sobre Jesús, Dios ha otorgado también a José el amor correspondiente, aquel amor que tiene su fuente en el Padre, “de quien toma nombre toda familia en el cielo y en la tierra.”[19]

En los Evangelios se expone claramente la tarea paterna de José respecto a Jesús. De hecho, la salvación, que pasa a través de la humanidad de Jesús, se realiza en los gestos que forman parte diariamente de la vida familiar, respetando aquella “condescendencia” inherente a la economía de la encarnación. Los Evangelistas están muy atentos en mostrar cómo en la vida de Jesús nada se deja a la casualidad y todo se desarrolla según un plan divinamente preestablecido. La fórmula repetida a menudo: “Así sucedió, para que se cumplieran…” y la referencia del acontecimiento descrito a un texto del Antiguo Testamento, tienden a subrayar la unidad y la continuidad del proyecto, que alcanza en Cristo su cumplimiento.

Con la encarnación las “promesas” y las “figuras” del Antiguo Testamento se hacen “realidad”: lugares, personas, hechos y ritos se entremezclan según precisas órdenes divinas, transmitidas mediante el ministerio angélico y recibidos por criaturas particularmente sensibles a la voz de Dios. María es la humilde sierva del Señor, preparada desde la eternidad para la misión de ser Madre de Dios; José es aquel que Dios ha elegido para ser “el coordinador del nacimiento del Señor,”[20] aquel que tiene el encargo de proveer a la inserción “ordenada” del Hijo de Dios en el mundo, en el respeto de las disposiciones divinas y de las leyes humanas. Toda la vida, tanto “privada” como “escondida” de Jesús ha sido confiada a su custodia.


[1] Cf. Romanos 8,28s.

[2] Cf. Mateo 1,18-25; Lucas 1,26-38.

[3] Cf. Mateo 1,16.18-20.24; Lucas 1,27; 2,5.

[4] San Agustín, Sermo 51, 10, 16: PL 38, 342.

[5] San Agustín, De nuptiis et concupiscentia, I, 11, 12: PL 44, 421; cf. De consensu evangelistarum, II, 1, 2: PL, 34, 1071; Contra Faustum, III, 2: PL, 42, 214.

[6] San Agustín, De nuptiis et concupiscentia, I, 11, 43: PL, 44, 421; cf. Contra Iulianum, V, 12, 46: PL, 44, 810.

[7] San Agustín, Contra Faustum, XXIII, 8; PL 42, 470 ss.; De consensu evangelistarum, II, I, 3: PL 34, 1072; Sermo 51, 13, 21: PL, 38, 344 s.; S. Tomás, Summa Theol., III, q. 29, a. 2 in conclus.

[8] Cf. Alocuciones del 9 de enero; 16 de enero; 20 de febrero de 1980: Insegnamenti, III/I (1980), pp. 88-92; 148-152; 428-431.

[9] Pablo VI, Alocución al Movimiento “Equipes Notre-Dame (4 de mayo de 1970), n. 7: Acta Apostolicae Sedis 62 (1970), p. 431. Análoga exaltación de la Familia de Nazaret como modelo absoluto de la comunidad familiar se halla, por ejemplo, en León XIII, Carta Apost. Neminem fugit (14 de junio de 1892): Leonis XIII P.M. Acta, XII (1892), pp. 149 s.; Benedicto XV, Motu Proprio Bonum sane (25 de julio de 1920): Acta Apostolicae Sedis 12 (1920), pp. 313-317.

[10] Exhortación Apostólica Familiaris Consortio ;22 de noviembre de 1981, 17; Acta Apostolicae Sedis 74,1982, p. 100.

[11] Exhortación Apostólica Familiaris Consortio del 22 de noviembre de 1981, 49: Acta Apostolicae Sedis 74;1982; p. 140; Cf. Concilio Ecuménico Vaticano II, Constitución Dogmática Lumen Gentium sobre la Iglesia, 11; Decreto Apostolicam Actuositatem sobre el apostolado de los Seglares, 11.

[12] Exhortación Apostólica Familiaris Consortio (22 de noviembre de 1981), 85: Acta Apostolicae Sedis 74 (1982), pp. 189 s.

[13] San Juan Crisóstomo, In Matth. Hom. V, 3: Patristica Graeca 57, 57-58.

[14] Pablo VI, Alocución del 19 de marzo de 1966: Insegnamenti, IV, 1966, p. 110.

[15] Cf. Missale Romanum, Collecta: in “Sollemnitate S. Ioseph Sponsi B. M. V.”

[16] Cf. Ibid., Praefatio in “Sollemnitate S. Ioseph Sponsi B. M. V.”

[17] Carta Encíclica Quamquam Pluries del 15 de agosto de 1889: l.c., p. 178.

[18] Pío XII, Radiomensaje a los alumnos de las escuelas católicas de los Estados Unidos de América del 19 de febrero de 1958: Acta Apostolicae Sedis 50 (1958), p. 174.

[19] Efesios 3,15.

[20] Orígenes, Homilia XIII in Lucam, 7: S. Ch. 87, pp. 214 s.