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José María Iraburu

La canonización de Juan XXIII y de Juan Pablo II como santos alegra hoy a la Santa Madre Iglesia en todas las comunidades cristianas que existen en el mundo. Alabemos a la Santísima Trinidad, que por la gracia de Cristo los hizo santos. Crezca en nosotros la fe y el amor a la Iglesia, sacramento universal de santificación, que en ellos ha mostrado una vez más la fuerza que le da su Esposo para engendrar santos. Imitemos los santos ejemplos que ellos nos dieron. Y sigamos pidiendo su intercesión con una fe y una confianza todavía más firmes.

La Iglesia Católica, tanto en Oriente como en Occidente, ha canonizado como santos a algunos de sus hijos, declarando así que en el momento de su muerte han alcanzado la perfecta santidad, es decir, la plena configuración a Cristo; y que por tanto, gozan de la visión beatífica de Dios en el cielo, de tal modo que podemos dirigir a ellos nuestras oraciones y ofrecerles culto. Se señala, pues, un día de fiesta del santo en el Año litúrgico, que suele coincidir con su dies natalis, es decir, con el día de su muerte, cuando la Santa Madre Iglesia, que lo llevó en su seno terrenal, lo dio a luz en la Iglesia celestial.

Al principio de la Iglesia la declaración de santidad solía realizarse por aclamación popular (vox populi). Pero pronto, para evitar errores y abusos, es el Obispo en su propia diócesis quien asume la responsabilidad de tal declaración. Entre los siglos V y XII se van perfeccionando los procedimientos de las Iglesias para el reconocimiento público de los santos. Santo Domingo de Guzmán (+1221), por ejemplo, es canonizado en 1234 por Gregorio IX después de un proceso canónico jurídicamente perfecto. Inocencio IV (1243-1254) establece que “solamente el papa puede canonizar”. En 1588 Sixto V encomienda estos procesos a la Sagrada Congregación de Ritos. Y Pablo VI, en 1969, deriva esta misión a la Congregación para las Causas de los Santos.

Algunos importantes documentos posteriores: Juan Pablo II, constitución apostólica Divinus Perfectionis Magister;[1] Congregación para las Causas de los Santos, Novæ Leges pro norma servanda…;[2] instrucción Sanctorum Mater.[3]

Los santos son canonizados por la Iglesia para glorificar a Dios, pues por su gracia han llegado a tan perfecta santidad; para glorificar al propio santo, ofreciéndole nuestras oraciones y el culto litúrgico que merece; para animar a los fieles a solicitar su intercesión; y para exhortarlos a su imitación, considerándolos, por la declaración de la Iglesia, como modelos seguros de vida evangélica y santa.[4]

Se llega a la canonización de tres modos:

  1. por la vía de las virtudes heroicas, que han de ser comprobadas ateniéndose a testigos fehacientes, a sus escritos, al examen de su vida;
  2. por la vía del martirio, una vez que, habiéndose examinado con rigor las circunstancias y motivaciones en las que se produjo, se ha probado que la muerte fue a causa de Cristo, por confesar su Nombre, por guardar fielmente la unión con Él;
  3. y por la vía del culto inmemorial, que, igualmente, debe ser comprobado con todo rigor histórico.

Entre la muerte del santo y su canonización oficial por la Autoridad apostólica pueden transcurrir tiempos muy diversos. Por ejemplo, San Pedro Damián –fallecido en 1072– fue canonizado 756 años después de su muerte; San Pedro de Verona, a los 337 días.

El proceso tiene cuatro etapas.

Cuando la postulación de la causa, cumplida según las normas, es aceptada, el candidato es llamado Siervo de Dios.

  1. Cuando quedan procesalmente probadas sus virtudes heroicas, recibe el título de Venerable.
  2. Comprobada la veracidad de un milagro, justamente atribuido a su intercesión, es proclamado Beato.
  3. Y tras un segundo milagro, es declarado y canonizado como Santo. Para la beatificación o canonización de un mártir no son necesarios los milagros.

La fórmula litúrgica para la beatificación o canonización es la siguiente: Ad honorem Sanctæ et Individuæ Trinitatis, ad exaltationem Fidei Catholicæ et Christianæ Religionis augmentum, auctoritate Domini nostri Iesu Christi, Beatorum Apostolorum Petri et Pauli, ac Nostra: matura deliberatione praehabita, et divina ope sæpius implorata, ac de Venerabilium Fratrum Nostrorum Sanctæ Romanæ Ecclesiæ Cardinalium, Patriarcharum, Archiepiscoporum et Episcoporum, in Urbe exsistentium, consilio, Beatum (Beata) N.N. Sanctum (Sancta) esse decernimus et definimus, ac Sanctorum Catalogo adscribimus: statuentes eum in universa Ecclesia inter Sanctos pia devotione recoli debere. In nomine Patris et Filii et Spiritus Sancti. Amen.[5] En honor a la Santísima Trinidad, para exaltación de la fe católica y crecimiento de la vida cristiana, con la autoridad de nuestro Señor Jesucristo, de los Santos Apóstoles Pedro y Pablo y la Nuestra, después de haber reflexionado largamente, invocando muchas veces la ayuda divina y oído el parecer de numerosos hermanos nuestros Cardenales de la Santa Iglesia Romana, Patriarcas, Arzobispos y Obispos, presentes en la Urbe, declaramos y definimos a N.N. Beato o Santo, lo inscribimos en el Catálogo de los Santos, y establecemos que en toda la Iglesia sea devotamente honrado entre los Santos. En el nombre del Padre y del Hijo Y del Espíritu Santo. Amén.[6]

Algunos comentarios y observaciones

Ninguna “institución” del mundo es tan antigua como la Iglesia Católica, tan continua en la sucesión de su máxima Autoridad y tan fiel a sí misma en su enseñanza doctrinal. Crece la Iglesia como un árbol, siempre fiel a sí misma. Sufre el árbol podas a veces tremendas a lo largo de su historia. Pero no hay quien tale este árbol.

Mientras duraron las persecuciones, los primeros 32 Papas de la Iglesia fueron santos, y de ellos 23 mártires. El número 32 de los Papas fue San Melquíades,[7] y en su tiempo cesan las persecuciones, cuando el emperador Constantino da la paz civil a la Iglesia. Hasta entonces, aquel que era elegido para Obispo de Roma tenía dos tercios de probabilidades de ser asesinado por las autoridades del Imperio Romano. Durante dos siglos y medio de persecución, los Papas –y todos los cristianos– consideraban perfectamente normal y previsible que sobreviniera el martirio. Lo consideraban así no sólo aleccionados por la experiencia, sino sobre todo porque Cristo lo había anunciado claramente: “si el mundo os odia, sabed que me odió a mí primero que a vosotros… Si me persiguieron a mí, también a vosotros os perseguirán.”[8]

Cuando la Iglesia canoniza un Papa, canoniza su persona, no canoniza su Pontificado, es decir, todos y cada uno de los actos de su ministerio en la Sede de Pedro. Sin embargo, la fe nos asegura que Cristo conforta muy especialmente al Obispo de Roma, personalmente y en cuanto Pastor de toda la Iglesia; y que esta asistencia es muy eficaz cuando, como en el caso de Juan XXIII y de Juan Pablo II, las personas son santas, es decir, plenamente dóciles al Espíritu Santo. Pero sabemos también, es cierto, que la infalibilidad pontificia no equivale a impecabilidad, ni asegura tampoco en modo alguno el mejor acierto de cada uno de los actos de un Sumo Pontífice.

De 264 Papas que ha habido en la Iglesia 90 han sido santos o beatos. Ya sabemos, sí, que ha habido Papas moralmente impresentables. Pero considerando el conjunto de los Papas en veinte siglos de historia, concluimos que con razón llamamos al Papa “Santo Padre”.

Algunos afirman hoy públicamente que las canonizaciones de Juan XXIII y de Juan Pablo II son falsas, alegando que la infalibilidad pontificia no asiste necesariamente a los Papas cuando declaran ante la Iglesia universal la santidad de un cristiano. Entre los que así piensan podemos citar a Mons. Fellay y a la Fraternidad Sacerdotal San Pío X que él preside. Y a esta posición de lefebvrianos y filolefebvrianos se añade, entre otros, el señor Roberto de Mattei. Otros autores actuales de gran valía, como el P. Daniel Ols, O.P., estiman que no es de fe que el Papa sea infalible en la canonización de los santos;[9] pero sí entiende que la canonización “es un juicio definitivo y preceptivo para la Iglesia universal.”[10] Por tanto, en modo alguno puede nadie apoyarse en él para afirmar públicamente que las canonizaciones de los dos Papas citados sean falsas y nulas.[11]

En todo caso, y volviendo a los primeros citados, no deja de ser curioso que los tradicionalistas extremos impugnen una doctrina que, aunque no haya sido objeto de una declaración pontificia “ex cathedra”, es tan predominante en la tradición de la Iglesia. En efecto, el pueblo cristiano y fiel (sensus fidelium) cree con fe firme en la santidad de los santos declarados y definidos como tales por la máxima Autoridad apostólica de la Iglesia. Ella los eleva a los altares para que les demos culto litúrgico, solicitemos su intercesión y los tomemos como modelos perfectos y seguros de la santidad cristiana.

Cuando el Papa canoniza a un santo realiza infaliblemente un “hecho dogmático”

La misma fórmula de la canonización expresa esta convicción de la fe. En el documento El rostro de la Iglesia se renueva en la continuidad,[12] enseña la Congregación para la Causa de los Santos: “La canonización es la suprema glorificación por parte de la Iglesia de un siervo de Dios elevado al honor de los altares, mediante un decreto definitivo y preceptivo para toda la Iglesia, comprometiendo el magisterio solemne del Romano Pontífice. Esto se expresa de modo inequívoco en la fórmula”. Y cita la que sigue: “… Ad honorem Sanctæ et Individuæ Trinitatis…, auctoritate Domini Nostri Iesu Christi, beatorum Apostolorum Petri et Pauli ac Nostra… Beatum N. N. Sanctum esse decernimus ac definimus, ac Sanctorum Catalogo adscribimus, statuentes eum in universa Ecclesia inter Sanctos pia devotione recoli debere” . Añadiré a esto sólo dos textos:

La Enciclopedia Católica de 1903, elaborada en inglés por varios especialistas, dice en el término “canonización”, sintetizando la historia de esta cuestión: “es doctrina común de los teólogos que el Papa es infalible en las canonizaciones, ya que éste es un acto muy importante en la vida moral de la Iglesia universal, en el sentido de que el santo no sólo es propuesto a la veneración porque disfruta de la gloria celestial, sino también como modelo de virtud y santidad auténtica en la Iglesia. Sin embargo, sería intolerable pensar que en esta declaración que implica a toda la Iglesia, el Papa no fuera infalible. Esta doctrina aparece en un gran número de bulas de canonización, incluso en la Edad Media, la deducen los canonistas posteriores a la Edad Media, la enseñan los teólogos después de Santo Tomás de Aquino.[13] Benedicto XIV,[14] enseña sin dudar que “es herético y temerario afirmar lo contrario”.

La Congregación para la Doctrina de la Fe publicó en un fascículo tres importantes documentos:

  1. La Profesión de Fe y el Juramento de fidelidad al asumir un oficio que se ha de ejercer en nombre de la Iglesia;[15]
  2. el motu proprio de Juan Pablo II Ad tuendam fidei (18 de mayo de 1998); y de la propia Congregación para la Doctrina de la Fe, una Nota doctrinal ilustrativa de la fórmula conclusiva de la Professio fidei. En esta Nota, firmada como Prefecto por el Card. Ratzinger, se distinguen tres niveles en las declaraciones de la fe de la Iglesia.

“El Magisterio de la Iglesia enseña una doctrina que ha de ser creída como divinamente revelada (primer apartado) o que ha de ser sostenida como definitiva (segundo apartado) por medio de un acto definitorio o no definitorio… En el caso de un acto no definitorio se enseña infaliblemente una doctrina por medio del Magisterio ordinario y universal de los Obispos esparcidos por el mundo en comunión con el Sucesor de Pedro. Tal doctrina puede ser confirmada o reafirmada por el Romano Pontífice, aun sin recurrir a una definición solemne.”[16] En lo que se refiere al segundo apartado, se dice: “Entre las verdades relacionadas con la revelación por necesidad histórica, que deben ser tenidas en modo definitivo, pero que no pueden ser declaradas como divinamente reveladas, se pueden indicar, por ejemplo… la canonización de los santos (hechos dogmáticos.)”[17]

Unidos al Papa Francisco y a todo el Colegio de los Obispos católicos que están en comunión con él, participamos del gozo y de la gratitud hacia Dios que hoy siente y expresa la Iglesia Católica, dispersa por todo el mundo. Y oramos diciendo:

San Juan XXIII. Ruega por nosotros.

San Juan Pablo II.Ruega por nosotros.

Infocatólica


[1] 25 de enero de 1983.

[2] 7 de febrero de 1983.

[3] 17 de mayo de 2007.

[4] Catecismo de la Iglesia Católica 828; cf. 61.

[5] Puede verse y escucharse en YouTube.

[6] La lista de papas en orden cronológico aparece en el Anuario Pontificio bajo el título I Sommi Pontefici Romani (“Los Supremos Pontífices de Roma”), excluyendo a los que están reconocidos oficialmente como antipapas. El Anuario Pontificio es publicado por la Curia Romana, y no establece números consecutivos a los papas, considerando que en varios casos no se puede decidir qué pontífice era legítimo, por ejemplo en los casos de León VIII, Benedicto V y otros papas de mediados del siglo XI.​ La edición de 2001 del Anuario Pontificio introdujo “casi 200 correcciones a las biografías existentes de los papas, desde San Pedro a Juan Pablo II.” Las correcciones eran en torno a fechas, especialmente en los primeros dos siglos, lugares de nacimiento y nombres de pila de algunos papas. Ver Corrections Made to Official List of Popes. Revista Zenit del 5 de junio de 2001. Consultado el 21 de octubre de 2008.

[7] n. 311- m.314.

[8] Juan 15,18-20.

[9] P. Daniel Ols, O.P., “Fondamenti teologici del culto dei Sancti”, en: AA.VV., Studium Congregationis de Causis Sanctorum, Roma 2002, pp. 1-54.

[10] Ibid. p. 50.

[11] Cf. José Miguel Arráiz, ¿Las canonizaciones son infalibles?

[12] 29 de septiembre de 2005.

[13] Santo Tomás de Aquino (1225-1274) enseña que “puesto que el honor que profesamos a los santos es en cierto sentido una profesión de fe, es decir, una creencia en la gloria de los santos, debemos piadosamente creer que en este asunto también el juicio de la Iglesia está libre de error.” En. Quodlibeto IX, art. 16).

[14] Benedicto XIV (1740-1758), en su obra De servorum Dei beatificatione et beatorum canonizatione.

[15] 9 de enero de 1989.

[16] Nota 9.

[17] Nota 11.