sois-reyes
Bruno Moreno

Como llevamos varias semanas de artículos polémicos, necesarios pero fatigosos, creo que es buena idea traer al blog palabras de aliento, de gracia y de esperanza, así que he traducido para los lectores parte de un texto del Beato John Henry Newman. Se trata de uno de los sermones parroquiales que pronunció cuando aún era anglicano. Uno no puede evitar pensar que ojalá muchos sacerdotes católicos predicaran al menos como el Newman anglicano.

Este sermón en concreto versa sobre la ocasión en que David venció a Goliat con su honda, siendo todavía un muchacho. La formación bastante pelagiana que tantos han recibido hace que a menudo se tome la Escritura como algo puramente moral, pero la buena noticia es que los misterios anunciados se cumplen hoy en nosotros. Newman sabe que todo el Antiguo Testamento se cumple en Cristo y, por Él, también se cumple en nosotros. Leída así, la Escritura es el libro más emocionante que se ha escrito nunca, porque no sólo habla de luchas, batallas, aventuras, misterios y victorias maravillosas, sino de nuestras luchas, batallas, aventuras, misterios y victorias maravillosas en Cristo.

Que lo disfruten.

Todos los cristianos son reyes a los ojos de Dios; son reyes de su reino invisible, de su mundo espiritual, de la Comunión de los Santos. Parecen iguales que los demás hombres, pero llevan coronas en la cabeza y se cubren con vestiduras gloriosas y los ángeles los sirven, aunque nuestros ojos corporales no lo vean.

Así son todos los cristianos, de alta o baja condición, que permanecen en el estado en que los puso el santo Bautismo. El Bautismo os introdujo en este estado bienaventurado. Dios no esperó a que hicierais algo bueno para bendeciros. ¡No! Sabía que no podíais hacer nada bueno por vosotros mismos, así que se acercó primero a vosotros; os amó antes de que vosotros lo amaseis a Él; os encomendó una tarea que primero os hizo capaz de cumplir. Os introdujo en un estado nuevo y celestial, de manera que estéis seguros mientras permanezcáis en él.

No os dijo “obedecedme y os daré un reino”, sino “he aquí que os regalo un reino gratis y antes que nada; ahora obedecedme, porque podéis hacerlo, y permaneceréis en él”. No os dijo “obedecedme y entonces os entregaré el Espíritu Santo como recompensa”, sino “os entrego ese gran don para que podáis obedecerme”.

Primero da y después ordena. Nos dice que lo obedezcamos, pero no para obtener su favor, sino para que no lo perdamos. Estamos enfermos e indefensos. No podemos complacerle. No podemos mover nuestras manos ni nuestros pies. No nos dice “curaos primero y os recibiré”, sino que inicia nuestra curación, nos recibe y solo entonces dice “aseguraos de no volver atrás, protegeos y cuidado no volváis a caer; manteneos lejos del peligro”.

Esta es vuestra situación, hermanos míos, a no ser que os hayáis separado de Cristo. Si estáis viviendo en su fe y en su temor, sois reyes, reyes del Reino invisible y espiritual de Dios. Y eso aunque, como David, no seáis más que pastores de ovejas o de vacas, trabajéis con vuestras manos, seáis los criados de una familia u os dediquéis a otro trabajo humilde. La mirada de Dios no es como la mirada de los hombres. Él os ha elegido.

[…] Y ahora, preguntémonos quién es nuestro Goliat. ¿Con quién tenemos que luchar? La respuesta es sencilla: nuestro Goliat es el demonio. Tenemos que luchar contra Satanás, que es más temible y poderoso que diez mil gigantes y que ciertamente nos destruiría si Dios no estuviera con nosotros, pero, bendito sea su nombre, Él está con nosotros. El que está en vosotros es más poderoso que el que está en el mundo. […]

Cuando Satanás os ataque, recordad que ya estáis consagrados y entregados a Dios. Sois de su propiedad. No tenéis nada que ver con Satanás y sus obras. Sois siervos de otro. Os habéis desposado con Cristo. Cuando Satanás os ataque, no temáis ni vaciléis, sino orad a Dios y Él os ayudará.

Decid con el mismo David a Satanás: ”Vienes contra mí con espada, lanza y escudo, pero yo voy contra ti en el nombre del Señor de los Ejércitos”. “Tú vienes contra mí con la tentación, te gustaría seducirme con los placeres efímeros del pecado, querrías matarme o, mejor dicho, querrías hacer que yo me matase a mí mismo con pecados de pensamiento, palabra y obra, te gustaría hacer de mí un suicida, tentándome con malas compañías, conversaciones vanas, espectáculos agradables y fuertes impulsos del corazón. Querrías que profanase el día del Señor con alborotos y te gustaría mantenerme lejos de la Iglesia y hacer que mis pensamientos fueran donde no deberían. Deseas tentarme para que me emborrache, maldiga, blasfeme, me mofe, mienta y robe, pero yo te conozco: tú eres Satanás y yo vengo contra ti en el nombre del Dios vivo, en el nombre de Jesucristo mi Salvador. Es un nombre poderoso que puede hacer huir a los enemigos. Al escuchar el nombre de Jesús tiemblan los demonios y pronunciarlo ahuyenta los malos pensamientos. Vengo contra ti en su nombre, que todo lo puede y todo lo conquista”.

David llevaba un cayado; mi cayado es la Cruz, la santa Cruz en la que sufrió Cristo, en la que me glorío y que es mi salvación. David eligió cinco piedras lisas del arroyo y con ellas abatió al gigante. Nosotros también tenemos armas, que no son de este mundo sino de Dios, armas que el mundo desprecia, pero que son poderosas en Dios. David no tomó espada, lanza ni escudo, sino que mató a Goliat con una honda y una piedra.

Nuestras armas son igual de sencillas e igual de poderosas. La Oración del Señor es una de esas armas: cuando estemos tentados, alejémonos de la tentación, arrodillémonos con seriedad y solemnidad y dirijamos a Dios la oración que el Señor nos enseñó. El Credo es otra arma, igualmente poderosa por la gracia de Dios e igualmente despreciable a los ojos del mundo. En momentos difíciles, también podemos usar como arma uno o dos textos bíblicos, como hizo nuestro Salvador cuando se vio tentado por el demonio. El sacramento de la Cena del Señor es otra arma, aún más poderosa, santa, misteriosa y vivificante, pero igualmente sencilla. ¿Qué es más sencillo que un poco de pan y vino? En manos del Espíritu de Dios, sin embargo, son fuerza de Dios para nuestra salvación.

Dios nos conceda la gracia para usar las armas que nos ha entregado, para no descuidarlas y para no usar nuestras propias armas. ¡Que Dios nos conceda usar sus armas y vencer con ellas!

John Henry Newman, Sermones parroquiales, Sermón 4: La vocación de David.