longshanks
Bruno Moreno

Participante invitado: El P. Robert Longshanks es un antiguo anglo-católico que cruzó el Tíber hace cincuenta años. Conocido (a sus espaldas) por sus compañeros sacerdotes como Father “Battleaxe” Bob, se comenta que su propio obispo le tiene algo de miedo desde que le dijo que “el problema de Inglaterra ha sido siempre que sus obispos no están dispuestos a morir mártires”. Actualmente ejerce la cura de almas en una pequeña parroquia de Sussex. [Nota de Fe y Razón: el P. Longshanks es un personaje ficticio].

Cada vez que escucho a un católico (o peor aún, un obispo) hablando del verdadero Islam, siento ganas casi irrefrenables de golpear repetidas veces la cabeza contra la pared más cercana. Quiero decir mi cabeza, claro. Golpear la episcopal testa sería un delictum contra ecclesiasticam auctoritatem que acarrearía un interdictum y una suspensionem latae sententiae, con todas las penas y prohibiciones anexas, así que casi puedo asegurar que no merecería la pena el desahogo.

Este tipo de declaraciones, que acostumbran a tomar un cariz buenista o políticamente correcto, yerran inevitablemente. No me refiero al hecho de que suelen prescindir de cualquier dato histórico y del clarísimo ejemplo del propio fundador del Islam, sino a algo aún más profundo. No pueden acertar porque olvidan un principio fundamental: solo tiene sentido hablar del verdadero Islam si el Islam es verdadero.

Veámoslo. Por si acaso entre los lectores hubiera algún antiguo alumno de nuestra universidad hermana de Cambridge, partiremos de algo muy sencillo: o el Islam es lo que pretende ser, es decir, una revelación de Dios, o no lo es. Tertium non datur.

Si alguien piensa que el Islam es la verdad revelada por Dios, esa persona, por definición, no es católica sino musulmana. Así pues, como estamos analizando lo que deben hacer los católicos, ya no hace falta que nos preocupemos por ella a los efectos de esta cuestión.

En cambio, si uno piensa que el Islam no es una revelación divina, sino una invención humana, no tiene sentido que hable de cuál es el verdadero Islam. Por su propia naturaleza, cualquier invención humana es modificable a voluntad. Por ejemplo, no es más verdadero un coche de gasolina que uno de gasóleo, ni un soneto que un romance. Son invenciones distintas y más o menos económicas, bellas, antiguas, largas o complejas, pero no más o menos verdaderas. Tampoco es más verdadero (aunque quizá sí más varonil y genuinamente inglés) el fútbol que se jugaba en el siglo XVI, con sus empellones, mordiscos y puñetazos, que el asfixiado por las actuales reglas de la FIFA.

Desde este punto de vista, que es el propio de un católico, lo único que podría hacer el Islam para ser verdadero es dejar de ser Islam. Dicho de otra forma, lo que es verdadero es el catolicismo y el adjetivo verdadero no se puede predicar del Islam en cuanto tal. En consecuencia, cualquier frase que incluya la expresión “verdadero Islam” es necesariamente errónea.

Asimismo, conviene señalar un pequeño problema de competencias. Grande es la autoridad y amplios los poderes de un obispo, Excelentísimo y Reverendísimo Señor, Sacerdos, Propheta et Rex, miembro del Collegium Apostolicum, Pontifex y Sucesor de los Apóstoles, desde la facultad de conferir el orden sacerdotal hasta el derecho a incluir en su escudo episcopal un sombrero de sinople con seis borlas a cada lado. Entre esos poderes, sin embargo, no se encuentra el de determinar si este hadiz debe prevalecer sobre aquel otro o cuál es la interpretación correcta de la Sura de la Araña. Busquen, si no me creen, en el Código de Derecho Canónico y en el Catecismo y verán que, en su infinita sabiduría, nuestro Señor no tuvo a bien conceder a sus apóstoles la custodia de la fe musulmana sino la de la fe católica.

En consecuencia, pontificar (literalmente) sobre cuál es el verdadero Islam, además de un ejercicio de futilidad, constituye una descortesía y una falta de respeto para los musulmanes, ya que se trata de una cuestión que sólo tiene sentido para ellos, que (equivocadamente) piensan que el Islam es verdadero y, por lo tanto, consideran que se puede hablar de un verdadero Islam. Mutatis mutandis, es como si un ateo viniera a decirnos a los católicos lo que es el verdadero catolicismo. Hasta un caballero victoriano perdería por un momento la compostura y dejaría aflorar a sus labios un leve gesto de desaprobación (o, en el caso de un caballero medieval de los buenos viejos tiempos, sacaría cortésmente a relucir el hacha de guerra).

En fin, es difícil pensar que este tipo de afirmaciones en boca de los que somos clérigos sean otra cosa que esas palabras ociosas de las que habla el Evangelio. En el mejor de los casos, nos distraen de nuestra misión y, en el peor, lo que hacen es crear confusión entre los fieles, de modo que no es extraño que tengamos que dar cuenta de ellas en el día del Juicio, como nos advirtió el mismo Cristo. No sé qué pensarán otros clérigos, pero yo al menos tengo ya demasiadas cosas de las que dar cuenta en el dies irae como para acumular otras innecesariamente.

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