pentecostes
San Juan Pablo II, Papa

Pecado, justicia y juicio

Cuando Jesús, durante el discurso del Cenáculo, anuncia la venida del Espíritu Santo “a costa” de su partida y promete: “Si me voy, os lo enviaré”, precisamente en el mismo contexto añade: “Y cuando Él venga, convencerá al mundo en lo referente al pecado, en lo referente a la justicia y en lo referente al juicio.”[1] El mismo Paráclito y Espíritu de la verdad, – que ha sido prometido como el que “enseñará” y “recordará”, que “dará testimonio”, que “guiará hasta la verdad completa” – con las palabras citadas ahora es anunciado como el que “convencerá al mundo en lo referente al pecado, en lo referente a la justicia y en lo referente al juicio”.

Significativo parece también el contexto. Jesús relaciona este anuncio del Espíritu Santo con las palabras que indican su propia “partida” a través de la Cruz, e incluso subraya su necesidad: “Os conviene que yo me vaya; porque si no me voy, no vendrá a vosotros el Paráclito.”[2]

Pero lo más interesante es la explicación que Jesús añade a estas palabras: pecado, justicia, juicio. Dice en efecto: “Él convencerá al mundo en lo referente al pecado, en lo referente a la justicia y en lo referente al juicio; en lo referente al pecado, porque no creen en mí; en lo referente a la justicia, porque me voy al Padre, y ya no me veréis; en lo referente al juicio, porque el Príncipe de este mundo está juzgado”.[3]

En el pensamiento de Jesús el pecado, la justicia y el juicio tienen un sentido muy preciso, distinto del que quizás alguno sería propenso a atribuir a estas palabras, independientemente de la explicación de quien habla. Esta explicación indica también cómo conviene entender aquel “convencer al mundo”, que es propio de la acción del Espíritu Santo. Aquí es importante tanto el significado de cada palabra, como el hecho de que Jesús las haya unido entre sí en la misma frase.

En este pasaje “el pecado” significa la incredulidad que Jesús encontró entre los “suyos”, empezando por sus conciudadanos de Nazaret. Significa el rechazo de su misión que llevará a los hombres a condenarlo a muerte. Cuando seguidamente habla de “la justicia”, Jesús parece que piensa en la justicia definitiva, que el Padre le dará rodeándolo con la gloria de la resurrección y de la ascensión al cielo: “Voy al Padre”. A su vez, en el contexto del “pecado” y de la “justicia” entendidos así, “el juicio” significa que el Espíritu de la verdad demostrará la culpa del “mundo” en la condena de Jesús a la muerte en Cruz. Sin embargo, Cristo no vino al mundo sólo para juzgarlo y condenarlo: Él vino para salvarlo.[4] El convencer en lo referente al pecado y a la justicia tiene como finalidad la salvación del mundo y la salvación de los hombres. Precisamente esta verdad parece estar subrayada por la afirmación de que “el juicio” se refiere solamente al “Príncipe de este mundo”, es decir, Satanás, el cual desde el principio explota la obra de la creación contra la salvación, contra la alianza y la unión del hombre con Dios: él está “ya juzgado” desde el principio. Si el Espíritu Paráclito debe convencer al mundo precisamente en lo referente al juicio, es para continuar en él la obra salvífica de Cristo.

Queremos concentrar ahora nuestra atención principalmente sobre esta misión del Espíritu Santo, que consiste en “convencer al mundo en lo referente al pecado”, pero respetando al mismo tiempo el contexto de las palabras de Jesús en el Cenáculo. El Espíritu Santo, que recibe del Hijo la obra de la Redención del mundo, recibe con ello mismo la tarea del salvífico “convencer en lo referente al pecado”. Este convencer se refiere constantemente a la ”justicia”, es decir, a la salvación definitiva en Dios, al cumplimiento de la economía que tiene como centro a Cristo crucificado y glorificado. Y esta economía salvífica de Dios sustrae, en cierto modo, al hombre del “juicio”, o sea de la condenación, con la que ha sido castigado el pecado de Satanás, “Príncipe de este mundo”, quien por razón de su pecado se ha convertido en “dominador de este mundo tenebroso”[5] y he aquí que, mediante esta referencia al “juicio”, se abren amplios horizontes para la comprensión del “pecado” así como de la “justicia”. El Espíritu Santo, al mostrar en el marco de la Cruz de Cristo “el pecado” en la economía de la salvación (podría decirse “el pecado salvado”), hace comprender que su misión es la de “convencer” también en lo referente al pecado que ya ha sido juzgado definitivamente (“el pecado condenado”).

Todas las palabras pronunciadas por el Redentor en el Cenáculo la víspera de su pasión se inscriben en la era de la Iglesia: ante todo, las dichas sobre el Espíritu Santo como Paráclito y Espíritu de la verdad. Éstas se inscriben en ella de un modo siempre nuevo a lo largo de cada generación y de cada época. Esto ha sido confirmado, respecto a nuestro siglo, por el conjunto de las enseñanzas del Concilio Vaticano II, especialmente en la Constitución pastoral Gaudium et spes. Muchos pasajes de este documento señalan con claridad que el Concilio, abriéndose a la luz del Espíritu de la verdad, se presenta como el auténtico depositario de los anuncios y de las promesas hechas por Cristo a los apóstoles y a la Iglesia en el discurso de despedida; de modo particular, del anuncio según el cual el Espíritu Santo debe “convencer al mundo en lo referente al pecado, en lo referente a la justicia y en lo referente al juicio”.

Esto lo señala ya el texto en el que el Concilio explica cómo entiende el ”mundo”: ”Tiene, pues, ante sí la Iglesia (el Concilio mismo) al mundo, esto es la entera familia humana con el conjunto universal de las realidades entre las que ésta vive; el mundo, teatro de la historia humana, con sus afanes, fracasos y victorias; el mundo, que los cristianos creen fundado y conservado por el amor del Creador, esclavizado bajo la servidumbre del pecado, pero liberado por Cristo, crucificado y resucitado, roto el poder del demonio, para que el mundo se transforme según el propósito divino y llegue a su consumación”.[6] Respecto a este texto tan sintético es necesario leer en la misma Constitución otros pasajes, que tratan de mostrar con todo el realismo de la fe la situación del pecado en el mundo contemporáneo y explicar también su esencia partiendo de diversos puntos de vista.[7]

Cuando Jesús, la víspera de Pascua, habla del Espíritu Santo, que “convencerá al mundo en lo referente al pecado”, por un lado se debe dar a esta afirmación el alcance más amplio posible, porque comprende el conjunto de los pecados en la historia de la humanidad. Por otro lado, sin embargo, cuando Jesús explica que este pecado consiste en el hecho de que “no creen en Él”, este alcance parece reducirse a los que rechazaron la misión mesiánica del Hijo del Hombre, condenándolo a la muerte de Cruz. Pero es difícil no advertir que este aspecto más “reducido” e históricamente preciso del significado del pecado se extiende hasta asumir un alcance universal por la universalidad de la Redención, que se ha realizado por medio de la Cruz. La revelación del misterio de la Redención abre el camino a una comprensión en la que cada pecado, realizado en cualquier lugar y momento, hace referencia a la Cruz de Cristo y, por tanto, indirectamente también al pecado de quienes “no han creído en Él”, condenando a Jesucristo a la muerte de Cruz.

Desde este punto de vista es conveniente volver al acontecimiento de Pentecostés.

El testimonio del día de Pentecostés

El día de Pentecostés encontraron su más exacta y directa confirmación los anuncios de Cristo en el discurso de despedida y, en particular, el anuncio del que estamos tratando: “El Paráclito… convencerá al mundo en la referente al pecado”. Aquel día, sobre los apóstoles recogidos en oración junto a María, Madre de Jesús, bajó el Espíritu Santo prometido, como leemos en los Hechos de los Apóstoles: ”Quedaron todos llenos del Espíritu Santo y se pusieron a hablar en otras lenguas, según el Espíritu les concedía expresarse, ”[8] ”volviendo a conducir de este modo a la unidad las razas dispersas, ofreciendo al Padre las primicias de todas las naciones.”[9]

Es evidente la relación entre este acontecimiento y el anuncio de Cristo. En él descubrimos el primero y fundamental cumplimiento de la promesa del Paráclito. Éste viene, enviado por el Padre, “después” de la partida de Cristo, como “precio” de ella. Ésta es primero una partida a través de la muerte de Cruz, y luego, cuarenta días después de la resurrección, con su ascensión al Cielo. Aún en el momento de la Ascensión Jesús mandó a los apóstoles “que no se ausentasen de Jerusalén, sino que aguardasen la Promesa del Padre”; “seréis bautizados en el Espíritu Santo dentro de pocos días”; “recibiréis la fuerza del Espíritu Santo, que vendrá sobre vosotros, y seréis mis testigos en Jerusalén, en toda Judea y Samaría, y hasta los confines de la tierra”.[10]

Estas palabras últimas encierran un eco o un recuerdo del anuncio hecho en el Cenáculo. Y el día de Pentecostés este anuncio se cumple fielmente. Actuando bajo el influjo del Espíritu Santo, recibido por los apóstoles durante la oración en el Cenáculo, ante una muchedumbre de diversas lenguas congregada para la fiesta, Pedro se presenta y habla. Proclama lo que ciertamente no habría tenido el valor de decir anteriormente: ”Israelitas… Jesús de Nazaret, hombre acreditado por Dios entre vosotros con milagros, prodigios y señales que Dios hizo por su medio entre vosotros… a éste, que fue entregado según el determinado designio y previo conocimiento de Dios, vosotros lo matasteis clavándolo en la cruz por mano de los impíos; a éste, pues, Dios lo resucitó librándolo de los dolores de la muerte, pues no era posible que quedase bajo su dominio.”[11]

Jesús había anunciado y prometido: “Él dará testimonio de mí… pero también vosotros daréis testimonio”. En el primer discurso de Pedro en Jerusalén este “testimonio” encuentra su claro comienzo: es el testimonio sobre Cristo crucificado y resucitado, el testimonio del Espíritu Paráclito y de los apóstoles. Y en el contenido mismo de aquel primer testimonio, el Espíritu de la verdad por boca de Pedro “convence al mundo en lo referente al pecado”: ante todo, respecto al pecado que supone el rechazo de Cristo hasta la condena a muerte y hasta la Cruz en el Gólgota. Proclamaciones de contenido similar se repetirán, según el libro de los Hechos de los Apóstoles, en otras ocasiones y en distintos lugares.[12]

Desde este testimonio inicial de Pentecostés, la acción del Espíritu de la verdad, que “convence al mundo en lo referente al pecado” del rechazo de Cristo, está vinculada de manera inseparable al testimonio del misterio pascual: misterio del Crucificado y Resucitado. En esta vinculación el mismo “convencer en lo referente al pecado” manifiesta la propia dimensión salvífica. En efecto, es un “convencimiento” que no tiene como finalidad la mera acusación del mundo, ni mucho menos su condena. Jesucristo no ha venido al mundo para juzgarlo y condenarlo, sino para salvarlo.[13] Esto está ya subrayado en este primer discurso cuando Pedro exclama: “Sepa, pues, con certeza toda la casa de Israel que Dios ha constituido Señor y Cristo a este Jesús a quien vosotros habéis crucificado.”[14] Y a continuación, cuando los presentes preguntan a Pedro y a los demás apóstoles: “¿Qué hemos de hacer, hermanos?”, él les responde: “Convertíos y que cada uno de vosotros se haga bautizar en el nombre de Jesucristo, para remisión de vuestros pecados; y recibiréis el don del Espíritu Santo”.[15]

De este modo el “convencer en lo referente al pecado” llega a ser a la vez un convencer sobre la remisión de los pecados, por virtud del Espíritu Santo. Pedro en su discurso de Jerusalén exhorta a la conversión, como Jesús exhortaba a sus oyentes al comienzo de su actividad mesiánica.[16] La conversión exige la convicción del pecado, contiene en sí el juicio interior de la conciencia, y éste, siendo una verificación de la acción del Espíritu de la verdad en la intimidad del hombre, llega a ser al mismo tiempo el nuevo comienzo de la dádiva de la gracia y del amor: “Recibid el Espíritu Santo.”[17] Así pues en este “convencer en lo referente al pecado” descubrimos una doble dádiva: el don de la verdad de la conciencia y el don de la certeza de la redención. El Espíritu de la verdad es el Paráclito. El convencer en lo referente al pecado, mediante el ministerio de la predicación apostólica en la Iglesia naciente, es relacionado – bajo el impulso del Espíritu derramado en Pentecostés – con el poder redentor de Cristo crucificado y resucitado. De este modo se cumple la promesa referente al Espíritu Santo hecha antes de Pascua: “recibirá de lo mío y os lo anunciará a vosotros”. Por tanto, cuando Pedro, durante el acontecimiento de Pentecostés, habla del pecado de aquellos que ”no creyeron”[18] y entregaron a una muerte ignominiosa a Jesús de Nazaret, da testimonio de la victoria sobre el pecado; victoria que se ha alcanzado, en cierto modo, mediante el pecado más grande que el hombre podía cometer: la muerte de Jesús, Hijo de Dios, consubstancial al Padre. De modo parecido, la muerte del Hijo de Dios vence la muerte humana: “Seré tu muerte, oh muerte, ”[19] pues el pecado de haber crucificado al Hijo de Dios ”vence” el pecado humano; aquel pecado que se consumó el día de Viernes Santo en Jerusalén y también cada pecado del hombre. Pues, al pecado más grande del hombre corresponde, en el corazón del Redentor, la oblación del amor supremo, que supera el mal de todos los pecados de los hombres. Con base en esta creencia, la Iglesia en la liturgia romana no duda en repetir cada año, en el transcurso de la vigilia Pascual, “Oh feliz culpa”, en el anuncio de la resurrección hecho por el diácono con el canto del “Exsultet”.

Sin embargo, de esta verdad inefable nadie puede “convencer al mundo”, al hombre y a la conciencia humana, sino el Espíritu de la verdad. Él es el Espíritu que “sondea hasta las profundidades de Dios.”[20] Ante el misterio del pecado se deben sondear totalmente ”las profundidades de Dios”. No basta sondear la conciencia humana, como misterio íntimo del hombre, sino que se debe penetrar en el misterio íntimo de Dios, en aquellas “profundidades de Dios” que se resumen en la síntesis: al Padre, en el Hijo, por medio del Espíritu Santo. Es precisamente el Espíritu Santo quien las “sondea” y de ellas saca la respuesta de Dios al pecado del hombre. Con esta respuesta se cierra el procedimiento de “convencer en lo referente al pecado”, como pone en evidencia el acontecimiento de Pentecostés.

Al convencer al “mundo” del pecado del Gólgota – la muerte del Cordero inocente – como sucede el día de Pentecostés, el Espíritu Santo convence también de todo pecado cometido en cualquier lugar y momento de la historia del hombre, pues demuestra su relación con la cruz de Cristo. El “convencer” es la demostración del mal del pecado, de todo pecado, en relación con la Cruz de Cristo. El pecado, presentado en esta relación, es reconocido en la dimensión completa del mal, que le es característica por el “misterio de la impiedad”[21] que contiene y encierra en sí. El hombre no conoce esta dimensión, –no la conoce absolutamente– fuera de la Cruz de Cristo. Por consiguiente, no puede ser “convencido” de ello sino es por el Espíritu Santo: Espíritu de la verdad y, a la vez, Paráclito.

En efecto, el pecado, puesto en relación con la Cruz de Cristo, al mismo tiempo es identificado por la plena dimensión del ”misterio de la piedad, ”[22] como ha señalado la Exhortación Apostólica postsinodal Reconciliatio et paenitentia.[23] El hombre tampoco conoce absolutamente esta dimensión del pecado fuera de la Cruz de Cristo. Y tampoco puede ser “convencido” de ella sino por el Espíritu Santo, quien sondea las profundidades de Dios. […]

El pecado contra el Espíritu Santo

En el marco de lo dicho hasta ahora, resultan más comprensibles otras palabras, impresionantes y desconcertantes, de Jesús. Las podríamos llamarlas palabras del “no-perdón”. Nos las refieren los Sinópticos respecto a un pecado particular que es llamado “blasfemia contra el Espíritu Santo”. Así han sido referidas en su triple redacción:

Mateo: ”Todo pecado y blasfemia se perdonará a los hombres, pero la blasfemia contra el Espíritu no será perdonada. Y al que diga una palabra contra el Hijo del hombre, se le perdonará; pero al que la diga contra el Espíritu Santo, no se le perdonará ni en este mundo ni en el otro.”[24]

Marcos: ”Se perdonará todo a los hijos de los hombres, los pecados y las blasfemias, por muchas que éstas sean. Pero el que blasfeme contra el Espíritu Santo, no tendrá perdón nunca, antes bien, será reo de pecado eterno.”[25]

Lucas: ”A todo el que diga una palabra contra el Hijo del hombre, se le perdonará; pero al que blasfeme contra el Espíritu Santo, no se le perdonará.”[26]

¿Por qué la blasfemia contra el Espíritu Santo es imperdonable? ¿Cómo se entiende esta blasfemia? Responde Santo Tomás de Aquino que se trata de un pecado “irremisible según su naturaleza, en cuanto excluye aquellos elementos gracias a los cuales se da la remisión de los pecados.”[27]

Según esta exégesis la “blasfemia” no consiste en el hecho de ofender con palabras al Espíritu Santo; consiste, por el contrario, en el rechazo de aceptar la salvación que Dios ofrece al hombre por medio del Espíritu Santo, que actúa en virtud del sacrificio de la Cruz. Si el hombre rechaza aquel “convencer sobre el pecado”, que proviene del Espíritu Santo y tiene un carácter salvífico, rechaza a la vez la “venida” del Paráclito, aquella “venida” que se ha realizado en el misterio pascual, en unidad con la fuerza redentora de la Sangre de Cristo: la Sangre que “purifica nuestra conciencia de las obras muertas”.

Sabemos que un fruto de esta purificación es la remisión de los pecados. Por tanto, el que rechaza el Espíritu y la Sangre permanece en las “obras muertas”, o sea en el pecado. Y la blasfemia contra el Espíritu Santo consiste precisamente en el rechazo radical de aceptar esta remisión, de la que el mismo Espíritu es el íntimo dispensador y que presupone la verdadera conversión obrada por Él en la conciencia. Si Jesús afirma que la blasfemia contra el Espíritu Santo no puede ser perdonada ni en esta vida ni en la futura, es porque esta “no-remisión” está unida, como causa suya, a la ”no-penitencia”, es decir al rechazo radical del convertirse. Esto significa el rechazo a acudir a las fuentes de la Redención, las cuales, sin embargo, quedan “siempre” abiertas en la economía de la salvación, en la que se realiza la misión del Espíritu Santo. El Paráclito tiene el poder infinito de sacar de estas fuentes: “recibirá de lo mío”, dijo Jesús. De este modo el Espíritu completa en las almas la obra de la Redención realizada por Cristo, distribuyendo sus frutos. Ahora bien la blasfemia contra el Espíritu Santo es el pecado cometido por el hombre, que reivindica un pretendido “derecho de perseverar en el mal” – en cualquier pecado – y rechaza así la Redención. El hombre queda encerrado en el pecado, haciendo imposible por su parte la conversión y, por consiguiente, también la remisión de sus pecados, que considera no esencial o sin importancia para su vida. Ésta es una condición de ruina espiritual, dado que la blasfemia contra el Espíritu Santo no permite al hombre salir de su auto-prisión y abrirse a las fuentes divinas de la purificación de las conciencias y de la remisión de los pecados.

La acción del Espíritu de la verdad, que tiende al salvífico “convencer en lo referente al pecado”, encuentra en el hombre que se halla en esta condición una resistencia interior, como una impermeabilidad de la conciencia, un estado de ánimo que podría decirse consolidado en razón de una libre elección: es lo que la Sagrada Escritura suele llamar “dureza de corazón”.[28] En nuestro tiempo a esta actitud de mente y corazón corresponde quizás la pérdida del sentido del pecado, a la que dedica muchas páginas la Exhortación Apostólica Reconciliatio et Paenitentia.[29] Anteriormente el Papa Pío XII había afirmado que “el pecado de nuestro siglo es la pérdida del sentido del pecado”[30] y esta pérdida está acompañada por la “pérdida del sentido de Dios”. En la citada Exhortación leemos: “En realidad, Dios es la raíz y el fin supremo del hombre y éste lleva en sí un germen divino. Por ello, es la realidad de Dios la que descubre e ilumina el misterio del hombre. Es vano, por lo tanto, esperar que tenga consistencia un sentido del pecado respecto al hombre y a los valores humanos, si falta el sentido de la ofensa cometida contra Dios, o sea, el verdadero sentido del pecado.[31]” La Iglesia, por consiguiente, no cesa de implorar a Dios la gracia de que no disminuya la rectitud en las conciencias humanas, que no se atenúe su sana sensibilidad ante el bien y el mal. Esta rectitud y sensibilidad están profundamente unidas a la acción íntima del Espíritu de la verdad. Con esta luz adquieren un significado particular las exhortaciones del Apóstol: “No extingáis el Espíritu”, “no entristezcáis al Espíritu Santo.”[32] Pero la Iglesia, sobre todo, no cesa de suplicar con gran fervor que no aumente en el mundo aquel pecado llamado por el Evangelio blasfemia contra el Espíritu Santo; antes bien que retroceda en las almas de los hombres y también en los mismos ambientes y en las distintas formas de la sociedad, dando lugar a la apertura de las conciencias, necesaria para la acción salvífica del Espíritu Santo. La Iglesia ruega que el peligroso pecado contra el Espíritu deje lugar a una santa disponibilidad a aceptar su misión de Paráclito, cuando viene para “convencer al mundo en lo referente al pecado, en lo referente a la justicia y en lo referente al juicio”.

Jesús en su discurso de despedida ha unido estos tres ámbitos del ”convencer” como componentes de la misión del Paráclito: el pecado, la justicia y el juicio. Ellos señalan la dimensión de aquel misterio de la piedad, que en la historia del hombre se opone al pecado, es decir al misterio de la impiedad.[33] Por un lado, como expresa San Agustín, existe el “amor de uno mismo hasta el desprecio de Dios”; por el otro, existe el “amor de Dios hasta el desprecio de uno mismo.”[34] La Iglesia eleva sin cesar su oración y ejerce su ministerio para que la historia de las conciencias y la historia de las sociedades en la gran familia humana no se abajen al polo del pecado con el rechazo de los mandamientos de Dios “hasta el desprecio de Dios”, sino que, por el contrario, se eleven hacia el amor en el que se manifiesta el Espíritu que da la vida.

Los que se dejan “convencer en lo referente al pecado” por el Espíritu Santo, se dejan convencer también en lo referente a “la justicia y el juicio”. El Espíritu de la verdad que ayuda a los hombres, a las conciencias humanas, a conocer la verdad del pecado, a la vez hace que conozcan la verdad de aquella justicia que entró en la historia del hombre con Jesucristo. De este modo, los que, “convencidos en lo referente al pecado”, se convierten bajo la acción del Paráclito son conducidos, en cierto modo, fuera del ámbito del “juicio”: de aquel “juicio” mediante el cual “el Príncipe de este mundo está juzgado.”[35] La conversión, en la profundidad de su misterio divino-humano, significa la ruptura de todo vínculo mediante el cual el pecado ata al hombre en el conjunto del misterio de la impiedad. Los que se convierten, pues, son conducidos por el Espíritu Santo fuera del ámbito del “juicio” e introducidos en aquella justicia que está en Cristo Jesús, porque la “recibe” del Padre, [36] como un reflejo de la santidad trinitaria. Ésta es la justicia del Evangelio y de la Redención, la justicia del Sermón de la montaña y de la Cruz, que realiza la purificación de la conciencia por medio de la Sangre del Cordero. Es la justicia que el Padre da al Hijo y a todos aquellos que se han unido a Él en la verdad y en el amor.

En esta justicia el Espíritu Santo, Espíritu del Padre y del Hijo, que “convence al mundo en lo referente al pecado” se manifiesta y se hace presente al hombre como Espíritu de vida eterna.


[1] Juan 16, 7.

[2] Juan 16, 7.

[3] Juan 16, 8-11.

[4] Juan 3, 17; 12, 47.

[5] Efesios 6, 12.

[6] Constitución Pastoral Gaudium et Spes, sobre la Iglesia en el mundo actual, 2.

[7] Ibid. 10, 13, 27, 37, 63, 73, 79, 80.

[8] Hechos 2, 4.

[9] San Ireneo, Adversus Haereses, III, 17, 2: SC 211, p. 330-332.

[10] Hechos 1, 4.5.8.

[11] Hechos 2, 22-24.

[12] Hechos 3, 14; 4, 10.27s; 7, 52; 10, 39; 13, 28; etc.

[13] Juan 3, 17; 12, 47.

[14] Hechos 2, 36.

[15] Hechos 2, 37s.

[16] Marcos 1, 15.

[17] Juan 20, 22.

[18] Juan 16, 9.

[19] Oseas 13, 14. 1Corintios 15, 55.

[20] 1Corintios 2, 10.

[21] 2Tesalonicenses 2, 7.

[22] 1Timoteo 3, 16.

[23] Reconciliatio et paenitentia (2 de diciembre de 1984), 19-22: AAS 77 (1985), pp. 229-233.

[24] Mateo 12, 31s.

[25] Marcos 3, 28s.

[26] Lucas 12, 10.

[27] Santo Tomás De Aquino, Summa Theolicae. IIa-IIae, q. 14, a. 3; San Agustín, Epistolae 185, 11, 48-49: J.P. Migne, ed., Patroligia Latina (Paris, 1841-1855) 33, 814 s.; San Buenaventura, Commentario del Evangelio Según San Lucas cap. 14, 15-16: Ad Claras Aquas, 7, pp. 314 s.

[28] Salmos 81[80], 13; Jeremías 7, 24, Marcos 3, 5.

[29] Juan Pablo II, Exhortación Apostólica postsinodal Reconciliatio et paenitentia (2 de diciembre de 1984), 18: AAS 77 (1985), pp. 224-228.

[30] Pío XII, Radiomensaje al Congreso Catequístico Nacional de los Estados Unidos de América en Boston (26 de octubre de 1946): Discursos y radiomensajes, VIII (1946), 288.

[31] Juan Pablo II, Exhortación Apostólica postsinodal Reconciliatio et paenitentia (2 de diciembre de 1984), 18: AAS 77 (1985), pp. 225s.

[32] 1Tesalonicenses 5, 19; Efesios 4, 30.

[33] Juan Pablo II, Exhortación Apostólica postsinodal Reconciliatio et paenitentia (2 de diciembre de 1984), 14-22: AAS 77 (1985), pp. 211-233.

[34] San Agustín, De Civitate Dei, XIV, 28: CCL 48, 451.

[35] Juan 16, 11.

[36] Juan 16, 15.

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