vida-despues-de-la-muerte
José María Iraburu

“Pecador me concibió mi madre” (Salmo 50)

Y si nos concibió pecadores, nos dio una vida mortal.

Inicio esta serie de artículos recordando las verdades fundamentales de la fe cristiana acerca de la muerte. En un primer acercamiento a este misterio, recordaré sobre todo la enseñanza del Catecismo de la Iglesia Católica, que citaré entre corchetes, i.e. [nnnn]

El enigma indescifrable de la muerte

Es un misterio que la mente humana, reducida a sus facultades naturales, no alcanza a conocer. “Frente a la muerte, el enigma de la condición humana alcanza su cumbre.”[1]

Las religiones paganas, tan diversas entre sí, intuyen a veces algún modo de supervivencia del ser humano después de la muerte. Pero lo que enseñan carece de certezas; son ideas que se mueven entre nieblas y tinieblas.

La reencarnación (metempsicosis: meta, después – psiche, espíritu) es una de las creencias más difundidas en las religiones, sobre todo en las orientales – hinduismo, budismo, taoísmo, sintoísmo – y en sus múltiples versiones y derivaciones. Pero también se hallan sus intuiciones en religiones de África, América y Oceanía. El espíritu, después de la muerte, pasa a otros cuerpos, también mortales, en encarnaciones sucesivas, que habrían de ocasionar progresos indefinidos, hasta que se detiene el ciclo de la rueda, alcanzando una liberación final estable, cuya noción varía de unas religiones a otras.

Las filosofías desfallecen ante el enigma de la muerte, incapaces de descifrarlo. Los más grandes de la antigüedad, como Platón (el Fedón), llegaron a conocer la inmortalidad del alma, pero no la de los cuerpos, cuya corrupción en la muerte es evidente.

Narra San Lucas que el Apóstol, en uno de sus viajes misioneros, habló en el Areópago de Atenas. Y que ”cuando oyeron lo de la resurrección de los muertos, unos se echaron a reír, y otros dijeron: “Ya te oiremos sobre esto en otra ocasión”. Así salió Pablo de en medio de ellos.”[2]

Los filósofos y científicos modernos no suelen tratar de la muerte ni aventuran ideas sobre el enigma al que la muerte conduce. Renuncian a hablar de lo que consideran incognoscible, pues su estudio experimental es imposible. Teósofos, espiritistas y otros, que no son filósofos ni científicos, sí hablan, pero hablan falsamente de lo que ignoran. Sólo el Cristianismo, por revelación de Dios en Cristo, tiene un conocimiento verdadero y cierto de la muerte, de su origen y de los posibles estados post-mortem.

Doctrina cristiana sobre la muerte

“En la muerte el alma se separa del cuerpo. Y se reunirá con su cuerpo el día de la resurrección de los muertos,” cuando vuelva Cristo, en la Parusía. [1005]

“La muerte es el final de la vida terrena. Nuestras vidas están medidas por el tiempo, en el curso del cual cambiamos, envejecemos y, como en todos los seres vivos de la tierra, al final aparece la muerte como terminación normal de la vida.” [1007]

El hombre se hace mortal a causa del pecado. Dios no hizo la muerte, cuando crea al hombre a su imagen y semejanza. Pero por eso mismo lo crea libre, y su libertad creada es falible. Y dice al hombre y a la mujer sobre el árbol que hay en medio del paraíso: ”No comáis de él, ni lo toquéis siquiera, no vayáis a morir.”[3] Pero Adán y Eva, engañados por el diablo, comen del fruto prohibido, y al separarse de Dios por la desobediencia, siendo Dios la fuente de la vida, se hacen mortales ellos y toda su descendencia. ”El hombre se habría liberado de la muerte temporal si no hubiera pecado.”[4] ”Dios no hizo la muerte, ni se goza con la pérdida de los vivientes. Pues Él creó todas las cosas para la existencia e hizo saludables a todas sus criaturas, y no hay en ellas principio de muerte, ni el reino del Hades impera sobre la tierra. Porque la justicia no está sometida a la muerte.”[5] ”Por un hombre entró el pecado en el mundo, y por el pecado la muerte, y así la muerte pasó a todos los hombres.”[6] “La paga del pecado es la muerte, mientras que el don de Dios es la vida eterna en Cristo Jesús, Señor nuestro.”[7]

El Hijo de Dios se hizo mortal al encarnarse. Muriendo por nosotros, venció a la muerte, y resucitando, restauró la vida. ”Cristo ha resucitado de entre los muertos como primicia de los que mueren. Porque como por un hombre [Adán] vino la muerte, también por un hombre [el nuevo Adán] vino la resurrección de los muertos. Y como en Adán hemos muerto todos, así también en Cristo somos todos vivificados.”[8] Cristo ”es la imagen de Dios invisible, primogénito de toda criatura, porque en Él fueron creadas todas las cosas del cielo y de la tierra… Él es el principio, el primogénito de los muertos [resucitados], para que tenga la primacía sobre todas las cosas.”[9]

“La muerte fue transformada por Cristo. Jesús, el Hijo de Dios, sufrió también la muerte, propia de la condición humana. Pero, a pesar de su angustia frente a ella,[10] la asumió en un acto de sometimiento al Padre totalmente libre y voluntario. De este modo la obediencia de Jesús transformó la maldición de la muerte en bendición.”[11] [1009]

Los que mueren en la gracia de Cristo participan en su muerte, y también en su resurrección. “Con Él hemos sido sepultados por el bautismo, para participar en su muerte, para que como Él resucitó de entre los muertos por la gloria del Padre, así también nosotros vivamos una vida nueva. Porque si hemos sido injertados en Él por la semejanza de su muerte, también lo seremos por la de su resurrección… Si hemos muerto con Cristo, también viviremos con Él.”[12] ”Deseo partir [del cuerpo, de este mundo] para estar con Cristo, que es con mucho lo mejor.”[13]

La muerte es “el último enemigo” del hombre que será vencido.[14] ”Dios erigirá su tabernáculo entre los hombres, y ellos serán su pueblo y el mismo Dios será con ellos, y enjugará las lágrimas de sus ojos, y la muerte no existirá más, ni habrá duelo, ni gritos, ni trabajo, porque todo esto es ya pasado. Y dijo el que estaba sentado en el trono: “He aquí que hago nuevas todas las cosas.”[15] “Creemos que hemos de ser resucitados por Él en el último día en esta carne en que ahora vivimos.”[16]

El alma humana

El alma es una substancia creada por Dios, infundida directamente por Él en la misma concepción sagrada del ser humano. Es espiritual y es inmortal,[17] pues ”lleva en sí la semilla de la eternidad, al ser irreductible a la sola materia.”[18] ”El alma racional verdadera y esencialmente informa al mismo cuerpo;”[19] es decir, ”vivifica todo el cuerpo, lo une y lo mueve.”[20] Por eso, cuando el alma es separada del cuerpo, el hombre muere.[21] [1005]

Esta definición cristiana de la muerte no podría sostenerse si fuera imposible la existencia del alma separada, como algunos teólogos afirman hoy contra la fe de la Iglesia. Podría decirse de ellos que sufren una cierta alergia intelectual al concepto y a la palabra “alma”. El profesor salmantino José Román Flecha, por ejemplo, en su Teología Moral Fundamental, no emplea en su obra nunca el término ‘alma.’ Por otra parte, los que no mencionan el alma, menos aún suelen admitir la posible existencia del alma separada, con lo que vienen a negar la escatología intermedia, el purgatorio.

La Congregación de la Fe, aunque parezca increíble, hubo de reafirmar en 1979 el concepto y término de “alma.” “Para designar este elemento espiritual la Iglesia emplea la palabra alma, consagrada por el uso de la Sagrada Escritura y de la tradición. Aunque ella no ignora que este término tiene en la Biblia diversas acepciones, opina sin embargo que no se da razón alguna válida para rechazarlo, y considera al mismo tiempo que un término verbal es absolutamente indispensable para sostener la fe de los cristianos.” Ya el Sínodo XV de Toledo (a.D. 688) dice: “¿Quién no sabe que el hombre consta de dos substancias, la del alma y la del cuerpo?” y cita 2Corintios 4, 16 y Salmos 63, 2.[22]

La razón y la fe conocen que hay en el hombre una dualidad entre alma y cuerpo (soma y psykhé). No es ésta una antropología platónica dualista (el hombre es el alma; el alma preexiste al cuerpo; la ascesis libera al alma del cuerpo; el alma es inmortal, pero el cuerpo muere para siempre.) No es eso. El hombre es la unión substancial de dos coprincipios, alma y cuerpo, uno espiritual e inmortal y otro material y corruptible, que resucitará en el último día.

Los libros más tardíos del Antiguo Testamento y más claramente el Nuevo Testamento conocen la dualidad alma-cuerpo (soma-psykhé;[23] soma-pneuma.[24]) Y la razón natural, de otro lado, sabe que hay “algo” que, al paso de los años, guarda la identidad de la persona, aunque el cuerpo renueve todas sus células, y aunque el cuerpo quede paralizado o enfermo. Sabe que el conocimiento, la reflexión, el arte, la religión, son procesos espirituales que, como la libertad, no pueden ser reducidos a la materia. Las diferentes culturas antiguas de la tierra, de un modo u otro, han distinguido en el hombre el espíritu y el cuerpo. Son el ka y el ba (Egipto), el po’h y el hun (China), el asa y el manas (Vedas), el animus y el anima (Roma). Y las lenguas modernas se refieren a un principio espiritual único, expresado en palabras sutiles, delicadas, que sugieren un vuelo: seele (alemán), aliento; soul (inglés), suspiro; alma; âme (francés).

El gozo de la muerte cristiana

Enseña el Catecismo: “Gracias a Cristo, la muerte cristiana tiene un sentido positivo. “Para mí, la vida es Cristo y morir una ganancia.”[25] “Es cierta esta afirmación: si hemos muerto con Él, también viviremos con Él.”[26] La novedad esencial de la muerte cristiana está ahí: por el Bautismo, el cristiano está ya sacramentalmente “muerto con Cristo”, para vivir una vida nueva. Y si morimos en la gracia de Cristo, la muerte física consuma este “morir con Cristo” y perfecciona así nuestra incorporación a Él en su acto redentor: “Para mí es mejor morir en Cristo Jesús que reinar de un extremo a otro de la tierra. Lo busco a Él, que ha muerto por nosotros; lo quiero a Él, que ha resucitado por nosotros. Mi parto se aproxima… Dejadme recibir la luz pura. Cuando yo llegue allí, seré un hombre.”[27] [1010]

“En la muerte Dios llama al hombre hacia Sí. Por eso, el cristiano puede experimentar hacia la muerte un deseo semejante al de San Pablo: “deseo partir y estar con Cristo;”[28] y puede transformar su propia muerte en un acto de obediencia y de amor hacia el Padre, a ejemplo de Cristo:[29] “Mi deseo terreno ha desaparecido; … hay en mí un agua viva que murmura y que dice desde dentro de mí ‘ven al Padre.’”[30] “Yo quiero ver a Dios y para verlo es necesario morir.”[31] “Yo no muero, entro en la vida.”[32] [1011]

“La visión cristiana de la muerte se expresa de modo privilegiado en la liturgia de la Iglesia:[33] “La vida de los que en Ti creemos, Señor, no termina, se transforma; y, al deshacerse nuestra morada terrenal, adquirimos una mansión eterna en el cielo”[34] [1012]

“La muerte es el fin de la peregrinación terrena del hombre, del tiempo de gracia y de misericordia que Dios le ofrece para realizar su vida terrena según el designio divino y para decidir su último destino. Cuando ha tenido fin “el único curso de nuestra vida terrena,”[35] ya no volveremos a otras vidas terrenas. “Está establecido que los hombres mueran una sola vez.”[36] No hay reencarnación después de la muerte.” [1013]

La vida santa lleva a una muerte santa

“La Iglesia nos anima a prepararnos para la hora de nuestra muerte: (“de la muerte repentina e imprevista, líbranos Señor;”[37] a pedir a la Madre de Dios que interceda por nosotros “en la hora de nuestra muerte;”[38] y a confiarnos a San José, Patrono de la buena muerte. “Habrías de ordenarte en toda cosa como si luego hubieses de morir. Si tuvieses buena conciencia no temerías mucho la muerte. Mejor sería huir de los pecados que de la muerte. Si hoy no estás aparejado, ¿cómo lo estarás mañana?”[39] “Y por la hermana muerte, ¡loado mi Señor! –Ningún viviente escapa de su persecución; –¡ay si en pecado grave sorprende al pecador! –¡Dichosos los que cumplen la voluntad de Dios!” San Francisco de Asís, Cántico al hermano Sol.” [1014]

Santa Teresa de Jesús

Terminemos escuchando la voz maravillosa de esta Doctora de la Iglesia.

“Véante mis ojos

dulce Jesús bueno;

véante mis ojos,

muérame yo luego.

Vea quien quisiere

rosas y jazmines,

que, si yo te viere,

veré mil jardines;

flor de serafines,

Jesús Nazareno,

véante mi ojos,

muérame yo luego.

No quiero contento,

mi Jesús ausente,

pues todo es tormento

a quien esto siente;

sólo me sustente

tu amor y deseo;

véante mi ojos,

muérame yo luego”.

“Vivo sin vivir en mí

y tan alta vida espero

que muero porque no muero”…

Copiar y pegar. Así, fácil…

La ley del mínimo esfuerzo, bien entendida y prudentemente aplicada, es una buena ley. Continúo recordando y afirmando las verdades fundamentales de la Revelación divina y de la fe cristiana en torno a la muerte.

Creo en la vida eterna

Enseña el Catecismo de la Iglesia Católica: ”El cristiano que une su propia muerte a la de Jesús ve la muerte como una ida hacia Él y la entrada en la vida eterna. Tres sacramentos vienen en su ayuda: Cuando la Iglesia dice por última vez las palabras de perdón de la absolución de Cristo sobre el cristiano moribundo, lo sella por última vez con una unción fortificante y le da a Cristo en el viático como alimento para el viaje. Le habla entonces con una dulce seguridad: “Alma cristiana, al salir de este mundo, marcha en el nombre de Dios Padre Todopoderoso, que te creó; en el nombre de Jesucristo, Hijo de Dios vivo, que murió por ti; en el nombre del Espíritu Santo, que sobre ti descendió. Entra en el lugar de la paz y que tu morada esté junto a Dios en Sión, la ciudad santa, con Santa María Virgen, Madre de Dios, con San José y todos los ángeles y santos… Te entrego a Dios, y, como criatura suya, te pongo en sus manos, pues es tu Hacedor, que te formó del polvo de la tierra. Y al dejar esta vida, salgan a tu encuentro la Virgen María y todos los ángeles y santos… Que puedas contemplar cara a cara a tu Redentor…”[40] [1020]

Creo en el juicio particular  

“La muerte pone fin a la vida del hombre como tiempo abierto a la aceptación o al rechazo de la gracia divina manifestada en Cristo.[41] El Nuevo Testamento habla del juicio principalmente en la perspectiva del encuentro final con Cristo en su segunda venida. Pero también asegura reiteradamente la existencia de la retribución inmediata después de la muerte de cada uno como consecuencia de sus obras y de su fe. La parábola del pobre Lázaro[42] y la palabra de Cristo en la Cruz al buen ladrón,[43] así como otros textos del Nuevo Testamento[44] hablan de un último destino del alma[45] que puede ser diferente para unos y para otros.” [1021]

“Cada hombre, después de morir, recibe en su alma inmortal su retribución eterna en un juicio particular que refiere su vida a Cristo, bien a través de una purificación,[46] bien para entrar inmediatamente en la bienaventuranza del cielo,[47] bien para condenarse  de inmediato y para siempre.[48] “A la tarde te examinarán en el amor.”[49] [1022]

Creo en purgatorio, cielo e infierno

Purgatorio. “Los que mueren en la gracia y en la amistad de Dios, pero imperfectamente purificados, aunque están seguros de su eterna salvación, sufren después de la muerte una purificación, a fin de obtener la santidad necesaria para entrar en el cielo.”[1030] Son benditas las almas del purgatorio. ”La Iglesia ha formulado la doctrina de la fe relativa al purgatorio sobre todo en los Concilios de Florencia[50] y de Trento.”[51] [1031] Manda el santo Concilio de Trento a los obispos que diligentemente se esfuercen para que la sana doctrina sobre el purgatorio, enseñada por los santos Padres y los sagrados Concilios – negada por los luteranos – sea creída, mantenida, enseñada y en todas partes predicada por los fieles de Cristo.”[52]

Cielo. ”Los que mueren en la gracia y en la amistad de Dios y están perfectamente purificados viven para siempre con Cristo. Son para siempre semejantes a Dios, porque lo ven “tal cual es” en la visión beatífica,[53] cara a cara.”[54] [1023]

Infierno. ”Morir en pecado mortal sin estar arrepentidos ni acoger el amor misericordioso de Dios significa permanecer separados de Él para siempre por nuestra propia y libre elección. Este estado de autoexclusión definitiva de la unión con Dios y con los bienaventurados es lo que se designa con la palabra infierno.” [1033] “La enseñanza de la Iglesia afirma la existencia del infierno y su eternidad. Las almas de los que mueren en estado de pecado mortal descienden a los infiernos inmediatamente después de la muerte y allí sufren las penas del infierno, “el fuego eterno.”

Concilio Vaticano II, 1964: ”Y como no sabemos el día ni la hora, es necesario, según la amonestación del Señor, que velemos constantemente, para que, terminado el único plazo de nuestra vida terrena,[55] merezcamos entrar con Él a las bodas y ser contados entre los elegidos,[56] y no se nos mande, como a siervos malos y perezosos,[57] ir al fuego eterno,[58] a las tinieblas exteriores, donde habrá llanto y rechinar de dientes.[59] [1035]

Creo en la resurrección de la carne

“Si es verdad que Cristo nos resucitará en “el último día”, también lo es, en cierto modo, que nosotros ya hemos resucitado con Cristo. En efecto, gracias al Espíritu Santo, la vida cristiana en la tierra es, desde ahora, una participación en la muerte y en la Resurrección de Cristo: “Sepultados con Él en el bautismo, con Él también habéis resucitado por la fe en la acción de Dios, que lo resucitó de entre los muertos… Así pues, si habéis resucitado con Cristo, buscad las cosas de arriba, donde está Cristo sentado a la diestra de Dios.”[60] [1002]

“Unidos a Cristo por el Bautismo, los creyentes participan ya realmente en la vida celestial de Cristo resucitado,[61] pero esta vida permanece “escondida con Cristo en Dios.”[62] “Con Él nos ha resucitado y hecho sentar en los cielos con Cristo Jesús.”[63] Alimentados en la Eucaristía con su Cuerpo, nosotros pertenecemos ya al Cuerpo de Cristo. Cuando resucitemos en el último día también nos “manifestaremos con Él llenos de gloria.”[64] [1003]

Resucitaremos “en los mismos cuerpos” en que temporalmente vivimos, y que en la muerte conocen la corrupción. La fe católica siempre ha creído que la salvación de Cristo, primero por la gracia y finalmente en la gloria, salva y transforma a todo el hombre: alma-cuerpo. Así se confiesa en la Fides Damasi:[65] “Limpios nosotros por Su muerte y sangre, creemos que hemos de resucitar en el último día en esta carne en que ahora vivimos.” Fe que ha sido reafirmada en muchos Concilios y documentos del Magisterio apostólico: “en los mismos cuerpos,”[66] no en cualquier otra carne.[67]

Respice finem

Caminamos en este mundo como ”peregrinos y forasteros,”[68] y si no tenemos bien presente la meta a la que nos dirigimos, es fácil que nos extraviemos en nuestra peregrinación. Respice finem, para que poniendo los medios necesarios, puedas llegar al fin que pretendes.

El papa Francisco, en esta última semana del año litúrgico, que evoca con fuerza el fin de nuestra vida y el final del mundo, ha predicado en la Misa de Santa Marta: “Nos hará bien pensar: “¿cómo será el día en el que estaré ante Jesús?” Cuando Él me pregunte sobre los talentos que me ha dado, qué he hecho con ellos; cuando Él me pregunte cómo ha sido mi corazón cuando ha caído en él la semilla, como un camino o como las espinas: esas parábolas del Reino de Dios. ¿Cómo he recibido la Palabra? ¿Con corazón abierto? ¿La he hecho germinar por el bien de todos o la he escondido?”

El Papa subrayó que cada uno estará delante de Jesús en el día del juicio y pidió a los fieles que no se dejen “engañar”. Es un engaño que tiene que ver con la “alienación”, con el engaño de “vivir como si nunca tuviéramos que morir”. “Cuando venga el Señor, ¿cómo me encontrará? ¿Esperando o en medio de tantas alienaciones de la vida?”. “Me acuerdo que de niño, cuando iba al catecismo, nos enseñaban cuatro cosas: muerte, juicio, infierno o gloria. Después del juicio hay esta posibilidad”. ” Pero Padre, ¡esto es para asustarse! No, ¡es la verdad! Porque si tú no curas el corazón para que el Señor esté contigo y tú vives alejado siempre del Señor, quizás existe el peligro, el peligro de continuar así alejado para la eternidad del Señor.”

Francisco recordó las palabras de la Escritura: “sean fieles hasta la muerte y les daré la corona de la vida,”[69] “La fidelidad del Señor: esto no desilusiona. Si cada uno de nosotros es fiel al Señor, cuando venga la muerte, diremos como San Francisco de Asís: “hermana muerte, ven”; no se asusta… En nuestro final no tendremos miedo del día del juicio.”


[1] Gaudium et Spes 18

[2] Hechos 17, 32-33

[3] Génesis 3, 3.

[4] Gaudium et Spes 18.

[5] Sabiduría 1, 13-15.

[6] Romanos 5, 12.

[7] Romanos 6, 23

[8] 1Corintios 15, 20-22.

[9] Colosenses 1, 13-20.

[10] Marcos 14, 33-34; Hebreos 5, 7-8.

[11] Romanos 5, 19-21.

[12] Romanos 6, 4-8.

[13] Filipenses 3, 10-11.

[14] 1 Corintios 15, 26.

[15] Apocalipsis 21, 3-5.

[16] Fin del siglo V, Fe de Dámaso, Denzinger 72.

[17] Gaudium et Spes 14.

[18] Ibid. 18.

[19] Concilio de Viena, año 1311, Denzinger 900.

[20] Lumen Gentium 17.

[21] Catecismo de la Iglesia Católica n. 1005.

[22] Denzinger 567; 657, 800, 856s, 900, 991, 1304s, 1440, 2766, 2812, 3002; Pablo VI, Credo del Pueblo de Dios, 8.

[23] Mateo 10, 28

[24] 1Corintios 5, 3; Sabiduría 9, 15; 1Corintios 9, 27; 2Corintios 5, 6-10; Filipenses 1, 21; Santiago 1, 26; 3, 2-3.

[25] Filipenses 1, 21.

[26] 2Timoteo 2, 11.

[27] San Ignacio de Antioquía, Romanos 6, 12.

[28] Filipenses 1, 23.

[29] Lucas 23, 46.

[30] San Ignacio de Antioquía, Romanos 7, 2.

[31] Santa Teresa de Jesús, Poesía 7.

[32] Santa Teresa del Niño Jesús, Carta del 9 de junio de 1897.

[33] 1Tesalonicenses 4, 13-14.

[34] Misal Romano, Prefacio de difuntos.

[35] Lumen Gentium 48.

[36] Hebreos 9, 27.

[37] Letanías de los Santos.

[38] Ave María.

[39] Imitación de Cristo 1, 23, 1.

[40] Commendatio Animae.

[41] 2Timoteo 1, 9-10.

[42] Lucas 16, 22.

[43] Lucas 23, 43.

[44] 2Corintios 5, 8; Filipenses 1, 23; Hebreos 9, 27; 12, 23.

[45] Mateo 16, 26.

[46] Concilio de Lyon II, DS 856; Concilio de Florencia, DS 1304; Concilio de Trento, DS 1820.

[47] Retractación de Juan XXII, DS 991; Benedicto XII, DS 1000-1001.

[48] Benedicto XII, DS 1002.

[49] San Juan de la Cruz, Avisos y Sentencias, 57.

[50] DS, 1304.

[51] DS, 1820.

[52] Benedicto XII, DS 1002.

[53] 1Juan 3, 2.

[54] 1Corintios 13, 12.

[55] Hebreos 9, 27.

[56] Mateo 25, 31-46.

[57] Mateo 25, 26.

[58] Mateo 25, 41.

[59] Mateo 22, 13 y 25, 30; Lumen Gentium 48.

[60] Colosenses 2, 12; 3, 1.

[61] Filipenses 3, 20.

[62] Colosenses 3, 3.

[63] Efesios 2, 6.

[64] Colosenses 3, 4.

[65] Fines del siglo V: Denzinger 72.

[66] Denzinger 76, 325, 485, 684, 797, 801, 854.

[67] Denzinger 540, 574, 797.

[68] 1Pedro 2, 11.

[69] Apocalipsis 2, 10.