coccopalmerio
Néstor Martínez Valls

El Cardenal Coccopalmerio, Presidente del Pontificio Consejo para la Interpretación de los Textos Legislativos, ha dado una entrevista en la cual, de ser exacto lo que se le atribuye, manifiesta algunas tesis abiertamente heterodoxas. Seleccionamos aquí algunos largos trozos de una traducción de la misma para comentarlos.

“Como sabe, se ha abierto una gran brecha en las interpretaciones. Tenemos a los obispos alemanes y malteses de acuerdo, por un lado. Por otro lado, están el arzobispo Charles Chaput de Filadelfia y también el obispo Steven Lopes del Ordinariato anglicano, entre otros muchos. ¿Cómo clarifica su libro las cosas frente a estas interpretaciones?”

“Tenemos que distinguir los casos de forma bien precisa, las uniones ilegítimas no se regularizan, porque el matrimonio es indisoluble. Hay fieles que se encuentran en esta situación. Son conscientes de que esta situación no es buena. Ellos quieren cambiar, pero no pueden hacerlo. Porque si lo hicieran, si dejaran esas uniones, se dañaría a personas inocentes. Piense en una mujer que convive con un hombre casado. Tiene tres niños pequeños. Ya lleva 10 años con ese hombre. Ahora los niños piensan en ella como una madre. Él, su pareja, está muy ligado a esta mujer como amante, como mujer. Si esta mujer fuera a decir: ‘Dejo esta unión equivocada porque quiero corregir mi vida, pero si hago esto, haría daño a los niños y a mi pareja’, entonces podría decir: ‘Me gustaría, pero no puedo’. Precisamente en estos casos, basados ​​en la propia intención de cambiar y en la imposibilidad de cambiar, puedo dar a esa persona los sacramentos, con la esperanza de que la situación se aclare definitivamente.”

“Pero en tales casos, en los que usted dice que es mejor que una mujer continúe en su situación pecaminosa, ¿cómo puede ser eso coherente con San Pablo y el Catecismo? Ambos dicen que nunca es permisible hacer el mal deliberadamente para conseguir un bien mayor. ¿Cómo conciliar ambas cosas?”

“Digamos, si usted está de acuerdo, que si deja esta situación hará daño a la gente. Y entonces, para evitar ese mal, continúo en esa unión en la que ya me encuentro.”

“Pero esta unión es una situación de pecado.”

“Sí, sin embargo…”

“¿No es mejor tratar de dejar la situación de pecado completamente?”

“¿Cómo puedes dejar todo si eso daña a la gente? Es importante que esa persona no quiere estar en esa unión, quiere dejarla, quiere irse, pero no puede hacerlo. Hay que combinar dos cosas: Quiero, pero no puedo. Y no puedo –no por mi propio bien, sino por el bien de otras personas–. No puedo por el bien de otras personas. Si los dos pueden convivir como hermano y hermana, genial. Pero si no pueden porque hacerlo acabaría con la relación, que debería conservarse por el bien de esas personas, entonces se las arreglan de la mejor manera posible. ¿Lo ve? Eso es. Y parece que todo este complicado asunto tiene una explicación lógica: los motivos. Si otros parten de otros puntos de vista, también pueden llegar a otras conclusiones. Pero yo diría que estaría faltando algo de la persona humana. No puedo hacer daño a una persona para evitar un pecado en una situación en la que no me he metido; ya me encuentro en ella, en la que yo, si soy esa mujer, me he metido sin mala intención. Por el contrario, trato de hacer el bien, y en ese momento creía que estaba haciendo el bien, y ciertamente hice el bien. Pero tal vez si, ya desde el principio lo hubiera sabido, si supiera con certeza moral que eso es pecado, tal vez no me habría puesto en esa situación. Pero ahora ya me encuentro así: ¿Cómo puedo dar marcha atrás? Una cosa es empezar y otra dejarlo. También son cosas diferentes, ¿no?”

La doctrina católica (San Pablo, el Catecismo, etc.) dice que no se puede hacer el mal para que venga el bien. Aquí se dice que se puede hacer el mal para evitar el mal. Pero evitar el mal es un bien. Por tanto, aquí se contradice la doctrina católica. Pero, se dirá, no se debe dañar a otra persona. Ante todo ¿qué es “dañar”? ¿El cirujano que amputa una pierna daña al paciente? ¿No se puede hacer amputaciones, entonces? Se dirá que en el caso del cirujano se trataba de evitar un mal mayor, como ser la gangrena, e incluso de salvar la vida al paciente. Pues aquí se trata también de evitar un mal mayor, porque el pecado es la muerte del alma, peor que la misma pérdida de la vida física.

Y ni siquiera es semejante el caso en todo, porque no cortar esa pierna no constituye de suyo un acto intrínsecamente malo, que deba ser evitado siempre y en toda circunstancia, como sí lo constituye el adulterio, por sí solo e independientemente de toda otra consideración. Si el adulterio es intrínsecamente malo, si, por tanto, no debe ser realizado en absolutamente ninguna circunstancia, entonces lógicamente debe ser evitado independientemente de los daños que de ello se pueda seguir para otros o para uno mismo. Si se niega, por tanto, esta consecuencia, se está diciendo que el adulterio no es intrínsecamente malo, lo cual es contrario a la doctrina católica. Por tanto, si no se evita ese acto intrínsecamente malo, se está en una situación objetiva de pecado que de suyo impide el acceso a los sacramentos mientras no haya arrepentimiento y propósito de enmienda.

El propósito de enmienda, por otra parte, no es “sí, quiero cambiar, pero por ahora no puedo”. Porque ese “no puedo” en realidad es un “no quiero”, ya que sin duda la persona puede físicamente separarse de su cómplice de adulterio, por ejemplo. Y es contradictorio decir “quiero pero no quiero”. Y no se puede decir tampoco que puede dejar la situación de pecado físicamente, pero no moralmente, porque está obligada a evitar los daños que se seguirían de ello para su pareja o para sus hijos. Porque no sólo no estamos obligados a hacer el mal para que venga el bien, sino que, por el contrario, estamos obligados a no hacer el mal, punto. ¡Es absurdo decir que estamos moralmente obligados a pecar! Porque es decir que estamos moralmente obligados a faltar a la obligación moral. Y eso es como querer hacer la oscuridad con una linterna encendida.

Con mucha más lógica se podría decir: si la obligación moral es tan importante que puedo ir contra mi salvación eterna con tal de no hacer a otro un daño que en todo caso nunca va a ser tan grave como la condenación eterna, entonces es mejor decir que paso de la “obligación moral” (ya vimos que en realidad no existe en este caso, pero digámoslo para seguir el argumento) de no dañar al otro para no violar la obligación moral de no cometer actos intrínsecamente malos y evitar así la condenación eterna. Máxime que “separarse de otra persona con la cual se convive en forma adúltera” no es un acto intrínsecamente malo, como sí lo es el adulterio. Al contrario, en realidad es algo bueno. ¿Cómo va a haber obligación de evitar lo que no es intrínsecamente malo, y hasta es bueno, y no va a haberla de evitar lo que sí es intrínsecamente malo, sino que al contrario, habría obligación de realizar lo intrínsecamente malo para evitar lo que no lo es, y hasta es bueno? ¿Estamos todos locos?

Se puede objetar que la persona que tiene conciencia errónea está obligada a seguir la voz de su conciencia y, si esa conciencia es invenciblemente errónea, no peca al hacerlo, aunque la acción sea objetivamente mala. Pero aquí no se trata de que la persona tenga conciencia invenciblemente errónea, sino que el Cardenal le está enseñando como una verdad que está moralmente obligada a realizar actos objetivamente adúlteros para no dañar a otras personas.

Pero se dirá que no es el mismo el caso de la persona que se mete en una situación semejante con mala intención, es decir, sabiendo que eso es pecado, que la que no lo hace, sino que ingresa en esa situación de buena fe y luego “quiere salir, pero no puede”, porque no puede dañar a otras personas. Nada de eso es compatible con el concepto de “acto intrínsecamente malo”. Un acto así es malo por sí mismo, por su sola naturaleza, o sea, en este caso, por su objeto, y entonces, lo es siempre y en toda circunstancia y, por tanto, independientemente de la circunstancia de si se ingresó o no “de buena fe” en la situación de pecado.

Sigue la entrevista:

“Usted dice que se puede dar la Comunión a pesar de vivir en situaciones que no están de acuerdo con los cánones matrimoniales tradicionales, si expresan el sincero deseo de acercarse a los sacramentos después de un adecuado período de discernimiento. Pero su Consejo Pontificio explicó en una declaración del año 2000 por qué los Cánones 915 y 916 impiden la admisión de tales parejas a la sagrada Comunión y señala, en lenguaje legal, que no puede cambiarse porque así lo expresó Jesús.”

“Conozco los cánones de memoria. Los conozco muy bien. Quien está en pecado grave no puede recibir la Eucaristía sin primero confesarse o tener el deseo de confesar si ahora es incapaz de hacerlo.”

“Pero déjeme leerle parte de eso, porque es importante. Dice: ‘Toda interpretación del Canon 915 que vaya en contra del contenido sustancial del mismo, como ha declarado ininterrumpidamente el Magisterio y la disciplina de la Iglesia a lo largo de los siglos, es claramente engañosa. No se puede confundir el respeto por la redacción de la ley (Canon 17) con el uso indebido de la misma redacción como instrumento para relativizar los preceptos o vaciarlos de su sustancia.’ ¿Esta declaración sigue en vigor, y, en caso contrario, por qué no declararla ya no vigente?”

“Siempre está en vigor. Quien está en grave pecado y dice no tengo intención de cambiar: Ésos son los Cánones 915 y 916. Pero si alguien dice: ‘Quiero cambiar, pero en este momento no puedo, porque si lo hago, mataré a la gente’, puedo decirles: ‘Paren ahí. Cuando podáis os daré la absolución y la Comunión’. O también puedo insistir en vuestras intenciones y deciros que no estáis en pecado porque tenéis la intención seria de cambiar, pero en este momento no podéis hacerlo. Hay que compatibilizar ambas cosas ¿Entiende? Esa persona ya está convertida, ya está separada del mal, pero materialmente no puede hacerlo. Es una cuestión de atender esas situaciones. Puede decirlo apresuradamente, pero si una luz no se enciende, puede entender otras interpretaciones. No se preocupe.”

“Los canonistas dicen que estas normas, 915 y 916, fueron cambiadas en ciertas interpretaciones de Amoris Laetitia.”

“No han cambiado. No ha cambiado absolutamente nada. En el libro se lo digo a quienes no pueden recibir la absolución y la Eucaristía. Ésos son los cánones. Al que dice: ‘Estoy en pecado grave, pero no quiero cambiar’ [la absolución no es posible]. Cuando alguien viene a confesarse y te dice: ‘Cometí este pecado. Quiero cambiar, pero sé que no soy capaz de cambiar, pero quiero cambiar’, ¿qué haces? ¿Le mandarás lejos? No, lo absuelves.”

“¿Para que puedan recibir los sacramentos?”

“Los sacramentos son la absolución y la Eucaristía. La persona hace las mismas cosas, pero sinceramente quiere cambiar. ¿Ves que hay una imposibilidad en este caso? Uno no puede cambiar inmediatamente.”

“¿Tienen que cambiar su estilo de vida antes de recibir la comunión?”

“No, tienen que cambiar su intención, no su estilo de vida. Si esperas a que alguien cambie su estilo de vida, ya no absolverás a nadie. Es la intención. Quiero cambiar aunque sepa que no puedo. Pero he empezado a caminar. Daré pasitos. Rezaré cinco minutos más para que pueda. Lo importante es dar un paso. Si alguien no hace nada, no puedo absolverles. Si alguien dice: ‘Sí, quiero hacerlo. Haré lo que pueda, como poco’, entonces ya está en el camino de la conversión.”

“¿La disciplina es coherente con la doctrina, según usted?”

“Perfectamente. La doctrina dice que quien se convierte puede recibir la absolución de los pecados y la Eucaristía. Absolución del pecado significa la Eucaristía; Las dos van juntas. ¿Quién es verdaderamente penitente? ¿Quien se compromete a hacer todo lo que pueda? Si alguien hace sólo una cosa de un centenar, eso ya es algo importante. Esto es lo que hay que entender.”

El canon 915 dice: “No deben ser admitidos a la Sagrada Comunión los excomulgados y los que están en entredicho después de la imposición o declaración de la pena, y los que obstinadamente persistan en un manifiesto pecado grave.” Es claro que los que obstinadamente persisten en el pecado no son solamente los que “dicen” que no quieren cambiar, sino ante todo los que de hecho no quieren cambiar, y no quieren hacerlo porque no se proponen hacerlo, y no se proponen hacerlo porque se proponen exactamente lo contrario: seguir teniendo relaciones adúlteras.

Así lo entiende el mismo Pontificio Consejo para la Interpretación de los Textos Legislativos que preside el Card. Coccopalmerio: “la obstinada perseverancia, que significa la existencia de una situación objetiva de pecado que dura en el tiempo y a la cual la voluntad del fiel no pone fin, sin que se necesiten otros requisitos (actitud desafiante, advertencia previa, etc.) para que se verifique la situación en su fundamental gravedad eclesial.”[1]

Quien se convierte, entonces, no es el que solamente no dice que no quiere cambiar, o dice que quiere cambiar, sino el que además quiere realmente cambiar, y eso quiere decir que hace el propósito serio y sincero de no pecar más y lo manifiesta al confesor; propósito que implica, en el caso de los adúlteros, renunciar a las relaciones sexuales adúlteras.

Por otra parte, “la persona hace las mismas cosas, pero sinceramente quiere cambiar”, puede entenderse de dos maneras muy diferentes:

1) La persona se propone sinceramente (voluntad) no pecar más (lo cual implica en este caso renunciar a las relaciones sexuales adúlteras), pero prevé (inteligencia) que probablemente volverá a caer, por su debilidad.

2) La persona no se propone no pecar más porque tiene “asumido” que “no puede” dejar de hacerlo, pero “le gustaría” cambiar. Es claro que sólo en el primer caso puede haber una absolución sacramental válida. Pero la insistencia del Cardenal en la “intención” muestra dónde está la falla doctrinal que origina todo su planteo: una filosofía y teología moral que desconoce la existencia de actos malos por su objeto o intrínsecamente malos, y que pone toda la bondad o maldad moral de la acción en la intención del sujeto. Porque no es posible hacer compatibles estas dos afirmaciones:

1) Hay acciones intrínsecamente malas, que por lo mismo no pueden realizarse en absolutamente ninguna circunstancia, incluyendo entre esas circunstancias la intención del sujeto.

2) “No estáis en pecado porque tenéis la intención sería de cambiar”, “tienen que cambiar su intención, no su estilo de vida. Si esperas a que alguien cambie su estilo de vida, ya no absolverás a nadie. Es la intención.”

Si estas personas no están en pecado porque tienen buena intención, de tal modo que no tienen que cambiar su estilo de vida para poder confesarse y comulgar, entonces es que esos actos adúlteros suyos no son intrínsecamente malos, porque no son de aquellos que no pueden realizarse en absolutamente ninguna circunstancia, y por tanto bajo absolutamente ninguna intención. Y si esos actos no son intrínsecamente malos, porque la intención al realizarlos es buena, entonces es que la bondad o maldad de los actos humanos depende solamente de la intención del sujeto, que es el error de Janssens y McCormick al que hice referencia en un post anterior,[2] y que fue condenado, entre otras, por la Encíclica Veritatis Splendor de San Juan Pablo II.

Veamos algunos pasajes de esta Encíclica: “El obrar humano no puede ser valorado moralmente bueno sólo porque sea funcional para alcanzar este o aquel fin que persigue, o simplemente porque la intención del sujeto sea buena. El obrar es moralmente bueno cuando testimonia y expresa la ordenación voluntaria de la persona al fin último y la conformidad de la acción concreta con el bien humano, tal y como es reconocido en su verdad por la razón. Si el objeto de la acción concreta no está en sintonía con el verdadero bien de la persona, la elección de tal acción hace moralmente mala a nuestra voluntad y a nosotros mismos y, por consiguiente, nos pone en contradicción con nuestro fin último, el bien supremo, es decir, Dios mismo.” (n. 72).

Citando a Santo Tomás, dice la Encíclica: “Sucede frecuentemente –afirma el Aquinate– que el hombre actúe con buena intención, pero sin provecho espiritual porque le falta la buena voluntad. Por ejemplo, uno roba para ayudar a los pobres: en este caso, si bien la intención es buena, falta la rectitud de la voluntad porque las obras son malas. En conclusión, la buena intención no autoriza a hacer ninguna obra mala. ‘Algunos dicen: hagamos el mal para que venga el bien. Estos bien merecen la propia condena[3]’” (n. 77).

“La razón por la que no basta la buena intención, sino que es necesaria también la recta elección de las obras, reside en el hecho de que el acto humano depende de su objeto, o sea si éste es o no es ”ordenable” a Dios, al único que es “Bueno”, y así realiza la perfección de la persona. Por tanto, el acto es bueno si su objeto es conforme con el bien de la persona en el respeto de los bienes moralmente relevantes para ella. La ética cristiana, que privilegia la atención al objeto moral, no rechaza considerar la teleología interior del obrar, en cuanto orientado a promover el verdadero bien de la persona, sino que reconoce que éste sólo se pretende realmente cuando se respetan los elementos esenciales de la naturaleza humana.” (n. 78).

“Así pues, hay que rechazar la tesis, característica de las teorías teleológicas y proporcionalistas, según la cual sería imposible calificar como moralmente mala según su especie – su “objeto” – la elección deliberada de algunos comportamientos o actos determinados prescindiendo de la intención por la que la elección es hecha o de la totalidad de las consecuencias previsibles de aquel acto para todas las personas interesadas.” (n. 79).

“Ahora bien, la razón testimonia que existen objetos del acto humano que se configuran como no-ordenables a Dios, porque contradicen radicalmente el bien de la persona, creada a su imagen. Son los actos que, en la tradición moral de la Iglesia, han sido denominados intrínsecamente malos (“intrinsece malum”): lo son siempre y por sí mismos, es decir, por su objeto, independientemente de las ulteriores intenciones de quien actúa, y de las circunstancias. Por esto, sin negar en absoluto el influjo que sobre la moralidad tienen las circunstancias y, sobre todo, las intenciones, la Iglesia enseña que “existen actos que, por sí y en sí mismos, independientemente de las circunstancias, son siempre gravemente ilícitos por razón de su objeto “ (n. 80).

“Sobre los actos intrínsecamente malos y refiriéndose a las prácticas contraceptivas mediante las cuales el acto conyugal es realizado intencionalmente infecundo, Pablo VI enseña: “En verdad, si es lícito alguna vez tolerar un mal menor a fin de evitar un mal mayor o de promover un bien más grande, no es lícito, ni aun por razones gravísimas, hacer el mal para conseguir el bien,[4]  es decir, hacer objeto de un acto positivo de voluntad lo que es intrínsecamente desordenado y por lo mismo indigno de la persona humana, aunque con ello se quisiese salvaguardar o promover el bien individual, familiar o social.”[5]

“Si los actos son intrínsecamente malos, una intención buena o determinadas circunstancias particulares pueden atenuar su malicia, pero no pueden suprimirla: son actos irremediablemente malos, por sí y en sí mismos no son ordenables a Dios y al bien de la persona: “En cuanto a los actos que son por sí mismos pecados (cum iam opera ipsa peccata sunt) – dice San Agustín – como el robo, la fornicación, la blasfemia u otros actos semejantes, ¿quién osará afirmar que cumpliéndolos por motivos buenos (bonis causis), ya no serían pecados o – conclusión más absurda aún – que serían pecados justificados? “ (n. 81).

También enjuicia esta Encíclica la forma de pensar que valora las acciones humanas sola o principalmente por sus consecuencias (por ejemplo, en nuestro caso, por el daño que puedan ocasionar a otros): “La consideración de estas consecuencias – así como de las intenciones – no es suficiente para valorar la calidad moral de una elección concreta. La ponderación de los bienes y los males, previsibles como consecuencia de una acción, no es un método adecuado para determinar si la elección de aquel comportamiento concreto es, según su especie o en sí misma, moralmente buena o mala, lícita o ilícita. Las consecuencias previsibles pertenecen a aquellas circunstancias del acto que, aunque puedan modificar la gravedad de una acción mala, no pueden cambiar, sin embargo, la especie moral.” (n. 77).

En cambio, el Cardenal Coccopalmerio, a tenor de lo publicado en esa entrevista, dice: “Y parece que todo este complicado asunto tiene una explicación lógica: los motivos. Si otros parten de otros puntos de vista, también pueden llegar a otras conclusiones”. Los motivos, es decir, las intenciones. Ése es el punto de vista del cual parte, el cual, como vimos, está condenado clarísimamente por la Encíclica Veritatis Splendor.


[1] Pontificio Concejo para los Textos Legislativos; Declaración sobre la admisibilidad a la Sagrada Comunión de los divorciados que se han vuelto a casar.

[2] El objeto del acto humano; Infocatolica.com; 25 de febrero de 2017.

[3] Romanos 3, 8.

[4] Romanos 3, 8.

[5] Ibid.