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Bruno Moreno

Actualmente está muy de moda afirmar que todas las religiones son lo mismo, que da igual ser budista que cristiano, porque sólo son formas distintas y, en el fondo, complementarias de vivir la espiritualidad. Por desgracia, no faltan incluso sacerdotes y religiosos católicos que lo digan. En mi opinión, esta idea tan extendida de que todas las religiones son iguales, junto con la presencia en nuestra sociedad de diversas religiones orientales y, especialmente, el budismo, nos obligan a plantearnos en serio por qué somos cristianos y no budistas. ¿O es que da igual ser una cosa que otra?

¿Por dónde empezar? Claramente no por los pequeños detalles. Las religiones son realidades humanas amplísimas, que afectan al pensamiento, la moral, la organización social, la vida familiar y a miles de otros aspectos de la vida humana. Esta amplitud nos desborda y resultaría ridículo, por ejemplo, comparar el color naranja de las túnicas de los monjes budistas y el color negro, gris o blanco que visten los sacerdotes católicos, para sacar de ahí algún tipo de conclusiones. Lo que sí se puede hacer es buscar el núcleo de una religión, para conocer bien su esencia, cuál el mensaje fundamental que la caracteriza y que permite entender, en un contexto adecuado, todas sus características secundarias.

En el caso del budismo, resulta evidente que el núcleo fundamental es el famoso Sermón de las Cuatro Verdades. Recordemos que Siddhartha Gautama era un príncipe hindú, que había llevado siempre una existencia placentera dentro de su palacio, sin grandes preocupaciones ni necesidades materiales. Se cuenta que un día salió finalmente del palacio y se encontró con un mundo terrible de sufrimiento, hambre, luchas y problemas. Este encuentro con la realidad supuso para él un cambio total de su comprensión de la vida y lo impulsó a comenzar un proceso de búsqueda de sentido para todo lo que lo rodeaba.

Tras intentar varias cosas, como el ascetismo extremo o las prácticas religiosas hinduistas, consiguió al fin, en un momento de meditación, alcanzar la iluminación y, a partir de ese momento, se lo llamó el “Buda”, es decir, “el que ha despertado”. Esa iluminación la plasmó en el llamado Sermón de las Cuatro Nobles Verdades, que constituye el fundamento del budismo.

Primera Verdad: la vida es sufrimiento. Es la experiencia de Buda al salir del palacio. Nos pasamos la vida sufriendo, desde el primer día hasta que morimos. La vida es una condena terrible de la que no podemos escapar. En este punto se plantea un problema puramente oriental. Por vivir en la zona de la India, Buda acepta como algo evidente la idea de la reencarnación. Aquí en occidente, hay gente que, ingenuamente, cree en la reencarnación como un modo de escapar a la muerte, de continuar viviendo. Sin embargo, la reencarnación es, en oriente, una verdadera maldición, puesto que prolonga la vida de sufrimiento. Ni siquiera con la muerte puedo escapar al sufrimiento, ya que es sólo el comienzo de una nueva reencarnación y nuevos sufrimientos.

Segunda Verdad: el sufrimiento proviene del deseo. Deseo lo que no tengo y eso me hace sufrir. Desearía que muchas cosas no sean como son y eso también me hace sufrir. El sufrimiento viene de los deseos.

Tercera Verdad: para evitar el sufrimiento, hay que anular el deseo. Como ni siquiera la muerte puede librarnos del sufrimiento, lo que hay que hacer es destruir su causa: anular el deseo. Si no deseara nada, nada podría hacerme sufrir. Ésta es la iluminación que buscan los budistas, el Nirvana que implica la anulación del yo personal. Es decir, en lenguaje más familiar, la desaparición de la persona que se funde con el universo o lo que en Occidente llamaríamos más bien la muerte absoluta.

Cuarta Verdad: el deseo se anula mediante un sendero de ocho vías. Esta cuarta verdad versa sobre el modo de conseguir en la práctica esa anulación del deseo: conocer estas verdades, no permitir los deseos, actuar bien con los demás, evitar los malos instintos, meditar, etc. En este cuarto punto se pueden encontrar algunas semejanzas con el cristianismo, ya que algunos de estos medios para evitar el deseo son no mentir, no robar, etc. Sin embargo, como hemos visto, el contexto budista de las prácticas comunes con el cristianismo (que, de hecho, vienen de la moral natural) es totalmente diferente.

En resumen, para el budismo, la existencia misma de personas individuales es un error. El mundo está inmerso en un terrible sufrimiento que es una consecuencia necesaria de la existencia de las personas. Buda inicia el budismo como un camino para escapar a esa maldición: la anulación del deseo que consigue, tras un largo proceso, la iluminación del nirvana, es decir, la extinción de tu propia existencia personal.

Su mensaje fundamental, en palabras sencillas, podría resumirse en decir algo como: la vida es horrible, todo es sufrimiento. Además no puedes escapar de ese sufrimiento ni siquiera muriendo, porque te reencarnas y vuelves otra vez a ser arrastrado a la vida y al sufrimiento. Eso sí, una persona excepcional, Buda, ha encontrado una salida a esa maldición. Anulando todos los deseos y viviendo rectamente es posible alcanzar la iluminación y destruir esa anomalía que es tu existencia como persona individual. Es posible desaparecer, fundiéndote en el universo impersonal, y así dejar de sufrir.

Creo que, para los lectores, será evidente el contraste enorme que existe entre lo que afirma en esencia el budismo con el núcleo del cristianismo. Los cristianos creemos que Dios te ha creado por amor y, antes de que el mundo existiera, ya pensó en ti y te amó infinitamente, llamándote por tu nombre. Eres algo precioso para Dios y el mundo es mejor porque tú existes. Tus pecados pueden apartarte de la vida de Dios, pero, por su misericordia, donde abundó el pecado sobreabundó la gracia. Dios ha perdonado tus errores, entregando a su propio Hijo para que diera su vida por ti. Estás llamado a ser hijo de Dios por adopción gracias a la acción del Espíritu Santo. Dios no quiere que desaparezcas como persona, sino que, cuanto más amas a Dios y te sometes a él, más libertad tienes y más eres tú mismo. Estás destinado a la vida y a la felicidad eternas.

En mi opinión, el budismo es un esfuerzo muy meritorio por encontrar una salida al problema del sufrimiento, pero su centro está en rechazar todo lo que es verdaderamente humano. Está claro que el cristianismo es muchísimo más que eso. Los cristianos hemos conocido el amor que Dios nos tiene y que da un sentido a toda nuestra existencia. No necesitamos ya huir del sufrimiento, como hace el budismo, porque, en la Cruz, Jesucristo ha dado un sentido redentor a ese sufrimiento, abriéndonos el camino a la vida eterna. Cada uno es libre de creer en lo que quiera, pero que nadie intente venderme el cuento de que cristianismo y budismo son lo mismo.