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Miguel Antonio Barriola

Por lo común los artistas han representado con semblantes sombríos y apesadumbrados a los santos que se caracterizaron por sus duras penitencias. La vida de San Juan María Vianney desmiente esta impresión engañosa. Baste recordar que él mismo decía: “Si yo estuviera triste, me iría a confesar enseguida.”[1]

Es un gran error figurarse que la piedad daña al hombre en el desarrollo regular de sus cualidades naturales; que lo oprime y sofoca la expansión del pensamiento; que es incompatible con cierta amplitud de espíritu, cierta elevación de carácter y cierta calidez de sentimiento. Casi nadie habrá que no haya oído repetir esta paradoja; no faltan cristianos débiles, que lo han creído, mientras que los bien fundados en su fe se lamentan de tales desenfoques. Como si las más nobles y hermosas facultades del hombre perdieran al someterse a la disciplina cristiana y se engrandecieran en una vida desordenada.

Concretamente, en relación al santo patrono de los sacerdotes, cuya existencia transcurrió casi enteramente en el oscuro recinto del confesonario, parecería que debió considerarlo todo con una mirada estrecha y severa; que la austeridad no dejaba en su alma lugar alguno a la indulgencia, la bondad, la sonrisa. Error total. Él supo admirablemente distinguir su “pobre alma”, considerándose pecador y, por lo mismo, sometiéndose a admirables (no siempre imitables) renuncias y sacrificios, sin que ello lo volviera duro con las innumerables ovejas o hijos pródigos que el Supremo Pastor atrajo a su admirable entrega y tesón apostólicos, que no sólo lograron que se dijera: “Ars ya no es Ars”, sino que fue transformando a la entera Francia, que salía tan lacerada, cristianamente hablando, de la feroz Revolución Francesa, demoledora casi total del catolicismo en aquel país.

Rosario anecdótico

Es bien conocida la rudeza de su inteligencia respecto al latín, la filosofía y todas las disciplinas que se le exigieron en el Seminario Mayor de Lyon. Se le aconsejó por dos veces que dejara de aspirar al sacerdocio, dadas sus dificultades en el aprendizaje.

Gracias a la visión certera del Abbé Balley pudo acceder a la ordenación sacerdotal. Pero… ante el insospechado éxito que, paciente y perseverantemente, fue cosechando, se despertó una extensa invidia clericalis. Así fue cómo algunos compusieron una carta, destinada al obispo, escandalizados de que un sujeto tan poco capacitado se hubiera constituido en tan célebre centro de atención. Una copia de dicha misiva llegó a manos del mismo párroco de Ars. Su ironía natural tomó sin tardar la delantera. Después de un primer momento de tristeza, él mismo agregó su firma y envió el escrito al obispado.

Un engreído volteriano, como burlándose de él, le preguntó un día: “¿Es verdad que Usted ve al diablo?” Mirando fijamente a los ojos de su sarcástico interlocutor, respondió: “Así es, efectivamente”.

Después de una procesión de Corpus, viéndolo llegar empapado de sudor, le preguntaron: “¿Se habrá cansado mucho, Señor Cura?”, respondiendo el santo: “¡Oh, cómo quieren que esté cansado, si Aquel a quien yo llevaba me llevaba también a mí!”

Una dama parisiense, viendo al Cura de Ars tan poco semejante a la imagen que ella se había forjado, exclamó: “¿No es más que esto el Cura de Ars?” “Sí, señora – replicó el humilde sacerdote, con una graciosa sonrisa – no le ha sucedido a Usted lo que a la reina de Saba, cuando fue a ver a Salomón: ella quedó maravillada por exceso y Usted por defecto.”

El fundador de un célebre orfelinato consultó a Monsieur Vianney si convendría interesar al público sobre su obra por medio de la prensa. “En lugar de hacer ruido en los diarios –respondió el santo – haga ruido a la puerta del Tabernáculo.”[2]

Un colega en el ministerio (l’Abbé Blanchon), bastante “robusto”, le comentaba al santo anciano: “Yo cuento un poco con Usted para hacerme llegar allá arriba… Cuando Usted vaya al cielo, trataré de aferrarme a su sotana”. “Oh, amigo mío – contestó el buen cura, dando una ojeada pícara a los amplios hombros de su interlocutor – cuídese Usted mucho de hacerlo, porque la entrada del cielo es estrecha y quedaríamos los dos en la puerta”.

“¿Qué he de hacer, Padre, para ir al cielo?”, le consultaba otra persona, también de regulares proporciones. “Hija mía, tres cuaresmas”.

Preguntó a una persona, que se volvía inoportuna con su insulsa charla: “Hija mía, ¿cuál es el mes del año en que habla Usted menos?” Como la cotorra respondió que no lo sabía: “Debe de ser en febrero – replicó el Santo, atenuando con una amable sonrisa lo punzante de la broma – pues es un mes que tiene tres días menos que los demás”.

Lacordaire, el célebre y gran predicador dominico de Nôtre Dame de París,[3] después de escuchar una prédica de aquel humilde cura de aldea, comentó: “Este santo sacerdote ha expuesto de una manera pasmosa, al hablar del Espíritu Santo, una idea en pos de la cual iba yo hacía mucho tiempo”. Al día siguiente, el vicario del santo, el Reverendo Raymond, recuerda que su párroco le comentó: “¿Sabe Usted el refrán: ‘Los dos extremos se tocan’? Pues bien, ayer se cumplió en el púlpito de Ars, al que subieron la extrema ciencia y la suma ignorancia.”

André Treve, recuerda, sin poder precisar la época ni el lugar, que un día le dieron un bofetón al santo Cura y que dijo por toda respuesta: “¡Amigo, la otra mejilla tendrá celos!”

En otra ocasión, una joven de Saboya se presentó en su confesionario. Sin que hubiese abierto la boca, inmediatamente el Reverendo Vianney le habló de sus hermanas y de su inclinación a la vida religiosa. La penitente no podía salir de su asombro. Habiendo encontrado a l’ Abbé Toccanier, saliendo de la iglesia, le manifestó su admiración. Enseguida, el sacerdote presentó su curiosidad al santo, inquiriéndole cómo había podido revelar tales cosas, sin que la persona se las hubiera manifestado. La explicación fue así: “¡Ah! Es que he hecho como Caifás: he profetizado sin darme cuenta.”[4]

Una de sus parroquianas, honesta y excelente mujer, llena de dedicación y empeño, pero con un celo algo amargo e impetuoso, quería darle consejos: “Señor Cura, Usted se equivoca al hacer esto, Usted debería hacer aquello”. “¡Vamos! – la interrumpió dulcemente – no estamos todavía en Inglaterra” (aludiendo a la constitución inglesa, que permite reinar a las mujeres.)

Esperamos que este ramillete de buen humor, que, como lo muestra este gran santo, para nada está reñido con la más profunda fe católica, nos alcance a todos la genuina alegría, que sólo mana de la Cruz gloriosa de nuestro Redentor, sacrificado y glorificado, “el mismo ayer, hoy y por los siglos.”[5]


[1] Bernard Nodet, Le Curé d’ArsSa pensée, son coeur, Paris (1966) p. 12. Dado que este artículo no ambiciona tonos académicos, en adelante se omitirán las citas. Con todo, ha de saber el amable lector que nos inspiramos en el ya citado Bernard Nodet y en: Abbé Alfred Monnin, Esprit du Curé d’ Ars, Paris; 1975 –1a. ed. 1864–; el autor conoció personalmente al santo. Finalmente: el clásico acerca de nuestro personaje: Francis Trochu, El Cura de Ars, Madrid (1984).

 

[2] ¡Cuánto tendrían que aprender al respecto ciertos “curitas mediáticos”, tan ávidos de protagonismo, y que, lamentablemente, no dudan en enfangar a su misma madre, la Iglesia, esposa de Cristo! Han olvidado la sagaz observación de San Francisco de Sales: “El bien no hace ruido y el ruido no hace bien”.

 

[3] Y restaurador de la orden de Santo Domingo en Francia, después de la Revolución Francesa.

[4] Se está refiriendo a Juan 11, 51-52.

[5] Hebreos 13, 8.