un-panorama-general.png
Mario José Petit de Murat

Toda ciencia que estudia al hombre es sumamente ardua y el hombre quiebra toda concepción simplista de él, pues es la naturaleza más compleja que pueda darse. La historia lo es más aún por cuanto es el despliegue del hombre y de todas sus posibilidades, en grado incluso patético. Por lo tanto, tenemos que ser muy cautelosos, y ante todo estudiar los materiales que van a integrar este movimiento que llamamos historia. Movimiento amplio en todo sentido: primero por su complejidad, pues es el despliegue de todas las posibilidades del hombre en su máxima magnitud. Lo que se puede hallar en una persona y en la vida de una persona en intensidad, allí sin perderla, al contrario, sublimándose, es tomada en su extensión social, y no en la sociedad local, sino en un pueblo y en toda la humanidad.

Es un estudio apasionante, profundamente dramático, donde el hombre se mueve jugándose entero. En ese sentido la historia es una aventura patética, inmensa, cuyo escenario son tinieblas. ¿Por qué? Porque el hombre no se larga con certeza sin fin en un movimiento histórico, sino que se realiza como una planta, lisa y llanamente; empieza a desplegar sus posibilidades de bien y de mal por una conjunción, por un desposorio con el universo, como lo veremos al considerar el nacimiento de las culturas.

Si son inmensas y sublimes las tragedias griegas, créanme que no hoy tragedia comparable a ésta, por la que se interesan no sólo los hombres (que muchas veces, desgraciadamente, no lo hacen, por eso hay tantos pueblos ahistóricos), sino incluso los ángeles. San Pablo expresamente dice que nosotros iluminamos a los ángeles. Lo que sucede en el hombre ilumina a los ángeles; respetemos al hombre, descubrámoslo de nuevo. ¿Y por qué pasa esto? Porque los ángeles no pueden tener historia y nosotros sí, ya que somos criaturas que hacemos nuestra vida por sucesión de hechos y por acumulación del sentido de estos hechos.

Improvisemos por ahora, para tener un punto donde hacer pie, una definición muy esquemática de historia. No puede haber, para empezar, etimológicamente, palabra más ingenua para colocar en ella tanto contenido. Viene del griego “histos”: testigo fiel.

Una cosa que agrava el drama es que la historia versa necesariamente acerca de sucesos pasados y tenemos que servirnos de testimonios para hacer historia. Nadie hace historia de momentos presentes; ¿a quién se le ocurre?, ¿quién está haciendo hoy la historia de la Argentina? Tenemos que esperar que las aguas se serenen, se aquieten, que dejen ver su fondo para empezar a escribir historia. Así que de la palabra “histos”: testigo fiel, ya se ve un emplazamiento de la historia dentro del vivir humano, de que es siempre acerca del pasado.

El segundo paso que podemos dar buscando una definición de historia, que en realidad es muy genérica y necesita una especificación mayor, es considerándola la narración de la vida de un pueblo; es muy frecuente esa definición, comunísima. Pero ¿qué es la vida? Vamos más al fondo cuando notamos que de esa vida y de los elementos que integran esa vida, elegimos su dialéctica, es decir la concatenación de hechos significativos en esa vida -ya nos aproximamos un poco más-, para alcanzar un simple objetivo; como el de la planta, crecer, dar frutos y morir. Cuando un pueblo se mueve, se desarrolla, ¿qué dibuja? Vivir por una conjunción con el universo y no por otra cosa. Y cuando se tiene una idea abstracta y física del universo no se entienden las palabras que digo. En cambio, el universo es una plenitud desbordante de vida. Tenemos una idea abstracta de él no porque sea un concepto abstracto, sino porque nosotros nos hemos abstraído de él, que es distinto. Vivimos sólo de palabras, nos hemos desterrado. Y ustedes van a ver que todas las culturas que podríamos llamar naturales son el resultado de un desposorio del hombre con el universo, excepto ya cuando interviene Dios en la historia humana, en que el universo pasa a segundo plano. Todas esas culturas, como por ejemplo la china o la hindú, son una conjunción de hombre y universo. Entonces ahora nos encontramos un poco más en la materia entendiendo por historia la dialéctica, o sea discurso, en que se va desenvolviendo ese encuentro particular de este pueblo concreto con este universo de siempre. Es una definición muy esquemática, que tenemos que analizarla luego.

¿Qué método vamos a usar? Un método rigurosamente objetivo y lo que prometo se cumplirá. Así que intenten cambiar sus hábitos, todo ese subjetivismo que está empañando la ciencia humana, y traten de olvidarse de ustedes y de su mundo y de su cultura, y ver las cosas en sí. Tenemos que volver, para rescatar la ciencia -miren qué atrevimiento-, a ser neta y puramente objetivos. Voy a usar un método de análisis intrínseco a la cosa por referencia con su causa: el hombre. Entonces no voy a juzgar míticamente a la cultura o a la civilización, sino su validez con respecto al hombre. Felizmente creemos conocerlo, y entonces la referencia va a ser incisiva, precisa y rigurosa. ¿Esta cultura es válida con respecto al hombre, se desarrolla aquí el hombre o no? Si no, entonces no es válida. No me interesa lo que opine tal o cual. Desecho los sistemas simplistas por principio, porque el hombre es complejísimo y la historia más. Así que yo les pido el mayor esfuerzo de parte de ustedes. Lo que les propongo, lo hago para que piensen y se enfrenten a un objeto con el cual es posible que no lo hayan hecho aún.

Entonces lo primero que vamos a estudiar es lo que procede del hombre, lo que es distintivo suyo, y que son las culturas, civilizaciones, barbaries y salvajismos. Haciendo ya la Filosofía de la Historia, estos son los elementos podemos decir típicos, que marcan el movimiento de las oscilaciones en este inmenso océano de ondas tan variadas, rítmicas y gigantescas de la historia humana. Por lo tanto, tenemos necesariamente que documentarnos con esos cuatro elementos humanos típicos (cultura-civilización-barbarie-salvajismo), dada su proyección social histórica. Luego veremos las relaciones entre cultura y civilización, que son un tema decisivo para la mentalidad moderna. Y después veremos la aparición de barbaries y salvajismos.

Entremos en materia. ¿Qué sería la cultura humana? Propónganse ustedes la pregunta como si estuvieran solos y tuvieran interés en definirla. Ya saben que tenemos inteligencia para morder, aprehender la definición de las cosas, aquello por lo cual la cosa es distinta y se justifica en un universo de perfecciones múltiples. ¿Qué será la cultura humana? La palabra nos ayuda mucho, porque tiene un origen casi inmediato para nosotros; viene del verbo latino “collere”, y significa cultivar. Estamos de acuerdo en que los vegetales son sujeto de cultivo, y que alcanzan al máximo su perfección cuando está la mano inteligente del hombre cultivándolos. ¿Y el hombre, es sujeto de cultivo o no? Los alemanes dicen que no. Hegel directamente acepta de Kant que el hombre está clausurado dentro de sí mismo, e identifica la inteligencia del hombre con el ser y entonces indistintamente, el ser está dentro y fuera del hombre. Y el hombre es el depositario más perfecto de ese ser cerrado que se busca a sí mismo a través de una evolución gigantesca. Un ser primero que evoluciona, un ser primero que genera él con su propia substancia un devenir; de tal manera que el devenir y el ser primero es una misma cosa. ¿Quién entiende eso y quién acepta eso? No sé, pero se acepta. Hoy estamos en pleno siglo mítico. ¿Esto no es un mito, esta concepción hegeliana no es un mito? Y eso está reinando. Eso es lo que ustedes tienen metido en la cabeza: que el hombre es inamovible, que el hombre no necesita cultura. Él puede signar las cosas, él las signa con su espíritu. Por eso hoy es dificilísimo que un hombre se convierta. Como no tiene nada que aprender, como ya tiene una persona hecha, acabada, definida, no tiene nada que adquirir y nada que cambiar. ¿Dónde queda el hombre nuevo? ¿Dónde queda el nacimiento, dónde la regeneración de la cual Jesús y San Pablo hablan expresamente? No, las cosas están muy bien hechas. Se los desprecia a los metafísicos como hombres que viven de fantasmas, y miren las fuerzas de las tinieblas, y miren la fuerza del concepto del ser. Hoy el hombre moderno es hegeliano inconscientemente. Está hecho, no necesita que lo toquen.

Y si supiéramos la verdad, que el sujeto más indigente, más necesitado de cultivo, es decir de cultura, somos nosotros; si supiéramos la gloria nuestra y el sentido profundo y verdadero de la libertad, que está en terminarme de crear, como el hombre que yo tengo que ser. Inteligencia frene a la inteligencia de Dios. Dios con amor me ha pronunciado a mí desde la eternidad: Yo quiero que exista un hombre así y así, con tal disposición, con tal complexión, que vaya hacia esto. ¿Ustedes saben que cada uno de nosotros somos inefablemente únicos? Nadie jamás en el mundo, desde el primer instante en que apareció el hombre, hasta el último día, va a poder reemplazar a Juan si Juan se frustra. Dejará providencialmente el lugar para otro, pero no para otro Juan. Si Juan no se cumplió faltará eternamente al universo. Es tremenda la urgencia de este breve tiempo que tenemos para hacernos. ¡Y cómo se pierden los días! Seamos empíricos, afrontemos la mentalidad moderna. ¿Cuántas personas conocen de setenta años con mentalidad de diecisiete, cuántas? ¿Cuántas mujeres se han casado y tienen hijos y son niñas frente a un pavoroso niño, que tiemblan ante ese hijo? ¿Cuántas de esas hay? ¡Cuántas, cuántos! ¿Tenemos que hacernos o no tenemos que hacernos?

Bueno; cultura no es otra cosa que cultivo. Entonces la podemos definir como la labor de una inteligencia ayudando a una naturaleza a alcanzar la perfección, en las líneas de esa naturaleza, respetando su esencia tal como es. Yo por ejemplo, cultivo la madera cuando cultivo las posibilidades de la madera, no cuando extorsiono la madera para hacer una obra en que la madera parezca granito.

Considere atentamente el siguiente cuadro:

– Sabiduría
– Lógica
– Orden Moral
– Artes Mayores
– Artesanías
– Oficios De La Tierra
– Comercio

Esta es la razón de ser de la sociedad. Todo hombre necesita de todo esto necesariamente para ser hombre, sea sabio, sea artista, sea rudo, y todos tienen que participar de esto en mayor o en menor grado. Unos tienen aptitud para adquirir por sí mismos la sabiduría, y otros tienen que recibirla de esos que vienen a ser cabezas de la sociedad humana. Entonces todo esto es necesario y estamos todos de acuerdo, evidentemente, que un solo hombre no lo puede cubrir ni por su exigua vida sobre la tierra, ni por sus aptitudes. ¿Y cómo hace entonces? Ahí tienen la razón de por qué el hombre se compone en sociedad. En consecuencia, no hay, como dice Jacques Maritain, primacía de la persona sobre la sociedad; y no hay primacía de la sociedad sobre la persona como dicen los comunistas. Hay una cooperación entre persona y sociedad, están en el mismo género y la sociedad es el órgano de la persona. Y mi persona, con toda esa magnífica multitud de miembros que forman mi sociedad, se sacia con bienes que yo no podría adquirir. Yo para tener cultura humana necesariamente me tengo que hacer sociedad; necesariamente.

Y ahí empieza la historia humana, en un puñado de posibilidades que se van desenvolviendo ocasionalmente. Cervantes escribió ocasionalmente El Quijote. Miren el hilo del cual dependemos. Si Cervantes no hubiera estado en la cárcel, no tenemos El Quijote. Él estaba convencido de que iba a ser célebre por las Novelas Ejemplares. Vean ustedes dónde están las Novelas Ejemplares. Consideren si los artistas no tienen las obras de arte como las madres tienen a sus hijos, sin saber qué es lo que tienen.

Entonces estamos corriendo una aventura, y la respuesta nuestra debiera tender a ser una actitud tensa en la vida, de un “más” como el antiguo. El hombre antiguo, asirio, persa, griego, romano, se movía siempre para un “más”, pero no estaba en la pedantería hegeliana de ser un centro inmanente e inmutable, que llena las cosas sensibles para llevarlos hasta su universo.

Es oportuno al respecto, recordar un pasaje de La Anunciación a María, de Paul Claudel. Allí Violaine le dice a Pierre de Craon: “Yo soy Violaine de tantos años de edad; mi padre se llama tal y mi madre tal; él es dueño de la granja de allá en la cumbre de la montaña donde está el monasterio. Eso es todo y nada más”. Y Pierre de Craon le responde: “yo vi dos encinas que conversaban entre sí y se decían ‘aquí estamos muy arraigadas en el bosque’, y una de ellas está ahora sosteniendo la campana de la catedral, y la otra como proa de un barco que lucha contra los turcos”. Esta es la historia humana y hoy el hombre es esa Violaine: no toquen mi persona, yo soy fulana de tal, tengo tal padre y tal madre, vivo en tal parte y se acabó. Ya no hay nada más. Y cuántos terminan siendo proa de un navío contra los turcos y otros quizás han servido de leña para el fuego. Pero no, nosotros estamos hechos y somos personas no sólo inmutables sino también intangibles: eso se lo debemos al príncipe de este mundo, que así lo llaman, el señor Hegel.

Capítulo I de Una Sabiduría de los Tiempos. Respuestas de la Filosofía de la Historia para el mundo contemporáneo. Curso de Filosofía de la Historia (1971) por Fray Mario José Petit de Murat.

Continúa en  Hombre y sociedad

 

Anuncios