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Néstor Martínez Valls

Con motivo de la noticia acerca del acto realizado por el Obispo de Reconquista, Argentina, reflexionamos una vez más sobre el tema de la comunión de los bautizados que están en situación objetiva de adulterio (mal llamados “divorciados vueltos a casar.”) El argumento básico en contra es, como recordamos, el siguiente:

  • No se puede comulgar en pecado mortal.
  • El adulterio es pecado mortal.
  • El que vive maritalmente con otra persona distinta de su cónyuge legítimo, en vida de éste, es adúltero.
  • Por tanto, esa persona no puede comulgar.
  • La comunión del que está en pecado mortal sólo es posible tras la confesión al sacerdote, que supone el arrepentimiento por ese pecado.
  • El arrepentimiento incluye el propósito de enmienda.
  • El que no se propone dejar de tener relaciones sexuales adúlteras no tiene propósito de enmienda, y por tanto no está arrepentido.
  • Por tanto, no puede confesarse válidamente, ni tampoco, por tanto, comulgar.

La interpretación heterodoxa de la ambigua y poco clara Exhortación Apostólica Amoris Laetitia viene a decir algo así:

Para que haya pecado formalmente hablando tiene que haber conocimiento de lo que se hace y libertad. Cuando falta uno de estos factores o ambos, siendo la acción mala por su objeto, o intrínsecamente mala, el pecado es material, no formal.

Para que el pecado sea imputable a la persona de modo que ésta pierda el estado de gracia, tiene que ser un pecado formal y no sólo material.

Hay factores que disminuyen o eliminan el conocimiento de la acción que se realiza y/o la libertad con que se la realiza.

Por tanto, esos factores disminuyen o eliminan la imputabilidad de la acción y, por tanto, la culpa por la misma, de modo que en esos casos hay pecado solamente material, no formal. En esos casos la persona puede estar en gracia de Dios.

No se puede comulgar en pecado mortal formal, sí en pecado mortal sólo material. El discernimiento en cada caso determinará en qué situación se encuentra la persona y por tanto si puede comulgar o no.

Contra esto, imaginemos la siguiente situación: un asesino a sueldo que entiende (con conciencia invenciblemente errónea, o bien con gran dificultad para entender los valores inherentes a la norma que prohíbe el homicidio) que lo que hace es, en su caso al menos, moralmente lícito, y que, por otra parte, encuentra gran dificultad en ganarse la vida de otra manera, siendo así que tiene una familia numerosa que mantener. Es bautizado y desea fervientemente participar en la vida de la Iglesia incluyendo la Comunión Eucarística. Su conciencia invenciblemente errónea hace que su pecado sea solamente material, no formal, de modo que está en gracia de Dios. Según lo que sostienen los heterodoxos, entonces, esta persona podría, luego de un adecuado período de discernimiento, acceder a la comunión eucarística, sabiendo toda la comunidad allí presente que se dedica a matar gente por plata para ganarse la vida. Lo cual es obviamente absurdo. Por tanto, la tesis heterodoxa no es aceptable.

No vale aducir que el asesino a sueldo perjudica a terceros, porque para que una acción sea intrínsecamente mala y dé lugar a una situación objetiva de pecado no hace falta que se perjudique a terceros. Tampoco vale decir que el asesino no podría declarar públicamente su condición, porque nos manejamos simplemente con una hipótesis: si pudiese declararla públicamente, los fieles deberían aceptar que comulgase en medio de ellos sin renunciar a su “profesión”, lo cual es obviamente absurdo.

Y obviamente que lo que se dice del asesino a sueldo se puede decir de cualquier otra acción intrínsecamente mala, por ejemplo, el proxeneta, el pedófilo, el violador, el torturador, el narcotraficante, la prostituta, el lavador de dinero, etc., etc.

No entramos tampoco en otros temas, como el hecho de que la Iglesia no juzga el interior y que nadie puede estar cierto, sin Revelación divina especial, de su estado de gracia. Lo que en realidad sucede, entonces, es que hay una oposición objetiva entre la situación tanto del adúltero como del asesino a sueldo o de cualquier otra persona que se realiza una acción intrínsecamente mala, es decir, mala por su objeto, y el Sacramento eucarístico. Y que en esos casos, la persona decide con entera conciencia y libertad imponerle al Sacramento y a la Iglesia toda esa situación objetivamente contraria a la esencia del Sacramento mismo. Y comete por tanto un pecado formal de sacrilegio, además del escándalo a que somete a la comunidad eclesial.

Por eso la Exhortación Familiaris Consortio, en su Nro. 84, pone el acento en la dimensión objetiva tanto del Sacramento como de la situación del que se acerca a recibirlo: “La Iglesia, no obstante, fundándose en la Sagrada Escritura, reafirma su praxis de no admitir a la comunión eucarística a los divorciados que se casan otra vez. Son ellos los que no pueden ser admitidos, dado que su estado y situación de vida contradicen objetivamente la unión de amor entre Cristo y la Iglesia, significada y actualizada en la Eucaristía. Hay además otro motivo pastoral: si se admitieran estas personas a la Eucaristía, los fieles serían inducidos a error y confusión acerca de la doctrina de la Iglesia sobre la indisolubilidad del matrimonio. La reconciliación en el sacramento de la penitencia – que les abriría el camino al sacramento eucarístico – puede darse únicamente a los que, arrepentidos de haber violado el signo de la Alianza y de la fidelidad a Cristo, están sinceramente dispuestos a una forma de vida que no contradiga la indisolubilidad del matrimonio. Esto lleva consigo concretamente que cuando el hombre y la mujer, por motivos serios– como, por ejemplo, la educación de los hijos – no pueden cumplir la obligación de la separación, ‘asumen el compromiso de vivir en plena continencia, o sea de abstenerse de los actos propios de los esposos.’”

Por tanto, en caso de que no se haya exigido a estas personas que comulgaron en Reconquista la previa expresión de su propósito sincero de enmienda en el Sacramento de la Reconciliación, es decir, de su resolución de separarse de su pareja adúltera o en adelante convivir con ella como “hermano y hermana”, lo que se hizo ahí fue un horrendo sacrilegio con el que se ha ofendido ante todo a Dios Nuestro Señor, y en segundo lugar a la Iglesia toda, así como se ha puesto en camino de condenación eterna a esas mismas personas a las que se pretendía tratar “misericordiosamente”.