la-opcion-benito-la-propuesta-de-la-que-todos-hablan-en-estados-unidos
Jorge Soley

Hace ya algún tiempo me hice eco del debate que en los Estados Unidos se había generado acerca de la llamada “Opción Benito” (The Benedict Option), la propuesta de Rod Dreher sobre cómo deberíamos los cristianos orientar nuestra presencia en la vida pública y nuestro modo de vivir nuestra fe comunitariamente en las nuevas circunstancias marcadas por un Estado cada vez más invasivo y dispuesto, como anhelaba Hillary Clinton, a usar su fuerza coactiva para acabar con los “prejuicios religiosos”. Aunque este tipo de debates siempre adolecen de una debilidad, que consiste en que no hay un solo modo, sino muchos, en que los cristianos podemos legítimamente responder a este reto. Así han aparecido defensores de la Opción Francisco, la Opción Domingo, la Opción Escrivá, haciéndose eco de San Francisco de Asís, de Santo Domingo de Guzmán, de San Josemaría Escrivá que, creo que nos ayudan a comprender mejor el mundo que vivimos y nos hacen reflexionar sobre las implicaciones de nuestra fe.

La reciente publicación de un libro del mismo Dreher titulado The Benedict Option ha reavivado el debate, que se ha convertido en un tópico habitual en los Estados Unidos, ha alcanzado la prensa generalista y protagoniza debates públicos. Mi intención de escribir algo sobre el tema se ha ido demorando por una sencilla razón: no pasa día sin que aparezca una nueva aportación al debate y estar al día del mismo se ha convertido en una tarea ciclópea. Así que he optado por asumir que nunca conseguiré leerlo todo sobre la Opción Benito… pero sí lo suficiente para ponerlos al día sobre lo que se cuece en los círculos intelectuales católicos norteamericanos.

Empezando por la propuesta de Dreher – que por cierto, era católico que a raíz de lo que vio, como periodista de investigación, sobre el modo en que se habían gestionado los casos de abusos sexuales en la Iglesia Católica en los Estados Unidos, se pasó a la ortodoxia griega, que podemos resumir así: del mismo modo que San Benito abandonó una sociedad que colapsaba en el siglo VI, los cristianos estadounidenses deben responder al colapso civilizatorio actual concentrando sus esfuerzos en construir comunidades alternativas que vivan con intensidad y consecuentemente su fe. Estas comunidades pueden ser grupos de cristianos que vivan cerca los unos de los otros y se reúnan en torno a una iglesia, o nuevas comunidades religiosas, o nuevas escuelas o grupos de familias que se ayuden las unas a las otras…

La propuesta de Dreher se inspira en la obra de Alasdair MacIntyre, Tras la Virtud,[1] publicada en 1981, que incluye una comparación entre nuestros tiempos y los del colapso final del Imperio Romano de Occidente, cuando los cristianos dejaron de intentar arreglar la sociedad y el gobierno romanos y se dedicaron a construir nuevas comunidades en las que vivir en coherencia con su fe durante la edad oscura que se les venía encima. Según MacIntyre hemos llegado al mismo punto, sólo que los bárbaros ahora no vienen de más allá del limes, sino que ocupan nuestras universidades y promulgan nuestras leyes. Los cristianos somos así más conscientes de nuestra condición de exiliados en nuestra propia tierra. El subtítulo del libro de Dreher es muy expresivo: “Una estrategia para los cristianos en una nación post-cristiana”.

La cultura en que vivimos, no sólo cada vez más alejada, sino cada vez más enfrentada a la fe cristiana, es al mismo tiempo cada vez más expansiva e intolerante y nos presiona con fuerza para que acomodemos nuestra fe a sus parámetros, algo que muchos cristianos, y en especial infinidad de clérigos, están ávidos de hacer. Dreher rechaza esta acomodación al mundo, pero también rechaza el enfoque primordialmente político que él considera que han tenido las “guerras culturales” y que habrían puesto todas sus esperanzas en, por ejemplo, elegir un determinado candidato a la presidencia del país, dejando de lado la tarea de elaborar una cultura alternativa y comunidades en las que ésta fuera una realidad.

Por lo que he ido leyendo, hay bastante acuerdo en cuanto al diagnóstico. Como ha escrito Luma Simms, la salvación no viene de la política, nuestra cultura ha colapsado y los cristianos asumen cada vez más acríticamente la cultura anticristiana hegemónica. El problema surge cuando se aborda la mejor respuesta a esta situación. La Opción Benito opta por una cierta retirada de la batalla política (y aquí aparecen importantes gradaciones y matices) para concentrarnos en la creación de pequeñas comunidades en las que poder sobrevivir durante los nuevos tiempos oscuros que nos ha tocado vivir. ¿Cuáles son las objeciones a esta propuesta?

Adam J. Deville percibe un cierto fatalismo, un determinismo derrotista que nos hace pensar que todo está perdido y que en vez de luchar en “batallas políticas que no se pueden ganar”, anima a los cristianos a construir una especie de nueva “arca”. Deville sostiene que un mínimo conocimiento de la historia nos lleva a desconfiar de los análisis deterministas. No es la primera vez que, cuando todo parecía perdido, la Iglesia ha renacido con mayor fuerza.

El mismo Deville también acusa a Dreher de que su propuesta consiste en una mera operación de marketing: “hay muchos católicos que conozco –escribe– que llevan haciendo lo que Dreher ha empaquetado junto desde hace décadas y sin tanta fanfarria”. Una crítica que, no obstante, iría destinada al autor, pero que, de ser cierta, viene a reforzar su propuesta.

David Warren defiende un modelo más combativo y propone como inspirador no tanto a San Benito como a Santo Domingo: “en nuestras universidades la fe es despreciada, como ocurría en tiempos de los primeros dominicos. Los dominicos no se rindieron. En vez de retirarse cada vez que se enfrentaban a un ambiente hostil, escuchaban y confutaban… Cristo envió a sus apóstoles a los caminos, no les dijo que se escondieran y esperasen. El mundo necesita que se le hable de la alegría de nuestro Salvador, necesita ser salvado del demonio y de sí mismo”. Dreher ha respondido indicando que para hacerlo, algo que él también anhela, antes hay que crear un entorno seguro de donde puedan salir esos apóstoles de los que el mundo esta tan necesitado. O sea, que la Opción Benito pone las bases de la Opción Domingo.

Hay otros que advierten que el hecho de la insistencia en crear pequeñas comunidades compuestas, al menos inicialmente, por cristianos fervorosos y consecuentes, no elimina el riesgo de corrupción. Podemos encontrar ejemplos de esto observando la vida de las primeras comunidades cristianas. El riesgo de corromperse por complacencia, por sentimiento de superioridad, siempre presente, lo está de modo especial en estas pequeñas comunidades, argumentan algunos. Es también lo que el Padre Rutler, conocido sacerdote neoyorquino, engloba dentro del peligro de tener una mentalidad de gueto.

El Padre Longenecker, por su parte, advierte de lo que les ha ocurrido a los protestantes que han optado por opciones que podemos calificar, en sentido amplio, equivalentes a la Opción Benito: “Los anabaptistas, cuáqueros, shakers, menonitas, amish, etc., iban todos a retirarse a las colinas, cuidar de sus granjas, ocuparse de sus asuntos y crear así un pequeño nirvana protestante…”

Longenecker nació en una comunidad de este tipo, una pequeña iglesia de entusiastas evangélicos del cinturón bíblico y su juicio no es nada positivo… claro que se supone que la pertenencia a la Iglesia católica tendría que limitar las derivas más sectarias.

Otros se han centrado en el supuesto carácter utópico de la propuesta: lo de que los miembros de la comunidad vivan cerca los unos de los otros o que abandonen el sistema público de escolarización y opten por el homeschooling puede resultar francamente difícil, en especial si quienes pertenecen a esa comunidad no viven de rentas, sino que tienen que combinar varios empleos y además pagar una hipoteca. Dreher contesta que puede no ser fácil, pero que existen ejemplos reales y que una parte de la Opción Benito pasa por intentar redimensionar nuestras prioridades económicas.

John Horvat centra su crítica en una constatación de hecho: “los nuevos bárbaros no permiten que existan estructuras paralelas, no aceptan la coexistencia, no respetan los acuerdos ni la libertad religiosa”. Si abandonamos la guerra cultural, sigue, y apostamos por la fragmentación, “puedes estar seguro de que los nuevos bárbaros responderán como nuevos bárbaros: irán a por nuestras comunidades y monasterios, que serán como fruta madura lista para los saqueadores políticamente correctos provistos de violentos decretos judiciales para robarnos”.

En esta misma línea, hay quien ha señalado que no hay que olvidar que las llamadas guerras culturales no son ofensivas, sino guerras defensivas. Y uno no puede retirarse de una guerra defensiva cuando lo desee a menos que esté dispuesto a sacrificar su libertad. Dreher, a raíz de este tipo de críticas, ha matizado su postura y no aboga por un abandono absoluto de la arena política.

Otros han acusado a Dreher de ofrecer un perfil sesgado de San Benito: el escritor de la Regla no es sólo quien se retira de la civilización que se hunde, sino también quien derriba los ídolos en Montecasino. Lo mismo que otros benedictinos, como San Bonifacio talando el árbol sagrado en Geismar, o San Patricio desafiando a los druidas y encendiendo el fuego pascual en la colina de Slane. Si la Opción Benito es interpretada en clave quietista o como una retirada absoluta de la sociedad, parece obvio que no seguiría el ejemplo de San Benito.

El debate continúa y está lleno de matices, en parte porque la cuestión es importante y también porque, a diferencia de San Benito, que codificó su propuesta, la de Dreher es amplia y vaga. En cualquier caso, quien quiera pensar a fondo sobre el asunto, pueden leer con provecho una obra del Padre Iraburu que aborda el tema con mayor profundidad teológica: Evangelio y Utopía.

Allí se pasa revista tanto a la teoría como a la práctica de aquellas “asociaciones humanas, libremente constituidas, que, en uno u otro grado de convivencia, intentan formar ya ahora dentro de la sociedad, y sin pretender reformar a ésta, un micro-orden social distinto y mejor”, tanto de religiosos, como de laicos. Entre las múltiples observaciones del P. Iraburu que me parece ayudan a enmarcar el debate en torno a la Opción Benito, destacaré la importancia de la vida comunitaria (“la conciencia de que la perfección personal es muy difícil sin una relativa perfección comunitaria”) y la dificultad de la trasposición de categorías propias del monacato a la vida laical (“las comunidades utópicas, sean o no cristianas, son ciertamente realizables cuando integran sólo a hombres o sólo a mujeres, mientras que se hacen mucho más problemáticas cuando pretenden la convivencia de matrimonios y familias. Este caso nos ayuda también a entender que el utopismo comunitario convivencial es mucho más difícil que el utopismo meramente asociativo”).

Acabo, y a buen seguro que cuando escribo esto ya han aparecido varias aportaciones nuevas al debate, con dos citas que he encontrado en la obra del P. Iraburu y que testifican que el asunto viene de lejos y que es vital para la vida de los cristianos.

La primera es de T. S. Eliot en unas conferencias en Cambridge en 1939: “Se nos plantea constantemente el problema de llevar una vida cristiana en una sociedad no cristiana. No es meramente el problema de una minoría en una sociedad de individuos que mantienen una creencia extraña. Es el problema constituido por nuestra complicación en una urdimbre de instituciones de la que no podemos disociarnos: instituciones cuyas operaciones ya no parecen neutrales, sino anticristianas. Y en cuanto al cristiano que no tiene conciencia de este dilema –la mayoría– se está descristianizando más y más debido a toda clase de presiones inconscientes, pues el paganismo conserva la mayor parte del valioso espacio de la propaganda. Cuando un cristiano es tratado como enemigo del Estado, su desenvolvimiento es más duro, pero más simple. Yo me refiero a los peligros que amenazan a la minoría tolerada; y en el mundo moderno puede resultar que la cosa más intolerable para los cristianos sea la de ser tolerados… El verse obligado a vivir de una manera que no favorece al comportamiento cristiano constituye un factor muy poderoso contra el Cristianismo, porque el comportamiento afecta tanto a la creencia como ésta al comportamiento.”

La segunda es de Pablo VI, el 21 de noviembre de 1973: “Hemos andado fuera del camino en el conformismo con la mentalidad y con las costumbres del mundo profano. Volvamos a escuchar la apelación del Apóstol Pablo a los primeros cristianos: “no queráis conformaros al siglo presente, sino transformaos con la renovación de vuestro espíritu”;[2] y la exhortación del Apóstol Pedro: “como hijos de obediencia, no os conforméis a los deseos de cuando errabais en la ignorancia [de la fe].”[3] Se nos exige una diferencia entre la vida cristiana y la profana y pagana que nos asedia; una originalidad, un estilo propio. Digámoslo claramente: una libertad propia para vivir según las exigencias del Evangelio. Con el mundo tendremos que mantener una independencia espiritual. En este sentido, el dominio de sí, el espíritu ascético, el temple viril de la conducta cristiana, no nos deben parecer advertencias piadosas superadas, sino ejercicios de agonismo [espíritu de lucha] cristiano, hoy tanto más oportuno cuanto mayor es el asedio, el asalto del siglo amorfo o corrompido que nos circunda. Defenderse, preservarse, como quien vive en un ambiente de epidemia”.

 

 


[1] After Virtue; por Alasdair MacIntyre; publ. 1981, University of Notre Dame Press, Notre Dame, Indiana, Estados Unidos de América. El libro trata temas de filosofía moral. MacIntyre presenta una visión crítica del discurso moral moderno, al cual halla falto de racionalidad y reticente a admitir esa deficiencia. Cuando el libro fue publicado en 1981, su importancia como crítica de la filosofía moral contemporánea fue reconocida inmediatamente. La revista estadounidense Newsweek lo calificó como “un llamativo estudio de la ética por uno de los más avanzados filósofos morales en el mundo de habla inglesa” Desde entonces el libro ha sido traducido a más de quice idiomas, vendiendo más de 100.000 copias. Hoy es considerado un clásico, Alasdair MacIntyre examina las raíces conceptuales e históricas de la virtud como ideal, diagnosticando las razones de su conspicua   ausencia en la vida individual y pública, al tiempo que propone la manera de recuperarla. El libro es un examen penetrante e iluminador del precio de la modernidad. Al prologar una edición reciente, el autor se declara “seguro que, solamente desde la base de una una tradición muy diferente, una cuyas creencias y presupuestos estén articulados en las formas clásicas aristotélicas, es que podemos entender tanto el origen como el predicamento en que se encuentra la moral moderna.” NOTA DEL EDITOR.

[2] Romanos 12,2.

[3] 1Pedro 1,14.