la-piramide-de-la-riqueza-mundial
Daniel Iglesias Grèzes

Hay muchos estudios que demuestran que la pobreza, y sobre todo la pobreza extrema, ha disminuido notablemente en el mundo en las últimas décadas. Véase por ejemplo un reciente artículo[1] del Banco Mundial. Allí se dice que la población afectada por la pobreza extrema, definida como las personas que viven con menos de US$ 1,90 por día, disminuyó de 1.990 millones de personas (44% de la población mundial) en 1981 a 896 millones (12,7% de la población mundial) en 2011. O sea que en esos 30 años (1981-2011) unos 1.000 millones de personas salieron de la pobreza extrema. Por otra parte, la población afectada por la pobreza, definida como las personas que viven con menos de US$ 3,10 por día, disminuyó de 2.590 millones de personas en 1981 a 2.200 millones en 2011. O sea que casi 400 millones de personas salieron de la pobreza en ese período. Esta disminución es más notable expresada en términos relativos: los pobres bajaron del 57% al 31% de la población mundial. No profundizaré aquí en el análisis de las causas de este fenómeno, pero dejo constancia de que los procesos de reforma económica en China y en India (en el sentido de una marcha hacia una mayor libertad económica) han influido mucho en esta disminución de la pobreza.

Debido a datos como éstos, yo solía discrepar de quienes (muchas autoridades eclesiásticas incluidas) denuncian que “los ricos se vuelven cada vez más ricos y los pobres cada vez más pobres”. Yo pensaba que sólo la primera mitad de esa denuncia era verdadera: ciertamente, en general los ricos se vuelven cada vez más ricos, pero en general –pensaba yo– no es verdad que los pobres se vuelven cada vez más pobres. Y, si se define la pobreza en términos de ingresos, yo tenía razón. En ese sentido la pobreza está disminuyendo significativamente en el mundo y la erradicación de la pobreza extrema ya no parece un objetivo inalcanzable. Ahora bien, en economía hay otra forma de definir la pobreza que es tan importante o más que la definición basada en los ingresos: la definición basada en el patrimonio o riqueza neta. En esta otra perspectiva el panorama se muestra más complejo y preocupante, y la denuncia citada (tanto en su primera como en su segunda parte) da justo en el blanco.

Los estudios sobre la distribución de la riqueza son mucho menos numerosos que los estudios sobre la distribución del ingreso. Por eso corresponde agradecer al Credit Suisse Research Institute (CSRI) que, de 2010 en adelante, esté publicando unos interesantísimos informes anuales sobre la distribución de la riqueza en el mundo. En esta página están disponibles siete informes anuales (de 2010 a 2016) y sus respectivos “libros de datos” (databooks). La riqueza neta medida por el CSRI abarca los activos financieros, los activos no financieros y la deuda. Puede ser negativa, y de hecho lo es a veces: cuando la deuda es mayor que los activos. Por ejemplo, según el Global Wealth Databook 2016, en Uruguay las porciones de la riqueza total poseídas en 2013 por el 10, el 20, el 30 y el 40% más pobre de la población eran respectivamente: -1,2%, -1,2%, -1,0% y -0,3%. De ser ciertos, estos datos implican que había una cantidad indeterminada pero importante de personas con riqueza neta negativa.

Consideraré un solo aspecto de los muchos abordados en los Global Wealth Reports(Informes sobre la Riqueza Mundial) del CSRI. Cada uno de los siete informes anuales contiene una gráfica llamada “la pirámide de la riqueza mundial”. En esa pirámide se divide a la población adulta del mundo en cuatro sectores según su rango de riqueza:

  • mayor que US$ 1.000.000;
  • entre US$ 100.000 y 1.000.000;
  • entre US$ 10.000 y 100.000;
  • menor que US$ 10.000.

En este contexto, llamaré “ricos” a las personas del primer sector (el vértice de la pirámide) y “pobres” a las personas de los sectores tercero y cuarto (la base de la pirámide). Según esta terminología, en 2010-2016 los ricos han oscilado entre el 0,5 y el 0,7% de la población mundial, mientras que los pobres han oscilado entre el 91 y el 92% de la población mundial. Más aún, durante esos años el porcentaje de la riqueza mundial poseída por los ricos subió todos los años, desde el 35,6% en 2010 hasta el 45,6% en 2016, mientras que el porcentaje de la riqueza mundial poseída por los pobres bajó casi todos los años, desde el 20,7% en 2010 hasta el 13,8% en 2016. En términos absolutos, en seis años la riqueza promedio de los ricos subió de US$ 2.859.504 a US$ 3.533.333 (un aumento de US$ 673.829), mientras que la riqueza promedio de los pobres bajó de US$ 9.870 a US$ 7.923 (una disminución de US$ 1.948). En general, al menos en ese período, los ricos se volvieron más ricos y los pobres más pobres.

¿Cómo es posible que sean verdad a la vez los datos del Banco Mundial y los del CSRI? Muy sencillo. En promedio, los pobres tienen ingresos cada vez mayores, pero su riqueza neta no sólo no aumenta, sino que disminuye, porque sus gastos aumentan más que sus ingresos, y esto hace que sus activos disminuyan o su deuda aumente, o ambas cosas a la vez. O sea que, en promedio, los pobres son cada vez menos pobres en términos de ingreso y cada vez más pobres en términos de riqueza neta. Por lo que, extrapolando esta tendencia, habría que decir el “sueño” del Banco Mundial (“un mundo sin pobreza”) tiende a realizarse en un sentido importante pero parcial (la pobreza en términos de ingreso) pero tiende a alejarse en otro sentido importante y más complexivo: la pobreza en términos de riqueza neta.

Es obvio que esta situación es muy insatisfactoria. En este punto no me queda más que enunciar mi diagnóstico, que no justificaré aquí: el capitalismo liberal (individualista) es el problema básico de la economía actual; el socialismo marxista (colectivista) es la falsa solución (y una agravación del problema); y el cristianismo vivido según la moral social católica trae consigo la verdadera solución.

Aunque la doctrina social de la Iglesia no contiene ningún sistema económico detallado, el cristianismo vivido en profundidad (por todas o gran parte de las personas del mundo) cambiaría radicalmente también la economía mundial. Por ejemplo, difícilmente una familia necesite una riqueza neta de más de US$ 10.000.000. Pues bien, según el Global Wealth Report 2016, el año pasado había en todo el mundo 50.800 personas con una riqueza neta mayor que US$ 100.000.000. Estimo que esas personas “ultra-ricas” poseen el 5% de la riqueza mundial. Supongamos que cada una donara el 90% de su fortuna a los más pobres, por lo que después de ello seguiría teniendo más de US$ 10.000.000. Esa “macro-donación” involucraría el 4,5% de la riqueza mundial. En 2016 había 3.546 millones de personas con una riqueza menor que US$ 10.000. Entre todas representaban el 73% de la población mundial y poseían 6,1 billones de dólares (2,4% de la riqueza mundial). Es decir que después de la hipotética macro-donación, los ultra-ricos seguirían siendo ricos (o incluso, algunos de ellos, ultra-ricos), pero el 73% más pobre de la población mundial habría casi triplicado su riqueza total. Un cambio enorme… Por supuesto, esto es sólo un experimento mental. Sería muy difícil implementar la macro-donación tal como la expuse aquí; y si se hiciera a través de los Estados quizás las cosas empeorarían en vez de mejorar. Empero, la idea fundamental es clara: si la caridad cristiana (en lugar del afán desordenado de riqueza) guiara la economía mundial, ésta sería mucho más justa.


[1] Sitio web del Banco Mundial, Panorama General, Para Entender la Pobreza, bancomundial.org.