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Raymond de Souza

Si consideramos que los Evangelios son simples registros históricos acerca de la vida de un predicador galileo, encontraremos en ellos una observación notable: dicen que ese hombre murió y resucitó. Él fue crucificado, su costado fue traspasado después de su muerte, y fue sepultado. No hay dudas al respecto. La tumba fue encontrada vacía, y Él fue visto más tarde por Sus Apóstoles, compartió una comida con ellos y puso Sus heridas a disposición para ser tocadas por cualquiera que no pudiera creer a sus propios ojos. Saulo de Tarso, renombrado como el Apóstol Pablo, un ex enemigo de Cristo y de Su Iglesia, registra que el Señor Resucitado fue visto también por más de 500 individuos y por él mismo, Pablo (cf. 1 Corintios 15,6-8).

Muy bien. Ahora bien, ¿tiene sentido creer en tales historias? Para investigar el tema de una manera objetiva, casi científica, planteémonos algunas preguntas.
¿Esos presuntos testigos fueron engañados, o eran mentirosos? Ante todo, ellos no pretendían engañar a nadie. ¿Incurrir en el enojo del Sanedrín y de las autoridades romanas para qué? ¿Para arriesgarse a terminar del mismo modo que Jesús? Ellos no tenían nada que ganar afirmando Su Resurrección, y sin embargo lo hicieron. Y muchos de ellos pagaron con su propia vida por esa afirmación. Ahora bien, sabemos que no se renuncia a la vida por algo que se sabe que no es verdad: nadie muere por una mentira… Tú puedes morir por algo que crees que es verdad, pero si sabes que no es verdad, no, decididamente no; no lo harás. Nadie muere para mantener una mentira.

De acuerdo, podrías decir, bien, ellos no eran mentirosos, ¿pero ellos mismos podrían haber sido engañados? Esta suposición podría tener algún asidero si estuviéramos hablando de unos cuantos niños, pero más de 500 personas, en su mayoría adultas, que declaran la misma historia de la misma manera, no pueden haber sido engañadas, especialmente acerca de algo tan inusual como un hombre que resucita de entre los muertos.
Además, los Apóstoles recibieron de Dios la confirmación de su certeza de la resurrección de Jesús, como podemos ver en el poder de San Pedro para realizar milagros, que atemorizó a muchos en Jerusalén (cf. Hechos 2,43). Él habló en lenguas extranjeras sin haberlas estudiado, curó a un hombre que era paralítico de nacimiento, fue liberado de la prisión de un modo milagroso, etc.

Incluso algunos de los que se oponían a Jesús y los Apóstoles se convirtieron: ¡había sacerdotes entre ellos (cf. Hechos 6,7)! ¡Milagro! ¡Algunos sacerdotes creyeron! Ellos se separaron de aquellos que Lo habían condenado a muerte, y se unieron a las filas de los creyentes. De nuevo, ellos no tenían nada que ganar, y todo que perder, al obrar así. Y lo hicieron. Ellos sabían muy bien que incurrirían en el odio de su clase y la burla de su pueblo; ¿por qué lo hicieron? Su conciencia los impulsó no sólo a creer, sino a saber que Jesús era el Mesías profetizado por sus antepasados. Y ellos se volvieron católicos, es decir, cristianos.

Luego tenemos a los soldados romanos. La historia que ellos contaron a Pilato –que los Apóstoles habían robado el cuerpo– podría haber movido al Gobernador a reírse de ellos y a condenarlos a muerte por fracasar en su deber. Un grupo de pescadores asustados no tendría ninguna chance contra soldados romanos bien entrenados. Pero Pilato se sentía culpable y prefirió dejar el asunto como estaba para no causar problemas… así le resultó más conveniente dejar que los guardias aceptaran el soborno dado por los Sumos Sacerdotes y esperar que luego no sucediera nada. Pero sucedieron muchas cosas.

San Pablo vio a Cristo y habló con Él, y predicó Su crucifixión y resurrección dondequiera pudo hacerlo. Y fue decapitado por esa predicación. De nuevo, nadie muere por una mentira.

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Fue el impío Voltaire, un gran enemigo de la Iglesia Católica, que hizo uso de toda clase de acusaciones y ataques viles contra el catolicismo, quien parece haber sido el autor de este dicho: “Miente, miente, miente: siempre algo queda…” Pero él no fue el primero en ponerlo en práctica: el Sanedrín de Jerusalén fue el campeón de esa estrategia.

Si los guardias habían dicho la verdad acerca de que los Apóstoles robaron el cuerpo de Jesús, ¿por qué los guardias no lo impidieron? Si ellos estaban dormidos, ¿cómo supieron que quienes robaron el cuerpo fueron los Apóstoles, esos civiles asustados que no podían resistir la habilidad militar de los guardias? Además, los Apóstoles no ayudaron a su Maestro mientras Él estaba vivo, ¿por qué lo ayudarían cuando Él estaba muerto? Más aún: en el ejército romano, caer dormido durante el servicio habría significado la muerte para los guardias somnolientos. Pero ellos no sufrieron una corte marcial ni la muerte… No, nada de eso. El Sanedrín sobornó a los guardias para que mintieran, mintieran y mintieran, esperando que algo quedara. Pero no quedó.

“¡Ellos estaban alucinando!” es la acusación común de los escépticos modernos que alucinan acerca de una creación y evolución de la nada sin un Creador. El hecho es que uno alucina acerca de lo que espera que suceda. Pero los más de 500 discípulos no esperaban que Jesús muriera antes de establecer el Reino, mucho menos que resucitara. Cuando Él fue arrestado, ellos huyeron como pollos ante el cuchillo del carnicero, y estaban tristemente decaídos mientras Él estaba en la tumba. Incluso cuando ellos Lo vieron, no podían creer a sus propios ojos, y Jesús tuvo que pedir algo de comer para persuadirles de que Él estaba allí. Nuestro famoso Tomás escéptico estaba completamente en contra de la idea de que Él había resucitado de entre los muertos con base en rumores. Él tenía que ver a fin de creer.

Por lo tanto, esa gente no estaba alucinando, ellos no esperaban volver a ver a Jesús. Además, la gente que tiende a alucinar lo hace con base en sus expectativas individuales, y cada uno ve cosas a su manera única. Los más de 500 discípulos que Lo vieron vieron la misma cosa, pero la alucinación no ocurre en tales circunstancias. Si ellos hubieran alucinado, habrían tenido diferentes versiones de la historia, de acuerdo con sus expectativas y percepciones individuales.
Por último, hay quienes dicen que Él no murió en absoluto, sino que sólo se desmayó en la cruz y luego salió de puntillas del sepulcro mientras los guardias dormían… Absolutamente ridículo. Un hombre tan herido como estaba Él nunca podría haber movido la piedra y pasado a los guardias, con agujeros en sus pies y manos y un gran corte en su costado…

No, el registro histórico sobre la resurrección de Jesús tiene sentido. Y nosotros mantenemos la Fe de Sus Apóstoles.

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