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Mario Petit de Murat

Nos abocaremos ante todo al estudio de la sociedad, por cuanto que la historia o bien mueve sociedades, o bien hombres. Puede haber, evidentemente, historia de un hombre cuando es notable, ya en sí, su aventura en el tiempo para alcanzar su personalidad y realizarla. Y también por su incidencia en la historia, hacerse monografías de hombres que llamamos grandes y que incluso han pesado en determinados momentos decisivos de la historia humana. Pero por supuesto que lo más propio es la historia de pueblos; entonces tenemos nosotros que conocer qué es la sociedad, porque el pueblo está dentro del género sociedad.

Todas las cosas humanas se poseen muy mal y lo peor de todo es que hoy, creyendo que estamos respaldados por una gran cultura que se nos da gratuitamente quizá desde que nacemos, estamos suponiendo una cantidad de conceptos de lo más rudimentarios e incluso deformes, y así son las conclusiones que sacamos y lo que hacemos en base de eso. Todas las ideologías, que son tan superficiales de suyo, están fundadas sobre conceptos supuestos del hombre, de la sociedad, de la cultura, etc.

Así que vayamos nosotros entonces a penetrar y a ver en la luz de la inteligencia y de la razón qué es sociedad; ya que es la materia en que se embebe la historia.

Dejemos la familia, por ahora no hay que estudiarla. La tribu es la proyección inmediata de la familia, el asiento de la forma patriarcal de la sociedad. Entonces es un error gravísimo llamar tribu hoy, a una asociación de salvajes, porque puede haber tribus muy cultas: la gens romana, la tribu de los hebreos, eran de gente muy alta, de gran calidad humana. Y esta, cuando se va multiplicando, y aceleradamente por cierto, llega a ser pueblo, el punto en que está en mayor pureza la materia humana.

¿Y cuándo existe un país? Cuando hay en ese pueblo una connotación a la tierra y a todos los caracteres que pueden afectar a la masa humana en cuanto tal, que es tan receptiva y tan modificable, tan determinable por factores externos. Entonces, es país cuando consideramos a esa masa humana unida a su tierra en cuanto que está injertada en ella y modificada por caracteres raciales y por caracteres sociales.

Y es nación cuando el país se ha institucionalizado, es decir cuando ya formalmente se le da una configuración desde fuera por los poderes distribuidos en instituciones. Ahora lo que puede pasar, es que la institución Estado vaya tomando autonomía y que no sea una forma que nace inmediatamente de este pueblo-país. Es lo que ocurre ahora, cuando el Estado se está distinguiendo cada vez más, como un todo autonómico y real por encima del pueblo; y entonces ya toda nación consta de dos elementos hoy: pueblo y Estado.

En una palabra, el Estado es un excesivo formalismo cuando comienza a tener la representación de un país y a tomar razón de sí en sí mismo. La representación se va alcanzando por la excesiva extensión de la masa humana, y cuando no puede haber una comunicación inmediata entre los poderes formales de este país real, viviente. Concepto muy germánico de Kant en adelante, fundado en derecho positivo. Y eso es un planteo de la nación, hoy, irremediable creo, porque todas las ideologías que se mueven son incapaces de solucionarlo. El poder ya no es un fruto viviente de este país, como lo fue un David, pongamos. Un David era la representación de los hebreos y la autoridad punitiva del pueblo, pero que brotaba de toda la genialidad del pueblo hebreo. Un Pericles era el arconte elegido cinco veces que brotaba del pueblo griego, del pueblo ateniense; la expresión autoritaria del mismo. Desde Kant en adelante, no; es extrínseca. Yo le concedo el poder al Estado y entonces él lo tiene por concesión, automáticamente, y viene el poder desde fuera a incidir en la raza humana. Nosotros decimos “estado”, y cuando lo decimos, oscuramente nos damos cuenta de que estamos nombrando algo distinto de pueblo, de país, de nación, y no atinamos en qué, y es eso. Que el Estado ya hoy, en la época de libertad, es autónomo y es casi intrínsecamente despótico, así sea una democracia, porque es extraño al pueblo, porque es de derecho positivo. Se va desplazando la materia humana y se forma una dualidad contradictoria donde el Estado es una ficción, al final de cuentas abstracta, sin raíces en el pueblo al que está gobernando. Es el fenómeno de todos nuestros gobernantes últimos, que no conocieron para nada a su pueblo.

Es el caso de mi país como país, es decir esa porción magnífica, viviente, de materia humana óptima, de tierras y mares óptimos; este oasis que Dios nos ha dado. Que aún no tiene nombre, que aún no ha habido un hombre que lo nombre, que lo exprese como David nombró a la Tierra prometida y a su pueblo, como un Pericles nombró a Atenas. El único hombre que nos conoció y que nos amó fue San Martín, yo creo; nadie más. Me parece, me atrevo a decirlo, porque ustedes saben que la historia es tan insondable, pero todos los demás, si hubo hombres de buena intención, eran también incapaces. El único profundo aquí que hubo, que nos conoció y nos vio y que temió por nosotros fue San Martín; hay que leer las cartas de San Martín. Causa pavor un hombre que nos conozca tan bien.

Y porque se han perdido las líneas históricas de la Argentina, no se sabe nada de la Argentina. Creemos que vive una disputa de partidos políticos cuando hay dos líneas históricas bien trazadas, irreconciliables entre sí, y la historia de la Argentina es historia de desolación. ¿Sabemos eso? Nunca se ha visto un país más desequilibrado que este, nunca jamás, con provincias totalmente anuladas en todas sus posibilidades, y posibilidades magníficas, para dar hegemonía a un amontonamiento de hombres, que se llama Buenos Aires. Con el solo título, con el solo derecho y la sola prenda de apoderarse del país porque ella era europeizante. Y nada más.

Miren ustedes si no es profunda la historia y si tenemos que estar ahí chapoteando como pueblo ahistórico en explicaciones banales totalmente, de los sucesos de un país pobre, insignificante históricamente como lo es la Argentina.

Ustedes no saben hasta qué punto la Argentina es un país de ilotas, de gentes despojadas; una raza magnífica, llena de posibilidades, y que está anulada porque los dos países europeos que se encargaron de la educación de la nueva Argentina, Francia e Inglaterra, a toda costa la querían vacía, para que se convirtiera en un mercado, nada más; y lo consiguieron.

¿No han notado ustedes -miren si la historia no hace al hombre-, que el placer, la felicidad del hombre argentino y de la mujer argentina, es recorrer la mejor calle de una ciudad llena de negocios, mirar, deleitarse en las vidrieras y comprar la última novedad? ¿Quién hizo eso, quién nos dio esa formación, quién nos dio esa mentalidad? “Inca-la-perra”, nada más. (Los que han leído el Martín Fierro, sabrán quién es “Inca-la-perra”.) Miren si no tenemos que ser profundos para estudiar historia.

Entonces la historia es una tendencia real, en las entrañas mismas de los componentes de un pueblo. Y la historia es una savia vital que nutre a los miembros de ese pueblo, quieran o no; y lo peor es que cuando somos ahistóricos, no lo sabemos y explicamos las cosas así, de cualquier manera y frívolamente. ¿Han logrado hacer de nosotros un pueblo serio? ¿O han conseguido hacer de nosotros un pueblo frívolo, nada más que frívolo?

No tomamos nada en serio y no somos capaces de entender nada grande. Y no porque nos falte potencia sino porque nos lo impone la mentalidad histórica que arrastramos.

En fin; qué desgracia, ¿no es cierto? El argentino hace mucho que dejó de estudiar y lo estamos pagando caro. ¿Cuántos filósofos ha tenido la Argentina, cuántos teólogos? Apenas si ha tenido poetas y literatos, y basta.

¿Nos conocemos? No, no nos conocemos. Una de esas magníficas tribus de bárbaros alanos o hunos, o francos o visigodos que hubiera llegado aquí, enloquece directamente. Nosotros todavía no hemos visto el país que se nos ha dado. El tucumano está en una esquina diciéndole al amigo: “Estoy aburrido, ¿a dónde vamos?”. Y lo que son esas florestas que van por la cuesta que nos lleva a Tafí del Valle, lo que es eso. ¿Quién las nombró? ¿Cuántos pintores han nombrado esa cuesta, esos árboles que son increíbles en su majestad, con esas grandes cabelleras de lianas que cuelgan desde treinta metros de altura? He viajado y no he visto en ninguna parte eso. ¿Cuántos son los tucumanos que lo han descubierto y lo han pronunciado? ¿Cuántos son los que han desposado su espíritu con esa belleza? No, se aburren y se van a meter al cine. Porque no hay nada que hacerle. ¿Cuántos han traducido en música eso?

Y nuestras noches, ¿no están abandonadas? El otro día en El Timbó Viejo, donde vivo y atiendo una capilla, una chica le decía a su padre cómo haría para tomar el ómnibus de las seis no teniendo reloj. Cuando el padre le dijo que se fijara en la salida del lucero del alba, ella respondió: “¿El lucero? ¿Y dónde está el lucero?” Esta chica no había visto el lucero de Tucumán, que no les puedo decir lo que es. ¿Ven? ¿Somos país? ¿Hay una inserción del hombre con su tierra, una conjunción y una unidad de espíritu y tierra? Y si no nos hemos convertido en el verbo de nuestra tierra, qué gobernante vamos a tener. El gobernante tiene que brotar de eso, tiene que ser una unidad. Del mismo modo, no tiene solución el Estado, el Estado como entidad abstracta y extraña a su pueblo, si no brota del mismo.

Ahí ternemos entonces pueblo, país, nación estado. El Estado creado por dos filósofos germanos, que han sido fatídicos para la civilización occidental: Kant y Hegel. Ustedes saben que Hegel dice que el estado es la perfección; de todas esas tríadas de tesis, antítesis y síntesis, el Estado está por encima de la sociedad. ¿Acaso Hegel no lo saludó a Napoleón como el dios que venía hacia nosotros? En eso estamos. Miren que el comunismo es de origen germánico y de origen romántico. Y que brota de Hegel.

Continuación de Hombre y sociedad

Capítulo III de Una Sabiduría de los Tiempos. Respuestas de la Filosofía de la Historia para el mundo contemporáneo. Curso de Filosofía de la Historia (1971) por Fray Mario José Petit de Murat.

Continúa en  La cultura y sus exigencias

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