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Mario Petit de Murat

Vayamos ahora a otros conceptos que necesitamos comprender y que son la cultura, la civilización, tan necesaria de entender hoy, la barbarie y el salvajismo.

¿Qué es la cultura? Repetiremos la definición que ya anticipamos. Después de analizar mucho las culturas verdaderas, podemos llegar a la definición esta: cultura es la labor de una inteligencia ayudando a una cosa a alcanzar su perfección en la línea de su naturaleza. Todas las palabras son válidas, y no dejemos ni una.

Pasemos ahora al hombre, cuestión que tenemos que plantear frente a Hegel. El hombre, ¿es sujeto de cultura? El hombre es el mayor sujeto de cultura que existe, el primero y primordial. Hablando brevemente, a mayor potencialidad, a mayor indigencia, hay mayor poder y perfección adquisitiva.

Nosotros somos criaturas complejas, donde se coadunan todos los órdenes del universo. Como lo dice entre otros San Gregorio Magno, tenemos de común con las piedras el ser corpóreo, con los vegetales el vivir, con los animales, sentir, y tenemos de común con los ángeles el pensar y amar. Es común con los ángeles y no con las bestias el amar. Redimamos el concepto amor, porque el amor participa del desinterés, de la luminosidad de la inteligencia. Fluye del apetito que sirve a la inteligencia, claro. No de las glándulas como diría Freud; el “eros” no está en las glándulas; está en la inteligencia, raíz del “eros”.

El hombre es el máximo sujeto de cultura, es la máxima indigencia que puede haber en el universo. Somos de una indigencia casi infinita, porque nuestro apetito natural constantemente nos está pidiendo un bien infinito.

De ahí el desasosiego que tenemos en todas las cosas. ¿Cómo si no entendemos esto de que el hombre es puro animal, de que la tierra es su morada, y sin embargo el hombre corre, corre sobre la tierra sin nunca sosegarse ni tener reposo? Cuando mi apetito está satisfecho, yo tengo reposo. ¿Y cuándo se ha dado eso en el hombre? En algunos burgueses… Son tan redondos y tan perfectamente ya delimitados en la inmanencia de su vientre, que parece que tuvieran reposo. Pero síganlo y van a ver que un día el burgués ese rompe todo aquello en lo que tuvo reposo, lo destroza en un ataque de ira, de furor, de neurastenia. Somos gigantes, quieras o no quieras. No temas a poder hacerte mediocre jamás; estás, urgido por un apetito de infinito que no se sosiega nunca nada más que en el infinito.

Yo no hago mi definición. No como quiere la gente vulgar: “Yo voy a ser lo que quiera”. No vas a ser lo que quieras. Vas a ser desgraciadamente siempre hombre. Y cuando tú te desplaces del hombre por tus actos, el hombre interno te va a aplastar; serás quieras que no quieras, hombre. Y esa es la fuerza del infierno, en que tú no puedes mudar tu esencia. Llevamos una naturaleza humana, distinta, única, incomparable en lo que tiene de propio. El mono no puede sustituir a mí; el cerdo no puede ser mi hermano, el pavo menos. Soy hombre o reviento. Cristo con la cruz a cuestas es la figura mía: el hombre aplastado por su definición. Ahí me ha asumido, esa es mi figura, ese es mi retrato: Cristo con la cruz a cuestas, andando hasta llegar al completo aniquilamiento de sí. Ese soy yo, que me he desplazado de mi definición cuando mis actos no son auténticos, cuando mis actos son infrahumanos. No digamos nunca cuando veamos un delito, una miseria o una pasión: “Eso es muy humano”. No, es infrahumano. Y concebir que yo desciendo del mono, ¿no es un castigo de Dios? Ellos no quieren tener origen en una idea, en un acto de amor de Dios, de ninguna manera quieren tenerlo, y entonces prefieren descender del simio, o de un pariente común con el simio; allá ellos. Se están confesando. Siempre nos confesamos; no sé por qué hoy huimos tanto de la confesión. Hasta en nuestra manera de caminar nos confesamos.

Nosotros somos un puñado de potencias, y el cultivo -la cultura- es ayudar a una naturaleza para que alcance su perfección; tomen la palabra perfección como acabamiento, como plenitud alcanzada, como naturaleza que se colma de lo que puede poseer y no posee. Tenemos dos actos vegetativos propiamente tales. Atiendan bien, miren cómo el hombre se hunde, se ahoga en la parte inferior de la naturaleza. Dos actos nada más: el de la nutrición y el generativo. Pero claro, tengo una persona humana y tienen que ser asumidos por ella. Mas tal como uno se realiza hoy, se lo va despojando de todas estas otras vivencias propiamente humanas, y se lo quiere dejar nada más que vegetativo-sensible, como en el animal. Y el marxista dice: “Vamos a llegar al amor puro”, así, como un gran sarcasmo en el rostro de Cristo, llamándolo “amor puro” a un acto sexual sin concomitancias ni morales ni espirituales. ¡Ya lo van a lograr! El día que lo logres, al día siguiente se pegan un tiro. No lo logran porque tienen una carga de nostalgia, y de nostalgia inconsciente y subconsciente, que los hace reventar. Por más que no quieras, has visto estos ojos que estuvieron frente a ti, y viste el fondo de estos ojos por rudo que seas. Y eso se te queda para siempre, no pasó. Y después aparece como una marea de nostalgia sin contenido conocido, una oscura sensación pasada -le llaman sensación a la intuición-, y como un destello en la noche tenebrosa de todos los cadáveres que llevan en sí. Aquella mirada que le sonrió con la ternura distinta por primera vez, y que murió para siempre… ¡Pobre desdichado, pobre maldecido de Dios!…

Miren que las maldiciones están tan en vigencia como las bendiciones, y que el libro de Moisés es tan actual como hace más de tres mil años. La misericordia no saca las maldiciones, son ónticas; yo hago esto y viene esto. Dios no necesita moverse para cumplir sus designios. Sobre todo en el cristiano viene por dentro la maldición. La mujer que no quiere voluntariamente tener hijos -no digamos si no tiene hijos-, está cumpliendo una maldición de Dios, está borrando su nombre de la tierra y el de su marido, sépanlo. Dios es el Señor, que hace que el inicuo cumpla sus decretos. Maravilloso y terrible.

La sensibilidad se cumple en un nivel humano, coadunándose con la inteligencia y no precediéndola. Nosotros vivimos en cortocircuito constante. Viene lo que hoy se llama estímulo, una cosa corpórea, sensible, visible, que me propone un contenido, una intención. Entra por los sentidos y el cortocircuito está en que me expongo a la pasión, al apetito determinado por la pasión del deseo; un extravío del apetito natural uniéndose al concupiscible. El circuito completo es que llegue hasta la razón y la razón impere y diga: “Sí” o “No”.

Todo debería ser al contrario, y mucho más en las expresiones plenamente humanas o connaturales con la racionalidad, como las del arte. Un griego, cuya inspiración es eminentemente metafísica y no sensorial, nunca tuvo un modelo allí delante suyo para hacer una estatua, para hacer un cuerpo. Nunca hizo una obra de arte para hacer un cuerpo, hizo un cuerpo para hacer una obra de arte. Tomó el cuerpo humano tanto como pudo tomar el lagarto que está subiendo por el tronco donde se apoya ese magnífico Apolo de Praxíteles, es escultor de decadencia, pero un señor escultor. La musicalidad de esas formas, la armonía entre el lagarto y ese adolescente es algo frente a lo cual la inteligencia se para y entra en un relativo éxtasis. La obra de arte cumplida provoca la contemplación. Nada de sentimentalismos, contemplación intelectual de un apetito que se está saciando al vislumbrar una esencia. No digamos lo que es el friso de las Panateneas, porque son tales los ritmos de las patas de los caballos, se realiza una manifestación de esencia tal en esos ritmos, tanto como en una sinfonía de Beethoven. Los griegos -y los egipcios antes- descubrían la musicalidad de la esencia, la poesía esencial de ese rumor de armonías con Dios juega y juega, como si la luz de Él fuera repercutiendo de diversas maneras en las ondas del mar.

Entonces la cultura del hombre, el cultivo del hombre implica cuatro grandes géneros de disciplinas humanas, que las debemos cumplir toda la vida sin interrupción si queremos ser hombres. Debemos terminar con el mito nacido en el palacio de Versalles de la diversión; la diversión es un suicidio. Yo tengo que estudiar toda la vida y todos los días. Yo tengo que hacer ejercicios manuales toda la vida y todos los días.

Consideren de manera más completa, el cuadro que la vez pasada les apunté:

 

VIDA INTERIOR 1 SABIDURÍA Religión
Filosofía
Ciencias especulativas o Perfectas
2 LÓGICA Dialéctica
3 ORDEN MORAL Virtudes
VIDA EXTERIOR 4 ARTES MAYORES Ciencias empíricas-fácticas
ARTESANÍAS Industria
OFICIOS DE LA TIERRA Agricultor
Pastor

 

Miren la majestad de la naturaleza humana. Lo primero, lo más urgente, es adquirir el orden del universo. Y a eso se le llama Ciencias Especulativas. Especular es una palabra nobilísima; es que estoy mirando y leyendo en el orden del universo. Especular viene de “speculum”, espejo. Mi inteligencia es un espejo capaz de relejar en sí todo el orden del universo.

Las Artes Mayores son la educación de la sensibilidad, educación superior, porque una de las Artes es la buena educación, y yo muchas veces digo que si hubiera buena educación no habría neurosis. Noten que en la base de la neurosis hay pasiones descontroladas, nada más. Yo, que me levanté de mal humor, no saludo a mi madre y a lo mejor le digo una grosería si me pregunta algo. En cambio, cuando uno era bien educado se mordía y saludaba a su madre con una sonrisa. Si hubiera más educación habría menos neurosis, y es el arte primario del hombre; la racionalidad tomando las cosas más elementales y primarias del quehacer humano. Arte Mayores, que, por supuesto tienen una vinculación estrecha, de génesis también, con la Sabiduría.

Tenemos las Ciencias Especulativas, por las cuales yo me apodero del orden del universo; y tenemos la Lógica, por la cual yo ordeno mis ideas y sé razonar. Miren todos los gazapos que hay en la conversación común. Si nosotros conociéramos la Lógica, no discutiríamos y evitaríamos los sofismas que decimos a cada rato y las premisas falsas que usamos. Es una cosa ya no insólita en un hombre culto, el que ponga una premisa mayor falsa; hoy abundan los lugares comunes como premisas mayores falsas. ¿Cuáles son los lugares comunes? Libertad, dignidad de la persona, moda, economía, progreso. Aquellos conceptos corren y corren irracionalmente porque nadie los piensa y todos los acatan. ¿Creen que caeríamos en tantos juicios precipitados si supiéramos que la condición indispensable de la inducción es la enumeración suficiente? Es el error de los paleontólogos evolucionistas.

Tenemos las Artes Mayores, las Artesanías y los Oficios de la Tierra; luego las ciencias empíricas estarían en el punto medio, porque la experiencia, que hoy se ha reducido a laboratorio, también la poseen los artesanos. El artesano es el diminuto sabio que se va compenetrando de las cualidades del ser sensible; va conociendo profundamente el barro, y eso prepara al metafísico. ¿Han conocido profundamente el fuego, la madera, el mármol, el vidrio? La mujer, sobre todo, está muy bien dotada para ser artesana, y por eso la mujer es la raíz del hombre en su engarce en la tierra, junto con el artista. El experto da lo mismo que el artesano, pero nada más que ya sistematizado por un método riguroso y científico.

Entonces, las ciencias empíricas estarían en un punto medio, como incoación de las Ciencias Perfectas. Y el empirista, honestamente, tendría derecho nada más que a leer el fenómeno que está observando y que ha sabido delimitar y precisar con exactitud mediante la observación, el experimento y el análisis. Pero no puede sacar conclusiones, no tiene los principios necesarios. Y entonces ocurre que todo ese caudal, ese esfuerzo que hace el empirista, se pierde porque tiene principios vulgares, se frustra. Faltan los primeros principios, desglosándose después en primeras conclusiones y explicando a su manera cada uno, los cuatro grandes problemas con que se enfrenta la razón humana: qué es Dios, el universo, el hombre y la vida. Y después vienen los principios de la ciencia, el arte, etc.; ya principios de órdenes secundarios y parciales. El imperio es despótico sobre los razonamientos y conclusiones.

Las Artesanías y los Oficios de la Tierra nos engarzan con la realidad. Son empíricos, y las ciencias empíricas están como una proyección suya, y un pasaje hacia las Ciencias Perfectas. Y las Ciencias Perfectas cuidan deliberadamente de los principios.

Entonces, también como una aplicación inmediata de la Sabiduría -la Lógica depende de ella- tenemos el Orden Moral. Mientras la Lógica es poner orden en nuestra razón, el Orden Moral es poner orden y perfección en el sujeto humano.

La moral me perfecciona a mí, me da aptitudes, capacidades eficientes para actuar en nivel humano frente a todas las circunstancias innumerables en que se puede encontrar el hombre. Y yo les digo con toda seguridad: si hubiera virtudes, porque eso es lo que desarrolla la eficacia de la moral, no habría neurastenias. La neurastenia no es nada más que una incapacidad para cumplir un destino humano. Es decir, que yo me he disminuido con respecto a tales exigencias. Si yo estoy con todo el temple de esas perfecciones desarrolladas por mí, con las cuales encauzo mis magníficas energías hacia el obrar, yo estoy en proporción con todas las circunstancias que se le pueden presentar a un hombre, por arduas que sean. El fondo de toda neurosis es una criatura que no se ha desarrollado; y el desarrollo del hombre, su crecimiento, está en la adquisición de virtudes. La virtud no es un adorno, en una aptitud operativa necesaria al hombre; es cuando esta razón mía, la personal, asume mis tendencias psicosomáticas y les da una medida humana. Esa es la virtud. Me hace señor de mis apetitos la virtud; es la verdadera liberación del hombre.

Ahora, sepan una cosa; que todo esto: Sabiduría, Lógica, Moral y Artes, se desarrollan por actos intensivos, no por actos remisos. Todos los días yo me tengo que exigir un más. Si he hecho un esfuerzo por ser humilde hoy, mañana tiene que ser mayor el esfuerzo para poder crecer en la humildad. Y miren que humildad es mi lugar en el universo, ponerme en el lugar de criatura, conocerme y obrar como tal. Noten si no es necesario eso. Yo encajo en el universo cuando soy humilde, y todos los bienes me visitan, cuando soy humilde. La soberbia, el orgullo, me cierran.

Continuación de  De la Familia al Estado

Capítulo IV de Una Sabiduría de los Tiempos. Respuestas de la Filosofía de la Historia para el mundo contemporáneo. Curso de Filosofía de la Historia (1971) por Fray Mario José Petit de Murat.

Continúa en  El cultivo del hombre

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