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Mario Petit de Murat

La cultura es un punto fundamental para nosotros de partida y de juicio. Verán que bien puesto este, luego los conceptos de civilización, barbarie y salvajismo vienen con facilidad. Comparativamente con lo que es la cultura, ya podrán discernirlos claramente. Vamos a continuar explicando este esquema, que es rígido. No puedo yo hacer la fluidez que tiene, dinámica, este esquema en la vida verdadera.

Un principio de psicología humana que hay que grabarlo con toda energía, es que nosotros adquirimos todo lo de nuestro espíritu a través de los sentidos. Hace tan bien las cosas Dios, que para que nosotros cumplamos el orden que Él estableció, nos ha sujetado necesaria y metafísicamente a la tierra, para que seamos cabeza de la tierra. Si soy racional, es porque soy de inteligencia adecuada al mundo sensible; donde se cierra, completa y perfecciona el mundo sensible. Nunca me cansaré de repetir esto hasta mi muerte, porque estamos convertidos en entelequias vacías, al haber perdido nuestras raíces en la tierra. Hay que ver todo lo que recibimos de una hierba, todo lo que recibimos del crecimiento de una planta.

Al final de cuentas esa es la vida, la fluidez y la comunicabilidad que hay en el hombre entre la parte sensible y la parte espiritual. Ahora, considerando la parte espiritual, no imaginemos nada y pensemos todo, cuando yo digo parte espiritual. No son nubes rosas la parte espiritual; no son seres vaporosos, no son libélulas o angelotes. La parte espiritual es potente y consistente, es permanente y densa, es donde el ser es más ser. Y yo soy esa conexión y engarce, ese puente, ese pontífice o sacerdote que une cielo con tierra y tierra con cielo. Adviertan cómo Dios maneja sus cosas, con qué suavidad y con qué firmeza. Al final de cuentas el que realiza plenamente la definición del hombre es el sacerdote: encierra cielo y tierra en él. Pero ni siquiera mi figura física está encorvada, ni oblicua, ni horizontal. Mi figura tiene la presencia augusta de la vertical, la presencia augusta de la inteligencia. Estoy tendido entre la zona del cielo y la zona de la tierra como un eje, haciendo de puente; como un pontífice, como un sacerdote. Entonces, hay dos vidas en el hombre que las tenemos por la reconciliación de ambas partes nuestras: la parte sensible y la parte espiritual. Ambas tenemos que reconciliarlas y ponerlas en su sitio, en lugar de que la vida exterior nos esté copando absolutamente, y toda nuestra vida sea nada más que exterior, de tal manera que quedemos vacíos. Católicos y no católicos estamos vacíos. El síntoma alarmante de nuestra vaciedad es la comunión hoy: los hombres no tienen nada que hacer con Cristo cuando Cristo los visita; no tienen nada que decir. Estamos vacíos…

Tenemos una vida interior y otra exterior. Pero esta vida interior hay que hacerla. Mientras la vida exterior, los sentidos, se desarrollan solos por leyes vegetativas propias del crecimiento corporal, la vida interior depende de nuestro esfuerzo, nada más que de actos intensivos por los cuales yo voy adquiriendo lo que no tengo, perfecciones altas de que carezco. Después esa vida interior y exterior ya se distribuye en cuatro grandes actividades. Una de ellas es la actividad especulativa que ya expliqué, por la cual nosotros reflejamos el orden del universo, que entra por los sentidos.

¿Ven la paradoja? Nos elevaos tanto más alto en la medida que echamos raíces en lo más profundo. Yo no les puedo decir las marejadas de riquezas ónticas, entitativas, que vienen hacia nosotros cuando estamos plantados como un centro en medio del universo. Todas las cosas vienen hacia nosotros en una amistad entrañable y eterna; todas las cosas nos desean, todas las cosas tienen vocación por nosotros, todas las cosas nos sonríen. Entonces, el punto fundamental para que esta vida interior crezca, son nuestras raíces, que se nos dan en la sociedad mediante estos grandes oficios nobilísimos de agricultor, pastor y marino, que ya son perfeccionados por la Artesanías. Estas raíces en la tierra están borradas, porque la máquina -lo dice Berdiaeff, yo no- se interpone entre la tierra y el hombre.

Y sobre las Artesanías están las ciencias empíricas, que ya dan precisión científica al experimento, que antes no dejábamos de tenerlo, sino que ahora le damos más penetración y sistematización, pero, en cambio, haciéndole perder extensión. Por estos oficios yo tenía una experimentación constante de todas las cosas, del macrocosmos; por el experimento científico yo tengo una experiencia del microcosmos. Por aquella, yo alcanzaba la esencia de las cosas; por esta yo voy alcanzando la composición material de las cosas, la organización de la materia. Y si ese análisis no termina, iré paulatinamente descomponiendo la materia hasta encontrarme con las fuerzas de las energías atómicas.

Las Artes Mayores tienen que estar necesariamente aquí también, porque son un punto de nexo donde todas las riquezas adquiridas por la experiencia y todas las riquezas adquiridas por los primeros principios, convergen y se convierten en verbo humano. Las Artes Mayores son el verbo, la palabra humana. No esta palabra convencional igual que la que usamos, sino una palabra que está logrando la esencia de las cosas, la presencialidad de las cosas. Una Venus de Milo es la presencialidad de la mujer, no de una mujer, sino de la mujer en el mármol; es una epifanía de la mujer la Venus de Milo. Y las Artes Mayores están, en ese nivel, a la altura de la Sabiduría.

El artista tiene esa intuición aguda que penetra y logra aprehender de manera instantánea, el ser presente en la cosa concreta y sensible; ese es el éxtasis del artista. Se le da bajo la forma de belleza la esencia de las cosas. La belleza no es otra cosa que la epifanía de una esencia. Este chispazo, la grandeza de esta tragedia, son una manifestación relativa de una esencia. Y el artista tiene esa agudeza intuitiva que no tenemos los hombres comunes, y pescan, como quién pesca un ave en el aire, el despegue inconfundible de una esencia en este gesto fugaz.

Una vez había una gran procesión en Salamanca, con la Virgen del Rosario, Íbamos nosotros los dominicos, por supuesto, en procesión. Y al llegar a una esquina, una mujer, en un abismo intemporal -no había luz-, toda ella vestida de tierra y su rostro, también en similitud de su vestido, pero por supuesto con más luz y transparencia, y unos ojos también pardos negros hacia el marrón, enfocaban a la Virgen. Hacer ese cuadro era decir todo lo que era la procesión. Poner esa mujer tal como estaba allí, ponerla en una tela, era poner la procesión de la Virgen del Rosario. Estaba toda la procesión, todo lo que ella ansiaba, toda la esperanza expresada en esos ojos, en una mirada perfecta, sin parpadeos. Estaba el alma entera en esa mirada. No había luz, era una figura intemporal. Y era algo esencial, porque era esa fuerza inmensa del alma que es la esperanza; era expresión no de su esperanza, sino de la esperanza del alma humana. Quién sabe qué drama llevaba dentro y vertía toda su esperanza en esa imagen que en ese momento pasaba. Son cosas fugaces, de las que les doy un ejemplo, porque es una experiencia personal. Y así el artista tiene gozos y terrores que no tiene el hombre común: padecimientos tremendos, finísimos, que él no sabe, padecimientos inconscientes. El siente la angustia tremenda de esta alma egregia que no se realiza. Esto que pasa como un vendaval por las cosas sensibles, y que es mucho, incomparablemente mayor que las cosas sensibles.

Después, al centro y como nexo de todo, tenemos la praxis moral, el Orden Moral. Sepan ustedes que, a nosotros, para que participemos de la creación, se nos entregan tendencias y apetitos indeterminados, sin forma humana aún, y que yo, cuando la razón emerge en mí, tengo que apoderarme de esas tendencias y por mi esfuerzo, en una labor conjunta de inteligencia y voluntad, debo dar forma humana a esos apetitos. En los animales, la forma canina pongamos de los actos propios del perro, está dada por el instinto. La medida específica del apetito digamos de la nutrición, está dada en ese animal por una moción, un toque de la esencia, que en ese caso se llama naturaleza; este aspecto dinámico como principio de operación se llama naturaleza. Un toque, una moción que le dice: “Hay que comer esto, a esta hora y en esta manera”. Entonces el perro siempre perro; todos sus actos son auténticamente caninos. La prueba está en que el naturalista, para estudiar una especie nueva, empieza por observar muy bien sus actos, no sólo su morfología anatómica; y por esos sabrá ver infaliblemente qué especie tiene.

Esa es la gran labor, la primigenia labor nuestra: tomar todo ese caudal riquísimo de tendencias indeterminadas que yo tengo, y por un acto de imperio irles dando forma humana, a lo cual llamamos virtud. La virtud está en lugar del instinto; no hay instintos en el hombre, díganselo a los psicoanalistas. Instintos animales digo, instintos racionales es claro que hay, el instinto del animal humano. Todas nuestras apetencias sensibles están indeterminadas. Y esa es la gran labor de la praxis moral. La moral no es una opresión, no es una represión de la naturaleza humana; es una normalización de la naturaleza humana, acuérdense bien. La moral no es extrínseca; la moral brota de principios intrínsecos. Tengo racionalidad, que es la perfección específica, es decir, la perfección que me da razón de ser, y que es la que debe determinar mi naturaleza, y no otra cosa. Y debo hacer racional a este apetito animal, para que haya unidad total en mí. Esa es la labor de la moral. La moral no oprime nada, la moral normaliza todo para que haya una verdadera expansión del hombre. Yo soy libre cuando los apetitos inferiores no me están a mí bloqueando, ciegos como son.

Esta es la labor central que debe conmensurarlo todo y dar equilibrio justo a todas las potencias humanas; vigoroso, viril equilibrio. Viril viene de “vir” que es fuerza, y yo, no por mis músculos sino por mi razón, soy evidentemente la criatura más fuerte del mundo sensible. Ustedes no saben la exquisitez de la virtud. Deténganse alguna vez en el Partenón, contemplen el equilibrio magnifico y perfecto de todas sus partes, y cómo una parte llama cadenciosamente a la otra parte, dentro de su sobriedad. ¿Saben la obra eminentemente intelectual que es el Partenón? Tan intelectual como la Pasión según San Mateo de Bach y como la Novena Sinfonía de Beethoven. ¿Han visto el equilibrio que reina entre las partes de la Novena Sinfonía, cómo se va elevando perfecta, vigorosa y suavísima? Ese es el Partenón, y esa es también la virtud, eso soy yo cuando soy virtuoso.

Las tendencias sensibles, de suyo, son impersonales; no tienen la menor noción de que pertenecen a una unidad, a un ser que tiene unidad. Cada una es ella misma, y es una acción muy parcial. El temor me retrae, la ira me vuelca sobre el otro; el abatimiento, forma de la desesperanza, me aplasta; la ilusión o la vana esperanza me levanta hacia una nube, hacia un viento que pasa, hacia un espejismo. El deseo me saca de mí, el egoísmo me entroniza en mí, en mi vicio. Y el infierno, ¿no es eso, esta criatura desmenuzada y destrozada?

En cambio, la virtud es la aplicación de la ley de la armonía en mis tendencias. Sepan que nunca hay una virtud, siempre hay dos virtudes que se compensan: una fuerte y otra suave. Frente a la justicia -fuerte- tiene que estar la misericordia -suave-. Frente a la castidad tiene que estar la virtud de la sensibilidad. Y la sensibilidad se hace fina como un instrumento de música, cuando se es casto. ¿No saben ustedes que el sensualismo apoca la sensibilidad, la engruesa, la enturbia? Es toda una cuerda de arpa la sensibilidad cuando somos castos. Y como la sensibilidad cuando es virtuosa está restaurada en la unidad personal, hasta el punto de que puede recibir las mociones del espíritu, resulta que los de la castidad son gozos sensibles más elevados, finísimos y penetrantes que pueden darse. ¡Qué paradoja la del humano: piérdelo todo y lo tendrás todo! Entonces, para esa praxis interior y exterior, personal, necesito de las virtudes. En la medida que yo voy desarrollando virtudes, me voy liberando de los psiquiatras, porque toda la zona inconsciente y subconsciente se va haciendo consciente. Yo llego a la máxima aptitud operativa que pueda tener; yo sé todo lo que hago, y conozco mi fondo y mi trasfondo, y todo ha pasado por la conciencia deliberadamente. No hay nada atrás que pueda ser mi enemigo, y en mí mismo no puede haber nada que sea opuesto a mí. Todo ha sido adquirido por mí y de todo soy responsable. Me construyo y me poseo en todos mis contornos.

¡No pierdan tiempo! Pueden hacer un hombre magnífico con un hombre de veinte años. Debe tallarse todos los días, virilmente, como quien está ahí, con la fragua y el martillo, haciendo una cruz de hierro. Y esta mujer puede hacer una criatura exquisita, modelándose en las finezas de la gracia femenina. Son cosas muy lindas las que ha hecho Dios, son cosas muy preciosas y no las puedo destruir ni abandonar.

Cuando yo veo a este muchacho perdido en zonceras, este día totalmente muerto, de horas inertes; ese período magnífico en que él puede plasmarse vigorosamente… ¡Qué muerte, qué anuncio de muerte! Y se termina muerto. Miren que un joven que ha perdido su juventud, después de los cuarenta años tiene el subconsciente de que ha fracasado. Y es un hombre que, si se larga a la diversión, si hace bromas, se ríe de todo, trata de no tomar nada en serio, es por una sensación profunda de fracaso. Si se quiere aturdir, es por una sensación y convicción inconsciente y profunda de frustración, de que no ha realizado este hombre que podía haber realizado. Esa es la mora, démosle el lugar que tiene.

Concluyamos con el resto de nuestro esquema. Tengo que estudiar Lógica, para saber cómo voy a extraer una verdad de dos verdades anteriores conocidas. Y la Dialéctica, que es menos rigurosa que la Lógica, me enseña nada más que la concatenación de ideas de una argumentación. La Lógica es la argumentación científica y rigurosa; y la Dialéctica es la de la probabilidad, que también es necesaria por cierto y que se aplica a la historia y a todos los procesos humanos, porque el hombre es eminentemente dialéctico.

Las Ciencias Perfectas son aquellas que poseen toda la cosa; no sólo la observación de su compuesto materia, sino las causas de ese compuesto: por qué existe, cómo existe y sus cualidades. Y la Sabiduría es la posesión soberana de aquellos primeros principios que rigen todas las cosas y que son necesarios, pues la razón no se puede mover sin primeros principios.

Continuación de La cultura y sus exigencias

Capítulo V de Una Sabiduría de los Tiempos. Respuestas de la Filosofía de la Historia para el mundo contemporáneo. Curso de Filosofía de la Historia (1971) por Fray Mario José Petit de Murat.

Continúa en  Civilización, barbarie, salvajismo

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