civilizacion-barbarie-salvajismo.png

Mario Petit de Murat

Hemos mirado los dos extremos del movimiento histórico: la sociedad y la cultura. Y les pido que hagan todo lo posible por profundidad la cultura, porque le atañe directamente a cada uno; es una labor intensiva personal, que va a redundar en favor de la historia, evidentemente.

Hay un doble crecimiento del hombre, repito: aquello de “creced y multiplicaos” necesita una explicación. Doble crecimiento: crecimiento del cuerpo, por supuesto mecánico, que yo con mi razón lo puedo ayudar sin duda, pues allí también hace falta que intervenga la cultura, pero en grado mínimo. En cambio, la otra parte, aquella por la cual somos hombres, la inteligencia y la voluntad, y su irradiación en las potencias sensibles, es inconmensurable y variadísimas las relaciones posibles. Se pueden enumerar las facultades que componen las potencias, es decir, todo aquello cultivable en el hombre. Pero sus combinaciones con circunstancias y situaciones son directamente infinitas; ya lo veremos a través de la Filosofía de la Historia, cómo realizaron esto los pueblos de diversas maneras.

Dí la definición que creo expresa claramente lo que es la cultura: la labor de una inteligencia ayudando a una cosa a alcanzar su perfección en la línea de su naturaleza. Pasemos ahora al concepto de civilización, al de barbarie y al de salvajismo, que es muy necesario discernirlos, distinguirlos. En la confusión presente, en esta hora de confusión tremenda, es necesario que sepamos deslindar lo blanco de lo negro.

¿Qué podemos entender por civilización? La civilización normal tendría que ser fruto de la cultura porque, dando una cosa muy esquemática, vendría a ser el instrumental de que dispone el hombre para alcanzar la cultura; tendría la razón de medio.

Creo que, así como hicimos en cultura, así podemos hacer en civilización y tomar la etimología, que es cabal, exacta. Viene de “civitas”, ciudad. Y podríamos entonces un poco apresuradamente, como para entrar ya de lleno en otras cosas dentro del dinamismo de la historia, definirla como el conjunto de instituciones, costumbre, obras e instrumentos, y la estructura y relaciones resultantes, con las cuales el hombre prosigue cultura. Y se distingue realmente de la cultura por la libertad del hombre y por sus estados de cultura, de más o menos; por el grado de ignorancia o error en que pueda estar. Evidentemente que la civilización puede extraviarse y hasta convertirse en contraria a la cultura. La cultura es un fin natural en el hombre; y la civilización todo aquello que el hombre hace, y que, de no existir el hombre, no existiría.

Por lo tanto, la causa propia, homogénea de la civilización es el hombre. En cambio, en la cultura no; la cultura se engarza con el universo y el hombre tiene que tener una actitud obediencial, incluso hasta pasiva y receptiva de otras cosas del universo en general, para adquirir cultura. Aquí, la civilización es la actividad y el fruto de la actividad humana y lo distintivo sobre la tierra: aquello por lo cual el hombre se hace visible y en sus obras está su espíritu.

Pero esto es muy esquemático y una división muy material. Hay interrelaciones íntimas entre cultura y civilización; de tal manera que la civilización es un medio, y yo tendría que ser siempre el señor de la civilización, mientras que en la cultura debo ser el siervo, el mendigo, pidiéndole la perfección a otras cosas que no soy yo. Y la norma que hace verdadera a una civilización y engarzada íntimamente con el hombre, es que la civilización tenga proporción con él. Tenemos que retornar a que el hombre sea la medida de las cosas humanas, para terminar con los mitos. Y si esa civilización no está a mi servicio como debería estarlo en realidad, y no tiene proporción conmigo, es una idolatría. Yo soy la medida de la civilización, yo hombre; tiene que estar a mi servicio y tiene que procurar mi perfección, es fundamental.

Entonces sí que hay una intercausalidad, porque evidentemente, si son instrumentos, son instrumentos en manos de seres vivientes, por los cuales se me comunica a mí lo que ellos saben, piensan o pueden ofrecerme; en su naturaleza la civilización es instrumental de la cultura. Pero también es la expresión y el verbo porque no son sólo medios puramente útiles, sino la resultante de mis perfecciones. Un arquitecto que estudia toda su vida tiene talento para ello y levanta una casa, indudablemente que esa casa es para el hombre; y si es una casa para el hombre sin duda se incorpora a la ciudad como expresión de una cultura. No sé si habrán visto alguna vez imágenes de la Acrópolis de Atenas. ¡Qué lucidez intelectual! Este Partenón está como una paloma ahí, pero perfectamente fusionado con el paisaje y como un verbo supremo humano. Salamanca es una ciudad dorada, con flexibilidad de venas sus calles, y la arquitectura con la agilidad de un organismo. Es expresión cabal de una cultura realmente típica, humana, lograda, esta fusión entre una aldea y la topografía que rodea a la aldea.

Quedemos entonces con que la civilización y la cultura se distinguen realmente, y que ahí hay una subordinación, que la cultura es canon de la civilización. La cultura auténtica humana es canon, y yo debo medir y juzgar las civilizaciones con poder humano, es decir: esta civilización no es humana, es antihumana; y esta civilización sí lo es. Y terminar con el mito, la gran idolatría de hoy, la ciudad, la “civitas” que se ha apoderado de todo.

Cuando uno habla de cómo es necesaria la fusión del hombre con la tierra, de que es una relación trascendental y necesaria para que el hombre se nutra con el ser de las cosas, y esté henchido de realidades, destilándolas por un sentido común sazonado en ellos, me dicen: “¿Y cómo entonces el campo está muerto? ¿Cómo no sale ningún talente de ahí?

¡Pero si el campo no existe, si el campo es ciudad! La radio suena desde las siete de la mañana y ellos no escuchan otra cosa que lo que se dice en la ciudad, esperan ávidamente el diario, y hay que ver esas chicas del campo poniéndose la última moda que se usa en Buenos Aires. No tienen nada propio. Hoy ya no suena la guitarra en un baile; hoy suena un espantoso, horrible, lacerante altoparlante que transforma el sonido en un ruido acre, enconado, destruyendo totalmente todo sentido musical que pudiera tener esa gente.

Es atroz; me voy, les digo sinceramente, de la ciudad para no ver morir a tanto ser humano magnífico, y me voy al campo: y lo veo a eso de la manera más desnuda y más trágica. Esas criaturas que ahí todavía acusan rasgos personales, caracteres y residuos de cosas muy grandes, humanas, están en volcarse a la ciudad. Si se supieran construir ellas allí. Y vienen, pero es un éxodo hacia la nada: a convertirse en muchedumbre, y con qué habilidad se convierten en muchedumbre. Las modas son decretos de fuerza casi religiosa, lo mismo que los periódicos, que van elaborando lugares comunes hasta liquidar el cerebro humano, y después son masa humana utilizable para lo que se quiera de ellos. Allá eran señores, señoras, desnudos y pobres, pero eran señores. Tenían su vida propia y tenían su pensar y sus costumbres, y su señorío en un pozo propio, en una lámpara que dependía de ellos.

Vean el espectáculo de la ciudad de Buenos Aires cuando salen las mareas de hombres y mujeres de sus empleos. Una masa gris, ondulante; una masa compacta, indiferenciada. Un ejército de criaturas vencidas, doblegadas. Y ómnibus que arrebatan gente, así como basura y la llevan, y la llevan. Algo espantoso; créanme que es la muerte del hombre. Y pensar que Dios nos hizo prolijamente, amorosamente. Desde la eternidad hace concurrir todas las fuerzas para que exista este caso mío, único e inefable, y yo lo convierto en eso por treinta dineros. Has vendido al Hijo del hombre.

Hombre del siglo XX, que te crees despojado de idolatrías, tienes tantas o más idolatrías que el hombre antiguo, y acá tienes una: te mides tú tu vida por la civilización, y no mides, como señor que eres de la tierra, la civilización por ti. ¿Dónde está tu libertad? “Hay que hacerlo porque se hace” … “No puedo romper con el mundo” … Miren qué error tan grave; qué confusión, qué concepto tan equívoco. ¿No puedes romper con este mundo, si este mundo es perverso? ¡Si tú puedes crear otro mundo, y estás para crear otro mundo!

Vayamos ahora a puntos delicadísimos, como son la barbarie y el salvajismo. Hasta en el lenguaje común son conceptos sumamente confusos y poco distinguidos, poco discernidos en su valor real; sumamente movibles, como todo lo humano.

Dando una figura esquemática, que hay que irla perfeccionando, podemos decir que la barbarie es normal y está con respecto de la cultura como la infancia con respecto a la madurez. Es sencillamente el estado de un pueblo bien dotado, normalmente dotado, que aún no entró en ese impulso elícito de una cultura.

Así que el bárbaro, es un hombre sano que no ha entrado en cultura todavía. ¿Está dormido? No sé; puede ser que sí. Pero se sabe esto, que es bárbaro y no salvaje, en que no ha lesionado las leyes propias de su naturaleza. Prueba de esto es que en aquellos que eran llamados bárbaros por los griegos y también por los romanos, inmediatamente prendía la cultura; y los griegos en un tiempo fueron bárbaros, sin duda. La primer corriente migratoria que llegó al Asia Menor y después al Peloponeso de estos indoeuropeos, fueron aqueos, y eran hombres magníficos, de perfiles humanos muy definidos y de una moral acendrada. Los del Lacio, antes de ser tocados por los griegos y que se encendieran en cultura, eran hombres que castigaban el adulterio en la mujer y en el varón, pena de muerte para el que cometía adulterio, ley natural el matrimonio. Miren, hasta ellos llega así, incólume. Y cuando están en decadencia, ya les conté que Séneca narra que las grandes matronas patricias de Roma contaban sus años por sus divorcios. Entonces, el bárbaro es aquel hombre sano que está en disposición inmediata, no remota, a una cultura humana. Ya veremos qué factores pueden incidir para provocar este despertar y este deseo de perfección.

Definir el salvajismo, eso sí que es muy difícil, por la cantidad de prejuicios que pesan sobre esto. Es un concepto muy difícil, que les pido que lo estudien toda la vida. Porque hay muchas presunciones del europeo, hijas de un orgullo innato, inconsciente, que los hace clasificar apresuradamente al salvajismo. Y no digamos hasta qué punto están afectados en sus conceptos por la teoría de la evolución.

Podríamos definir al salvaje diciendo que es el estado en que cae una sociedad humana, cuando colectivamente y con pertinacia fomenta pasiones y atavismos que lesionan gravemente su naturaleza y por lo tanto a la razón. Ese es el verdadero salvaje.

El salvaje está estabilizado en una degradación humana. No es un hombre primario, que evolutivamente podría transformarse en hombre racional y culto, porque todos los síntomas son precisamente de que esa naturaleza está asfixiada de tal manera, que no se puede mover ya hacia una cultura futura. No son hombres primarios, sino degradados. Son hombres que han caído de la normalidad. Tiene que haber una obstinación y una violencia a la razón para haberlo llegado a considerar al salvaje un hombre puro, embrionario; el salvaje es un hombre decrépito, es la vejez senil de una sociedad humana. Las dos notas que caracterizan al salvajismo son la fijación de atavismos aberrantes -noten bien las palabras, creo que son justas-, no cualquier atavismo, y una pasividad absoluta como hombre, es decir, extinción de la razón.

Y son signo confesional de todo pueblo, las artes: el arte es el verbo del hombre. Y examinando las artes de los salvajes del África, vemos que son artes decrépitas, no son artes primarias: esta es una clasificación completamente falsa. Las artes primitivas tienen una cualidad magnífica para alcanzar la esencia de las cosas, como el niño, igual. En cambio, esas artes negras se van en barroquismos de los más decrépitos que puedan darse. Comparen eso con las siluetas de cazadores pintadas en las cavernas prehistóricas, y verán la enorme diferencia radical que hay entre una y otra cosa. El salvaje es un hombre residual. No comienza ahí la humanidad; allí se desgaja, ahí termina. Y termina sin poder encontrar otra vez el camino del hombre.

Ahora, no vayan a entrar en esos esquemas mortíferos de que, así como a todos los asiáticos los llamamos chinos, entonces, por lo que estoy diciendo, creer que todos los negros son salvajes. De la misma manera, en América hubo y hay indios que son bárbaros e indios que son salvajes. Conozco un indio aymará puro que es un caballero y que tiene bastante agudeza para la Metafísica; en cambio vayan a los indios ranqueles, a ver lo que eran.

Desgraciadamente el salvajismo se estabiliza, pero la cultura no se estabiliza, la tenemos que merecer y nutrir constantemente. Ustedes conocen las legiones de pueblos que están en decadencia. ¿Dónde están los egipcios, dónde los sumerios, los asirios, los persas, los chinos e hindúes? Ya no son… Si hay algo que es precisamente como un chorro de fuego artificial que sube y que desciende, es la cultura humana.

Cuando nos depravamos y esa depravación se estabiliza en mí, en mi naturaleza, es muy difícil que me levante de ahí. Y entonces, ¿saben a la conclusión que he llegado consultando esto con gente muy seria? Que podemos llegar a un salvajismo civilizado. Si con pertinacia estamos conculcando nosotros las leyes naturales, podemos llegar a un salvajismo civilizado. Así que no nos extrañemos nosotros de que veamos salvajismos pavorosos con automóviles y con aviones.

Les tengo que decir cosas muy pesadas, el hombre es muy grande. Díganme, cuando el materialista logre cultivar un hombre a su gusto, a su imagen y semejanza en un laboratorio, sacando un óvulo fecundado o fecundando un óvulo afuera y poniéndolo en ciertos caldos que la maravillosa química prepare, logrando desarrollar al feto y formar un hombre, ¿qué monstruo no va a salir de ahí? ¿Saben que la comunicación de la madre al feto es vital para que sea humano? La matriz proporcional al hombre y que puede comunicar figura, imagen, espíritu humano, es la de las entrañas de la mujer, no una retorta química.

Es cuando van a tener un ejército que, como los genízaros, haga todo lo que se les dé la gana a los materialistas. ¿Van viendo la insinuación del Anticristo? ¿Saben quiénes eran los genízaros? Los niños cristianos robados por los turcos en las costas del Mediterráneo, que los llevaban y desde niños los formaban en el fanatismo del sultán, y esos niños cristianos cuando eran hombres integraban la guardia del sultán y se dejaban matar por él, enfrentando a los cristianos.

Llego así a la conclusión de que el salvaje es un hombre depravado, es decir, un hombre degradado, que ha insistido tanto, con tan contumacia en sus vicios y contra las leyes naturales, que ha terminado en una deformidad definitiva, estabilizada, de la cual no puede salir. Y que nosotros estamos hoy en un peligroso ensañamiento contra la ley natural. ¿Qué ley natural no está conculcada hoy? ¿Dónde esta la relación verdadera de la mujer con el varón, dónde la relación normal de padre a hijo, dónde la relación natural de hombre a tierra? Todo está, así, sádicamente conculcado. ¿No puede salir aquí un salvajismo civilizado?

Antes yo pensaba que el Anticristo iba a ser un hombre refinado, de gran inteligencia; y ahora estoy sospechando que va a ser el más monstruoso de los salvajes. No sé, son conjeturas que evidentemente no se las puede aplicar y decirlas como ciertas porque el hombre es imprevisible.

Queridos míos, no tengo más remedio que enseñar lo que sé, y lo sé con certeza, por he amado muchísimo al hombre, nunca demasiado. Les hablo objetivamente y partiendo de la naturaleza humana, que mi módulo para juzgar de la cosas de la historia, es el hombre la suerte que corre el hombre.

Continuación de El cultivo del hombre

Capítulo VI de Una Sabiduría de los Tiempos. Respuestas de la Filosofía de la Historia para el mundo contemporáneo. Curso de Filosofía de la Historia (1971) por Fray Mario José Petit de Murat.

Continúa en  El nacimiento de las culturas

Anuncios