el-nacimiento-de-las-culturas
Mario Petit de Murat

Hemos precisado los tres estados, los tres grandes estados sociales en que se puede encontrar el hombre: el de cultura, el de barbarie y el de salvajismo. Hay grandes distancias entre uno y otro, donde vemos la dimensión del hombre; nuestra naturaleza es de una enorme extensión no menos de enorme movilidad. Y movilidad sumamente acelerada, de tal manera que se pueden fraguar estos tres estados insensiblemente, sin que nos demos cuenta, y podemos amanecer en períodos de historia imprevisibles.

Pasemos ahora a una cosa muy hermosa: el desenvolvimiento de un movimiento histórico. Estos dos extremos que hemos tocado, la sociedad y los estados del hombre, grandes estados o estados genéricos del hombre, son los que componen el movimiento histórico, porque el hombre siempre busca su perfección. La busca bien, la busca mal, pero busca su perfección.

Y todo movimiento histórico está llevado por ese medio inconsciente social de hallar una perfección, es decir, una quietud en el bien que corresponde al hombre. Que lo busca en la incertidumbre, ya lo veremos; que lo busca como quien traza una aventura dramática, en medio de la oscuridad de la noche de un universo clausurado. Pero siempre, con ansiedad inconsciente y poderosa, busca su perfección.

Ciertamente todo movimiento histórico es parabólico, sin duda, el “élan” -impulso- vital de un pueblo. Quiero decir que es un movimiento vigoroso que asciende, con incertidumbres y dramas sin duda, pero de manera triunfal, hasta tocar una de las casi infinitas perfecciones humanas; y allí mismo, ya lo veremos, se engendra y pone el germen de la caída. Y es criterio simplista pensar que la caída se debe a un debilitamiento vital de ese pueblo, a un envejecimiento. Ya veremos las causas.

¿Cuándo comenzó la sabiduría de los hindúes, fijada luego por escrito en los Vedas? ¿Cuándo comenzaron las venerables Sagradas Escrituras nuestras, hasta cuándo se transmitieron por una enseñanza eficacísima oral, que la desconocemos nosotros, academistas puros? ¿Hasta cuándo esas Escrituras fueron la maravilla transmitida de boca a oído, de maestro a discípulo, fervorosamente, legando un tesoro de luz?

¿Cuándo nació la cultura egipcia? Vemos con asombro que, en tiempos predinásticos, los egipcios ya tenían paletas de tocador labradas con imágenes en placas de pizarra. Paletas de tocador de un refinamiento que quisiera yo verlas en los bazares de hoy, tan grotescos. Menes o Namer hizo entre los años 4500 a 6000 a. C. -según las distintas cronología- un dique, cosa que no hacen nuestros gobernantes en la pobre Santiago del Estero. ¿Dónde comenzó esa cultura?

Esto se esconde, el hombre nos excede; tanto, que a veces nos aplasta y nos pone neurasténicos, porque sus voces no las entendemos. Ese “más” que pide, esa ansiedad de un “más”, ¿cuándo comenzó?

¿Y cuándo comenzó la cultura de los griegos? Los aqueos vinieron muy cultos, de una región desconocida. Grecia no aparece así, por generación espontánea; es la península más servida del mundo. Concurren maravillosamente cinco corrientes culturales poderosas hacia ahí; son discípulos de todo un mundo venerable por su cultura. En ella se vuelcan ante todo los grandes egipcios; Los “kuroi”, las primeras esculturas de mancebos griegos son inconfundiblemente de factura egipcia; son grandes discípulos de los egipcios. El dórico tiene sus antecedentes en el arte egipcio de Imhotep, y el templo de Deir-el-Bahari es evidentemente un templo protodórico. Cinco corrientes… ¿Dónde está el nacimiento espontáneo de Grecia?

Entonces nosotros, yendo a la naturaleza del hombre otra vez, podemos decir que se inicia una cultura, o sea un movimiento perfectivo del hombre y de todas sus posibilidades, se despierta y se enardece, en aquel momento en que este pueblo se conjuga y se desposa con el universo. ¿Cuándo fue, en qué momento fue? Estos bárbaros entran en un movimiento de cultura, de cultivo de sí mismos, en aquel momento en que se admiran del universo, lo que generalmente se produce cuando cambian de lugar. Los indoeuropeos estaban en una naturaleza magnífica, pero parece que no veían, se habían acostumbrado demasiado a ella. Grandes desiertos, poderosos, que provocaban al hombre precisamente, grandes montañas, grandes ríos; y en cambio se despliegan en un impulso magnífico, ¡Qué continente tan proporcionado al hombre! Todo él es un vivo poema. ¡Lo que es esa península del Peloponeso! Es una creación amorosa de Dios y lleva a hombres que lo van a entender.

Y el signo de que nace una cultura es el fruto de ese desposorio: la aparición de un nuevo lenguaje. El lenguaje, la palabra, es algo más que un signo convencional; es el hijo de ese desposorio, es el hombre que pronuncia como verbo sensible, la esencia de la cosa que ha poseído por intuición. Creo que el momento de nacer una cultura es un momento poético. Miren lo que es ese lenguaje de la España que nace como España; es algo que uno siente el sabor de todo. Y no es un momento de poetas, es el momento en que todo un pueblo es poeta y el lenguaje es el poema genial de un pueblo. No hagan caso de los que dicen que le mito es el encuentro y la raigambre del hombre en la realidad. Es la poesía; la poesía se debe a la intuición que yo tengo en el momento de admirar las cosas y de descubrirlas; la intuición que yo tengo de la esencia de la cosa.

A ver si me pueden entender este trozo que ha escrito en un artículo que se llama “La palabra violada”. Aquí explico un poco lo que es la palabra. Está escrito de manera muy densa; espero que algo les quede, no porque piense que no son capaces de entenderlo, sino porque para eso es necesario reflexionarlo, y con una sola lectura no lo van a poder lograr. Creo que escribo de manera muy condensada, que mido las palabras.

Dice así:

“La palabra humana constituye la última perfección de las cosas sensibles”. (Y explicamos:) “Cuando nombra a una de ellas, la define, manifiesta su peso y medida ónticos (reales, de su ser) y, por último, le señala su lugar en el orden del universo con respecto de las causas y dentro de las concertadas multitudes de las criaturas. Por eso se puede afirmar que el logos humano corona con una epifanía del ser al mundo sensible.”

(Explicamos más, entrando en una explicación psicológica.) “El modo de operar que la racionalidad añade a la inteligencia existe ante todo por causa de la esencia del ser corpóreo. Este -que no es sólo fenómeno ni, mucho menos, sólo materia- llama a esa peculiar inteligencia como a su término: allí completa su siclo, pues un ser que no se consuma en inteligencia, es un ser incipiente, o bien, frustrado.”

“El ser físico se desgrana en miríadas de accidentes parciales y sucesivos. La materia quanta no admite una actualización -y por ende una manifestación- simultánea de todas las perfecciones contenidas en la virtualidad entitativa de una forma sustancial recepta” [no es palabra de sí misma, no manifiesta su esencia]; nunca se pronuncia aquí y ahora en una plenitud actual.”

“En cambio, la inteligencia racional es potencia activa con respecto del ser; la única capaz, en la realidad sensible, de abstraerlo de la materia y poseerlo tal como es en sí, en su potencialidad primordial, depurado de las oscuridades que la causalidad coartante de la materia le imprime. Sabemos que ser e inteligibilidad son términos convertibles.”

“El entendimiento humano tiene la propiedad de nombrar como suya a la esencia que fiel y pasivamente recibe de parte de la cosa. Esa fusión de lo inmutable de la realidad sensible con la inteligencia se llama intelección, de la cual procede una representación formal expresa, la idea: El verbum mentis”. (Acá podemos dejar porque ya entramos en la complejidad de la argumentación o razonamiento, y podemos ir al final de la intelección.)

“La inteligencia, entonces, con su acto más perfecto, el juicio, se ajusta a la cosa, afirmando lo que es o negando lo que no es, hasta el punto de consumar la unión más íntima que pueda darse entre dos transformadas la una en la otra. Desposorio, éste, necesario; primer misterio donde toda cosa halla su reposo y se despliega en gloria. Ser y verbo: última y mutua perfección; tope final, pues no puede haber cosa más deseable, fruto más jugoso, que el ser y la manifestación del ser en el verbo. Es cuando se convierte en mirada de su rostro; luz interior donde las cosas ríen y trazan sendas de las alas hacia el Principio inmutable.”

“Pero los caminos del conocimiento de lo sensible no paran en el verbum mentis ni en el juicio: Se traducen en signo”. (Y aquí explicamos por qué).

“A esa causa se debe la abundancia ontológica que entraña todo vocablo: Se descarga sobre él alguna plenitud esencial, la poseída por la idea que lo promueve.”

“En consecuencia, la palabra veraz alumbra el existir de las cosas temporales con abreviadas plenitudes. Aquí -en la realidad- la cosa entrega su ser en sucesión de accidentes; allá -en la palabra- lo ofrece entero y patente en el instante iluminante del signo. La manifestación es mayor en éste; en aquélla, la carga entitativa.”

“Cuando se posee la palabra de esa manera, la realidad se corona con la epifanía de su propio fondo ontológico. Se producen entonces los grandes momentos de la poesía y las culturas típicas se envuelven con el halo de artes plétoras, henchidas de sentido. En cambio, si se la concibe como un puro signo ad placitum, es violentada lo mismo que el violín en las manos de un Paganini o el piano en las de un Liszt. Este último trato es sintomático: El vigor vital de un pueblo ha muerto cuando su propio verbo le resulta un conjunto de términos convencionales. Las palabras, quebradas en sus relaciones trascendentales con las esencias, flotan sobre las olas del naufragio, como formas yertas, esquilmadas por los comerciantes y los periódicos.”

“La verdad es que el ser de un vocablo es pura estructura significativa, y tanto, que incluso su poca materia está, toda ella, embebida de intencionalidad, no arbitraria sino arraigada por sutiles analogías en las esencias mismas de las cosas. El espíritu humano llega al prodigio artístico del lenguaje porque es obra del genio de un pueblo, no de un individuo; y brota de allí, gracias a esa abnegación de todo lo particular, como la expresión más equivalente de la índole espiritual de ese pueblo. Cuando uno de ellos, por el asombro, recibe al desnudo en sus entrañas el impacto del misterio del Cosmos, produce su idioma.” (Ahí está el nacimiento de una cultura.) “Momento feliz del deslumbramiento y de juego donde el hombre liba las esencias y todo un pueblo es poeta que gesta con cada palabra una obra maestra y con las relaciones sutiles de los vocablos, otra mayor, más memorable”.

Y la Argentina no ha sido nombrada: hemos tenido poetas europeos, algunos muy buenos, pero europeos. La Argentina no ha sido nombrada; Tucumán yace mudo. Estamos como los obreros vacantes de la parábola del Señor sobre los trabajadores de la viña: “¿Por qué estáis aquí todo el día parados?”: “Es que nadie nos ha contratado”. ¡Vaya si no estamos contratados y si no vamos a tener que dar cuenta!… La Argentina es un oasis de punta a punta. Un maravilloso paraíso que no se lo ha visto. Y somos gente con problemas de pueblos envejecidos, cuando tenemos tanto para hacer. Y debemos ocupar horas vacías porque nos aburrimos por eso, pues no nos hemos llenado con la realidad que se nos ha encomendado.

¿Nos hemos admirado alguna vez de las maravillosas sutilezas del modo subjuntivo? “Había de haber habido” … Es alago tan genial, que basta para echar abajo cualquier sistema materialista. “Hubo de haber habido” … ¿Se dan cuenta de la presencialidad nuestra frente al tiempo que corre? Relación de relación, ¿quieren mayor sutileza?

Les advierto que no hay cosa más opaca -lo digo para poner un contraste entre pueblo y pueblo- que las traducciones de las Sagradas Escrituras que tenemos que leer nosotros en la Misa. No se tiene ya el sentido de las palabras ni de las cosas. No se ven los matices sutiles de las esencias. Si yo no encuentro otras palabras para pronunciar las Sagradas Escrituras, señal de que estoy totalmente ajeno a su sentido. Es una vergüenza. No hay cosa más opaca; no están los evangelios, no están los profetas. Está un cuento de hadas, está un periódico.

¡Lo que es el idioma! Respeten las palabras y métanse en ellas. Cada palabra entrega un mundo, y sus tiempos -no digamos-, toda una vida. Yo les voy a decir que la Argentina nació a la cultura y a una verdadera cultura, el día que yo vea metáforas en el pueblo, brillantes, jugosas; no esas metáforas opacas, casi todas ellas referidas al sexo.

Volviendo a esto, a mí se me ha quedado como signo del nacimiento de una cultura, el Moscóforo de los griegos, anónimo. Es una de las cosas que muestra todo, la luz del mundo, del mar y del horizonte de Grecia, que sonríe mirando allá, y lleva un becerro sobre sus hombros. Es de una gracia, de una flexibilidad ese cuerpo, de una belleza, de una musicalidad abriéndose en alabanzas ese tórax, que está Grecia. Y creo que podemos marcarlo como el momento poético, no del nacimiento, sino de la impresión de su nacimiento, porque anterior al Moscóforo creo que es Hesíodo, y mucho más allá, Homero.

El nacimiento de una cultura no está señalado por la aparición de los instrumentos. Esto es connatural con el hombre, y en todos sus estados pueden aparecer instrumentos. Insistamos en el punto de la admiración. Es el estado promisorio del espíritu humano y podemos decir con todo rigor científico, que el hombre nace como hombre en aquel momento que se admira de algo. El hombre sumergido en costumbres es un muerto. Examinemos con este principio, bien riguroso, por cierto, nuestras propias vidas y esforcémonos por admirarnos de algo. Y es tremendo ya, como para desahuciar a una civilización entera, cuando el hombre ve las cosas del universo bajo el signo económico de la utilidad. Es como aquel que ha tenido una esposa y jamás la vio. Créanme que esto afecta la salvación, porque la misma salvación comienza por admirarnos; el cristiano que no se haya admirado de que un Dios tome naturaleza humana, nada más que por salvarnos y por amor, y no se lo plantea esto en todo el esplendor que significa, ese cristiano nunca comenzó a ser cristiano, nunca.

No confundamos a la admiración con la sorpresa, que es lo que está explotando el comerciante para llevarnos y traernos de las narices. Ya saben que todo lo espiritual tiene su semejanza en lo material, en lo sensible, y podríamos decir su caricatura. Semejanza cuando las cosas están en sus relaciones normales, y caricatura simiesca cuando este semejante en la materia intenta suplantar a su semejante del espíritu. Hoy se vive de sorpresas, no de admiración. Los muchachos han mirado con sorpresa a mil niñas, pero no sé cuál de ellos ha admirado a una niña, porque están en esa educación, están así formados; lo único que se cultiva hoy es la sorpresa. ¿De dónde vienen las carátulas de las revistas, de qué vive el comercio en su propaganda? ¿Cuál es la razón de ser del afiche y los letreros luminosos? La sorpresa, que pertenece a los sentidos; algo insólito que se muestra y en seguida decae. Me enciende, y como no tiene contenido real, se esfuma.

Ninguna cosa grande humana causa sorpresa. Puede causar sorpresa un Berlioz o un Tchaikovsky, y no digamos un Wagner. No se pueden escuchar más que una vez; la segunda hartan. En cambio, la admiración no está reñida con el discurso, con esto de descubrir lo admirable. A Bach no se lo logra sino después de una larga frecuentación de Beethoven; a un Vivaldi otro tanto. Al Moscóforo no digamos, y no digamos al Doríforo. Y no digamos al lirio y a la rosa. Entonces, la admiración es la puerta de la verdadera vida, porque ella se debe a que yo me coloco en una actitud de lucidez tal, que estoy recibiendo esa luz original, primera, fundamental, de la cosa que existe conmigo; la originalidad de la cosa. Un lirio, por más lirios que haya, siempre es original y nuevo, siempre lleva el sello de la Creación; y mi mano y mi pie, son siempre originales, por más que los trate durante años. Todos los días son originales, no dejan de serlo. Los ojos por ejemplo siempre serán un toque altísimo, un toque final del rostro, el acento que entrega el alma. Siempre lo serán.

Y mientras la sorpresa lleva al acostumbramiento y al hastío (es el proceso del apetito sensible: sorpresa-acostumbramiento-hastío), lo otro va internándose en un infinito relativo.

El hombre que empezó a escuchar la Novena Sinfonía a los ocho años, la escucha nueva y mucho más profundamente la posee a los ochenta años, si la escuchó durante toda su vida periódicamente. El hombre que haya escuchado por cinco minutos algo, ya sale del plano letal de la costumbre. Y esto sí que es importante y pone a prueba el matrimonio. Ya ven cómo el matrimonio no se puede fundar nada más que en el descubrimiento del otro; y un descubrimiento que siempre será nuevo, si comienza así, en un encuentro real del otro. De ahí que puede ser indisoluble, por supuesto que puede serlo, porque todos los días es nuevo.

Dado este principio podríamos sacar conclusiones muy interesantes. ¿El español descubrió América? Yo les traigo el hecho, a ver si es demostrativo o no, de que había una vida pujante en Perú, Bolivia, y el resto de estos países de hoy. Se van los españoles, e inmediatamente se desinfla todo. ¿Habían visto América? Y los hijos de estos españoles, ¿habían visto América? No digamos el Río de la Plata. ¿Se injertó el hombre en esta tierra por la admiración? ¿Cuántos poemas, cuánta música, cuántos cuadros españoles nombran a América? En cambio, vayan a España a ver si descubrieron la península ibérica o no. Qué manera de estar realizando perfectamente, intensamente, en un grado máximo, el desposorio universo-hombre. España en su exuberancia de vida se desbordó hacia América, vaciándose ella. Pero, a América hasta el día de hoy no se la ha visto. Ninguno de nuestros países, de estos nuevos países, estaban fundados ya. Todo es provisorio. Elementos étnicos y geográficos que aún no se han fusionado. Intentemos comparar nosotros esto con el nacimiento de Europa, y vean lo que es eso. El momento histórico que pasaba España no le permitió descubrir a América. Fue un descubrimiento puramente material. Compárenlo con las fundaciones griegas, con esa Grecia madre de culturas y culturas.

Es necesario saber aplicar los principios, corroborarlos en la realidad. Tenemos que estar seriamente preocupados: nosotros no estamos fundados, la Argentina no existe. Somos un planteo híbrido. ¿Hay admiración en nosotros por algo? ¿No se han dado cuenta que somos un pueblo envejecido?

Nuestra juventud es nada más que de fechas, totalmente circunstancial; pero juventud humana, nada. Somos pueblos viejos, estamos viviendo de sobras, de los detritus de una civilización que se ha desmoronado. Y el argentino aburriéndose en las esquinas, es el símbolo más tremendo de que no hemos nacido. ¿Se dan cuenta todo lo que hay por hacer acá? Y un quehacer magnífico, así, de vuelo.

Continuación de Civilización, barbarie, salvajismo

Capítulo VII de Una Sabiduría de los Tiempos. Respuestas de la Filosofía de la Historia para el mundo contemporáneo. Curso de Filosofía de la Historia (1971) por Fray Mario José Petit de Murat.

Continúa en Voluntad de forma

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