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Mario Petit de Murat

¿Cuál será la causa del crecimiento de una cultura?

Hemos dicho cuando hablábamos de cultura, que el hombre es un puro potencial inmenso, que se abre con capacidad de recibir de muchos órdenes múltiples bienes distintos; que coaduna todos los órdenes que componen el universo, teniendo aptitud para hacer suya la realidad entera: la tierra, los ángeles, Dios.

No es un alma encerrada en un cuerpo, concepto vulgar; es una unidad sustancial donde lo sensible está unido de manera exquisita y congruente a lo espiritual. Es un espíritu encarnado, es una carne espiritualizada. Por favor, dejen el concepto romántico de espíritu; el espíritu no es vaporoso, el espíritu es inteligencia y voluntad, bien neto, potente.

Por lo tanto y como veíamos, estos bárbaros que despiertan, ya llevan incoada una cultura. No se ve un abismo entre este pueblo que antes era bárbaro y ahora empieza a ser culto. No hay una división mucho menos en Europa, donde están cantidad de elementos bárbaros coadunados con esta magnífica cultura. Podríamos decir que barbarie es un estado del hombre ya de incoación de la cultura que no niega la rusticidad. Tomen por rusticidad su sentido exacto, de estar fundido todo eso con elementos de la tierra, pero en todo su sabor, fuerte, de tierra.

Cuando ese pueblo parte hacia un desarrollo cultural, cuando nace para crecer en cultura, ya trae sus potencias bastante actualizadas por adquisiciones inconscientes y por costumbres generalmente irreprochables, austeras, donde los grandes valores humanos están, no sólo en pie, sino instituidos vigorosamente. La autoridad o el matrimonio, la educación de maestro a discípulo, esa transmisión de lo que se conoce por una tradición equilibrada de respeto al maestro y libertad del discípulo, etc., todos esos elementos que configuran las relaciones humanas normales, están en el patrimonio bárbaro que parte hacia la cultura. Fíjense bien, no son cosas que las va a adquirir en cuanto culto, sino que las trae ya en cuanto bárbaro.

Y entonces, ¿dónde está la ley del desarrollo? Porque nosotros, haciendo filosofía, tenemos que buscar causas, no quedarnos en fenómenos. Worringer, es un kantiano que se ocupa de Filosofía de la Historia y Filosofía del Arte. Hace clasificaciones bastante extrañas cuando se refiere a civilización y cultura, cosas muy artificiosas, pero en fin, tiene una expresión feliz que no la vamos a usar por supuesto con el contenido kantiano que tiene, sino dándole uno clásico: voluntad de forma. Él dice que un arte realiza la voluntad de forma de un pueblo. ¿Qué es esto de voluntad de forma? Digo que un pueblo cuando parte hacia su cultura, está de alguna manera ya determinado; no es un potencial puro, informe, que cuando despierta con admiración recién empieza a adquirir y a determinarse, no. Ya trae muchas determinaciones; por de pronto la temperamental, que él no puede parar ni depende de su voluntad. Los astros, ya han estado conjugándose en el momento del nacimiento de los miembros de este pueblo, evidentemente ya han dado una cierta determinación a su temperamento. No digamos el lugar: un temperamento lo va a dar la orilla del mar, otro la montaña, otro la abundancia de tierra o la humedad. El temperamento es una primera determinación material de la posible personalidad de un hombre o de un pueblo. No digamos las influencias históricas que siempre pesan por más que este pueblo estuviese aislado; siempre algunas relaciones humanas ha tenido con otros pueblos. Influencias de civilizaciones próximas o remotas, las tuvo incluso el Egipto que es uno de los países que se formaron más autónomos, más fuera de las influencias de otros pueblos. Y así tenemos que por supuesto ese caudal potencial, ya va a tener una tendencia a realizarse en un sentido y no en otro. Ya está un poco más coartado, ya no es una pura posibilidad.

Pues bien, a esta tendencia que va a realizarse por acá y no por allá, le podríamos llamar perfectamente voluntad de forma, sin admitir, es claro el sentido kantiano que esta expresión tiene en Worringer. Entonces, hay una voluntad de forma, que no niega la libertad del hombre, pero la libertad en la sociedad, en su movimiento histórico, es muy restringida. Depende de la autoridad; el único principio que puede poner libertad en la sociedad es la autoridad. Cuando la autoridad es verdadera cabeza, sin duda que puede mover a la sociedad en un ángulo de noventa grados e incluso en uno de ciento ochenta. Pero una sociedad sin cabeza es una masa que se mueve inexorablemente de manera dialéctica; es decir, se pone este acto, y viene necesariamente este otro y otro. No pasa esto con las culturas antiguas, que tenían una cabeza, y donde incluso el movimiento migratorio era decidido por esa cabeza que daba unidad a la masa, a toda la sociedad, y la movía entonces con libertad personal.

Adviertan por eso la ilusión de los católicos de hoy: Tenemos que actuar en el campo de nuestros enemigos; tenemos que tener radio, cine, televisión… Imposible. Miren si la dialéctica de un movimiento histórico no es inexorable. ¿Y qué grado de libertad hay? Ninguno. ¿Ustedes saben, para ser personas, lo que hay que hacer hoy? Ni más ni menos que caminar en sentido contrario frente a un ejército en orden de batalla. Pero se puede hacer, felizmente. Hace falta mucha valentía, pero se lo puede hacer.

El vigor de ese movimiento, de esa voluntad de forma, se manifiesta en el poder asimilativo de un pueblo. Estudien a fondo y verán que no hay ningún movimiento esporádico en la historia humana. Vayan a las civilizaciones y culturas más remotas y verificarán que han tenido maestros, algo asombroso.

Vayamos al egipcio, al Egipto, para ver esa voluntad de forma. Nos encontramos con focos arqueológicos que arrojan siluetas de animales en sílex, hechos así, cascando una piedra con otra. Después, estas siluetas de animales aparecen pulidas. Y junto con eso, instrumentos de marfil de lo más refinados, con bajorrelieves, más o menos en la misma época. Y, cosa no explicada hasta el día de hoy, jarrones de piedra pulida, donde se han elegido las piedras más bellas, cosa que siguió durante todos los imperios egipcios. El mismo faraón se iba con el gran albañil y con un séquito a elegir la mejor piedra, sin grietas, en el desierto, para hacer su estatua funeraria. Y no les digo los basaltos verdes y las serpentinas y los granitos que elegía, haciendo jarrones con las piedras más duras, y complaciéndose en formas geométricas puras. Y a todo eso, le llaman artes primitivas. ¡Que me traigan esos primitivos! Aquí ven la voluntad de forma; esa voluntad que comienza en los jarrones y se continúa en las pirámides. Esa voluntad de forma que conoció perfectamente el arco, la bóveda y la cúpula, renuncia a esos elementos, y se queda con la arquitectura adintelada.

Ahora, hay un hecho que nos indica si el movimiento de esta cultura es promisorio o no es promisorio, y este hecho es la asimilación. Hagamos una comparación de las culturas con las plantas. Ustedes saben; una semilla, un germen, brotes poderosos, incoercibles, que con gran imperio desde dentro van realizando una forma en la materia. Asimilan materia, la materia que necesitan, expelen la que no, y van formando una planta, un organismo como el nuestro. Esto exactamente pasa en las culturas que se han cumplido, que se han realizado. Hay un poderío de asimilación extraordinario. Hay influencias; necesita el hombre de influencias porque es sociable y siempre, ya les digo, todas las culturas que conocemos han tenido maestros.

Es una cosa extraña en los antiguos que mientras hay una gran comprensión y asimilación de culturas, pueda haber a la vez una enorme rivalidad política. Pongamos para esto el caso de la Mesopotamia. Estaba ocupada por gente muy culta, los sumerios. Estos construyeron ciudades, y al hacerlas, ponen en el remate o terminación del edificio esculturas y bajorrelieves muy infantiles, de figuras agregadas. Los acadios, hombres de neta raza semita, llegan luego, prevalecen y someten a los sumerios. Pero el arte sumerio se continúa con los acadios y los acadios lo asimilan. Les arrebatan el poder, pero los continúan en el arte; y la estela de Naram-Sin, es una obra que ya tiene unidad artística perfecta, compuesta, armónica en sus partes. Ya no es aquella agregación infantil de figuras de los sumerios. Así llega al apogeo la civilización que se puede llamar tranquilamente sumerio-acadia, porque hay una clara continuidad entre ambas.

¿Ven la asimilación? No imitan, asimilan y con su inteligencia, continúan. Es un signo de las verdaderas culturas. El poder asimilativo y transformante, voluntad de forma, es aquello que es su propio genio.

Continuación de El nacimiento de las culturas

Capítulo VIII de Una Sabiduría de los Tiempos. Respuestas de la Filosofía de la Historia para el mundo contemporáneo. Curso de Filosofía de la Historia (1971) por Fray Mario José Petit de Murat.

Continúa en El crecimiento. Ejemplos

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