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Mario Petit de Murat

El crecimiento de un pueblo en un movimiento histórico significativo como tal, como historia, se debe al apetito natural de perfección. La posición que tenemos es clásica, ontológica, y no convertimos a la historia en una explicación de sí misma, es decir, en mitos. Aclaro que el término “mito” hay que usarlo con precisión. Mito es cuando yo sublimo una cosa por encima de sus términos específicos y verdaderos; cuando le atribuyo perfecciones divinas generalmente que las cosas por supuesto no tienen. Eso es un mito.

Y esto de que la historia sea la causante de sí misma evidentemente es un mito. Hoy estamos en pleno historicismo. Por un debilitamiento de la mente occidental nos hemos quedado con la anécdota; hemos perdido de vista aquella pujanza que tenía el hombre de Occidente, aquella garra para penetrar las cosas y ver las esencias. Entonces estamos en el devenir de las circunstancias, en lo accidental, lo anecdótico; en un existencialismo peligrosísimo, por cuanto que justificamos las cosas en sí.

Que hay una voluntad de forma verdadera en el hombre, la hay. Una búsqueda de sí mismo en una gran incertidumbre, en las tinieblas de la ignorancia de su destino, de lo cual es expresión patética y sublime la tragedia griega. La expresión mayor de su sentido está en la tragedia griega; la podemos convertir en símbolo de la historia.

Sigamos con la exposición filosófica, aunque se me ha hecho odiosa la palabra “filosofía”, porque la ha acaparado el racionalismo que ha matado la Metafísica. Entonces diré “ciencia” nada más, porque estamos buscando las causas de la historia.

Un pueblo se levanta en un movimiento históricamente significativo igual exactamente que la planta, pero sin la prerrogativa de la planta que cumple infaliblemente su forma de manera esplendorosa, definida; en cambio el hombre la cumple en la incertidumbre de una verdadera aventura en la que se juega entero.

La cultura, es otra palabra que la tenemos que rescatar, redimir. Odiosa al máximo la hecho la filosofía germánica. En cambio, es una palabra que la debemos depurar, pasarla por el crisol de la inteligencia para encontrar su sentido nobilísimo, el de cultivo indispensable del hombre. Si el hombre no se cultiva amorosamente es un hombre perdido.

Consideraremos entonces ejemplos históricos de este crecimiento de los pueblos en la cultura. Dijimos que el síntoma de crecimiento es la asimilación; en cambio el síntoma de la decadencia es la imitación. No voy a tocar Europa, por ser su movimiento esencialmente teológico, sino que voy a citar pueblos antiguos, nada más, donde vamos a ver su crecimiento con la nitidez que se desarrolla una planta.

El pueblo más admirable en este sentido es el egipcio; pueblo espléndido en su crecimiento, con un impulso vital extraordinario. Crecimiento vigoroso y pacífico: durante todo su esplendor no tiene una sola guerra. La guerra viene con los hicsos, los reyes pastores, en su decadencia.

Esto lo destaca Worringer y tiene razón: un pueblo que logra convertir en fuerza benéfica una fuerza devastadora en sumo grado -la inundación del Nilo- qué talento y qué pujanza tendría. Piensen bien y comparémonos con ellos y lo que pasa con las crecidas del Paraná. Una desgracia repetida un año, y otro, y otro, para grandes letrerones en los diarios y nada más. Y esta gente supo encauzar aquello y convertirlo en una fuerza benéfica. Eso ya les da la pauta, la medida de la vitalidad interna de ese pueblo; comparémonos: en año 5.000 a. C., dos eras y media de las nuestras.

El crecimiento es pujante y espléndido. Conciban el apogeo del Egipto cuando los faraones Keops, Kefrén y Micerino; el refinamiento intelectual de esa gente. Entrar en el Nilo, en esto río amplio y encontrarse con las pirámides como espejos lucientes, resplandecientes bajo la luz del sol como si fueran de cristal y son de piedra granito, con un casquete de metal pulido allí arriba para reflejar los rayos solares. Pongan bajo esas pirámides esos cuerpos broncíneos, ese río pacífico navegando por estos hombres cubiertos con túnicas de lino, con collares y brazaletes esmaltados espléndidamente, y sus ojos realzados con la pintura que ponían para preservarse de la reverberación del sol…

La Argentina es un oasis, el Egipto es un oasis; y el egipcio nombró al oasis. ¿Nosotros hemos nombrado nuestro oasis? ¿Quién tendrá la estatura de los Andes, cuál es el alma que tendrá la amplitud de nuestras llanuras? ¿Cuál es el hombre en nuestras tierras que las pronuncia como pronunció a ese cielo azul, ese río azul y esas tierras doradas el egipcio?

Ahora, hay una figura de hombre espléndida y completa, de esas pocas figuras que encontramos en la historia humana. Se llama Imhotep, y Worringer dice que es el que lanzó al Egipto en esa civilización de altas murallas. Imhotep es una figura exquisita, negación absoluta de toda evolución, porque es refinado como no lo es el occidental en el siglo XX. De una fineza y elegancia extraordinaria, patente en las obras que hizo para Zoser, del cual era gran visir. Y era además astrónomo y médico, hasta el punto que su fama llegó a los griegos y romanos bajo las figuras de Asclepios y Esculapio. ¿Saben dónde se inspira la arquitectura de Imhotep? En los palacios de cañas de bambú que se hacían en aquella época. Él es el que traslada el estilo que puede suscitar la ligereza de la caña de bambú, a la piedra. Y entonces el Egipto emprende un alto camino de cultura en una conjunción con una civilización proporcionada. El apogeo es eso.

Ahora yo no les puedo decir lo que es la estatuaria, ante la cual se oscurece toda la estatuaria del mundo; incluso la griega queda en un peldaño inferior, no muy inferior, pero queda un poco oscurecida frente a los destellos de una estatua de esa época. Brilla la esencia de las cosas. En la estatua de Micerino con su esposa, está el hombre y están allí todas las dotes del hombre racional. Reparen en la fineza exquisita de ese tórax, esos pectorales, la nobleza de esos hombros y aquellos brazos. Una mirada que sonríe a los horizontes, y ese pie que avanza decidido, suave, firmísimo. Altísima escultura y altísima civilización.

No les puedo expresar lo que es el templo rupestre de Deir-el Bahari, hecho por la reina Hatshepsut. Qué manera de estar compuesto con los acantilados de las rocas y cómo son una trasformación en verbo humano, componiéndose armónicamente en perfecta proporción con el templo. No podemos decir que todo eso es obra de esclavos, si todo eso es expresión de un amor indecible al universo.

Yo creo que el arte es confesional del espíritu de un pueblo. Acuérdense bien de esto; cuando quieran conocer el estado de un pueblo no vayan a sus ideólogos, no vayan a los teólogos divulgadores con tomismos de novelas rosas; vayan a los artistas. Cuando quieran conocer las entrañas de un pueblo, vayan a sus artistas.

Las pirámides son asombrosas. Sus caras están en una pendiente perfecta de 52 grados. Hoy se ha descubierto que el perímetro de la base de las pirámides equivale al círculo que se puede trazar tomando la altura de la pirámide como radio. ¿Está allí la cuadratura del círculo resuelta?

Noten aquí cómo es que los egipcios se complacen en puras formas geométricas, pues no hay en ellas la menor señal de decoración, en absoluto. Y pensar que el siglo barroco, en su petulancia, en su pedantería, engañado por las teorías del progreso, creyéndose mejor que los egipcios hizo todo lo contrario. Eso sí, deteniéndose en las pirámides, no quieran compararlas con las de los aztecas, porque entonces se ve toda la pesadez del azteca. Se revela cómo esas corrientes migratorias son de pueblos que vienen del Asia ya en decadencia trayendo un barroquismo de vejez.

Y toda la antigüedad ha venerado al Egipto, toda la antigüedad; los griegos hasta el punto de sentirse honrados de ser sus discípulos, y los romanos otro tanto.

La Mesopotamia es antagónica con el Egipto. Son culturas hechas a fuerza de guerras. Que eran razas belicosas, no lo sé; mucho tiempo fueron pastoriles y pacíficas hasta la llegada de los semitas. Los semitas introdujeron la guerra. Al ser tierras muy codiciadas, padecían continuamente invasiones de sus vecinos. Entonces el apogeo de ellos es un apogeo de imperio, de un imperio terrible, durísimo.

Ahora, ¿ellos fueron nada más que eso, no fueron hombres cultos, en el verdadero sentido? ¿No fueron hombres que se acercaron a una perfección posible al ser humano? No tenemos que tener la idea de un pueblo brutal acerca del asirio, porque tuvieron grandes poemas, y una pujante astronomía. Están los espléndidos palacios que hacían con adobe y cuya decoración única -miren la sobriedad que manifiesta un alto grado de intelectualidad-, era un friso de magníficos bajorrelieves.

Les puedo decir que nunca han sido superados los asirios para hacer animales pues este arte, en ese desenvolvimiento progresivo que va pasando de pueblo en pueblo, llega a su cumbre con los asirios. Bajorrelieves como el de la caza de los asnos salvajes, que es una composición en línea ondulada, terminando en espiral. Algo de una maestría extraordinaria; componían y conocían la proporción, indudablemente, tanto como los egipcios y los griegos. Es decir que hay una lucidez intelectual muy grande en estos pueblos. Y vean ahí como es una falsedad propia de la decadencia del Occidente, la cuestión del modelo. Son obras maestras de un realismo extraordinario, y por supuesto que no tienen de modelo inmóvil a estos asnos salvajes, por ejemplo, que están en un dinamismo insuperable huyendo de los perros y de las flechas. Es una de las grandes obras de arte. Así como nombro al Moscóforo, se puede nombrar a este bajo relieve por su perfección, por su acabamiento y expresión lograda.

Ciertamente vemos en los asirios el crecimiento normal de una cultura humana, donde no se puede saber si su apetito de imperio es provocado por las circunstancias, que también condicionan al hombre y lo obligan a actuar, o es una deliberación de ellos, de sus propios reyes. Pero es una cultura diametralmente opuesta a la de Egipto.

Después, vayamos a la luciente Grecia, donde se ve toda la agilidad de la razón. Grecia ya es fulgurante. Si bien Egipto tiene majestad y gracia, aquí se ve toda la agilidad del espíritu múltiple y un hombre verdaderamente completo, porque todos los aspectos se desarrollan en él de igual manera. Son sabios por excelencia, hasta tal punto que la sabiduría es una inspiración habitual en ellos. Todas las cuestiones las considera y las trata el sabio.

Pero, será mejor que nos detengamos aquí. En historia siempre corremos el peligro de esquematizar, y estamos tratando materia viviente en su mayor grado de intensidad.

Continuación de Voluntad de forma

Capítulo IX de Una Sabiduría de los Tiempos. Respuestas de la Filosofía de la Historia para el mundo contemporáneo. Curso de Filosofía de la Historia (1971) por Fray Mario José Petit de Murat.

Continúa en  La civilización en las culturas. El apogeo y la decadencia

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