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Mario Petit de Murat

Una de las características de un desarrollo histórico auténtico, es que van apareciendo perfiles distintos en un pueblo que crece hasta el punto de hacerse inconfundible. No sé cómo se han podido llegar a nivelar los procesos culturales y ponerlos en una línea de ascenso hasta el Siglo de las Luces.

Las cosas humanas son inefables, y por eso podemos decir que una cultura es siempre una individualidad histórica, cuando está verdaderamente realizada. Por ahora estamos hablando de la causa formal de la historia, que es de lo que podemos hablar cuando hacemos ciencia; para encontrar la causa eficiente de la historia y su causa final, necesariamente hay que hacer Teología. Hablando de la causa formal -y de la material, por supuesto, que va a ser conjugada con ella-, digo esto que hay un punto en que este pueblo se hace inefable.

No proclamamos un agnosticismo histórico, ni decimos que nunca se podrá, por ejemplo, conocer al griego en su propia realización y en su propia naturaleza. Podemos; lo vamos a encontrar en sus genios, en sus hombres significativos e intimando con ellos y, a lo mejor, en ese matiz que solamente tratando sus obras lograremos encontrar. Así es como podemos nosotros remover el peligro de una concepción de las otras épocas y de los otros pueblos, según nuestra mentalidad.

Es algo deplorable, al caso, lo que se está haciendo con las Sagradas Escrituras. La exégesis de hoy de las Sagradas Escrituras, la católica, no es nada más que meter las Sagradas Escrituras en la mentalidad del burgués del siglo XX. Son algo tremendo las categorías que ponemos haciendo una exégesis que es, desgraciadamente, nada más que historia. Un gran exégeta de hoy, el pobre Padre Alberto Colunga, uno de los traductores de la Biblia, fue profesor mío. Y decía: “Para darles una idea de lo que fueron los hebreos, ¿con quién los puedo comparar? Con los beduinos…”. Dense cuenta dónde estamos. Siempre hay una pedantería inconsciente, porque el occidental se cree el hombre cumbre. No se atreve a decir que es el superhombre, pero se siente hombre cumbre del mundo.

La única salvación que hay para no caer en estas versiones, en estas adaptaciones de los otros procesos al nuestro y concebir las cosas según nuestra mentalidad, es nada más que convertirse en una inteligencia despojada de toda pasión, porque así la inteligencia es objetiva e intemporal. De nuestros límites, la única que nos puede salvar es la inteligencia, pero donde se mete una pasión, escondida e inconsciente, ahí nosotros ya defraudamos en historia. Por eso todas las concepciones que se hacen de ellas son pobrísimas, y créanme que me encuentro en aprietos para hablar de este proceso de crecimiento.

Dije que la voluntad de forma va asimilando elementos para dar una forma distinta de las que puede haber, y así diferenciarse. Entonces, una de las propiedades que científicamente podemos adjudicarle a esa voluntad de forma, es que es principio de diferenciación. No deliberado, por cierto. La originalidad de este pueblo se deberá a una combinación tal de los elementos humano-cósmicos, que resultará única, pero que son siempre los mismos elementos. Y eso sí que es imposible de dar una constante, una ley, de cómo o qué resultará el mar para este pueblo, qué resultará la vecindad de otro pueblo, etc. Todos esos elementos se conjugan en el hombre, porque el hombre es sumamente plástico, es un centro viviente pero receptivo, que recibe y después da. Así que eso es totalmente inefable, y uso la palabra “inefable” no en un sentido romántico, vago, sino con toda precisión.

Nosotros no ponemos una constante en los pueblos antiguos; concebimos, sí, la sabiduría de que estaban animados. Todos ellos son sabios, profundamente sabios -no plenamente sabios-, pero fue una de las características generales ya de todos, no de tal foco cultural o de tal otro. Ahora, entendamos lo que es ser sabio. Sabio no es un Doctor en Física, como se dice hoy; sabio es aquel que posee las cosas en sus altísimas causas. Todos: chinos, hindúes, egipcios, no digamos griegos, todos están informados por la sabiduría y todos proceden con una mente sapiencial, cosa que nos falta en absoluto a nosotros. Por algo somos utilitarios, que es lo opuesto, lo antagónico a sapiencial.

El sabio está en lo necesario; el pragmático está en el nivel animal, de la utilidad de las cosas. Nosotros caemos en un vértigo y armamos útiles, instrumentos, que irán siempre a la misma parte; no aumenta el fin porque se aumente los instrumentos. ¿Ven la falta de sabiduría? Si yo me diera cuenta de lo que puede significar Nueva York para mí, nunca, con seguridad que nunca me hubiera tomado el trabajo de subir a un avión que me lleve allí en horas. Nunca, porque como hombre, al contrario, tengo que evitar a Nueva York. Entonces no me preocupo de armar un aparato inmenso de aeropuertos, estaciones y un mundo de gente para que yo vaya a Nueva York.

Por lo tanto, el crecimiento de los pueblos antiguos es, desde un punto de vista temporal de iniciación, una admiración que es desposorio con el universo. Es el instante de ese pueblo en que se despiertan por admiración sus fuerzas vitales, quizá por haber roto el acostumbramiento de estar en un punto y por haber realizado un movimiento migratorio. Instante provocado por la sabiduría, a la que poseen de manera connatural.

¿A qué se debe que los pueblos antiguos, todos, sean sapienciales? Todos tenían un gran sentido de la dignidad de ser hombres, y un gran sentido del quehacer humano y de lo que tenían que buscar para ser hombres. En una palabra, todos tenían una concepción perfectiva de la vida, de que la vida era para perfeccionarse. Todos. En ellos el artesano es un hombre y es un artista que trabaja el barro, ordenado a la utilidad para hacer vasijas, y tiene su dignidad de hombre en hacer muy bien aquellas cosas que hace y en hacerlas cada día mejor. Por connaturalidad, tienen una cantidad de principios que son esenciales al hombre y al dinamismo humano, como el concepto de perfectividad, perdido completamente por nosotros. Esos hombres dan la impresión de que se forman en un yunque, todos, desde el artesano a Hesíodo. Hesíodo era un pastor, y no fue menos que un Pericles.

Ahora bien, antes de seguir adelante, tenemos que hablar de la aparición de la civilización.

Necesariamente, el hombre tiene que realizarse en un medio sensible, siendo esa criatura psicosomática, medio y puente entre el mundo espiritual y el mundo corpóreo. Por lo tanto, tiene necesidad de instrumentos, de medios para comunicarse con ese mundo sensible, elevarlos hacia él y componerlos en un mundo racional, en un mundo humano, y a eso llamamos ciudad. Ahora, en todos estos pueblos antiguos hubo una justa armonía entre cultura y civilización, habiendo variantes por supuesto, como las hay siempre; pero sin duda son dos líneas que corren paralelas. Ahí pueden ver la actitud sapiencial, en que saben medir los instrumentos con respecto al fin. Son señores de las instituciones; no crean monstruos abstractos que al fin ahogan al hombre, no dan un desarrollo excesivo a las estructuras.

Adviertan sin embargo que mientras las culturas suben y bajan, la técnica se desarrolla de manera uniforme. Llamamos técnica al conocimiento de aquellas leyes de relación y mediación entre la inteligencia humana y el artefacto. Leyes que participan de ambos extremos: de la naturaleza de la cosa y de la naturaleza de la inteligencia. Entonces, la técnica supone un conocimiento sapiencial, metafísico de las cosas.

Pongamos el caso de la pintura, donde conozco más o menos. Tengo delante un plano y debo hacer belleza allí, crear una entidad bella en la tela. Voy a crear belleza, si pongo cosas esenciales, porque la belleza es una propiedad metafísica de las cosas. Esa es la exigencia ontológica; la belleza no puede ser a capricho de la imaginación, sino que tiene que estar dada por las cosas en cierta manera. Hablando con un lenguaje más accesible, tengo que robarles a las cosas su belleza. Por tanto, debo saber en qué leyes, en qué principios estriba ella. Uno de los principios es la armonía, y así me entero de una cosa insólita a la cual me tengo que someter, porque está impuesta por la metafísica de las cosas. Esa armonía radiante que hay en todas las cosas de la naturaleza se debe a un número inexplicable: 1,618, que armoniza las partes al infinito y al que se llama proporción áurea o divina proporción. Todo está en ese módulo de armonía suprema que es un misterio, un número irracional; no hay ningún análisis que me pueda explicar por qué es así y no de otra manera. Este principio se encuentra en todas las grandes artes, las artes antiguas, y lo rompió la Academia. La Academia post-renacentista empezó con la copia burda, la copia visual, que hasta ese momento no había existido.

Entonces en esto, por contraste, pueden ver cómo la técnica avanzó al margen de la cultura. Las grandes artes se mantuvieron metafísicas y ontológicas, o se perdieron. Pero el cuchillo de piedra se hizo en bronce, después en hierro y luego en acero; y eso no se pierde más, eso va pasando de hombre a hombre porque es una cosa de orden muy accesible. El progreso técnico de una civilización es uniforme, nunca se volverá al cuchillo de piedra, nunca; tendría que hacer Dios un cuasi prodigio de borrar del mapa toda civilización. En todo lo demás pasa lo mismo, y la trampa del europeo es considerar el progreso de la mecánica como manifestación progresiva de la inteligencia, cuando la mecánica es la experiencia; progresa por una cantidad de mediocres. Y cuando vamos a las decadencias, vemos que precisamente lo que queda y engaña a un pueblo para que no se dé cuenta que está en decadencia es que permanece la técnica.

¿Saben la primera vez que yo vi la decadencia? En la pobreza de las obras que siguen al Partenón. Como es una cosa tan lograda, después vemos caer y caer al arte, hasta que nos encontramos con ese Laocoonte gesticulante; con todos esos retratos insignificantes que nunca había hecho el griego. Queda la civilización y muere la cultura. Esas obras henchidas, del tiempo clásico, áureo, de Grecia, dejan en pos de sí una gran habilidad manual. Un escultor como Lisipo hace todos los músculos del cuerpo humano, pero sólo hace ya un cuerpo humano. De aquel apogeo queda la habilidad manual, la técnica, vaciada de inspiración; se ve inmediatamente, cómo se ha venido abajo el espíritu.

Hablemos ahora del apogeo de los pueblos. Miren, a mi me da la impresión de que el apogeo no es una perfección sino una limitación, un detenimiento. La vida humana en la tierra tiene que ser crecimiento, pero cuando se han obtenido ciertas perfecciones y bienes, entonces ese pueblo empieza a reposar en lo adquirido, entra en la fruición de lo que ha alcanzado y ahí se detiene. Y entonces el apogeo es germen de decadencia. Así que los apogeos son momentos muy efímeros de los pueblos. En Atenas se lo ve neto durante la existencia de Pericles. Hasta ese momento está creciendo magníficamente; terminó Pericles, viene Alcibíades y llega la descomposición de Atenas. El crecimiento, cuando llega una cierta maduración de instituciones, se para, y los hombres empiezan a reposar en los bienes adquiridos con los grandes esfuerzos anteriores. Entonces comienza el relajamiento, una de las causas de decadencia. Muchos como Spengler han dicho que la decadencia es el agotamiento vital de un pueblo que empieza a envejecer. Nunca se ha dado eso.

La abundancia económica es lo que ha matado toda cultura. Los pueblos se realizan en la pobreza. Babilonia, Persia, Esparta, Atenas, cayeron por su reposo en la abundancia. Roma era austerísima en su crecimiento, magnífica; los patricios cultivaban la tierra y era sello de dignidad y honor hacerlo. Ahí hay un sentido profundo sapiencial, y quizá brote de allí su voluntad de imperio, no de dominio económico y político como dicen. Cuando lo fueron a buscar a Catón, el Censor, estaba con el arado en la mano. Y eso lo heredó toda Europa. La ambición de los reyes luego les quitó el arado de las manos a los nobles y los hizo cortesanos.

El proceso es lógico: abundancia-comodidad-relajamiento-envilecimiento-vicio; sin duda, la comodidad envilece. Evidentemente la falta de esfuerzo físico quita las ganas del esfuerzo moral y la esperanza espiritual y yo me voy muriendo. Entonces viene la tremenda tragedia de que todas mis aspiraciones al bien se ahogan dentro de mí, porque no hago el esfuerzo proporcional para alcanzar esos bienes ni realizarlos. Y ese es el signo que anula a la juventud de hoy: la comodidad y la convicción, porque se lo predica todo el día el comercio canalla, de que la comodidad es la felicidad. Si yo conociera la naturaleza humana me obligaría en cambio al ejercicio esforzado todo el día y todos los días, como hacían los antiguos.

Lo vemos en los pueblos, lo vemos en las personas: basta que pensemos -atiéndanme bien esta paradoja que creo que es la paradoja última, final del hombre-, basta que poseamos una cosa, para que la hayamos perdido. Es la paradoja trágica y final del hombre. Es uno de los tantos sellos y estigmas del Pecado Original: el engaño de que, si yo poseo, puedo aquietarme en la cosa poseída, cuando el mecanismo de posesión es la actividad interna por la cual yo estoy yendo hacia la cosa que quiero poseer y poseo mediante mi actividad, porque posesión es lo mismo que compresión.

Así que nuestra vida es una tensión constante. Tengo que estar alcanzando todos los días las cosas que poseo, todos los días; si no, no poseo nada nunca.

Continuación de El crecimiento; ejemplos

Capítulo X de Una Sabiduría de los Tiempos. Respuestas de la Filosofía de la Historia para el mundo contemporáneo. Curso de Filosofía de la Historia (1971) por Fray Mario José Petit de Murat.

Continúa en Los tres tiempos de Occidente

 

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