los-grandes-focos-culturales.png

Mario Petit de Murat

Si quisiéramos comparar los grandes focos de cultura que podemos discernir al abarcar la humanidad entera, veríamos que son tres: China, India y Mediterráneo. Elegimos el Mediterráneo para su consideración, con lo cual enriqueceremos mucho también la apreciación de los otros dos focos cultuales. Yendo en comparación del uno a los otros, veremos cómo se contraponen en esos despliegues maravillosos del hombre que superan tanto el límite del individuo.

El Mediterráneo esa cuenca realmente venerable que comienza en el meridiano 60° de Greenwich; es decir que el Occidente comienza incluyendo el Asia hasta Persia. Es un error grave de manuales superficiales el poner a Egipto como oriental; es absolutamente occidental y las culturas de Occidente en su dialéctica así ya de conjunto común, comienzan en el Egipto y terminan en el Medioevo. Hay una continuidad entre todas ellas, que la hallaremos expresada magníficamente en el desarrollo de la arquitectura.

Entre las características generales de las culturas del Mediterráneo está sin duda la del predominio de la racionalidad sobre la intuición intelectual. Esto creo que lo vamos a tener que explicar.

La inteligencia tiene esa soberana aptitud de poder poseer el ser. Por lo tanto, nuestra inteligencia, la específica nuestra, tiene aptitud de congruencia para poder actuar en los sentidos y a través de ellos, penetrar de inmediato en el mundo corpóreo, el mundo sensible, el de la realidad. De tal manera que, si nosotros nos desvinculamos del mundo corpóreo, estamos vacíos.

Por los libros nos vienen conceptos; por la intuición de la simple aprehensión de la inteligencia viendo este fruto, aspirando este olor de la tierra, percibiéndola mojada y chapoteando esta agua mis pies, me voy impregnando de la realidad de las cosas. Por eso es una infamia criar un niño en un departamento; lo dejamos vacío de realidad. El niño tiene que zambullirse en la tierra, en el agua; anegarse y embriagarse de las cosas: en estos coleópteros, en aquella mariposa y en esa ave. Y si no, este niño será un niño vacío, espectral, una larva humana sin realidad dentro. Y después este hombre vivirá de fantasmas, nada más que de ideologías.

Nuestra inteligencia se colma de realidad a través de los sentidos y mientras tanto no poseemos nada. Incluso ese encuentro con la tierra es un preámbulo para hallar las mismas cosas humanas, porque en estas no es evidente ni el orden, ni las leyes naturales, como lo es en las criaturas irracionales. Una paradoja que manifiesta en nosotros el Pecado Original. La exactitud de esta planta para crecer y dar su fruto a su tiempo, eso es evidentemente racional y está en las criaturas irracionales. Y en cambio nosotros miramos la muchedumbre, y no sacamos nada, más que percibir una cosa informe, sin ningún perfil, sin definición de nada.

La razón es un modo que se añade en nosotros para conocer, moviéndonos desde lo sensible hasta lo puro intelectual, por una depuración que le llamamos abstracción y que se realiza pasando de un miembro a otro miembro de la argumentación de manera necesaria. Eso se llama racionalidad. La energía intelectual converge poderosa hacia los dos sentidos superiores que tocan inmediatamente a la inteligencia: a la racionalidad que se llama la cogitativa, y a la imaginación. El uno trae los aportes objetivos de las cosas físicas y el oro trae los aportes intencionales de las cosas corpóreas, y por allí entran las esencias de los cuerpos. Evidentemente que hay hombres donde predomina esta zona, la de la pura intelectualidad cuyos actos propios son la intuición y la cuasi intuición. La intuición intelectual acá en la tierra siempre es imperfecta, oscura, masiva.

Pues bien, en esta zona de la intuición están las inteligencias que tienen racionalidad, pero tienen más intuición simple: el artista, la mujer, el niño. Hay otros, que tienen predominio de racionalidad. Ante todo, el matemático, el hombre por excelencia raciocinante que puede estar desconectado de la realidad y pasarse la vida entera en cálculos, ecuaciones, razonamientos puros. Y entre esos dos extremos, está el metafísico, que tiene un justo equilibrio entre intuición y poder raciocinante.

De este modo, a un lado está el hindú, el chino, y al otro está el occidental. Hay predominio de racionalidad en el occidental, mientras que la ciencia alta de los hindúes es poética, porque son ante todo intuitivos y ya saben hasta qué punto son dados a la contemplación. El intuitivo se queda inmovilizado en la aprehensión; esa es la contemplación, embebernos aunque sea oscuramente en aquella esencia. Toda la escuela hindú es ejercicio y disciplina para perfeccionar la intuición, no hay razonamiento sino sólo intuición, aquietándose en una idea de Dios. En el chino, su gran engarce con la realidad concreta es también de índole contemplativa. Ellos se gozaban de estar gustando las cosas de la naturaleza; es quizá el país más bucólico que ha existido. Se aposentaban reposando en el universo sensible, pero contemplativamente.

La gran novedad de una inteligencia equilibrada entre la intuición y la racionalidad está en el griego. El griego es el prototipo del clásico porque como en ningún otro pueblo se dio el justo equilibrio de las perfecciones opuestas.

Hay en toda la cultura occidental, un predominio del poder raciocinante sobre la intuición pura intelectual. En un extremo está el hindú que llega por su ejercicio a la purificación más inmensa contemplativa que pueda darse. A un hindú lo hacemos cristiano y prende fuego en la posesión de Dios. El chino está más aquí, y en este linde ya, está el griego, en tanto que el romano está perfectamente sumergido en el poder raciocinante.

En el Occidente todas son civilizaciones eminentemente dinámicas, verdaderos torbellinos de acción humana. Entonces, si el occidental es más raciocinante que contemplativo, evidentemente que tiene más poder adquisitivo, es decir, de conquista. Por consecuencia, en el campo práctico predomina el espíritu de conquista. Espíritu de conquista en todo sentido; en los griegos espíritu de conquista de la sabiduría, en el romano espíritu de conquista de imperio, pero en un sentido profundísimo, como una conciencia de que pueden dar unidad a la sociedad humana. Lo hacen muy bien por otra parte; no entorpecen a los pueblos, ni los anulan como ese monstruoso imperio norteamericano, la Cartago de hoy, que tiene el deleite de ahogar, aplastar y matar. Norteamérica es algo morboso, es algo infernal igual que Cartago. En cambio, el romano tiene el sentido sagrado de la tierra y el sentido sagrado de la sociedad humana. Como está metido profundamente en ese espíritu de dar unidad a lo humano, por supuesto que en ellos tiene que predominar el Derecho, fijando las relaciones de los hombres. Es tal y tan racional el Derecho Romano, que se estudia hasta el día de hoy, y enhorabuena que se lo viviera y no se cayera en este jus de decadencia, este jus ciego puramente positivo.

Caracteriza por lo tanto al Occidente la racionalidad, y si bien en el comienzo los griegos tienen una expresión poética de las ciencias, poco a poco se va transformando y empobreciendo el lenguaje para hacerse nítidamente riguroso y unívoco. Va apareciendo el lenguaje que hoy llaman “científico”, que no es más científico que el lenguaje poético sino más matemático, nada más, y donde se le exige a la palabra y se la violenta para moldearle contornos matemáticos. Cosa completamente contraria al espíritu humano, por cuanto el hombre al percibir una cosa, con ella ya percibe por sugerencia las analogías con las demás cosas, y entonces las palabras siempre tienen un contorno de equivocidad, es decir, de analogía que se abre hacia las otras criaturas.

Resulta que el Occidente ha ido exagerando eso hasta el punto de que hoy tenemos un lenguaje muerto, apartado de esa savia, de ese jugo ontológico de las cosas, y entonces la ciencia sigue el mismo proceso. Las ciencias de los griegos son ante todo metafísicas; también físicas, pero como preámbulo de la Metafísica, es decir, que ellos tienden siempre a ascender en la adquisición o conquista de las causas. Pueblo conquistador como todo pueblo de Occidente, pero nada menos que de las causas, y de allí vienen entonces las nobilísimas Ciencias Especulativas que predominan en el Occidente desde Grecia hasta el Medioevo inclusive, y que se degeneran con el nominalismo próximo al Renacimiento. Estas ciencias entonces son especulativas y de justo equilibrio, porque se razona hasta llegar a la posesión de una verdad para contemplarla, para enriquecer mi inmanencia con esa esencia que he alcanzado. Es la actitud equilibrada y justa de la inteligencia humana y las Ciencias Especulativas entonces son las perfectas porque son una pura conquista de la Verdad en cuanto tal para contemplarla, no para hacer de ella aplicaciones útiles.

Es cualidad propia del occidental la acción que deriva de la racionalidad. Cuando la acción se va convirtiendo en vicio y vamos cayendo en el activismo de una vida externa, caemos también en el envilecimiento de la ciencia, que de especulativa la vamos haciendo fáctica.

Los romanos también poseyeron un justo equilibrio y un gran respeto a las Ciencias Especulativas, aunque ellos por sí mismos no las poseyeran, y una dedicación completa a la acción en la formación del imperio.

Para los antiguos, incluyendo el Medioevo, la acción era sobre mí mismo desarrollando virtudes. Esa era la vida activa y entonces el obrar externo era en razón del desarrollo de virtudes. La actividad era sobre el sujeto mismo, la primera y la más urgente, y la segunda derivada de esto.

Veamos entonces ahora cómo reinó arquitectónicamente esta unidad de Occidente.

Es verdad que Egipto tiene su propia cultura, con su distinta pintura, escultura o alfarería, pero resulta fácil darse cuenta de que, aunque la arquitectura egipcia es magnífica, es incoación de la arquitectura occidental. La arquitectura viene así hasta el Medioevo y se quiebra al fin en barroquismos caprichosos. Hay una perfecta continuidad entre la arquitectura egipcia y la griega, no hay ninguna cesación de aquella para que comience esta. El templo de Deir-el-Bahari pasa al estilo dórico y es continuado por este. Grecia, con ese sentido sublime de la belleza, sigue la arquitectura adintelada; no importa para nada el arco, al que conocía perfectamente. Todas las obras siguen la misma estructura que la arquitectura egipcia. Lo único que agrega el griego a los edificios es el tímpano, es decir, el triángulo.

En el desarrollo de la arquitectura occidental, además, hay toda una sugerencia de cosmos. Imhotep hace pilastras, no columnas, para aligerar los muros, y después toda la IV dinastía, la gran dinastía de los faraones en el apogeo del imperio, hacen lentamente adintelado todo, rectangular, belleza de puras proporciones en su desnuda armonía. Y en la V dinastía -pues cada una tenía su aporte original- se introduce la columna, que da toda una construcción cósmica del edificio. Por primera vez en la arquitectura occidental, después de los cretenses o contemporáneamente con los cretenses, que hacen columnas como flores en pleno período neolítico, angostas abajo y abiertas arriba, para una sugerencia de corola de flor, mientras estas otras sugieren la imagen de la palmera. Empieza entonces el desarrollo de la arquitectura occidental, donde siempre un edificio sugiere una condensación del cosmos, dando la impresión de que aquellas verticales son ejes de órbitas y que el hombre está en medio del universo.

Llega el romano, y en su vocación de imperio dilata el edificio, pero sigue perfectamente con los elementos anteriores añadiéndoles la cúpula o el arco. Se da así ese gran alarde arquitectónico del Panteón, con una enorme cúpula de gran abertura arriba, donde nunca entra ni la nieve ni la lluvia, pues forma tal corriente de aire, que sale por allí como si fuera un penacho de fuego. Luego, porque es gente de acción, necesitan hacer acueductos y descubren el arco como la gran solución técnica de los techos; para dilatar un techo no hay otra cosa que un arco evidentemente. Yo he conocido felizmente el acueducto de Segovia que está íntegro. Sin que a los romanos les preocupara mucho la belleza artística, sin embargo, es de una belleza que está el hombre, está la racionalidad humana, no hay nada que hacer. Fueron ingenieros; lo que les preocupó es llevar agua y por connaturalidad lo hicieron así, una cosa esbelta, noble, ágil.

Y sin duda que el romántico y el gótico continúan esta línea; todos los elementos estructurales de acá pasan hasta el gótico. En el gótico, los hombres hacen lo que quieren con el arte. Aligeran la piedra, descargando una fracción de la bóveda en la otra y pudiendo así levantar al máximo el edificio. Piensen que una bóveda son toneladas y toneladas de piedras que hay que mantenerlas presionadas, para que no se vengan abajo y se abra la construcción.

Ahí ven entonces cómo hay una continuidad en todas estas civilizaciones.

Grecia es el punto más servido de la antigüedad en cuanto a magisterio cultural, y de allí entonces fluye hacia todo el Occidente, y ahí tienen entonces una visión de cuán distintas son las culturas occidentales de las orientales, siendo distinta la china de la hindú.

Continuación de La civilización en las culturas. El apogeo y la decadencia

Capítulo XI de Una Sabiduría de los Tiempos. Respuestas de la Filosofía de la Historia para el mundo contemporáneo. Curso de Filosofía de la Historia (1971) por Fray Mario José Petit de Murat.

Continúa en Los tres tiempos de Occidente

Anuncios