posmodernismo
Graffiti depicting graffiti removal: London (Banksy, 2008, detalle)
David Warren

Será la tesis de este escrito que hoy ya no quedan herejes. ¡Ni tan siquiera en Roma! Las herejías clásicas viven y se repiten, pero no con la virulencia de antaño. Estamos protegidos de su influjo por un secreto aún no descubierto por la ciencia médica: que uno no puede enfermarse de la peste estando resfriado. El error moderno es como el resfrío común, o como una borrachera: una molestia que aflige tantas partes del organismo humano simultáneamente, que no se puede curar y para la cual no hay ninguna diagnosis elegante. Nos quedamos envueltos,   obnubilados por todos sus síntomas. Alguno quizá muera al empeorarse sus efectos –de neumonía quizás, o de cirrosis hepática– pero la mayoría de los afectados solo experimentan un suerte de debilidad general.

El intento de definir la herejía del “Americanismo” — un noble esfuerzo de parte de León XIII, es su Testem Benevolentiae Nostrae de 1899 que creció del noble esfuerzo de Pio IX y su Sílabo de Errores (1864) – nos da la pauta. En aquellos días no había un “remedio mágico” para el trastorno modernista, ni siquiera una lluvia de remedios mágicos: el enemigo ya era demasiado heterogéneo para eso. Los eruditos debaten sobre cuáles eran los “objetivos reales” de esos documentos (“sería que León XIII decidió molestar a los americanos para importunar a los franceses?” etc.) pero aún no se ponen de acuerdo. Lo primero que vemos cuando leemos esos documentos es que parecen atrasar un poco. Es que las sociedades de Occidente ya “se han pasa’o tres pueblos” desde entonces — y lo han hecho precisamente en la dirección predicha. (Las grandes encíclicas, incluso la Humanae Vitae, poseen esa cualidad profética. Parece que “atrasan” hogaño porque estaban bien a horario antaño.)

Lo que hoy llamamos Posmodernismo estaba implícito en la modernidad desde el principio: algo irreparablemente irracional y poscristiano, pero por una miríada de causas; un pantano dentro del cual no se puede detectar una sola fuente de agua. Unos barros que sabemos bien imposibles de drenar; aunque hoy como nunca deseemos que Dios los seque.

Un “tidsear sgoile” (palabras usadas en el dialecto gaélico escocés para decir   “maestro de escuela,” creo) me dijo una vez que la modernidad consiste de dos arroyos envenenados de pensamiento poscristiano, uno de los cuales se remonta a Descartes, y el otro a Hegel. Nosotros somos los peces que ambas corrientes arrastran; no estamos muertos todavía, pero estamos en eso. Esto es el principio de una esplendorosa verdad, pensé. Pero da lo mismo, el barro se nos cuela por todos lados.

Cuando me proclamo “un hombre del siglo XIII,” no estoy tratando de pasar por un viejo de ocho siglos; solamente expreso mis aspiraciones. Me ha parecido, desde el principio de mi peregrinar por el cristianismo hacia el catolicismo, que el desafío es vencer –aunque más no fuera en nuestro fuero íntimo– la catástrofe de la Reforma. Y con esto quiero decir la Reforma en el más amplio sentido de la palabra, no meramente el origen del protestantismo, ya que los feudos católicos fueron también afectados. Como ya dije una vez, los protestantes se marcharon llevándose parte de la loza y la platería; recuperar lo robado requeriría hacerles volver. Pero esa analogía no es lo suficientemente buena; porque lo que consideramos lo “Católico” es mayor que la suma de sus partes.

Lo que se nos coló por todos lados fue un “racionalismo” que irracionalmente nos negó lo místico, lo milagroso, y las fronteras de la razón; y que finalmente nos negó la misma razón, dejando al hombre completamente desolado. Nuestros santos, en su experiencia visionaria, podían recuperarlo; pero a nuestros contemporáneos se les enseña a ni siquiera preocuparse por salir a buscar esa visión, ya reducida a mera óptica; y al final se les hace desdeñar lo divino como si fuera superstición. El progreso se mueve hacia un punto en el cual Dios pueda ser completamente eliminado.

La tarea de reflotar esto que parece haber naufragado en la Iglesia está –por supuesto– más allá de cualquier capacidad humana, individual o colectiva. Sólo podemos volvernos a Cristo por ayuda. Pero ese volverse es, en sí mismo, un desafío al que la modernidad no puede responder. Para seguir a Cristo debemos verdaderamente dejar atrás todo lo que tenemos.

Publicado originalmente en David Warren On Line.

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