apostasia

Leonardo Castellani

Segunda conferencia dada el 13 de junio de 1969

Jesucristo — San Pedro y San Pablo — San Juan Apokaleta
Carácter de las predicciones — El alegorismo — Predicciones que parecen cumplirse ahora

Desafiamos a la lluvia al frío y a la gripe. Incluso a la CGT[1] que le da por hacer paros los viernes. Es decir, los felicito por la valentía. Hoy vamos a hablar de las profecías mayores, o sea de las de Jesucristo y de sus Apóstoles. Hoy es el día del Sagrado Corazón de Jesús que, para los católicos, es la fiesta de amor de Jesucristo a los hombres; o sea del amor divino-humano de Jesucristo. Este amor divino-humano de Jesucristo dijo en los tres recitados que están en el capítulo 24 de San Mateo cosas tremendas, o por lo menos cosas sumamente serias. De manera que la debilidad de nuestros tiempos se acobarda ante eso, ante esos anuncios; pero proceden del amor de Jesucristo esos mismos anuncios: todo lo que dijo Jesucristo procede del amor de Jesucristo. No es extraño que haya misterio en la revelación del Dios verdadero, lo raro sería que el Dios verdadero revelase su naturaleza y les revelase el futuro que no hubiese misterios allí. Eso sería imposible—entonces sería que Dios es igual que nosotros. Los que quieren eliminar las cosas duras en la religión cristiana o en la revelación de Cristo, lo que desean en el fondo es que Dios sea lo mismo que nosotros, igual que nosotros, y no es igual nosotros. Desean que no haya pecado, que no haya muerte, que no haya la maldad del hombre y ni la maldad del demonio—que supriman eso y entonces se van a poder suprimir las consecuencias de todo eso. Si no se pueden suprimir. Dios no puede suprimir esas cosas sin destruir el albedrío del hombre y el albedrío del demonio y no destruye las cosas que creó, dice la Escritura: Dios no aniquila nada de las cosas que creó. Pero el amor de Él lo que hace es ayudarnos o enseñarnos cómo evitar esas cosas. Es decir, podemos elegir: de manera que Él nos ha puesto por delante todo lo que hay en la realidad de la vida humana natural y sobrenatural para que nosotros elijamos nuestra suerte, nosotros mismos.

Estas clases son un poco espinosas porque es materia muy difícil y no debo dar mis propias conjeturas y mis propias hipótesis, como hice en el libro sobre el Apocalipsis que escribí, sino que debo dar estrictamente los hechos o, si doy conjeturas debo advertir que son conjeturas, o que son hipótesis. Por ejemplo, yo no sé cuando será el fin del mundo, o fin del tiempo, porque “fin del mundo” está mal dicho. Finimondo, dicen los italianos cuando cualquier desastrosa que haya, dicen es un ¡finimondo!, pero no es el fin del mundo, es el fin del tiempo, o fin del siglo, como dicen los profetas. Y en esto digo lo mismo que Mahoma, al cual una vez le preguntaron cuando sería el fin del mundo y él dijo “Cuando se muera mi mujer, parecerá el fin del mundo, pero cuando me muera yo va a ser el fin del mundo de veras para mí”. Lo cual concuerda con lo que dijo Benito Mussolini, según cuentan también, que una vez dijo “Todos preguntan que será de Italia cuando se muera Mussolini, pero lo que a mí me preocupa no es qué será de Italia cuando se muera Mussolini, lo que a mí me preocupa es qué será de Mussolini cuando se muera Mussolini”. “Debo andar por los setenta, mejor no hacer la cuenta” dice un español conocido mío. Por lo tanto, las profecías escatológicas de Cristo proceden de su corazón, no sólo porque al prevenirnos de la Gran Apostasía y de la Gran Tribulación les quiebra el aguijón que es el miedo, sino porque hay en ellas dos cosas singularmente paternas: una, el enseñar a los fieles a huir de Jerusalén antes de su horrenda destrucción; otra el decir que caerían si fuera posible hasta los mismos escogidos ante los milagros del Anticristo, hablando ya del fin del mundo. Y ese “si fuera posible” es un inciso de una gran dulzura porque quiere decir que no es posible que caigan los escogidos. Y los escogidos son simplemente los que escogen, como hemos dicho, que está en nuestras manos nuestro destino. De manera que los que escogen ser fieles no pueden caer aunque se desencadene toda la potencia del diablo y todos los milagros del Anticristo. Y añade más: por amor a los escogidos serán acortados aquellos días, los días de la tribulación—que serán, según veremos más tarde, tres años y medio.

Las profecías mayores acerca del fin del tiempo son las del Nuevo Testamento: Jesucristo, Pedro, Pablo y Juan Evangelista que escribió el Apocalipsis que significa justamente “revelacion” o “profecía”. El fenómeno del profetismo se halla no solamente en la religión cristiana y la hebrea sino en casi todas las otras religiones, hinduismo, mazdeísmo, mahometismo, señaladamente en la religión greco-romana, la mitología greco-romana con sus augures, sus pitonisas y sus sybilas que llenaban hasta con exceso la vida del hombre romano. Aristóteles escribió un tratadito acerca de las profecías o predicciones que se pueden sacar de los sueños, es decir, es un anticipo de Freud. El Apocalipsis lo veremos especialmente en las próximas clases. Las profecías que Pedro y Pablo agregaron a las de su Maestro son sencillas. San Pablo añade la profecía de la conversión de los judíos y la descripción del Anticristo, cosas que no están sino indicadas en los Evangelios. Jesucristo no nombró al Anticristo, no se dignó nombrarlo; parece que aludió a él en una frase que le dijo a los judíos en sus últimos días cuando se oponían—discutía acerbamente con ellos y que les dijo “Yo he venido en el nombre de mi Padre y no me habéis recibido; vendrá otro en su propio nombre y lo recibiréis”, pero no es seguro que se refiera al Anticristo porque puede referirse a la cantidad de falsos cristos que aparecieron después de su muerte y antes de la destrucción de Jerusalén, dice Santo Tomás. Dice no es seguro que se refiriese con este “otro” al Anticristo, sin embargo puede ser. Además San Pablo alude continuamente a la Segunda Venida, llegando hasta jurar por ella: “Os conjuro” dice “por la Venida del Señor y nuestra futura conjunción con Él”. San Pablo nombra 22 veces a la Parusía con diferentes términos: “el día del Señor”, “la aparición del Señor”, “los últimos tiempos”, o simplemente, “Parusía”. Y en dos pasajes difíciles acerca de la Resurrección, San Pablo dice que seremos “levantados vivientes hacia Cristo en los aires” —nosotros “que vivimos”. Pues San Pablo parece creer que la Parusía está próxima y que él quizá estará vivo cuando llegue. No es que crea eso como cosa de fe o revelada, sino que eso podría ser, y efectivamente eso podría ser. No sabemos el día ni la hora. Pero cuando los Tesalonicenses dejaron caer los brazos y dejaron de trabajar a causa del próximo fin del mundo, los reprendió gravemente diciéndoles que la gran señal del apartamiento del Obstáculo todavía no se había dado y repitiéndoles la palabra del Señor, que no sabemos el día ni la hora. El Obstáculo ¿qué es? Lo veremos en otro lugar. Y termina esta exhortación haciendo una descripción del Anticristo, hablándonos del Obstáculo, una cosa que no sabemos qué es, una cosa que impide que el Anticristo aparezca y finalmente diciéndoles “el que no trabaja que no coma”, lo cual no lo inventó Perón, como ven ustedes .

En cuanto a San Pedro, dice, los mismo que San Pablo y que Jesucristo, que cuando se aproxime el tiempo “entonces los hombres no querrán creer y negarán obstinadamente que Cristo haya de volver”. Y ése es otro de los signos. Mas Cristo dijo por lo menos diez veces que Él iba a volver. Su larga profecía acerca de Su Retorno llena una capítulo entero de San Mateo, el 24, antes de dos Parábolas que versan acerca de eso mismo: las Diez Doncellas, o las Diez Vírgenes y los Cinco Talentos, seguida de la Parábola del Último Juicio y después sigue su pasión y su muerte en el capítulo 24.

Este capítulo 24 debemos considerar ahora, el cual se repite abreviado en los otros dos evangelios sinópticos, San Marcos y San Lucas. La Parusía está situada como en el centro de la prédica de Jesucristo. Y lo que hay que anotar primero es que, después de anunciar cosas tremendas, Cristo dice que levantemos las cabezas porque nuestra salvación está cerca y después de decir que habrá una tribulación, la mayor desde el diluvio, y aun desde que el mundo es mundo, empieza a hablar de la primavera, cuando la higuera reverdece. Y después de decir que de aquel día y de aquella hora nadie sabe, ni los ángeles del cielo sino sólo el Padre, dice que notemos los signos que para eso nos dio; y parece contradictorio, pero no lo es, porque una cosa es saber exactamente la fecha y otra cosa su proximidad. El Concilio del Florencia prohibió que se fijase el año de la Venida de Cristo, porque muchos lo hicieron, eso, muchos ilusos fijaron el tiempo de la Venida de Cristo, por ejemplo Holzhauser un gran comentador del Apocalipsis que dijo que el Anticristo iba venir el año 1911 y después los Adventistas, por ejemplo el fundador de los Adventistas que me parece se llamaba Brown, lo fijó para 1843, el fin del mundo. Después vio que no pasaba, el fin del mundo, entonces, lo postergó a 1857 y así lo han venido postergando hasta ahora, los Adventistas que son, lo mismo que los Testigos de Jehová, los que más predican acerca de los Últimos tiempos—casi no predican más que acerca de eso. La proximidad, sí… y esa proximidad, Cristo repite una y otra vez que estemos vigilantes, cautelosos y preparados, porque si el dueño de la casa supiese cuando iba a venir el ladrón estaría despierto y no dejaría saquear su casa “y así vosotros estad despiertos y con luces en las manos y ceñido el cinturón porque no sabéis la hora en que el Hijo del Hombre va a volver”, porque su vuelta será en cierto modo repentina y total, como el relámpago que en un instante cruza todo el ámbito del cielo, de oriente a occidente. Lo cual, creo, ha de entenderse así: para lo no-creyentes en la Parusía, ese día será una sorpresa absoluta, un rayo en el cielo sereno; para los creyentes que estarán atentos a los signos, será sorpresiva de todos modos, por lo instantánea y lo súbita. Lo mismo que en los días antes del Diluvio, dice Cristo, los hombres comían y bebían, se casaban y daban sus hijas en matrimonio, hasta el día en que Noé entró en el Arca y no lo conocieron hasta que vino la gran riada y barrió con todo, así será la venida del Hijo del Hombre.

El llamado “Sermón Escatológico”, lo habéis leído, o leído, o podéis leerlo. No puedo explicarlo palabra por palabra porque no hay tiempo, pero voy a dar el núcleo de él distribuido ordenadamente. Tres cosas hay que notar acerca de él, que son una cosa sola: primera, Cristo predice a la vez dos sucesos análogos separados por un largo intersticio, el fin de Jerusalén, próximo y el Fin del Siglo, más lejos—lo cual llaman el typo y el anti-typo los teólogos actuales. Y es propio de toda la literatura profética; así, por ejemplo San Juan en el Apocalipsis da el typo que está describiendo él allí: es la persecución de Nerón y de Domiciano, y el anti-typo es el fin del mundo. Y Jeremías y Zacarías, por ejemplo, predicen la redención del hombre por medio de la vuelta del pueblo de Israel del cautiverio de Babilonia, predicen la liberación del pueblo hebreo que estaba próximo y en esa predicción encierran una cosa mucho más grande, que uno ve que queda enteramente ancha, que es la redención del mundo por Jesucristo. Y así también Isaías, a su vez prediciendo la vida de Cristo, la Pasión, los dolores de Cristo y la Resurrección, predice el triunfo de Cristo en el fin del mundo—engloba en esa predicción una cosa mucho más lejana que es el anti-typo. Toda la literatura profética es así. Los apóstoles le preguntaron a Cristo las dos cosas juntas, y Él respondió las dos cosas juntas: “Dinos cuándo serán estas cosas y cuál es el signo de Tu llegada y la consumación del siglo”. Estaban sentados en el bordo que domina Jerusalén, el Monte Oliveto y era su último viaje a la Ciudad Sagrada que había de ser, esa misma semana, la ciudad deicida. Y mirando el espléndido Templo edificado por Salomón y reedificado por Esdras se lo mostraron diciendo “Señor, mira qué piedras y qué fábrica” y Él respondió tristemente: “En verdad os digo que no quedará de eso piedra sobre piedra”. Y ellos que creían que el Templo de Jerusalén había de durar hasta el Fin del Siglo, le dijeron la pregunta que dije antes: “¿Cuándo será eso y cuál será el signo?”.

La segunda observación es que los dos sucesos capitales están indicados con claridad indudable en las palabras de Cristo, de modo que es calumnioso decir que Cristo produjo un sermón máximamente confuso. Porque dice a los fieles que huyan cuando vean a Jerusalén cercada por segunda vez, como de hecho hicieron sus fieles: después del cerco abierto de Vespasiano, antes del cerco cerrado de Tito. Les dijo “cuando veáis la ciudad cercada huíd cuanto antes: si uno está en el campo que no venga a buscar sus cosas, si uno está en la azotea que no baje a hacer las valijas, si uno está en la casa ajena, que no vaya a su casa—cuanto antes huíd” y efectivamente, hubo un cerco abierto del general Vespasiano durante el cual se podía huir, y entonces huyeron los cristianos, los judíos convertidos al cristianismo y se refugiaron en la región montañosa de Pella. Cristo les había dicho, los que están en Jerusalén que huyan a las montañas. Y después lo llamaron a Vespasiano a Roma para hacerlo Emperador y mandó a su hijo Tito, y Tito hizo un cerco durísimo y circundó por medio de una valla, “romanum vallu”, toda Jerusalén de manera que no podía escaparse nadie. Y empezaron a suceder todas esas cosas atroces que narra Josefo, el historiador judío, en el libro De bello judaico, De la guerra judaica, que son increíbles, como dice San Agustín—las atrocidades que pasaron allí, la matanza, la masacre que hubo, la destrucción del Templo y de toda Jerusalén, de manera que se verificó realmente ya en figura lo que dijo Jesucristo que iba a ser la tribulación más grande que ha habido desde el Diluvio acá, dijo, esa destrucción de Jerusalén. Después del cerco abierto de Vespasiano, antes del cerco cerrado de Tito—y con eso indicó nuevamente la ruina de Jerusalén, el typo. Y después dijo que la ira vendría sobre los judíos infieles y serían pasados a cuchillo y serían llevados cautivos por todo el mundo y Jerusalén sería pisada por los extranjeros hasta que se cumpla el tiempo del Juicio de las Naciones, lo cual indica el anti-typo. Después de destruida Jerusalén, Jesucristo sigue diciendo cuál será la suerte del pueblo judío. Y esto está en el texto resumido de Lucas, en el capítulo XXI. De modo que uno de los rasgos de la profecía se cumpliría solamente en el typo y sólo figuradamente en el anti-typo. Y viceversa; otro de los rasgos, los signos en el sol, en la luna y en las estrellas se cumplirían más bien en el anti-typo, y la predicación del evangelio por todo el mundo y muchos otros signos. De tal manera que, los Santo Padres que he estado repasando hoy, este, en general se dan cuenta de que hay dos predicciones juntas acá; algunos más simples a los cuales San Remigio llama “lo simples” dicen “No, todo esto se refiere a la caída de Jerusalén, ya se ha cumplido”, pero San Remigio les dice “es demasiado ancha, hay muchas cosas que coinciden, pero otras no coinciden con la caída de Jerusalén”. Y San Agustín dice claramente que las dos—la predicción indica las dos cosas, solamente que el acento en el principio está puesto en una cosa que es la caída de Jerusalén y en el final está puesto en otra cosa que es el fin de los tiempos. Y algunos Padres como San Crisóstomo dividen este sermón en dos partes: hasta el versículo 29, dicen hasta aquí se refiere a la caída de Jerusalén y desde el 29 hasta el fin, se refiere al fin de los tiempos, pero no es así. En realidad todo se refiere a la caída de Jerusalén y todo se refiere al fin de los tiempos de acuerdo al estilo profético.

Tercera observación: esto resuelve sencillamente la gran dificultad que tuvo perplejos a los intérpretes y fue ocasión de muchas blasfemias. El versículo final ¿qué dice? “En verdad os digo, que no pasará esta generación hasta que todo esto sea hecho”. Esto llevó a algunos de los Santos Padres a decir que toda esta predicción se refería solamente a la caída de Jerusalén, como San Hilario de Poitiers, por ejemplo. Y se verificó, por tanto, en el año 70. Pero entonces ¿cómo se entenderían las palabras que siguen en San Lucas “tened pues cuidado vosotros, que no se entorpezcan vuestros corazones, en las crápulas y en la ebriedad y en las curas de esta vida, no sea que sobrevenga sobre vosotros repentino aquel día, porque caerá como una red sobre todos los que habitan toda la faz de la tierra”?; lo cual evidentemente no se puede referir a los judíos y Jerusalén, sino a una destrucción universal y posterior sobre toda la faz de la tierra. Sobre este versículo enigmático edificaron los impíos actuales una escuela de interpretación llamada “Escatológica”: hay como seis escuelas racionalistas diferentes en Alemania encarnizadas en interpretar toda la Escritura en forma natural de manera que no queden rastros ni de milagro ni de profecía ni de nada por el estilo. Y esta es la última y la peor, en la cual el más conocido es el famoso Alberto Schweitzer, el santón de Lambarené, al cual celebran tanto los pazguatos de hoy en día porque fue un santo ateo, tan santo como yo, o menos. Estos pretendían enseñar que Cristo se equivocó: y por tanto que fue tan profeta, tan mesías, tan Dios, como yo y usted. Pues según ellos Cristo creyó que el Fin del Siglo era inminente y vendría durante su vida; o bien, poco después de su muerte. Y adornan esto con una cantidad de disparates que no hay para qué demorar en ellos. Baste decir que hay lo menos diez textos de los Evangelios que demuestran Cristo sabía que pasarían muchos siglos después de su muerte y antes de su Parusía. Y si no, ¿por qué fundó su Iglesia?, ¿por qué aludió a ella en la Parábola del Grano de Mostaza y el Trigo y la Cizaña? El grano de mostaza es un árbol que va creciendo lentamente hasta convertirse en el mayor de los árboles, dice: la Iglesia. Y en la del Trigo y la Cizaña donde dice que el tiempo de la mies, después que el trigo y la cizaña han crecido todo lo posible, es el tiempo la consumación del siglo. “Y este Evangelio del Reino será predicado en todo el universo y después vendrá el fin”: ¡estamos locos!, la predicación en todo el universo no se puede hacer en tres o cuatro años. Pide siglos, como en efecto, se hizo. No, la generación que escuchaba a Cristo vio el cumplimiento de la profecía en el typo, es decir, los Apóstoles y los discípulos que estaban con Cristo vieron la destrucción de Jerusalén en el año 70. Y la generación a que pertenecemos nosotros, la estirpe cristiana, pues la palabra utilizada por Cristo significa también “estirpe”, verá el cumplimiento del anti-typo. Estirpe—ahí estaban los apóstoles que representaban a la Iglesia de la cual somos nosotros, de manera que era una estirpe nueva que nacía y así la llama San Pablo “generatio nova”, una generación nueva nacía entonces. Y esa estirpe también puede decirse que verá todas estas cosas. No pasará esta estirpe hasta que todas estas cosas sean hechas, dice Jesucristo. Pero, no es tan seguro eso. Lo que es seguro es que la destrucción de Jerusalén la vieron los Apóstoles que estaban allí presentes. Santo Tomás dice esto de que al fin y al cabo nosotros somos la generación cristiana que empezó con Cristo. Y los Santos Padres no se preocupaban de esta dificultad racionalista: no se preocupaban mucho porque simplemente decían “y… la estirpe cristiana va a ver el fin de todos los tiempos”. Pero esta fue suscitada en los tiempos modernos con gran fuerza por estos sabiazos alemanes que saben muchos en el campo de la erudición y de la lingüística pero, este, están enteramente torcidos en su mente por la impiedad, por el ateísmo.

Ahora bien, ¿cuáles son los signos de este gran suceso dual? Primeramente hay un pre-signo, o signo remoto que son “guerras y rumores de guerra”, en San Lucas; o como dice San Mateo “se levantará gente contra gente y reino contra reino y habrá sediciones y revoluciones”. Ya hablé de esto en la conferencia anterior poniéndolo como ejemplo de los signos que muchos ven cumpliéndose ahora, en nuestros días. Y añaió Cristo, “pero no es todavía el fin, mas es el comienzo de los dolores”. Es el comienzo de la parturición, dice San Jerónimo. Eso siempre ha habido en el mundo, guerra y rumores de guerra, pero como ahora nunca, como hemos dicho. No lo digo yo, sino el Papa Benedicto XV durante la Gran Guerra Primera: notó que como nunca en el mundo, la guerra se había convertido en institución permanente de toda la humanidad. Que después de dos guerras mundiales, viene el rearme, el desarme, la conferencia del desarme y la mar de conferencias por la paz: “paz, paz, y no hay paz”. Desde la guerra del ’14 ha habido cuarenta guerritas y una guerraza en el mundo, con lo cual yo creo que ese signo se ha cumplido y conmigo muchos que valen más que yo y que ya nombré. Después añade “y habrá terremotos, pestilencias y hambre” lo cual no falta tampoco hoy día, y en proporción mayor que nunca en el mundo. En la riquísima República Argentina, tan proveída de recursos, hay hambre; hambre en varias manchas que hay en la Argentina: en el norte de Córdoba, en Santiago del Estero, hay hambre permanente, hay desnutrición de los chicos, mortalidad infantil y hambre permanente desde hace mucho tiempo. Y los sabiondos nos amenazan ahora con la explosión demográfica, que según ellos nos va a traer un hambre universal antes de treinta años, sobre todo en América Latina. Que el diablo sea sordo, es decir que no los oiga, porque… (Castellani risotea)… menos mal si es, como dijo Cristo, el comienzo de los dolores.

Siguen los signos propiamente dichos, que son tres: un montón de pseudo-profetas o sea maestros y propagadores del error, lo cual corresponde a la Gran Apostasía que predice San Pablo. Segundo, el evangelio habrá sido predicado en todo el mundo. Tercero, sobrevendrá una gran persecución sobre los fieles, la cual también anota San Juan Apokaleta: si eso corresponde a los sucesos actuales, corresponde a cada uno creerlo o no, porque en eso no tengo “palabra del Señor” como dice San Pablo, es decir yo no lo sé decirlo. Una cosa es cierta y es que si ha de venir una gran apostasía, un universal receso, una infición de malas doctrinas en todo el mundo, ella invadirá la Iglesia Establecida o procederá de ella, porque es de todo inconcebible que si la Iglesia Ecuménica permanece fiel, firme y fuerte en la fe, se produzca una apostasía tan grande en el mundo. Aquí yerra, según creo, Roberto Hugo Benson, en su Señor del Mundo, la novela en que describió el Reino del Anticristo, donde pinta una Iglesia firme y ferviente, aunque muy raleada, en medio de un mundo que sigue la herejía del Anticristo: el filosofismo, o humanitarismo, o adoración del hombre. No puede hacer eso si no hay al mismo tiempo el auge de una religión falsa o nuestra misma religión adulterada, al cabo de la Segunda Bestia o Pseudoprofeta que es un jefe religioso y quizá un genio religioso, del cual veremos en la clase próxima más detalladamente. Porque, dice San Juan, “se parece al Cordero, pero habla como el Dragón”, el cual ayuda a triunfar al Gran Emperador Plebeyo. José Pieper, filósofo alemán que escribió un librito muy bueno sobre El Fin del Tiempo, que lo han traducido hace poco al español, dice que eso será la propaganda sacerdotal, a la orden del Anticristo, a semejanza de la propaganda de los sacerdotes en tiempos de San Juan, evangelistas que fueron el medio de propaganda de religión del “Divus”, César, o “el Divino César”, el Emperador de Roma, por todo el Imperio. Pero nada impide que haya eso, que haya claudicación de muchos sacerdotes que se pongan al servicio de la propaganda del Anticristo y al mismo tiempo haya uno que los dirija: al contrario, eso es indispensable. Es lo mismo que en el caso del Anticristo colectivo o el Anticristo personal. La discusión esa que se lleva a cabo muy fuertemente desde el tiempo de los protestantes: si el Anticristo va a ser un cuerpo colectivo, por ejemplo el comunismo, como dice Selma Lagerloef, la masonería o lo que sea, o va ser un hombre. ¡Va a ser las dos cosas! Porque es imposible que un gran movimiento no suscite de su seno un hombre que lo dirija, como el nacionalismo italiano suscitó a Mussolini antes de Mussolini y después el gran hombre le imprime su sello al movimiento y lo endereza y lo dirige. Eso es obvio, es una ley de la historia. De manera que la discusión es vana, esa discusión sobre si será una colectividad o si será un hombre personal. El teólogo Suárez dice que es de fe que será un hombre personal, tanto el Anticristo como el Pseudoprofeta o Segunda Bestia.

Aquí puedo hacer un paréntesis acerca de los Testigos de Jehová, porque tengo tiempo. Los Testigos de Jehová, recién los nombré, son… es una secta protestante aunque ellos dicen que no son protestantes, que son muy fuertes y trabajan mucho acá. Estos predican esto mismo que dije acerca de los signos, es decir, ellos dicen que se han cumplido los signos de la guerra mundial, universal, y del capitalismo—que la descripción que hace San Juan en el Apocalipsis no se parece para nada al incipiente y elemental capitalismo romano, sino que es un capitalismo muchísimo más perverso y fuerte y que en los dos capítulos en los cuales describe la Babilonia, o la Gran Ramera, San Juan describe un capitalismo tremendo que oprime a todo el mundo y tiene un poder grandísimo y está colmado de riquezas. Y lo tercero es la era atómica. Dicen lo mismo que he dicho sobre los signos aunque con mezcla de grandes disparates en otros puntos. Soy muy fuertes aquí en la Argentina, y en Norteamérica, no digamos. Al publicar este libro, en 1963, que se llama Babylon the great is fallen, God’s Kingdom rules, “Babilonia la grande ha caído, el Reino de Dios reina”, o dirige, es una especie de Biblia de ellos o de enciclopedia donde se contiene toda la doctrina de ellos y se ve la interpretación completa del Apocalipsis, dicen en 1963 cuando salió este libro de ellos, ya tenían un millón veintiocho mil adeptos en todo el mundo. Ese nombre, “Testigos de Jehová”, es tomado de las profecías de Isaías, fue adoptado en 1931 en una de sus asambleas multitudinarias. Este libro, que es una especie de Biblia o enciclopedia religiosa, se difundió en una de estas asambleas, en Nueva York, en 1953, donde había 258.000 asistentes y 126 estaciones transmisoras de radio, porque los yanquis hacen todo en una medida colosal, siempre. En una primera edición de un millón de copias, regiamente impresas, que es ésta, se vendía a un dólar el ejemplar, ¡y ganaron plata! No de balde son yanquis. Muchos de ustedes quizá los conocen porque van a las casas personalmente a anunciar “la Salvación” y muchos les hacen caso. Viven austeramente o por lo menos proclaman que se debe vivir austeramente—demasiado austeramente, porque no dejan ni siquiera fumar, no digamos nada de tomar mate, en eso parece que mi médico homeópata está adherido a ellos, porque es enteramente enemigo del mate. Y me son simpáticos a causa de una sinceridad infantil, una gran piedad y algunos grandes aciertos exegéticos. Ellos protestan que no son protestantes, aunque ciertamente lo son, pero están en contra de todas las sectas, que las llaman “denominaciones”. También contra la religión católica y todas las otras religiones en general. La única religión verdadera, son ellos, que han existido desde el principio del mundo, pues Adán, Noé, Henoch, Elías, etc., eran de su entrega, es decir, eran Testigos de Jehová. Y ahora son muchos más que la religión verdadera porque son los 144.000 varones vírgenes que en el cielo siguen al Cordero “doquiera va”, la visión XII. Son “la Mujer Águila”, la visión X, son los que van a resucitar primero en el Milenio, la visión XVIII y en suma, son la Jerusalén Celestial. Según ellos, en 1914, se acabó “el tiempo de las Naciones”, es decir, eso que dice San Lucas que Jerusalén sería pisoteada por los extranjeros hasta que llegue el tiempo del juicio de las naciones. Ellos dicen que el tiempo del juicio de las naciones se acabó en 1914 y que en 1914 comienza una nueva era en el mundo. El tiempo de las naciones duró 2320 años desde la caída de Babilonia. En 1919 cayó la Gran Ramera, o sea la Ciudad Capitalista; no sé cómo lo sacan eso, de dónde lo sacan. Y en 1975 va a suceder algún gran zafarrancho, que no sabemos qué va a ser. Y en el año 2000 viene la resurrección primera. No la voy a ver entonces, yo, a no ser desde el cielo, espero. El Anticristo, no se lo imaginan ustedes quién es. El Anticristo es la “Sociedad de las Naciones”, las Naciones Unidas, la ONU[2] y la Séptima Cabeza del Dragón, de donde sale el Anticristo—sale un pequeño cuerno que después se hace grande, dice Daniel y se convierte en el Anticristo—es el séptimo imperio anticristiano y el mayor de todos, o sea Inglaterra y Estados Unidos. O sea, el imperio real de la raza anglo-sajona. Y las siete cabezas del infernal dragón han sido: Egipto, Asiria, Babilonia, Persia, Grecia y Macedonia, Roma y el imperio dual anglo-sajón que emerge en 1763.

Todas las sectas protestantes, según Chesterton, tienen estas dos características comunes: anticlericalismo y ultranacionalismo, o sea anti-catolicismo o anti-sacerdotalismo y patrioterismo, o sea, iglesias nacionales; pero éstos aunque abundan en la primera nota, o sea, anti-catolicismo, porque abominan de todos los clérigos, católicos o no, no son iglesia nacional como los americanos, ni son patrioteros yanquis como lo son los Metodistas, al contrario, aborrecen a los yanquis, son cosmopolitas y en eso se parecen a los judíos, y también en que guardan el Sábado y no el Domingo, y se re-bautizan a los que se les adhieren, con el bautismo judío de la inmersión, el que usó San Juan Bautista—que también fue Testigo de Jehová, por supuesto.

Me he desviado a este paréntesis porque estos Testigos de Jehová perciben como cumplidos los tres signos que dije la clase pasada, la guerra, el capitalismo y la era atómica, lo cual no impide que tergiversen el Apocalipsis como veremos la clase próxima. El capitalismo descripto por San Juan, ya lo dije, es enteramente superior, mucho más amplio, que el pequeño capitalismo elemental que más bien era una plutocracia despótica que existía en Roma en el tiempo de San Juan. Estábamos hablando, pues, del signo de la Gran Apostasía y los pseudos-profetas y afirmé no se puede dar esa apostasía general sin una corrupción o aflojamiento de la Iglesia Católica. Y esta afirmación hace rechinar los dientes a muchos ministros del Señor, incluso jerarcas algunos, que por eso no quieren quizá que se conozca o se comente el Apocalipsis. Y al que lo comenta, si pueden lo excomulgan. Hay muchos que dicen que la Iglesia Católica está hoy mejor que nunca, que nunca ha estado tan bien como ahora y que ha ido creciendo en santidad desde Jesucristo hasta nuestros días, y otros dicen que no, que la Iglesia ha tenido una especie de gran cúspide cuando Jesucristo y los Apóstoles y después ha ido decayendo hasta nuestros días. Y eso no le hace ninguna gracia a los que gobiernan a la Iglesia hoy día porque es decir que ellos son decadentes, es decir están gobernando mal o anda mal la cosa y no se dan cuenta, entonces se enojan muchísimo cuando contra los que dicen que la Iglesia hoy día no está mejor, no está mejor que en ningún tiempo. Ni está mejor ni peor que en ningún tiempo, sino que está un poco mejor y un poco peor, porque en el mundo el bien y el mal llevan paralelamente esta carrera: que va aumentando el mal y va aumentando el bien progresivamente a medida que aumenta el mundo hasta que llegue la gran lucha decisiva y se liquide esta gran lucha secular que empezó con la Caída de los Ángeles desde el cielo. De manera que, eso es lo que dice el profeta Daniel, que le pregunta al Ángel cuándo serán estas cosas: hace una profecía del Anticristo y al Ángel le pregunta cuándo serán estas cosas, y le dice está cerrado eso, sellado, que el malo se haga más malo y el bueno se haga más bueno, que el perverso se haga más perverso hasta que llegue el momento de la decisión.

Después sigue el Supersigno o signo definitivo que Cristo llama “la Abominación de la Desolación”, tomando una palabra de Daniel profeta. Daniel designa así el sacrilegio del rey Antíoco Epifanes que profanó el Templo de Jerusalén y quizo hacerse adorar como dios. Y San Pablo dice que el Anticristo se sentará en el Templo de Dios haciéndose dios. Y antes de la destrucción de Jerusalén los romanos profanaron el Templo, introdujeron las águilas romanas que eran ídolos en Judea. Los Santos Padres dan una cantidad de profanaciones diversas como que una estatua de Venus que Adriano hizo poner en el Templo de Jerusalén, una cantidad de profanaciones del Templo, pero resulta que no tenían cuidado con la cronología y todas esas profanaciones sucedieron después que los cristianos huyeron de Jerusalén a Pella. Lo que pasó antes—porque la señal que les dio Jesucristo, cuando venga la abominación de la desolación, que es una palabra hebrea que en criollo podríamos decir “cuando venga la mayor porquería” este, entonces huyan. No hubieran podido huir si… con esas otras profanaciones que vinieron después, cuando Jerusalén ya estaba cercada, ya no se podía huir. De manera que la profanación a que alude Cristo es que las águilas romanas que eran ídolos a los cuales hacían sacrificios todos los días los soldados romanos, entraron al territorio de Judea y entraron a Jerusalén. Esa fue la abominación de la desolación. Cuando viereis lo abominable en el lugar no debe estar que lo dijo Daniel profeta, entonces, los que están en el campo que no vayan a Jerusalén, los que están en Jerusalén que huyan a la montaña, los que están en la azotea de su casa que no bajen a hacerse la valija—todo eso dijo Cristo.

Todavía hay otro signo que dan San Pedro y San Pablo y que está comprendido en los Falsos Profetas y en la Gran Apostasía que es la incredulidad de los hombres ante los signos. San Pablo dice, cuando digan “paz y seguridad” de golpe vendrá sobre ellos la ira como los dolores de la preñada. Jesucristo dijo, como en los tiempos del diluvio, los hombres comerán, beberán, se divertirán, se casarán y entonces, inopinado, vendrá sobre ellos el día del Señor. Y el primer Papa, San Pedro, en su encíclica segunda, dice textualmente: “El Fin está próximo hermanos”, capítulo primero. Capítulo segundo: “Han venido falsos profetas en el pueblo, maestros embusteros que han introducido sectas de perdición”, capítulo segundo. Y después en el capítulo tercero, dice: “Esta segunda epístola os escribo, carísimos, para que recordéis las palabras de los santos profetas, porque bien es que sepáis que vendrán en los últimos días engañadores en mentira que andan según sus concupiscencias diciendo “¿Dónde está su promesa y su venida? Desde que murieron los antiguos, todas las cosas perseveran iguales, desde el principio del mundo”. Se les escapa, porque así lo quieren, que hubo cielos desde antiguo y tierra sacada del agua y afirmada sobre el agua por el Verbo de Dios; y que por eso, el mundo de entonces pereció anegado en el agua; pero que los cielos de hoy y la tierra están, por esa misma palabra, reservados para el fuego, guardados para el día del juicio y del exterminio de los hombres impíos. No se os escape una cosa, a saber, que para el Señor un día es como mil años y mil años son como un día. No demora el Señor su promesa, como algunos creen, sino que obra con paciencia, por amor de vosotros, no queriendo que nadie perezca sino que todos se conviertan, pues vendra el día del Señor como ladrón, y entonces pasarán los cielos con gran estruendo, y los elementos se disolverán para ser quemados, y la tierra y las obras que hay en ellas no serán más halladas.” Los que hoy no creen esto son los que creen que la tierra durará exactamente hasta el año 13.960, como dice el padre jesuita Bujanda, todavía más de 12.000 años, dice, que va a durar; y de dónde lo saca, nadie sabe. O bien, los que dicen se acabará por enfriamiento paulatino, como la luna o Venus, en quién sabe cuánto tiempo, como dice Renán. O que durará todavía millones de años, como dice el P. Alló. O que no acabará nunca sino que irá progresivamente evolucionando de bien en mejor, y de mejor en óptimo, hasta convertirse en un paraíso, o simplemente convertirse en Dios mismo, nada menos, como dice Telar Chardón. Estos son ignorantes, dice San Pedro, o son ilusos embusteros: vendrán ilusos con mentiras.

Así que he hecho hoy una clase más pesimista que un artículo de “Azul y Blanco” . Altro qué chiste, como dice un oyente, que tengo que poner para hacerme ameno. El único chiste que hay es que sea este cura el órgano de anuncio o información de una parte importante de la Revelación cristiana que nadie predica. A las bibliotecas yanquis que me piden les envíe gratis la revista “Jauja”, yo les contesto: no tengo mensaje para Nueva York. No he sido enviado sino a los que perecieron de la Cuenca del Plata y Río Grande do Sul . Pero es un mensaje de esperanza, no de crueldad. Nuestro gran Borges, en una poesía, trata de “cruel, atroz y truculento” a San Juan Evangelista. Y en otro lugar dice que todos los que creen en el infierno carecen de religión, o sea que millones y millones de hombres, los más preclaros del universo, carecen de la religión que resplandece en Borges . Pero tiene razón por desgracia porque las profecías parusíacas son un mensaje de esperanza para los que creen, mas para los que no creen, son realmente crueles, atroces y truculentas. Los escritores sacros no somos periodistas ni locutores para andar adulando y lambeteando a la gente. Borges está acostumbrado a que lo lamban, por todas partes , pero Dios no lambe a nadie. En mi tierra dicen “lamber” y no “lamer” y es mucho más latino que lamer porque en latín es “lambre”…

Dios profiere promesas dulcísimas y terribles amenazas en el presupuesto de que el hombre elige, de que yo elijo mi suerte definitiva. Al despedirse de la humanidad, no definitivamente, al irse al cielo dijo Jesucristo: el que crea y sea bautizado se salvará, el que no crea, se condenará. Cuando véis el horizonte turbio y las nubes sanguinoleantas, decís, “mañana tormenta” ¡Miopes! Sabéis conocer los signos del clima y no conocéis los signos del Reino. Cuando véis retoñar la higuera y sus hojitas verdes, decís “ya viene la Primavera”. Pues bien, cuando veáis que estas cosas comienzan acontecer, levantad las cabezas, porque está cerca la salvación, está cerca vuestra primavera eterna.

Bueno, nada más.

Disertaciones del P. Castellani pronunciadas a lo largo de sucesivos viernes, entre el 6 de junio y el 18 de julio de 1969, en el salón de actos de la Iglesia del Socorro de la Ciudad de Buenos Aires.  Material publicado originalmente en Archivo.


[1] En Argentina, siglas de la Confederación General del Trabajo.

[2] Organización de las Naciones Unidas.