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Mario Petit de Murat

La Filosofía de la Historia, la Teología de la Historia, son disciplinas que se están haciendo, y tienen desde luego una gestación muy prolongada, con una aparición en el elenco de las ciencias muy reciente. Ha habido actitudes que las podríamos ya considerar como actitudes del pensamiento humano frente a la historia, señalando espontáneamente sus causas, pero en realidad no se puede hablar de Filosofía: son solamente actitudes frente al desenvolvimiento de un pueblo. Así que tenemos que poner esa labor previa de fijar un método, porque en esto se han cometido muchos sofismas, y sencillamente se han introducido actitudes personales en la lectura de la historia. No han sido otra cosa que la profesión del espíritu del autor, y no una verdadera Filosofía ni una verdadera Teología.

Esta deficiencia invadió la Teología últimamente y se repite con frecuencia, ya cayendo incluso en los campos mediocres de la divulgación. Toda una Teología de la Historia que se parece a los cuentos de hadas, optimista, fácil, frívola: que la marcha de la historia es una y que va llegando a un fin, la felicidad ansiada del hombre y que el fin está tocando la felicidad con la mano. No se la fundamenta en nada, es una simple exposición de deseos y de utopías, y no podemos vivir así porque somos hombres y no somos niños.

Los antiguos no nos dan ningún método, porque el antiguo se ocupó de vivir. Esta es una observación de Nicolás Berdiaeff; un hombre penetrante, un intuitivo, que no llega a hacer una filosofía sistemática de la historia, pero que tiene observaciones sumamente agudas y valiosas. El antiguo se ocupó de vivir, no de reflexionar sobre su vida; se desplegó haciendo un desposorio jubiloso y potente con el universo y dio lo que podía dar con toda sinceridad; una nota de los pueblos antiguos es la sinceridad, frente a los pueblos modernos, que muestran una tortuosa y sistemática hipocresía.

Una cosa es historia y otra es Filosofía de la Historia. Los antiguos historiadores, desde los griegos en adelante, fueron muy buenos historiadores: la narración de un testigo fiel que dice lo que vio. Tucídides es un magnífico clásico, también Julio César y Flavio Josefo, etc. Y son todos ellos historiadores, pero ninguno es filósofo; ni siquiera han manifestado una mentalidad. Ahora, la aptitud filosófica de aquellas personas flaqueaba en cuanto a la historia, por la concepción de todos los pueblos de la antigüedad: centrarse en que ellos eran el pueblo excelente, y todos los demás, bárbaros. Ese esquema se repite, aunque en Grecia y Roma haya que poner matices. No estoy de acuerdo con los autores que dicen que cuando el romano definió al bárbaro lo definió como un hombre incompleto; eso no pasó jamás. La prueba está, bien contundente, en el Derecho de Gentes, magnífico Jus, en que se considera al bárbaro como pleno hombre, sin duda.

Miren: en la historia no hay constantes, el hombre es imprevisible. Por eso nos tiene que apasionar la historia, para conocernos nosotros, porque es cuando se dan en su mayor magnitud las cualidades y defectos, es decir todas las posibilidades del bien y mal que puede tener el hombre.

Ahora, Berdiaeff exagerando las cosas y viéndolas ya en un estado así, inmóvil, dice que la cultura es vivir de las posibilidades de un pueblo, y la civilización es la sepultura de las culturas. Creo que es arbitrario esto, por eso les digo que hay que tener una gran serenidad y que hay que hacer un esfuerzo, no digo por elaborar un método, sino contribuir a un método objetivo, pero haciendo todo lo posible.

Aclaro que no estoy con ninguna época sino con una lectura objetiva del hombre. Creo que ninguna época lo agota; hay realizaciones magníficas del hombre, pero ninguna de ellas lo agota, ninguna. Quizás muchas veces he puesto el ejemplo del que suelen decir que dos granos de trigo puestos en un cuadro del tablero, y yendo en progresión geométrica hasta agotar todos, se llegaba a una cantidad que no podía recogerse en el mundo entero, así, tales son las combinaciones que se anudan en el hombre, que sencillamente se llega al infinito. Y es esa una de las razones de la existencia de la sociedad humana, como lo veremos cuando la estudiemos en sí, como materia de historia.

Yo no soy ni griego, ni soy medieval, ni renacentista, ni moderno. Miro a Egipto y a Grecia, y al Medioevo y a los tiempos modernos, desde el hombre; y ese va a ser mi instrumento. Me atrevo a meterme en la historia porque creo conocer al hombre y al hombre completo. Y entonces puedo decir: aquí se realizó, acá no se realizó; aquí lo defraudaron, o se defraudó a sí mismo, y acá se cumplió. Entonces trataremos de ser objetivos y les pido que me recriminen cuando no lo sea.

Entonces, ¿quién nos da un método en la historia? Hasta ahora, nadie. Estamos en interpretaciones evidentemente apasionadas de la historia, como son las que pueden hacer los historiadores que brotan de Hegel, las cuales son en realidad ideología más que filosofías de la historia. Los modernos no nos dan más que eso, pues no podemos hablar de filosofías basadas en la historia, pero proyectadas hacia quimeras, hacia utopías totalmente volcadas fuera de la realidad y de las aptitudes reales del hombre. El que ha hecho un trabajo serio es Oswald Spengler en La Decadencia de Occidente, una labor muy honesta, por cierto, y muy disciplinada, sistemática. Claro que es un libro pesado. Pero la cultura no la hacemos entreteniéndonos sino al contrario; vayamos a los libros que nos exijan esfuerzo, que nos sean difíciles y que los tengamos que pensar. Y los libros que sean fáciles, no se ocupen de leerlos, porque están al mismo nivel de ustedes. No van a crecer con libros que les sean fáciles.

Partamos a lograr un concepto filosófico de historia. Ante todo, vemos que el hombre se nos da como sociedad en la historia, no como personas dispersas, sino que actúa como sociedad y en una unidad. Una unidad es el hombre, una unidad substancial como persona; y otra es la unidad como sociedad, como miembros de todo humano, congruentemente. San Pablo da una muy hermosa definición de sociedad; tenemos que concebir la sociedad como un organismo viviente en la cual todos estamos como miembros, de los que San Pablo dice: “reciamente trabados”, quiere decir, necesariamente trabados. Son trabazones necesarias, no libres, y por supuesto que estamos en el otro extremo de la sociedad jurídica inventada por Rousseau, inadmisible. Que la sociedad sea producto de un contrato libre, es mentira; nos necesitamos unos a otros con raíces esenciales, y las raíces son dos.

Una raíz, la más inmediata, es la distribución de aptitudes y dones. Ustedes no saben qué inmensa perfección agrega la racionalidad al ser sensible. Lo despliega en un todo, cuando ya sabemos que lo característico de lo sensible es su parcialidad; es que puede percibir, puede aprehender -digamos la palabra exacta-, o poseer nada más que parcelas del universo, allí donde el ser se está realizando en la materia y en su presencialidad: es decir el momento en que este se está realizando, que es presente aquí y ahora. Es el gustar un vuelo fugaz, como un ave que roza el mar, toma un pez y parte volando, exactamente. Eso es lo que nos puede dar lo sensible. Y vean entonces la desdicha de los sensuales, que, teniendo aptitud para ser señores, se convierten en pordioseros, en mendigos. Uno de los signos de los tiempos modernos, es esta espantosa extraversión del hombre; cinco puertas abiertas, y ahora sabemos que son seis, y la última descubierta ya tiene su vicio; el térmico también es un sentido, distinto del tacto, así que son seis los sentidos, y ya el térmico tiene su vicio que esclaviza al hombre, esa famosa heladera. Y no hay hombre más desdichado y más cuitado que esta pobre criatura, este rey que parece enloquecido; que pudiendo tener el poderío de las cosas sensible, es mendigo de ellas, y está queriendo saciar su hambre de infinito en criaturas tan menguadas, que el ser apenas la roza. Así, ¿qué les queda a estos pobres? Nada; lo que guardan en la muerte de ellas, porque evidentemente estas fiestas que fueron, pasaron; y aquella mujer que rocé, pasó; y aquel deleite que me dio aquello, también. Y todo pasó, pero como yo no paso, me voy guardando la muerte de todas las cosas; cargándome de cenizas mi boca.

En cambio, por la racionalidad que se agrega a esa parte sensible, yo tengo una posesión de lo que las cosas tienen de íntimo e inmutable. Yo poseo lo que no pasa de la cosa. La cosa pasa -miren la soberanía de la excelencia de la inteligencia- y me deja lo que no pasa. Se comprende por qué Aristóteles dice al final, después de una grande y admirable inquisición buscando cuál es la felicidad del hombre, que ella está en la contemplación. Por la contemplación esta, que penetra lo íntimo y lo inmutable de las cosas sin violarlas -ojo, sin violarlas-, yo tengo la posesión más sabrosa, más deleitable de ellas, como ellas la tiene. ¿Saben cómo se va gozando de las otras almas, de la presencia de las otras almas? Es como el advenimiento de toda una aurora cuando llega un alma y uno ya tiene aptitud para contemplarla. Así como se da en esos ojos, en esa nariz tal cual la dibujó Dios, así como está, y se la posee tal vez mucha más que ella a sí misma. Uno mira, y si tiene lúcida su racionalidad, actualizada, posee hasta el fondo esa alma en una ternura indescriptible, castísima, y no sólo no viola aquello, no lo profana, sino que promueve que esa alma sea más ella, que se cumpla. Hace todo lo posible -y esa es la auténtica caridad- para que esa alma se realice. Al final de cuentas, no es vivir el de estos poderosos sensuales que suponen poseerlo todo, con sus papeles muertos que se llaman dinero, y con su epidermis abierta, como bocas insaciables sus poros. ¡Qué indigencia inmensa por dentro! ¿No están expulsados del universo?

Pero toda aquella racionalidad está en una complexión somática que coarta esa plenitud y esa riqueza. Por la composición somática, por la manera de estar los humores combinados, así como en un concierto las notas, prevalece tal habilidad o tal otra, donde se cumple una parte de la virtualidad de esa grandeza interior. Todos son el hombre total, desplegado en multitud de oficios, pero no se puede cumplir eso en una sola complexión somática, ni en un solo tiempo individual porque es muy breve, entonces necesariamente estamos unos con otros formando sociedad. De tal manera que la sociedad únicamente la sociedad, la complexión orgánica vital de la sociedad, es la que rige el órgano proporcionado con la persona humana. Entiendan que es tal la grandeza de mi persona, que yo no tengo órgano suficiente para realizarla, y me tengo necesariamente que trabar con mi hermano, para que mi hermano me dé lo que yo no tengo.

El barrendero es un miembro mío y yo tengo que reverenciar al barrendero. Esto no lo entendieron los occidentales de hoy, que están dando manotones de ahogados con respecto del trabajo, porque no lo quieren, no lo aman, consideran el trabajo como una maldición. Miren si no está expulsado del universo el hombre, que la felicidad sea esta comodidad burguesa que me ahoga, estos almohadones que me envilecen, ese mar de almohadones que me embotan; por eso no tenemos un hombre hoy. El trabajo no es una maldición. Dios Padre no maldijo a Adán y Eva. Eso no nos dicen las Sagradas Escrituras. A la única que maldijo, es a la serpiente. Pero a Adán y Eva les profetizó, no los maldijo, les profetizó como un gran lamento: ¡Lo que habéis hecho! La tierra se te clausurará y ganarás el pan con el sudor de tu frente. ¿Por qué? Porque el hombre se disminuía frente a la tierra al perder el espíritu que le daba señorío sobre ella. Si Adán estaba para trabajar, para llevar las cosas sensibles a su última perfección. ¡Si la racionalidad del hombre es el decoro final de las cosas sensibles!

Y la segunda razón de la sociedad es sumamente profunda. Todos los hombres no tienen aptitud para alcanzar los primeros principios, los principios supremos. La enorme mayoría de los hombres son receptivos, pero no tienen aptitud adquisitiva o aptitud de investigación. Es decir, que la racionalidad se cumple plenamente en el hombre de adquisición, el hombre que tenga aptitud para trepar hasta los primeros principios. Pero cuando más alto sube, más universal es y más íntimo a las cosas. Paradoja, ¿no? Cuidado con la imaginación: al decir yo “más alto”, no quiere decir que se separa de la realidad, sino que, al contrario, son principios que por ser altos son universales, y al ser universales, sustentan lo más fundamental de las cosas. Y esos hombres son muy pocos. Mientras todos reciben oscuramente el ser, todos no tienen capacidad para interpretar al ser. Hablando con un lenguaje ya de oficio, todos no tienen capacidad metafísica. Todos somos metafísicos, porque todos necesariamente comprendemos y nos movemos en el ser, todos, quieramos que no. Yo tengo que decir, para poderme mover, “esto es esto”, y si no me alcanzara y si no hay nadie que me lo haya propuesto, lo tengo que inventar. Y ahí está la suerte de la humanidad: que el que nos diga “el ser es tal cosa”, coincida con la realidad; que cuando se equivocó, se extravía toda una cultura, al ser principio primerísimo donde yo después voy a interpretar todas las cosas. Y así que entonces hay uno que alcanza un concepto del ser, que me lo da a mí sin que yo me dé cuenta, que lo bebo en la leche de mi madre, en la manera como mi madre me trata en la cuna; así yo estoy ya viviendo el concepto del ser, es claro. El concepto del ser determina una conducta. Esta madre a la que uno le dice: “Pero mujer, ¿por qué deja a su hijo que duerma hasta las diez de la mañana? ¿No ve que lo está haciendo desgraciado?”; nos contesta: “Pobrecito, pobrecito; ya tendrá tiempo para sufrir, déjelo que ahora es feliz”. ¿No hay todo un concepto, cerrado y firme, materialista ahí? Miren toda la frase. ¿Por qué concepto del ser está movida? Por el de un craso materialismo, así sea el de una persona que vaya a rezar el Padre Nuestro, y comulgue, y se crea inocente.

Esta es la composición más densa, la trabazón más recia de la sociedad, porque ya está ahí, dándoseme a mí como luz o como morbo, un concepto de ser, y después yo me muevo según ese concepto de ser, así yo personal y conscientemente piense que estoy en otra cosa. Ahí son los tremendos conflictos de los cristianos, que ellos tienen una profesión personal de fe cristiana y por dentro están minados por un concepto materialista. Y cuando llega una ocasión, una prueba, como generalmente no tienen espíritu de sacrificio, de cerrar los ojos y decir: “Hago esto? No; tengo fe y entonces cumplo lo que Jesucristo dijo”, para resolver el conflicto acondiciono las palabras de Jesús, las estiro, las enredo, hasta que llegan a conciliarse con mi mentalidad materialista. Y no resuelvo el conflicto. Entonces vienen los subconscientes morbosos; ese conflicto entre el principio personal que yo llevo y el principio atávico que me inculcó la sociedad en que yo vivo.

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