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Leonardo Castellani

Tercera conferencia, dada el 21 de junio de 1969

El Apocalipsis: su carácter — Evolución de su exégesis  — La exégesis moderna — Obras de arte apocalípticas – Exageraciones y evasivas.

Leales sacerdotes, señores y señoras:

Vamos a festejar el día del aniversario de la muerte de Belgrano, el creador de la bandera argentina contemplando el Apocalipsis, del cual fue muy devoto Belgrano, cosa que no se sabe mucho. Después de la creación de la bandera y de la batalla de Salta y la de Tucumán, poco tiempo después, se fue a Londres y allí hizo una edición del libro más importante que se ha escrito en los tiempos modernos acerca del Apocalipsis, que es el libro de Manuel Lacunza, La venida del Mesías en gloria y majestad, la mejor edición que se ha hecho, y la segunda en el tiempo, porque primero hicieron una edición en Cádiz que Belgrano conocía; y en el prólogo que le puso a esta edición suya, dice que era malísima, que era tan defectuosa que valía más que no hubiera salido y… le atribuían cosas del Anticristo a Cristo y cosas de Cristo se la atribuían al Anticristo. Hace un prólogo donde no descubre su nombre, solamente se ve que es argentino—dice “la Capital, la Ciudad de Buenos Aires, de nuestra amada patria”, dice, lo dedica a los americanos y tiene mucho patriotismo americano, como tenían en ese tiempo, que no consideraban a la Argentina tanto como una cosa separada, sino como una parte del Imperio Español y dice por ejemplo que los americanos tienen más talento que los españoles, para que se vea, dice, que aquí hay gente de más talento que los españoles, dice, edita ese libro de Lacunza. Y dice, sobre todo de un diputado de la Junta de Cádiz, esa famosa junta de León que gobernaba España durante la invasión napoleónica, que una vez preguntó de qué clase de animales eran esos americanos y con quiénes se podían clasificarlos; así dice Belgrano en su prólogo que leeremos un día de estos, porque hoy tenemos que hablarles de la obra de Lacunza, que es importantísima.

Belgrano era milenista—también tenemos que ver qué es eso, y San Martín también porque él lo indujo a San Martín por carta, y además Juan Ignacio Gorriti, el que bendijo la bandera argentina en Jujuy y muchísimos sacerdotes argentinos: Bartolomé Muñoz que era Alcalde General del Ejército… muchísimos sacerdotes argentinos. Belgrano mandó el libro de Lacunza que había hecho editar él a expensas propias siendo pobre y siendo una edición cara, de buen papel, en Londres. Y mandó todos los cajones aquí (quedaron cuatro ejemplares que el editor en Londres los vendió después a una suma fabulosa de francos a los que se los pedían de Francia—vendió en no sé cuántos miles de francos, los cuatro ejemplares que le habían quedado) y los mandó aquí, se ve que los repartieron entre iglesias, conventos, colegios, parroquias… por todas partes. ¡Y después los quemaron! Los quemaron casi todos, poco a poco los fueron quemando. ¿Por qué? Por fanatismo, yo no entiendo por qué los quemaron, pero por fanatismo los quemaron. De manera que yo dudo de que en esa exposición de las donaciones de Belgrano a la Biblioteca Nacional aquí, esté un ejemplar de Lacunza. Es rarísima ya, es una curiosidad bibliográfica; en Londres lo venden a 50 guineas el ejemplar. Yo, este… cuando yo ví un catálogo de bibliófilos, una vez hace mucho, pero ahora a lo mejor cuesta mucho más. 50 guineas son una libra esterlina más un chelín, y la libra esterlina está a más de 800 pesos ahora, de manera que figúrese los miles de pesos que quemaron una cantidad de gente fanática sin saber lo que hacía. La obra de Lacunza. En fin, ya hablaremos más de él, Lacunza.

Un oyente me dijo que leyera los textos que voy a explicar, que no presumiera que todos los tienen presentes. Así que traduciré la profecía de Jesucristo, de la cual hablé en la clase anterior, la más autorizada de todas, de San Lucas, donde está más breve—en la clase anterior hablé de la de San Mateo. San Lucas empieza con el aviso contra los pseudoscristos y pseudoprofetas, sólo que lo pone una vez y no dos veces como San Mateo. Probablemente San Mateo indica las dos tandas de pseudocristos y pseudoprofetas que iban a aparecer, los que aparecieron antes de la destrucción de Jerusalén, que consta que aparecieron muchos diciendo que eran el Mesías y precipitaron a los judíos a su perdición, y los que aparecerán antes del Fin del Mundo o en el Fin del Siglo, para hablar exactamente. Después pone lo de guerras y rumores de guerras: el principio de los dolores. Anuncia después una gran persecución que se cumplió ya ante de la caída de Jerusalén, pero no en forma tan extrema como será en el Fin del Siglo. Antes de la caída Jerusalén ya había sido la persecución de Nerón, en Roma. “Seréis entregados por los padres y los hermanos y parientes y amigos y os darán la muerte algunos y seréis odiados de todos a causa de mi nombre; pero un cabello de vuestra cabeza no perecerá; en la paciencia poseeréis vuestras vidas. Cuando veaís a Jerusalén cercada por un ejército, sabed que se aproxima vuestra devastación. Entonces, los que están en Judea que huyan a la montaña, porque habrá aprieto grande y grande ira sobre la tierra de este pueblo y caerá al filo de la espada”. Como se ve, está hablando de los judíos y no de todo el mundo. “Y serán llevados cautivos entre las naciones y Jerusalén será pisada por los extranjeros hasta que se cumplan los tiempos de las naciones”. Es decir, Jesucristo habla aquí principalmente de la caída de Jerusalén. Distingue entre las dos grandes catástrofes, el typo y el antitypo. Y distingue largo intersticio hasta que llegue el tiempo del juicio de las naciones. Sigue San Lucas ya con los últimos tiempos: “Y habrá señales en la luna, en el sol y en las estrellas, y en las tierras, aprietos de las gentes (habla ya de las gentes, es decir de los gentiles, es decir ya no habla de los judíos) por la turbación del ruido del mar y de sus olas”. El mar en la Escritura significa el mundo, sus olas las tempestades del mundo, la tierra firme significa la Religión. “Por la turbación del ruido del mar y sus olas, secándose los hombres por el temor y la expectación que caerá sobre el mundo universo porque se agitarán las virtudes del cielo”. O sea, en el texto, griego: se desintegrarán las fuerzas uránicas. Es curioso, yo no sé si Cristo quiso predecir el tiempo el que van a desintegrar el uranio y lo van a convertir en bombas mortíferas que tienen a los hombres secos de angustia, pero la verdad es que en griego, en el idioma en que fueron escritos los Evangelios, dice “uránicas”, “las fuerzas uránicas”. No dice “las virtudes del cielo”, al cielo lo llamaban “uranio” los griegos. No dice “las virtudes” en el sentido de fuerzas, de manera que algunos traducen al español “las fuerzas cósmicas”. De todas maneras, eso es más o menos lo que está pasando ahora. “Y entonces verán al Hijo del Hombre venir sobre una nube, con grande potestad y majestad, pero cuando todo esto comienza a hacerse, mirad, levantad vuestras cabezas, porque se acerca vuestra liberación”. Sigue después la Parábola de la higuera retoñada que ya conocemos.

Y ahora pasamos al Apocalipsis, la introducción al Apocalipsis o la parte externa, que no suelen ser divertidas las introducciones pero hay que hacerlas. Es la profecía más importante acerca del Fin del Tiempo. Apocalipsis es el último libro de la Escritura, significa “Revelación”: las lenguas nórdicas, inglés, alemán, danés, lo llaman el Libro de la Revelación, traduciendo así la palabra griega que las lenguas latinas, español, italiano y francés han dejado tal cual, “apo-kalipsis”: desde lo escondido o “de lo escondido” o sea, revelación. El libro procede de San Juan Evangelista y desde las primeras palabras el autor anuncia que va a profetizar y llama a su escrito o recitado, “profecía”. Se ve que antes de escribirlo lo recitó muchas veces en su Iglesia, San Juan. Y lo escribió desterrado en la isla de Patmos, donde lo habían mandado a trabajar en las minas, que era un suplicio de los Romanos, casi peor que la muerte, suplicio tremendo; del cual se libró por Providencia, porque lo derribaron a Domiciano y el Emperador siguiente declaró nulos todos los decretos del tirano prófugo: así que San Juan salió gracias a eso. El título completo es: “Revelación de Jesucristo, que se la dio Dios Poderoso a mostrar a los siervos suyos las cosas que se deben cumplir pronto y las significó mandando al ángel suyo a su siervo Juan, el que testimonió el Verbo de Dios, y el testimonio de Jesús el Cristo, cosas que él mismo ha visto”. Inmediatamente añade: “Dichoso el que lee y oye la palabra de esta profecía y guarda lo que en ella esta escrito, pues el tiempo está cerca”. Estas dos cosas, que el libro es profecía y que el tiempo está cerca se repiten unas siete veces en el poema, hacia el final. “Vengo pronto”, dice Cristo dos o tres veces a San Juan.

El carácter de este libro es el siguiente: es una profecía, es difícil, no es incomprensible. La actitud vulgar y grosera de muchos, incluso de sacerdotes, incluso de profesores, es dejar de lado esta profecía, como si fuese incomprensible, y por tanto del todo inútil. Como si Dios iba a dejar a su Iglesia un mensaje que nadie pudiera entender: “estos no serán dichosos” dice San Juan. Así lo hace, por ejemplo el tan repicado Nuevo Catecismo Holandés para Adultos; lo deja a un lado al Apocalipsis, es decir, dice que son cosas calenturientas. Según los ingleses, que son vecinos de los holandeses, no hay ningún holandés que sea adulto. Dicen una cosa bastante peor en un refrán que tienen, pero en fin, viene a significar eso: que los holandeses no son adultos.

En efecto, el libro es oscuro, como lo es toda profecía, y más esta, que versa sobre sucesos lejanísimos cuando se escribió; de nosotros mucho más cercanos, por cierto. Y sucesos descomunales, los más grandes y graves de todos. Estos tres caracteres son ignorados por algunos: que sean comprensibles, de algún modo, por los que lo dejan a un lado; que sea oscuro, por los que se lanzan a interpretarlo en crudo, pronunciado innúmeros disparates—no hay ningún libro en el mundo que haya dado ocasión a tantos disparates como este, como veremos luego en algunos ejemplos de exégesis; y lo más grave de todo, los que niegan así y asá que sea profecía. Hoy día estos abundan, y forman parte de la herejía contemporánea, o del progresismo si quieren llamarlo así, pues la exégesis del rompecabezas ha ido caminando durante 19 siglos hasta llegar al estado actual en que, o bien se acepta que es una predicción acerca de los Últimos tiempos, o bien se niega rotundamente que sea predicción alguna, contra la mismísima letra del texto.

No voy a exponer aquí el vericueto que este camino evolutivo que es la inteligencia del libro, pues sería aburrir a ustedes sin gran provecho: un camino lleno de tanteos, marcha atrás, tropiezos y aviajes, pues sin duda alguna la inteligencia progresó a fuerza de resbaladas y aun tumbos. Voy a tocar solamente las grandes viarazas o mojones del camino, o sea, primero, los Santos Padres Antiguos; segundo, el Medioevo; tercero, la entrada del método histórico; cuarto los Protestantes; quinto, Lacunza; sexto, los exegetas actuales.

Entre los Santos Padres Antiguos y los exegetas actuales hay un gran camino hecho, con un seto de espinas a ambos lados, o sea, de errores. El tiempo ha hecho buenas dos observaciones marginales del gran Bossuet, a saber: que las profecías se aclaran al aproximarse su cumplimiento; segunda, que esta profecía puede tener un significado más profundo que el que le dio él. O sea, el derrumbe del Imperio Romano y las Primeras Persecuciones. En efecto, el ejército de 200 millones de jinetes que los Padres consideraron imposible (decían que era más bien una alegoría o bien un ejército de demonios) es hoy perfectamente posible, de chinos y rusos y de chinos solos. Segundo, los monstruosos caballos de acero y fuego corresponden con notable exactitud a los actuales tanques artillados. Y no se ve cómo un vidente del siglo primero podría describir mejor los tanques actuales, los tanques de guerra, que como los describe San Juan allí, como jinetes de color acero que despiden humo, fuego, azufre y matan por la cabeza y por la cola, dice. Fue el párroco Eyzaguirre, chileno, el primero que enunció esta coincidencia, el primero que vio esto; es un comentador de Lacunza, o mejor dicho, es un traductor al latín del libro de Lacunza, con lo cual buscaba que lo aprobaran en Roma, porque el libro de Lacunza estuvo en el Índice, mucho tiempo, hasta ahora—que ha desaparecido el Índice. Tercero, el desecamiento del río Éufrates, barrera entre el Imperio y la barbarie, para dejar pasar una invasión del Oriente—está en la Sexta Plaga, si no me equivoco, este…en que los ángeles secan el Éufrates para que puedan pasar los Reyes de Oriente, que era como decir en aquel tiempo que el Oriente iba a poder invadir el Occidente, porque allí… eso era inconcebible, para San Irineo o San Hipólito, pues allí velaban las invencibles águilas romanas; y ahora tal invasión es posible y aun inminente, porque cuando se les ocurra a los chinos van a invadir a Rusia. Los dos milagros del Anticristo que parecían pura magia negra son posibles hoy gracias a la negra técnica, o sea hacer bajar fuego del cielo y hacerse oír y ver en todo el mundo, el Anticristo, eso se puede hacer por medio de la bomba nuclear y la televisión satelital. Y así otros varios ejemplos como el Capitalismo sistemado internacional, el Estado Totalitario, la persecución a los enemigos del gobierno sin grieta alguna para emigrar, etc. De manera que esto le da razón a Bossuet cuando dijo que una profecía se va aclarando a medida que se aproxima su cumplimiento.

En los intérpretes antiguos, pongamos hasta el siglo XII: existen todas las tendencias posibles, las que existen hoy, que son cuatro o cinco. El alegorismo, la interpretación espiritual e incluso el historicismo, formulado en el siglo IV por San Agustín en esta forma: todo este tiempo que el libro este abraza, es decir desde la Primera Venida de Cristo hasta el Fin del Siglo que será su Segunda Venida, en La Ciudad de Dios, capítulo XX, idea solamente indicada que después van a desenvolver otros, desde el siglo XIII.

Pero la tendencia general de los Padres Antiguos es escatológica, es decir que lo tienen como predicción del Fin del Siglo: es decir interpretar las visiones de Patmos literalmente y referidas al Fin del Siglo y sobre todo al Anticristo, que es su más vivo interés desde el siglo I. Es increíble la cantidad de libros que escribieron los Santos Padres sobre el Anticristo. Todas las demás tendencias están en forma de semilla solamente, menos el alegorismo que cunde en el Oriente por obra sobre todo de Orígenes de Alejandría, contradicho firmemente por Andrés de Cesarea y San Basilio, orientales también. El alegorismo consiste en interpretar figuradamente o poéticamente las visiones de San Juan, lo cual abunda hoy en día a pesar de que el Papa Pío duodécimo lo… sino lo prohibió, lo desrecomendó, dijo “interpreten literalmente, busquen el sentido literal”. Pero siguen nomás, haciendo alegorías. Alegoría es diverso que símbolo. Símbolo es una cosa concreta que significa otra cosa concreta, como la espada significa la guerra. Está lleno de símbolos el Apocalipsis, pero no es una alegoría. Alegoría es una cosa concreta que significa una cosa abstracta, como una barquilla puede significar una vida humana en Lope de Vega: “Pobre barquilla mía / entre peñascos rota / sin velas desvelada / y entre las olas sola” y prosigue representando su vida con sus peripecias en la descripción de una barquilla. Eso es alegoría. En su libro de exégesis sobre el Génesis, el Hexamerón, San Basilio, llamado el Grande, reacciona burlonamente contra el alegorismo de su tiempo, el cual era cultivado incluso por su hermano San Gregorio Nazianceno, y los compara a los intérpretes de sueños que serían los freudianos de aquellos días.

El principal comentarista antiguo es San Irineo de Lyon a fin del siglo II. Adversus haereses, contra las herejías: el primero que aproxima el Apocalipsis a las profecías de Daniel; San Justino Mártir, antes que él, atribuye el milenismo al Apóstol San Juan; y el mártir Hipólito, después de él, escribió un comentario del Apocalipsis, quizás el primero que ha existido, que se ha perdido, pero tenemos fragmentos en sus otras obras. Casi todos los primeros padres son milenistas. Milenistas significa los que creen que después de la venida de Cristo segunda va a ver un período de paz y prosperidad sobre la tierra por mil años—o por una gran cantidad de años quizá, porque “mil” puede estar puesto por una gran cantidad de años—esos se llaman milenistas. Y contra eso se suscita hoy una escuela curiosísima que no quiere que ni se nombre siquiera al milenismo o milenarismo como le llaman ellos, que dice que la venida de Cristo va a ser simultánea con el Juicio Universal y va a ser todo en un día y se acabó: no hay mil años de prosperidad.

Casi todos los primeros Padres son milenistas. Entre muchos otros, los principales comentadores son San Victorino, obispo y mártir, Lactancio, maestro de San Agustín, el donatista Tyconio en el siglo IV que es importantísimo y al cual siguieron muchos católicos posteriores, como San Beda el Venerable, siglo VII, el cual aplica las siete reglas de interpretación que dejó Tyconio, donatista. El cisma de Donato era una herejía del tiempo de San Agustín, del s. IV. Tyconio redactó con exactitud la regla de la recapitulación que ya había apuntado Tertuliano en el s. III. Siguen después San Jerónimo y San Agustín y se acaba la unanimidad del milenismo entre los Padres, porque San Jerónimo fue anti-milenista encarnizado y San Agustín fue persuadido por San Jerónimo de que dejase esa opinión judaica y que hiciese otra interpretación que no tuviese peligro para los católicos. Entonces San Agustín inventó, o mejor dicho copió de Tyconio una interpretación alegórica del capítulo XX del Apocalipsis, que veremos otro día.

En la Edad Media decae el interés por el Apocalipsis: los doctores se encarnizan con los Evangelios. El Fin del Mundo parecía muy lejano a la gente de la Edad Media, la Iglesia iba ganando pueblo tras pueblo y nación tras nación, “las iglesias están llenas” decía San Agustín. De manera que a ellos les convenía adoctrinar a todos esos nuevos cristianos que venían de todas partes y que a veces eran enteramente bárbaros: enseñar el latín, enseñar los Evangelios. De manera que el Apocalipsis se les pierde de vista y lo que hacen es simplemente repetir lo que dijeron los intérpretes antiguos. Santo Tomás no pone de su parte nada nuevo, sino que repite lo que ya está hecho entre estos antiguos que ya les he nombrado antes. Ni tampoco escribió ningún libro sobre el Apocalipsis, Santo Tomás. Un comentario al Apocalipsis que corre como de Santo Tomás, está entre las obras de Santo Tomás, es una equivocación pues fue de otro Santo Tomás, llamado “el inglés”, discípulo del de Aquino, que escribió bastante después de Santo Tomás un comentario del Apocalipsis que vale muy poco. Todos repiten, excepto el español beato de Liébano, monje benedictino que creía próximo el Fin del Mundo e interpreta todo el Apocalipsis a esa luz.

En este tiempo toman gran auge los comentario espirituales como los del falso Tomás del cual les acabo de hablar que interpreta todo moralmente, alegóricamente, de manera que si hay tres ángeles, son la fe, la esperanza y la caridad; si hay un caballo blanco, es la castidad; si hay una espada, es la guerra. De manera que no sirve: yo leí seis o siete páginas y no pude seguir adelante. San Alberto el Magno, maestro de Santo Tomás, que también fue muy alegorista pero no del todo, tiene cosas en que interpreta literalmente el Apocalipsis, por ejemplo el capítulo de las Siete Iglesias que es el primer septenario que hay en el Apocalipsis, el cual él lo interpreta como si fuesen siete etapas de la historia de la Iglesia; y muchos otros lo interpretan así.

¿Qué dice el Gran Doctor Común Santo Tomás? No comentó el Apocalipsis, comentó a San Mateo en clase. No cayó en la vulgaridad de aplicar el capítulo XXIV solamente a la destrucción de Jerusalén, sino que lo dividió hasta el versículo 23 en el que se trata principalmente de eso y desde el versículo 23, principalmente del Fin del Siglo; de modo que anticipa la teoría moderna del typo y del anti-typo, la cual, entre paréntesis no es ya una teoría sino una certeza. También comentó la Epístola a los Tesalonicenses de San Pablo donde se habla del Anticristo. En todos estos comentarios, no hace, como he dicho, más que vehicular lo que habían dicho los Padres Antiguos.

Aquí en el s. XIII viene una gran viaraza: Joaquín de Floris, el abate Joaquín, seguido de Nicolás de Lira, s. XIV. Es el método histórico, o sea, adjuntar al Apocalipsis la historia profana, considerándolo prácticamente como una historia seguida de la Iglesia, pero simbólica. Por ejemplo, Nicolás de Lira dice que los Siete Sellos es desde Jesucristo hasta Juliano el Apóstata, las Siete Trompetas desde Juliano hasta Mahoma; tercero, las Siete Fialas o Redomas desde Carlomagno a Enrique IV de Germania, etc. Interpreta todo a su tiempo, Inocencio III y las Cruzadas, pero advierte que el final del libro puede ser sucesos aún no cumplidos y por tanto él no lo sabe pues no es profeta; así dice. El pintoresco abad Joaquín de Floris, o de Fiore, o de Fiori, que murió con fama de santo y de profeta, y después de muerto fue condenado por causa más bien de sus discípulos, interpreta en forma todavía más disparatada, excepto que recogió aquella frase clave de San Agustín: que comprendía toda la historia de la Iglesia. Solamente que lo consideran como una crónica seguida, lo cual no es el Apocalipsis, que es un libro profético en estilo apocalíptico, profético, de manera que no es una crónica seguida y estos toman el libro como si fuese una crónica seguida y agarran la historia y se ponen a interpretar todo seguido: esto significa tal cosa, esto tal otra. Y en eso cayó incluso un intérprete moderno que también murió en olor de santidad, el Padre Holzhauser, alemán, que hizo una interpretación así; y llegó un momento en que no pudo seguir adelante porque no podía acomodar la historia de los tiempos modernos al libro del Apocalipsis. Escribió dos libros sobre el Apocalipsis que la Iglesia condenó después de su muerte, pero se probó que habían sido corrompidos por sus discípulos a uno de los cuales, el franciscano Fray Gerardo, el Rey de Francia lo metió en la cárcel hasta la muerte. Nada más que por haber corrompido un libro sagrado. ¡Pobre Frondizi entonces, que se copió un libro de Gilson, si lo llegan a agarrar entonces! El P. Alló califica estas obras de fantasmagoría, sin embargo hay que hacerle justicia, que contienen cosas notables. Por ejemplo, en estos libros hay una descripción de la vida y de las costumbres de ese tiempo, siglo XIV, que es notabilísima, es digna de un gran novelista, hecho por este abad que iba aplicando minuciosamente todas las cosas de la historia al Apocalipsis.

Los protestantes del siglo XVI adhirieron con fervor a la dirección joaquinista, sobre todo desde que un discípulo del abad Joaquín, Pedro Juan Oliva, anunció que el Anticristo era el Papado. Hay pilas de comentadores después que siguen el método histórico, mas los que interesan son los españoles Ribeira, Pereyra, Alcázar, sobre todo el gran Juan de Mariana, jesuitas todos, los cuales combinan lo escatológico con lo histórico dando en la clave, pues eso es lo que hay hacer. Es que el Apocalipsis es una profecía de todo el tiempo de la Iglesia, sobre todo de las persecuciones con referencia continua a la última persecución: el foco es la última persecución; esa es mi definición, pero no mía solamente, coincide con San Agustín. Baltasar de Alcázar es una mezcolanza de alegoría, de historia y de escatología que es difícil aguantarlo al leer, por ejemplo por ahí define al Apocalipsis como una colección de adivinanzas sacras inventadas por Dios para enseñarnos los dogmas. Mucho más rápido es enseñar los dogmas sin adivinanzas, pero él inspiró al protestante Grotius, siglo XVII, y al católico Bossuet que escribió para refutarlo a Grotius, o Grossio como decimos los españoles. Bossuet fue seguido por toda una fila de sucesores católicos como Calmet y Robert de Bercés, no católicos como Renán.

Digamos dos palabras: Bossuet tiene al Apocalipsis por una profecía cumplida en la caída del Imperio Romano. Y tomando la historia Romana empieza a hacer concordar minuciosamente los hechos pasados con los símbolos de San Juan sin arredrarse ante ningún disparate; por ejemplo, el ejército de 200 millones de jinetes viene a reducirse, en la interpretación de Bossuet, a una modestísima y ya olvidada incursión de los jinetes Partios a través del Eúfrates que rechazaron en seguida los ejércitos romanos. Es decir, le queda grande a la caída del Imperio Romano—le queda enormemente grande el libro del Apocalipsis, de manera que al final, Bossuet salvó la ropa diciendo yo no niego que este libro puede tener algún otro significado más arcano, algún significado escondido del cual yo no me ocupo. Así que a Renán le bastó suprimir esta advertencia de Bossuet para hacer su comentario El Anticristo, racionalista y ateo. En efecto, interpreta todo el libro del Apocalipsis como cosas ya cumplidas y además delirantes del Apóstol San Juan que las sabía algunas y otras las conjeturaba y otras simplemente las soñaba. Mas lo que hizo Bossuet fue simplemente poner en limpio el typo de la profecía de San Juan. Sólo que lo puso, igual que Grotius, demasiado en limpio. Buscó demasiados detalles en la profecía, quiere interpretar hasta el último pelo. Bossuet es importante porque es la raíz de una cantidad de bicharracos, aunque los bicharracos no tienen raíces, digamos el nido de una cantidad de bicharracos, que son los que ante dije, niegan el carácter profético del libro, que es lo que hace Bossuet: si es solamente una profecía de lo que iba a pasar en el Imperio Romano, fácilmente un hombre un poco soñador y listo podía prever muchísimos acontecimientos poniéndolos juntos con los que ya habían pasado. Así que, de esa manera, niegan el carácter profético del Apocalipsis. Los cuales son de tres clases: primero, los que niegan que sea profecía, porque niegan que haya profecía, porque niegan que haya milagros, porque niegan que haya Dios. Como ya he nombrado a Renán y todos los exégetas racionalistas y ateos que pulularon el pasado siglo y cuya última cría, o digamos, rama, es el tan mentado Schweitzer, el santón de Lambarené. En puridad, Renán no niega que Dios exista, pero es como si lo negara, porque dice que todo es Dios, como Teilhard de Chardin, o mejor dicho que todo llegará a ser Dios. El capítulo XVII de L’Antechrist titulado “La fortuna de este libro”, dice lo siguiente… El Anticristo es el segundo tomo de una historia crítica de la Iglesia primitiva, de Los orígenes del cristianismo, que tiene cinco tomos, el primero es la ya famosa Vida de Jesús, el segundo es del Anticristo—el único que vale y que hoy se puede leer es el último que es Marco Aurelio, uno de los últimos perseguidores de la Iglesia.

En el final de este libro del Anticristo, al cual el gran novelista Robert Louis Stevenson, ahora me acuerdo, lo calificó de “demente”, dice “Renán es un demente”, en realidad es una novela, novela bastante truculenta. Dice lo siguiente: “Entre las nieblas de un universo embrionario, contemplamos las leyes del progreso de la vida, la conciencia del ser creciendo y ampliándose en sus fines, y la posibilidad de un estado final en que todo será sumergido en un Ser definitivo, Dios, igual que los innumerables brotes y yemas del árbol en el árbol, igual que las miríadas de células del organismo viviente en el viviente. Estado en el que hallará cumplimiento la vida universal; y todos los seres individuos que han sido, vivirán de nuevo en la vida de Dios, verán en Él, gozarán en Él y cantarán en Él un eterno Aleluya”. No quisiera estar cantando el “Aleluya” que a estas horas debe estar cantando Renán. “Cualquiera sea la forma en que concibáis el futuro adviento de lo Absoluto”, no de Cristo, “el Apocalipsis no puede dejar de regocijarnos. Simbólicamente expresa el principio fundamental de que Dios no tanto ‘es’, cuando que ‘llegará a ser’”. Esta gansada impía tiene el nombre de panteísmo evolutivo: “no te preocupes de ellos: mira y pasa”. La exégesis racionalista caracterizada por el ateísmo se divide en seis escuelas, cuyo estudio es inútil para nosotros. La peor de todas es la escuela Babilónica, encabezada por Günkel, 1903, que es una verdadera Babel.

En la moderna escuela católica del P. Manuel Lacunza, autor de una obra monumental titulada La Venida del Mesías en Gloria y Majestad con el pseudónimo de Josafat Ben-Er, escrita en 1763 y editada en Cádiz en 1815 y en Londres, por Belgrano, en 1816. Él murió en 1801, de manera que no vio nunca su libro impreso, pero había venido el manuscrito aquí, a la Argentina, en muchísimas copias, defectuosísimas dice Belgrano, que corrieron muchísimo y dieron lugar a una refutación airada de Vélez Sarsfield Baigorria, el padre de Vélez Sarsfield, el padre del autor del Código. Lacunza se puede llamar argentino aunque nació en Chile, porque estudió en Córdoba y la mejor edición de su obra, quizás la primera no, seguramente es la segunda, aunque casi la primera, porque salieron casi juntas con la edición de Cádiz, la cual es defectuosísima dice Belgrano en su prólogo—más que las copias que llegaron aquí. La hizo en Londres a expensas propias. Lacunza es sin disputa el mejor comentador del Apocalipsis en los tiempos modernos, como atestigua el gran Menéndez y Pelayo, no obstante algunos defectos de su obra; grandes defectos si se quiere, como son los defectos del genio. Llamarlos “defectos” es una atenuación porque algunas opiniones del chileno son simplezas o meros disparates, pero son balanceados por notables intuiciones. Lacunza parece saber toda la Sagrada Escritura de memoria. Lacunza retrocede hasta los primeros siglos, saltando por encima de San Agustín, San Jerónimo e incluso Tyconio donatista, hasta San Irineo de Lyon y desde allí interpreta directamente y literalmente la Escritura aprovechando por supuesto los aportes de todos los intérpretes mejores. Es superior, a mi juicio, a Newman, y por tanto a todos los modernos, el cual, Newman, interpretó solamente los textos relativos al Anticristo, como veremos en otra conferencia.

Las obras de arte apocalípticas son innumerables. Dejando de lado a los plásticos, como Alberto Durero y a los escritores antiguos como Malvenda o Maluenda, cuyo enorme volumen sobre el Anticristo es más una novela teológica que una hermenéutica, mencionaremos sólo a los principales entre los actuales: el poeta español Gabriel García de Tassara, muerto en 1875, Rubén Darío, muerto en 1916, Donoso Cortés y los novelistas Martínez Zuviría, Roberto Hugo Benson, Selma Lagerloef y el ruso Vladimir Solovieff, el francés Eduardo Bouchet, el austríaco Koenel Lerig y un inglés cuyo nombre se me escapa ahora que publicó en la antigua biblioteca de “La Nación”. Debe haber muchos más que yo no conozco, pero estos son los principales. Hablaremos hoy solamente de los dos primeros.

Hugo Wast (Gustavo Martínez Zuviría), después de haber dado a luz un notable ensayo sobre las profecías, El Sexto Sello, publicó una notable apocalíptica en dos volúmenes, o bien, dos novelas: 666 y Juana Tabor en que tomando el material del Apocalipsis, lo sitúa en nuestros tiempos con su exuberante inventiva, talento de narrador y un conocimiento excepcional de la vida religiosa actual. Esa narración copiosísima está aún enteramente viva. En “La Nación” diario, había una crítica acerba de esta novela, creo que era de Alfonso de Laferrere, que es injusta, porque las cualidades de esta obra de arte son muy superiores a sus defectos, los cuales son además disculpables por la amplitud del tema, el cual rumió el novelista durante muchos años. Es obra que honra a la literatura argentina.

Monseñor Roberto Hugo Benson escribió Señor del Mundo, Lord of the World, que creo es la mejor de todas las obras enumeradas, exceptuando a Solovieff que puede ponérsele al lado. Roberto Hugo Benson fue hijo del arzobispo anglicano de Canterbury, Edgardo Benson White, que escribió un comentario del Apocalipsis. Su hijo menor se convirtió al catolicismo, se ordenó sacerdote y se apartó de su padre incluso en el estudio del Apocalipsis que interpretó literalmente y no alegóricamente como su padre. Y fue perseguido en forma acre por su padre y sobre todo por su hermano mayor Edward que era también novelista, inferior al cura. Fue un gran sacudón para los protestantes ingleses que el hijo de su Arzobispo se volviese católico, que se volviese Monseñor del Papa y un gran talento genial. Hasta hoy no se lo han perdonado. Murió muy joven durante la Guerra del ’14. Escribió una docena de novelas, todas buenas, algunas excelentes, pero Señor del Mundo es una obra maestra. A esta obra debo mi iniciación en el pensamiento religioso: la leía a los 16 años en una traducción mala, de Juan Mateos, presbítero, de Barcelona, que continúa siendo reeditada en Barcelona y en Chile y en México. Por lástima al pobre Roberto Hugo y por amor al arte, tomé el texto inglés no hace muchos años, y lo traduje mejor, según creo, Señor del Mundo y no El Amo del Mundo. Cuando estuve en Londres en 1956 busqué por todas partes un ejemplar mejor que el que yo tengo, sin conseguirlo; tengo un ejemplar muy desgraciado. Incluso en la librería de viejo mayor del mundo, la de Wilkes, que son varias manzanas llenas de estanterías con libros usados—hay millones y millones de libros usados—no estaba. La busqué en todos lados—en una librería me dijeron “No lo va encontrar en ninguna parte, no existe más esa obra acá. A lo mejor en una biblioteca católica tengan dos ejemplares y le vendan uno”. El ambiente protestante de la Gran Bretaña se tragó todos los libros de Benson, como está tragando los de Chesterton y Belloc, pero existen traducciones buenas en español o argentino, en francés y en italiano. No se perderá.

Benson toma acertadamente sólo un aspecto del Apocalipsis—quizá el defecto de Hugo Wast estuvo en querer tomarlos todos juntos—y levanta un cuadro impresionante de los últimos tiempos, prolongando las líneas de fuerza de su tiempo, o sea, a principios de este siglo. Juliano Felsenburg, un yanqui, llega a ser Presidente de Europa y Emperador del mundo y es el nuevo salvador del mundo, después de haber atajado con su enorme personalidad la Guerra de los Continentes. La Iglesia perseguida por todos lados, física y moralmente, se mantiene firme en grupos reducidos, como rocas en medio de un mar tempestuoso, en medio de una universal apostasía. El último Papa, Silvestre II, un sacerdote inglés llamado Percy Franklin, antes de ser elegido medio milagrosamente por tres cardenales que quedan—quedan vivos después que el Anticristo ha hecho volar a Roma por medio de bombas (bastante parecidas a las atómicas, Benson parece que olió la bomba atómica)—Percy Franklin, el héroe de la novela, escondido en Tierra Santa, funda una nueva orden, “de Cristo Crucificado”, y hace frente a la destrucción de Nazareth , la cual debe seguir a la destrucción total de Roma. Él está en Nazareth con su pequeña corte, los cardenales y unos cuantos que están distribuidos por el mundo y escondidos, no se dejan conocer como cristianos. Entonces, por la atracción de un cardenal ruso, el Anticristo, o sea Felsenburg, se entera de que existe todavía la Iglesia Católica que él creía que se había acabado, y decide convocar a todas las naciones del mundo para que manden una flota de aéreos para destruir a Nazareth adónde el Papa había hecho llamar a todos los cardenales del mundo que se reunieran, porque había tenido una revelación de que venía el fin de todo. Entonces Felsenburg se dirige a destruir del todo y definitivamente a la Iglesia y Dios interviene sobrenaturalmente en el momento apical y así este mundo pasó y toda la gloria de él. Termina la novela en un final misterioso e impresionante, parecido a la muerte corporal de un hombre, que algunos han estimado oscuro, y a mí me parece magistral, pues no se puede poner demasiado claros sucesos de tanta envergadura que sobrepasan la imaginación del hombre. Toda la novela es de una seriedad y elevación que roza lo sublime.

La última pregunta de este cuestionario, “evasivas y tergiversaciones”, trataré brevemente, para no ser largo. Una clase entera y aun un libro entero podrían consagrarse a las tergiversaciones de este libro sagrado, el que más tergiversado ha sido en el mundo. Tengo aquí cuatro libros de exégesis llamemos “cimarrona” de los que me limitaré a leer los juicios que estampé en las tapas. Son libros editados y vendidos aquí. Hay centenas de libros como estos en lengua inglés y hay muchos en lengua castellana de esa editorial Adventista que está en Florida—ha editado dos docenas de libros más o menos sobre la religión en general, varios sobre el Apocalipsis. Comentarios sobre el Apocalipsis por Carlos Elenir, El Paso, Texas, segunda edición. Algunos están editados en México y enviados aquí a la “Librería Aurora” que está en la calle Corrientes. Discurso sobre el Apocalipsis por G. M. Lear, Librería “Editorial Cristiana”, Adventista, Buenos Aires, 1954; La Segunda Venida de Nuestro Señor Jesucristo, una búsqueda de la verdad, por Jorge Murray , presbiteriano, publicado en México y en Buenos Aires, Librería “Editorial Aurora”, Corrientes 728; El Milenio: lo que es y lo que no es, por Jorge Fletscher, México y Buenos Aires, la misma editorial; Defensores Latinoamericanos de una Gran Esperanza, por Daniel Hammerly Dupuy, edición sudamericana, Florida, Pcia. de Buenos Aires, adventista. Estos libros tienen valor desigual, pero todos son tergiversaciones del Apocalipsis. Aquí está el libro del que les hablé la clase anterior que es una especie de enciclopedia de los Testigos de Jehová, que contiene una interpretación total del Apocalipsis. Yo escribí acá en la “fly leaf”, como dicen los ingleses, es decir, en esta página en blanco: “Es una exégesis demasiado simple de todo el Apocalipsis que tiene algunos aciertos notables, entre mucha simplonería. Da fechas precisas para los sucesos postrimeros: 1914, 1919, 1975 y 2000 en el cual año se acaba el mundo. La Resurrección Primera, pues son milenistas. Contiene además mechada toda la doctrina de los Testigos de Jehová, que es simplona: por ejemplo, todas las cosas excelsas y sublimes que hay en la profecía representan a ¡los mismísimos Testigos de Jehová! Son heterodoxos y judaizantes; basta decir que rechazan la divinidad de Cristo, al cual nombran siempre “Jesús” o “Redentor” y entre dientes “Hijo de Dios”, pero no “Dios”. La posición de ellos no es la de Arrio sino la de Nestorio, Patriarca de Constantinopla, condenado en el concilio de Éfeso con la proclamación de la “Teotokos”, la Madre de Dios. Arrio dijo que Jesucristo era un personaje excelso, una especie de super-ángel, pero creado por Dios—no era Dios; y Nestorio dijo un poco, bastante menos, que fue un hombre, hijo de María, que fue Jesús hasta que se bautizó; que cuando se bautizó Dios lo llenó con su Santo Espíritu y se convirtió en un hijo de Dios en cierto modo, es decir, en un santo más privilegiado que todos los otros santos, y esta es más o menos la posición de estos. El autor del libro parece ser Rutherford, el jefe de los Testigos en 1963. Sabe muchísima Historia Sagrada y escribe bien, estilísticamente bien. La primera edición fue de un millón de ejemplares, no sé si hubo otra. También hicieron una traducción completa de la Biblia que vendieron también en cantidades colosales.”

Este es Comentarios sobre el Apocalipsis de Charles Elenir, bautista, El Paso, Texas. Yo lo único que puse en la tapa fue: “No hay nada aprovechable. Es un pobre gil, muy ignorante, temerario y macaneador.” Después abajo, puse: “Hay algo aprovechable: el número 666 es aplicado al Papa en latín y griego, página 190.” Es decir el número del Anticristo, esto es, 666, poniéndolo en letras latinas y griegas, uno puede formar la frase “Romano Pontifex”, por ejemplo, pero claro, se pueden formar muchísimos otros nombres, incluso se puede formar el nombre “Lutero” como hizo Belarmino. Melanchton, un compañero de Lutero, un amigo de Lutero, por un tiempo amigo, interpretó el número 666 haciéndolo decir “Pontífice de Roma”; entonces el Cardenal Belarmino, por broma, del número 666 sacó sin hacer ninguna trampa “el Sajón”, que era el sobrenombre de Lutero. Y no hay nada más que decir de este libro, es un perfecto bárbaro el autor.

Este es Discurso sobre el Apocalipsis por G. M. J. Lear. El autor es adventista, jefe de una comunidad adventista en Córdoba, predicador: “El autor expone el libro del Apocalipsis del principio al fin, interpretando ya literalmente, ya alegóricamente, conforme al libre examen, cayendo en lugares confusos y también en disparates risibles como el que los 4 Caballos de los Siete Sellos representan ¡a Napoleón Bonaparte! También tiene sentidos justos y razonables tomados de la exégesis tradicional o de la letra del texto. Parece haberlo leído a Lacunza y haberlo saqueado bastante. Por ejemplo, dice que la Redoma o Fiala Tercera representa el envenenamiento de la cultura y la Quinta, las tinieblas y la confusión en la política”—que es lo que digo yo en mi libro sobre el Apocalipsis, lo que me pareció más probable fue eso—“Hay un afán continuo de hacer tiros contra el catolicismo, por supuesto que la Gran Ramera del capítulo XVII es la Iglesia de Roma, conforme a la tradición de las sectas protestantes desde Lutero acá. La nota general del estilo y de la doctrina del autor es la simplonería que a veces roza la imbecilidad. Me dirán que por lo menos es piadoso: ojalá, pero yo rememoro las palabras de San Pablo: ‘Tened cuidado pues en los últimos tiempos vendrán hombres peligrosos que tendrán la apariencia de la piedad pero no el meollo de ella.'”

Jorge Murray, La Segunda Venida de Nuestro Señor Jesucristo, una búsqueda de la verdad: “Refutación bastante seria del milenarismo que él llama “Dispensación”, a saber, del milenarismo carnal, que no distingue muy bien del espiritual, pero él se va al otro extremo, al alegorismo.” El primero que confundió el milenarismo espiritual de los Santos Padres con el milenarismo carnal del hereje judío Kerinthos, que se llama “Quiliasmo” por verdadero nombre, fue San Jerónimo. San Jerónimo hizo una gran macana confundiendo las dos cosas: una cosa que habían defendido los Santos Padres antiguos y otra cosa que había surgido de un heresiarca judío converso—en tiempos de San Juan Evangelista ya había surgido—y estaba haciendo muchísimo daño en el Oriente, de tal manera que lo ofuscó a San Jerónimo, lo ofuscó y no distinguió eso del otro milenarismo de los Santos Padres. Sin embargo, dijo “no me atrevo a condenarlo, porque hay muchísimos santos y mártires antiguos que lo han profesado”. Pero a veces le parece que es lo mismo el de Kerinthos que el de los Padres antiguos. Ya veremos eso. “Este doctor de Boston refuta con eficacia por cierto una secta que se llama “Dispensación” o “Pre-milenio”—este término es confuso—muy propagada en los Estados Unidos, según dice, por una Biblia comentada por un tal Dr. Scoffield. Es simplemente una especie de milenarismo carnal, esta secta de la “Dispensación”, la cual fue refutada en el s. IV por San Agustín y San Jerónimo. Extraña reviviscencia. No interesa la fácil refutación de esa secta, perfectamente extravagante, mas el autor para refutarla se va al otro extremo: a-milenarismo, como él dice, o sea, alegorismo. Ignora que puede existir, y existió de hecho, existe y existirá, un milenismo espiritual, el de los Santos Padres. Al final, por una salvedad de paso, reconoce que el milenismo de los Padres no es lo mismo que esta “Dispensación” judaizante que le da tanto cuidado. Era una distinción capital que debiera haber hecho desde el principio. Pero a semejanza de casi todos los alegoristas, espera hacer caer todo milenismo atacando al milenarismo carnal, que es un herejía, es decir, una falsificación. El libro es docto y es instructivo para ver el estado miserable de la teología protestante en Norteamérica. Error capital de este Murray es interpretar las profecías ignorando que ellas pueden y deben tener dos sentidos subordinados, el typo y el anti-typo. Esto ha sido probado concluyentemente por el Cardenal Billot a principios de siglo. Por ejemplo, Murray rehace, con respecto a San Mateo XXIV el trabajo de Bossuet, al cual parece ignorar, de constatación del typo, pero Bossuet advierte que “mi interpretación no excluye un sentido más arcano” y este no sabe nada de eso, con lo cual el sermón escatológico de Cristo deja de designar el Fin del Siglo, lo que es absurdo y este suceso capital se va a la lejanía, se pierde en las brumas, se envuelve en incertidumbre, con lo cual se pueden escamotear de él sus rasgos, incluso sus esenciales, como el rasgo de la Gran Tribulación, la cual ya se verificó en la ruina de Jerusalén. Se verificó ciertamente como bosquejo de la otra.” Esto lo publicó la editorial Aurora de la calle Corrientes.

El Milenio: lo que es y lo que no es, por Jorge V. Fletscher: “Exacto como el libro de Lear, esta es un refutación de lo que llaman ellos “dispensación”, que es el milenismo carnal resucitado en Estados Unidos por el Dr. Scoffield y sus numerosos secuaces. A saber: mil años de prosperidad después de la Parusía con el dominio mundial de la raza judía y la restauración del Templo y los sacrificios, o sea, la antigua y condenada herejía de Kerinthos. No tiene interés aquí. El autor deja una puerta abierta, es bautista, no tiene la inquina habitual contra la Iglesia y sabe bastante, pero anuncia vendrá un gobierno espléndido del mundo de la raza anglo-sajona, lo cual es en el fondo la misma idea que él refuta”. Refuta la teoría del dominio de la raza judía y predica el dominio de la raza anglo-sajona, que es lo mismo, es hacer una raza elegida como hacen los otros y con menos fundamento que los otros; sustituye a los judíos por los yanquis. “Quien se dedicase a leer con atención la exégesis protestante del Apocalipsis, se volvería loco, o por lo menos tarumba.”

Este es Defensores Latinoamericanos de una Gran Esperanza, se llama el autor Daniel Hammerly Dupuy, y está editado acá por esa editorial protestante de Florida, de la Provincia de Buenos Aires, y es muy interesante el libro. Es un hombre que sabe mucho y que parece argentino o chileno, que ha escrito varios libros sobre temas muy modernos como El mundo futuro, La era atómica, Gestación y nacimiento de un mundo mejor. Este autor argentino o chileno parece haber publicado varios libros escatológicos. Hasta la mitad del libro parece un autor católico porque no tiene la ojeriza protestante común contra Roma y alaba grandemente a sacerdotes y próceres argentinos y españoles, sobre todo a Manuel Belgrano. Por este libro he sabido que Manuel Belgrano, San Martín, Juan Ignacio Gorriti, Bartolomé Muñoz y otros próceres argentinos fueron milenistas, tuvieron la opinión milenista espiritual. Y después también supe que Menéndez y Pelayo fue probablemente milenista, García Tassara, Donoso Cortés y algún otro gran español de ese tiempo fueron milenistas. Cuando yo andaba averiguando por inferencias y ayudado de Ernesto Palacio, quién fue el argentino que hizo en Londres la segunda y mejor edición del libro de Lacunza, éste ya sabía que fue Belgrano directamente por sus Memorias. Por el prólogo se saca que es un argentino y del año 1816—de ahí sacamos con Ernesto Palacio y Julio Irazusta que tenía que ser Manuel Belgrano, pero resulta que ya lo sabía éste y lo sabía el P. Furlong y está en las Memorias de Belgrano. Dupuy dice “la tercera edición”, pero es dudoso. Hay una edición hecha en Cádiz en 1815 en tres tomos y una sin fecha en un tomo de 876 páginas. Que la de Belgrano es la mejor edición, no tiene duda. Al final se declara adventista, publica un notable credo de su iglesia o secta y tres ensayos sobre tres puntos principales de esa doctrina, de ese credo: sobre el deber de celebrar el día del reposo del sábado y lo horrible que es celebrarlo el domingo; segundo, sobre las setenta semanas de Daniel y su ubicación en los 2300 años que ellos dicen es el tiempo de las naciones; y tercero, sobre este mismo tiempo, que terminó en 1944, mientras que según los Testigos de Jehová terminó en 1914. Y ahora dicen los adventistas que terminó en 1948, cuatro años más tarde, no sé por qué. El credo adventista es notable… dice lo siguiente: “Creo en un Dios personal…” (éste dice que lo usan en la iglesia Adventista Argentina)… ‘Creo en un Dios personal, creador del universo cuyos miembros lo llaman `Padre Nuestro que estás en los cielos´ y cuya voluntad acatan como sagrada norma de conducta. Creo en Jesús como Hijo de Dios, en su Encarnación, en la Bienaventurada Virgen María, en la vida inmaculada, en la muerte, resurrección y Ascensión de Aquel a quien aceptan como Salvador, único mediador, amigo supremo, Señor y Rey. En el Espíritu Santo como tercera persona de la Santísima Trinidad, representante de Cristo en la tierra, consolador y guía. En la divina inspiración de las Sagradas Escrituras que constituyen su regla de fe y conducta” (de los adventistas). Y en materia de doctrina, su autoridad final: ‘En la vigencia de la Ley de Dios, los Diez Mandamientos según se grafican en el capítulo XX del Libro del Éxodo y se magnifican en la vida y enseñanzas de Nuestro Señor Jesucristo como expresión suprema del deber hacia Dios y hacia el prójimo. En la santidad y observancia del séptimo día de la semana, el sábado, según la disposición del Decálogo; en la creación del hombre a imagen de Dios, en su caída en el pecado y en la posibilidad de su redención; en la salvación de los hombres por la gracia de Dios que da a su Hijo Unigénito, para que todo aquel que en Él crea, no se pierda mas tenga vida eterna. En la conversión o transformación de la vida por la fe en Cristo, mediante el arrepentimiento del pecado, la aceptación del perdón y la recepción del Espíritu Santo. En la realidad y validez de una religión práctica basada en el amor, que se manifiesta en la vida cotidiana mediante la veracidad de las palabras, la honradez en los trabajos y negocios, el servicio admirable a favor del prójimo, en la lealtad a los principios de la verdad, en el amor y en la justicia. Que las leyes de la naturaleza fueron establecidas por el Creador y que el cristiano debe obedecerlas para conservar la salud y pureza de su cuerpo y por lo tanto debe evitar todo vicio y abstenerse del uso de bebidas alcohólicas, tabaco, infusiones que contiene alcaloide (como el mate) y todo otro narcótico, comida o bebida que perjudique la salud. En un culto espiritual que se dirige a la facultad de la mente y consiste en la lectura y explicación de la Sagrada Escritura. En la mayordomía cristiana que reconoce a Dios como dueño de cuanto existe e inspira al creyente a administrar todas las cosas para la gloria de la Divinidad, para la grandeza de la patria y para el bien del semejante. En la Iglesia guiada por el Espíritu Santo y dirigida por los pastores, ancianos y diáconos, hombres casados, elegidos por la congregación, quienes tienen la misión de dirigir el culto, guiar a los fieles y asistirlos. En los ritos del bautismo, la comunión o cena del Señor, la consagración del matrimonio, la imposición de las manos y el ungimiento de los enfermos, como solemnes ceremonias conmemorativas, o simbólicas de las gracias recibidas por la fe. En el bautismo por inmersión, en el Segundo Advenimiento de Nuestro Señor Jesucristo en gloria y majestad, en el estado inconciente de los muertos y la resurrección de la carne, ocasión en que los piadosos recibirán la vida eterna y los impíos, después de juzgados, serán eliminados para siempre.» Estos no admiten el infierno, sino que dicen que Dios va a aniquilar a todas las almas del mal. Que al fin de los tiempos Dios establecerá en este mundo un reino de justicia, paz y gozo inefables, como morada de los redimidos, que el universo se verá libre para siempre de todo rastro de mal gracias al triunfo sempiterno de Dios. Les llamo la atención sobre estas generalizaciones porque estos introducen en el Apocalipsis sentidos raros, por ejemplo, encontrar allí al Sumo Pontífice.

Mucho más importante que las tergiversaciones, son las evasiones, porque se dan en los autores católicos. La evasión del Apocalipsis consiste simplemente en sustraer su carácter profético, lo cual se puede hacer de tres maneras: primera, ya mencionada, los que niegan haya profecía porque niegan haya milagros porque niegan al Autor de los milagros. Dejémoslos, porque si las profecías son delirio, como dice el apóstata Alfred Loisy, entonces todas estas conferencias son palabras de loco. Entre nosotros salió hace poco un librito de esta laya: El nuevo cristianismo del sacerdote apóstata Miguel Machalino, publicado por la revista “Siete Días” en su nro. 94: niega todos los milagros mayores de Cristo, dejando sólo los que se pueden hacer, según él, por sugestión, que son obra del amor. En consecuencia desaparece la concepción virginal de Cristo y su Resurrección. En consecuencia el nuevo cristianismo que nos predica consiste en la desaparición del cristianismo. La segunda manera es contender que el Apocalipsis es una profecía, pero una profecía ya cumplida. Hemos visto como el gran Bossuet se escapa raspando de esta impiedad, o digamos, error; pero no escapa ni Grotius, ni Baltasar de Alcázar, a quien Grotius o Grossio siguió, ni Renán que estropeó a Bossuet, ni muchísimos otros comentadores actuales. En ese caso el Apocalipsis es un libro que a nosotros no nos sirve absolutamente de nada: ya pasó. Y los grandes doctores del pasado, como San Agustín y Santo Tomás, tendrían que haberlo visto y dejado simplemente de lado. La tercera manera más peligrosa, es decir, que es profecía, pero profecía en sentido amplio. ¿Y qué es profecía en sentido amplio? Es una profecía que no es profecía. Es, por ejemplo, un poema filosófico acerca de las persecuciones de la Iglesia, como define el Apocalipsis el P. Ernesto Alló, dominico, autor del comentario más considerable que existe, un libro muy científico, muy erudito y muy pernicioso, seguido por innumerables exégetas, entre otros, el poeta Claudel, el P. Bonsirven y el P. Martindale. En el Gran Comentario Católico a la Sagrada Escritura, le encargaron el comentario al Apocalipsis al P. Martindale que era un famoso jesuita, pero famoso como ensayista y novelista, no es exégeta; y hace una interpretación enteramente aburrida e inaceptable del Apocalipsis. El resumen de este mamotreto empachado y dañino—es decir, me refiero al libro del P. Alló—es hacer al Apocalipsis una profecía intemporal, profecía sin tiempo, o sea abstracta, o sea una especie de poesía filosófica y extravagante de la persecución en general y en abstacto. Y eso para conservar del libro, dice él, su carácter profético. Hace todo lo contrario: Renán es más lógico al decir que son delirios.

Como en otro lugar hemos de hablar de Alló, mencionemos a su mayor discípulo, el P. Joseph Bonsirven S.J. Bonsirven es un judío converso muy docto en antigüedades judaicas, que publicó en 1951 un comentario al Apocalipsis en la colección católica Verbum Salutis, en París. Cuando leí el libro me quedé helado viendo que tenía aprobación eclesiástica del Rector del Instituto Bíblico de Roma, siendo que es un libro que se debería prohibir, lejos de aprobar. Saquea a Bossuet, entremezcla disparates propios, es incoherente y para colmo es oscuro, interpeta alegóricamente o bien literalmente según se le antoja. Por ejemplo, las tres ranas del capítulo XVI son demonios. En fin, no hay tiempo; leeré mi nota en la tapa y después de leerlo, como verán ustedes, una nota bien desahogada: “Este libro no es una disertación, es una diarrea. El P. Alló, su maestro, tocado de racionalismo, evacúa al Apocalipsis de su carácter profético y lo convierte en una especie de gran poema alegórico sobre la filosofía de la historia, nominalmente sobre las persecuciones de la Iglesia, así en general. Mas este desdichado lo convierte en un centón de enigmas extravagantes sin otro contenido que éste: la Iglesia será perseguida, los fieles serán premiados y los malos serán castigados. ¡Valiente revelación! Y el título del libro es “Revelación de Jesucristo”. Y estos enigmas estrafalarios del libro, para mejor, son incoherentes, son inconsistentes, son contradictorios entre sí. El autor parece atacado de fiebre y su exégesis es un sueño de enfermo. Si este método, o ausencia total de método, aprobado por el rector del Biblicum, fuese lícito, ¿en qué deviene la Sagrada Escritura? Un libro ininteligible, al cual se le puede hacer decir lo que se quiera, un libro in-importante donde no se puede conseguir ninguna certidumbre, un libro de literatura fantasmagórica e incluso amente (“Ezequiel fue un demente” dice Carlos Jaspers); en suma, una lección de fábulas que ni para los niños sirve.”

El Cardenal Newman dijo sensatamente que si la Escritura Sacra tiene cien significados, entonces no tiene ningún significado, que es lo que dice de otro modo el Papa Pío XII en su encíclica Divino Afflante Spiritu donde recomienda se abandone la interpretación alegórica y se busque primero de todo el sentido literal, como dice San Agustín también y Santo Tomás. Baste estos dos ejemplos de los “evasivos”, o sea de los que despojan al libro de la revelación, de lo más importante, o digamos, de lo único que tiene. En el libro, hay una maldición contra estos, al final. Al principio, hay una bendición: “Bienaventurado los que leen las palabras de esta profecía y cumplen lo que de ellas se desprende”. Mas al final San Juan dice: “Ninguno sea osado en añadir ni quitar nada de la profecía de este libro. Si alguno añadiere algo, añadirá Dios sobre él todas las plagas que están aquí escritas. Y si alguien quita de las palabras de libro de esta profecía, Dios le quitará su parte del árbol de la vida y de la ciudad santa que están descritos en este libro”.

Y respecto de estos, no hace falta añadir más nada.

Nada más.


Disertaciones del P. Castellani pronunciadas a lo largo de sucesivos viernes, entre el 6 de junio y el 18 de julio de 1969, en el salón de actos de la Iglesia del Socorro de la Ciudad de Buenos Aires.  Material publicado originalmente en Archivo.

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