secularismo

Juan Carlos Bilyk

Los principales errores sobre la necesidad de la gracia

Noción de secularismo y consecuencia

Parece conveniente comenzar por una definición de secularismo. Acudiremos para ello a diversos Pontífices.

“La peste de nuestra edad, el llamado laicismo […] no maduró en un solo día, sino que desde hace mucho tiempo se incubaba en las vísceras de la sociedad. Se empezó por negar el Imperio de Cristo sobre todas las naciones; se negó a la Iglesia el derecho, derivado del de Cristo, de enseñar a las gentes, esto es, de dar leyes, de regir a los pueblos en orden a la consecución de la felicidad eterna. Poco a poco la religión cristiana fue igualada con las religiones falsas, e indecorosamente rebajadas al nivel de éstas; consecuentemente se la sometió a la potestad civil, fue arrojada al arbitrio de los príncipes y de los magistrados. No pararon aquí las cosas, pues se intentó, además, sustituir la religión de Jesucristo con cierto sentimiento religioso natural. Finalmente hubo estados que decidieron prescindir en todo de Dios; y ese impío desprecio de Dios ha venido ha ser la única religión que esos estados profesa” [1]

 

“El «secularismo» que por su misma naturaleza y definición es un movimiento de ideas y costumbres, defensor de un humanismo que hace total abstracción de Dios, y que se concentra totalmente en el culto del hacer y del producir, a la vez que embriagado por el consumo y el placer, sin preocuparse por el peligro de «perder la propia alma», no puede menos de minar el sentido del pecado. Este último se reducirá a lo sumo a aquello que ofende al hombre. Pero precisamente aquí se impone la amarga experiencia a la que hacía yo referencia en mi primera Encíclica, o sea que el hombre puede construir un mundo sin Dios, pero este mundo acabará por volverse contra el hombre”.[2]

 

“La secularización, que se presenta en las culturas como planteamiento del mundo y de la humanidad sin referencia a la Trascendencia, invade todo aspecto de la vida cotidiana y desarrolla una mentalidad en la que Dios está de hecho ausente, en todo o en parte, de la existencia y de la conciencia humana. Esta secularización no constituye sólo una amenaza externa para los creyentes, sino que se manifiesta ya desde hace tiempo en el seno mismo de la Iglesia. Desnaturaliza desde dentro y en profundidad la fe cristiana y, en consecuencia, el estilo de vida y el comportamiento diario de los creyentes. Ellos viven en el mundo y frecuentemente están marcados, si no condicionados, por la cultura de la imagen que impone modelos e impulsos contradictorios, en la negación práctica de Dios: ya no hay necesidad de Dios, de pensar en Él y de volver a Él. Además, la mentalidad hedonista y consumista predominante favorece, en los fieles como en los pastores, una deriva hacia la superficialidad y un egocentrismo que perjudica la vida eclesial (…) La sensibilidad intelectual y la caridad pastoral del Papa Juan Pablo II le impulsaron a poner de relieve el hecho de que la revolución industrial y los descubrimientos científicos permitieron responder a preguntas que antes se habían satisfecho parcialmente sólo desde la religión. La consecuencia ha sido que el hombre contemporáneo tiene con frecuencia la impresión de no necesitar ya a nadie para comprender, explicar y dominar el universo; se siente el centro de todo, la medida de todo”[3]

Así, en primer lugar, y salvando algunos matices que podrían encontrarse aquí y allá, tomaremos los términos “secularización”, “secularismo” y “laicismo” como sinónimos, pues todos ellos se funden en el término común que los comprende: el humanismo sin trascendencia. La secularización es la consecuencia inevitable de la oposición entre la naturaleza y la gracia, entre la fe y razón, y otras análogas, expresiones dialécticas afirmadas en el pasado por Pelagio, Lutero y tantos otros.

Con el decurso de los siglos, es claro que las consecuencias de semejantes posturas se van sumando, así como las variantes dentro de este error, lo cual desembocó en nuestros días en la postura de pretender construir un mundo perfecto, en el tiempo, por el sólo esfuerzo humano, merced a un progreso incontenible (sobre todo de las ciencias y las técnicas) y, por cierto, con total prescindencia de Dios, al cual se quiere ignorar o de quien se pretende negar su existencia.

Y el mundo que se va construyendo dejando a Dios fuera de él no se parece en nada al paraíso soñado. Es ésta la sociedad del hombre light (es decir, del hombre livianito, suave, ligero) quien, al decir del conocido ensayista y psiquiatra español Enrique Rojas: “es un hombre superficial, con poca profundidad y que tiene cuatro grandes ingredientes: hedonismo, consumismo, permisividad y relativismo, todo hilvanado por el materialismo”. También el Papa Juan Pablo II hace su descripción del hombre actual, con estas palabras:

“Vivimos en una época caracterizada de forma propia por una negación de la Encarnación. Por primera vez desde el nacimiento de Cristo hace dos mil años, es como si Él ya no tuviera cabida en un mundo cada vez más secularizado. No se le niega explícitamente; al contrario, muchos proclaman que admiran a Jesús y que valoran los elementos de su enseñanza. No obstante, permanece distante. No es verdaderamente entendido, amado y obedecido […] La relación individual con Dios se considera puramente personal y privada, así Dios se elimina del proceso que gobierna la actividad social, política y económica. Esto a su vez se traduce en una gran merma del sentido de la capacidad humana […] Cuando se excluye o se niega a Cristo, nuestra visión de los objetivos humanos se tambalea; y a medida que nuestras aspiraciones disminuyen la esperanza cede el paso a la desesperación, la alegría a la depresión. Aparece también una profunda desconfianza a la razón y en la capacidad humana de conseguir la verdad, mientras que el concepto mismo de la verdad se pone en duda […] No se valora ni se ama la vida, de ahí el avance de una determinada cultura de la muerte, que produce los frutos sombríos del aborto y la eutanasia. Tampoco se valoran ni se aman con propiedad la sexualidad y el cuerpo humano; de ahí la degradación del sexo que se traduce en una marea de confusión moral, de infidelidad y la violencia de la pornografía”[4].

Asimismo, y como consecuencia de ese hombre sin raíces ni principios fundados en el Evangelio, ni siquiera en el Orden Natural, se ve la difusión por doquier de una “cultura de la muerte” —según la expresiva denominación de Juan Pablo II—, con la difusión organizada y financiada de políticas internacionales de anticoncepción, aborto, prácticas antinatura, etc. Se observa la esclavitud que resulta de ejercer una libertad sin frenos, la pérdida de la autoridad en todos los niveles, un cientificismo sin límites éticos de ningún tipo (o con tan sólo algunos enunciados falaces), la proliferación del armamentismo, el flagelo de la droga y la pornografía como un comercio lícito a gran escala. Ni siquiera la Iglesia se ve a salvo de esta corriente. Una corriente desacralizante corre por los pasillos de los templos, de las comunidades y de las cátedras católicas: la liturgia impregnada de profanidad, una falsa noción de ecumenismo, una desdibujada catequesis, y una pastoral reducida a mero asistencialismo se van desarrollando como si fueran acciones coherentes con el Evangelio predicado por Jesucristo, que es Mensaje de Salvación y no un menú de actividades para dejar contento y conforme al mundo. El listado no acaba aquí, es largo y preocupante, pero no nos detendremos a analizarlo en este desarrollo, pues corresponderá hacerlo en otro momento.

Nos toca aquí, esto sí, buscar las raíces de tamaño desastre que, además de todo, tiene la presunción de presentarse como la solución universal a todos los males del hombre. No en vano, más de un destacado teólogo ve en todas estas manifestaciones varios signos precursores de la Parusía (parafraseando al padre Leonardo Castellani, después de esta herejía, no se nos ocurre ninguna más). De ahí que describiremos sucintamente el origen histórico del secularismo, el cual se hunde en diversas herejías y errores, sobre todo en los que se oponen a la Gracia y a la Fe.

Así, nos encontramos que existen dos errores principales.

El error de aquellos que exaltan demasiado las energías de la naturaleza y de la libertad humana, hasta el punto de negar toda necesidad de gracia sobrenatural: naturalismo.

El error de los que, por exaltar demasiado la gracia, niegan toda energía eficaz a las facultades humanas, en especial, a la voluntad, poniendo en duda o negando directamente la existencia de la libertad: sobrenaturalismo.

Los errores naturalistas

Gnósticos: la salvación y santificación no es un proceso ético, sino un proceso cósmico-natural. (ejemplo actual: “New Age”, disolución del individuo en un panteísmo cósmico). Se les llama “gnósticos” por la “gnosis” (conocimiento), ya que afirmaban tener conocimientos secretos obtenidos de los apóstoles y no revelados sino a una elite, los iluminados capaces de entender esas cosas. Enseñaban conocimientos secretos de lo divino mientras que la doctrina del cristianismo ortodoxo era asequible a todos, a la gente sencilla y de pocas luces.

Muchos grupos gnósticos se tenían por cristianos, por lo que causaban una enorme confusión. Es por eso que la Iglesia tuvo que confrontar los errores del gnosticismo y diferenciarlos del cristianismo auténtico. Desde sus orígenes, las creencias gnósticas fueron rechazadas por los cristianos por ser una peligrosa falsificación del Evangelio. Entre los numerosos escritores cristianos de los primeros siglos que combatieron el gnosticismo están: San Ireneo, Orígenes, Justino, Hipólito y San Agustín. A ellos les dirigía San Ireneo de Lión estas palabras:

“El Señor de todas las cosas ha dado a sus apóstoles el poder de proclamar el Evangelio. Y es por ellos que nosotros hemos conocido la verdad, es decir, la enseñanza del Hijo de Dios. Es a ellos a quienes el Señor ha dicho: «El que a vosotros escucha, a mí me escucha; el que os rechaza a mí me rechaza y rechaza al que me ha enviado» (Lc 10,16). Porque nosotros no hemos conocido el plan de nuestra salvación por otros sino por aquellos que han hecho llegar el Evangelio hasta nosotros. Primeramente ellos predicaron este Evangelio. Después, por voluntad de Dios, nos lo transmitieron en las Escrituras para que llegue a ser «el pilar y el sostén» de nuestra fe (1Tm 3,15). No se puede decir, como lo pretenden algunos que se jactan de ser los correctores de los apóstoles, que éstos predicaron antes de alcanzar el conocimiento perfecto”[5].

Es de notar la influencia platónica en el gnosticismo, que remarca una y otra vez la diferencia entre el mundo espiritual (y bueno), y el mundo material (malo). Es, por tanto, maniqueo. Pero por su complejidad, la cantidad de sectas gnósticas y la diversidad de sus creencias, es muy difícil de entender o de sintetizar el gnosticismo. En este sentido, la procreación es vista como algo perverso. Atrapa a las almas inmortales en la cámara de tortura que es el universo. Incluso el matrimonio es también perverso porque conduce al sexo.

En cuanto a lo cristológico, las consecuencias son devastadoras. Jesús no es ni Dios ni Hombre, sino un ser espiritual de tantos que se encuentran intermedios entre Dios y el hombre (los eones) que solo aparentó tomar cuerpo (se emparenta, pues, con el docetismo) para vivir entre nosotros y así nos dio conocimientos secretos necesarios para liberarnos de la prisión que es nuestro cuerpo. Por lo tanto, nos salvamos al adquirir conocimiento y no por la obra de redención de Cristo. Se trata de auto-divinización. Jesús estaba asociado al dios bueno. La mayoría creían que Jesús era un auténtico mediador entre nosotros y nuestra verdadera vida, más allá de la materia, en el dios bueno. Niegan su muerte expiatoria (ya que no tenía verdadero cuerpo y porque no hace falta la redención cuando se tienen los conocimiento gnósticos). Rechazan, por tanto, la resurrección.

Los “evangelios” gnósticos más tarde se llamaron “evangelios apócrifos”. Entre ellos: el “protoevangelio de Santiago”, y el “evangelio de primera infancia de Tomás” (que contiene las supuestos milagros de Jesús en su infancia). Estos textos tienen algunos relatos semejantes a los cristianos pero suelen contener fantasías que no concuerdan con la fe cristiana. Tienen poca o ninguna narrativa sobre la vida de Jesús.   No fueron aceptados por la Iglesia como parte de las Sagradas Escrituras. En la actualidad esos escritos gnósticos son objeto de gran interés. Su antigüedad y la pretensión de representar una corriente alternativa al cristianismo ortodoxo ha servido los intereses de novelas como “El Código Da Vinci” que buscan eliminar las doctrinas cristianas. Esta novela, aunque cita fuentes gnósticas, suplanta la fe cristiana con creencias paganas que son muy diferentes a las gnósticas. Esto tiene gran popularidad porque hoy, no menos que en la antigüedad, a muchos les interesa la novedad y no la verdad.

De la misma manera, algunas feministas pretenden justificarse con usando fuentes gnósticas, cuando en realidad el gnosticismo concibe a la mujer como un ser inferior al hombre. Las mujeres, por su propia naturaleza, son formas de vida espiritualmente inferiores porque son ellas las que encuban a los prisioneros. Ellas cooperan con una diosa que atrapa a las almas inmortales para encarcelarlas en cuerpos humanos. El evangelio gnóstico de Tomás, por ejemplo, dice que las mujeres no pueden salvarse si no llegan a ser como hombres.

Pelagianismo: llamado así por originarse en las doctrinas del monje Pelagio, natural de las Islas Británicas, quien comenzó a difundir sus errores en el 405. Murió en el 418 d.C. Esencialmente, el pelagianismo consiste en un ilimitado optimismo ético, en una desmedida confianza en la capacidad activa de la naturaleza humana. A partir de esto, pueden suponerse las consecuencias de esta postura aplicada a la teología católica:

  • El estado de Adán después de la caída no se diferencia esencialmente del estado en que vivió antes de caer en pecado.
  • No existe el pecado original tal como lo entiende la Iglesia Católica.
  • Adán hizo daño a la humanidad sólo por su mal ejemplo y no por la herencia de su pecado.
  • Cristo y su redención sólo aprovecharon a la humanidad por su buen ejemplo.
  • Las fuerzas morales del hombre no se debilitan después del primer pecado.
  • El hombre, equilibrado entre el bien y el mal, puede evitar el mal con sus propias fuerzas, con libertad completamente sana y convertirse de nuevo a Dios después de un pecado. Puede merecer con sus solas fuerzas la vida eterna.

En conclusión, al negar lo sobrenatural o valorarlo como superfluo, el pelagianismo ataca la revelación sobrenatural en su misma médula. Es un puro naturalismo influido por la ética estoica.

Semipelagianos: tuvieron como cabecilla principal a Casiano, monje del siglo V. Se distingue del pelagianismo en que admite la existencia del pecado original transmisible a los descendientes de Adán, mientras que Pelagio niega esta transmisión. Además, admite, lo que no hacía Pelagio, la necesidad de la primera gracia para comenzar a obrar el bien. Pero, en su deseo de acentuar la libre voluntad y la cooperación personal del hombre en el proceso de la salvación, los autores de esta herejía llegaron a sostener:

  • el deseo inicial de salvación brota de las fuerzas naturales del hombre
  • el hombre no necesita apoyo sobrenatural para perseverar hasta el fin en el bien.

Todas estas versiones antiguas del naturalismo, que no abandonaban aún la noción de trascendencia y fin último sobrenatural —aunque sólo alcanzado por la virtud humana—, fueron rechazadas una y otra por el Magisterio de la Iglesia, y durante muchos siglos no hicieron acto de presencia en un mundo que, poco a poco, se iba cristianizando con el anuncio del verdadero Evangelio. Habría que esperar varios siglos hasta que resurgiera, sólo que con su peor cara: la de un movimiento ateo o agnóstico.

Los errores sobrenaturalistas

Cuando la Revelación acentúa la necesidad de la gracia no implica que el hombre esté corrompido hasta en las raíces de su ser, sino solamente que es incapaz de hacer determinadas obras meritorias, de obrar el bien sobrenatural. Pero para los protestantes el pecado original provocó la corrupción total de la naturaleza humana. Téngase en cuenta que la teología católica no habla de una corrupción total sino de una “herida”, de una “naturaleza debilitada”, “torcida”, pero no absoluta y completamente perdida. Para la teología protestante de la Reforma, quien tiene el pecado original es esclavo de la muerte, del demonio y del pecado a punto tal que es un muerto, su voluntad no es libre; todo es irremediable en este pecador; seguirá siendo pecador mientras viva. Pero Dios no le imputa el pecado que le inhiere indeleblemente.

En efecto, la revolución religiosa llamada “Protestantismo” (llevada a cabo por Lutero, Calvino, Zwinglio) afirmaba, en líneas generales, que la naturaleza humana está totalmente corrupta. No sólo está herida o debilitada por el pecado original, sino corrompida. Por lo tanto:

  • Todo es pecado en la naturaleza humana.
  • El hombre es incapaz de hacer el mínimo bien, sólo puede obrar el mal.
  • La gracia no puede restaurar esa naturaleza.
  • Cristo nos justifica cubriendo “con su manto de misericordia” nuestras miserias persistentes.
  • La voluntad ante la gracia es pura pasividad. La libertad no cumple ningún papel.

Deben resaltarse también junto a Lutero, a Miguel Bayo y a Jansen (Jansenio). El primero afirmaba que el hombre no puede hacer nada bueno sin Dios, pero en realidad está más cerca de Pelagio que de los protestantes, porque a la vez dice que el hombre tiene cierta exigencia de la gracia, de tal manera que la gracia se convierte así en un elemento de la misma naturaleza.

Por su parte Jansenio afirma que toda acción del hombre, o bien procede del placer terrenal, que brota de la concupiscencia, o bien del placer celestial, que es operado por la gracia. Ambos ejercen un influjo determinante sobre la voluntad humana, la cual, por su carencia de libertad, sigue siempre el impulso del placer más poderoso. Según predomine uno u otro, la acción del hombre será pecaminosa o moralmente buena.

Pero todo esto fue variando con el transcurso del tiempo. La doctrina del antiguo protestantismo fue abandonada poco a poco en el curso de su evolución teológica. Dentro del protestantismo moderno algunos defienden que la justificación es el sentimiento de unión con Cristo (Schleiermacher). Otros dicen que consiste en el serio empeño de ser un hombre decente y honorable que cumple conscientemente sus deberes. La teología liberal protestante (Strauss, Gunkel, Schweitzer, Harnack, Troeltsch) se inclina por una interpretación del cristianismo como fenómeno de una religiosidad ético-natural y no por una revelación objetiva de Dios en la historia. El cristianismo queda reducido así a una religión natural situada al mismo nivel del resto de las religiones, y que es fruto de una vivencia religiosa, intelectual, experimental o ética realizada en la intimidad de la conciencia humana, coincidiendo con lo ya propuesto por Kant y Scheliermacher. Es decir, encuentra su punto de reunión con los postulados naturalistas. Es la constante histórica del pensamiento cuando está errado o alejado de la Verdad, los extremos se tocan, y no se detienen en el justo medio.

Las consecuencias fundamentales de la postura protestante son las siguientes:

  • La antítesis hombre-Dios: El hecho histórico del pecado ha reducido al hombre a un estado de corrupción radical. La afirmación católica de que el hombre es capaz de un mínimo de bien y de descubrir un mínimo de verdad, cooperando así con Dios no es admisible para el protestante. En la inteligencia protestante ello implicaría atentar contra Dios, contra su divinidad e intentar una divinización del hombre. Ser libre corresponde solo a Dios. La carencia de libertad del hombre afirma la soberanía de Dios. La imagen del hombre como pecado posibilita el acceso al Dios “misericordia” y “gracia”. El pesimismo antropológico extremo revierte en optimismo teológico absoluto.
  • La antítesis gracia-naturaleza: La más mínima concesión a la naturaleza, implica para el protestante aceptar que el hombre no solo colabora sino que directamente es capaz de su propia autorredención, poniendo en peligro la suficiencia y autonomía del obrar de Dios en Cristo. Todo es gracia en la redención. La naturaleza ni se necesita ni se presupone. El hombre y el mundo a quienes la gracia libera e ilumina son solo perdición y tiniebla. De ahí la crítica al axioma católico “la gracia supone a la naturaleza y la perfecciona”, pues ésta, para el protestante, no es aceptable porque admite un condicionamiento mundano o antropológico a la obra de Dios y con ello no permite a Dios ser Dios. Lutero y Calvino aseguraron que el hombre bajo el influjo de la gracia ya no es libre, de tal modo es movido por un impulso enteramente exterior que la gracia viene a ser una fuerza que obliga al hombre a obrar. También los jansenistas enseñaron que la gracia suscita en el alma tal fuerza de atracción, o mejor dicho “celestial satisfacción”, que es imposible resistirla.
  • La antítesis Cristo-Iglesia: Frente al catolicismo que religa al creyente a una Iglesia, institución sacral, con su sistema de mediación sacerdotal y magisterio infalible, los protestantes acentúan la inmediatez del encuentro hombre-Dios y rechazan todo elemento mediador que no sea Cristo. Ni Iglesia como institución, ni María como corredentora, ni santos como intercesores. El actuar salvador de Dios en Cristo no necesita un orden jurídico-eclesiástico como auxiliar. En nombre de la suficiencia de la verdad del Evangelio, el protestante rechaza igualmente el magisterio y la tradición como criterios normativos de la Sagrada Escritura.
  • Libertad solo para Dios: La revolución religiosa del siglo XVI asestó un golpe durísimo al “principio de autoridad”, y con ello allanó el camino a una fe concebida como decisión personal, solamente ligada a Dios en Cristo. Desde este momento se abre la puerta a la aceptación de todo credo como válido, a la indiferencia religiosa, la anarquía doctrinal y el subjetivismo pietista, lo cual lleva insensiblemente a la liberación de los dogmas y a la atomización de la verdad. Prueba de ello ha sido el “estallido sectario” que han sufrido las confesiones reformadas en su historia, con todas sus variantes (sentimentalistas, fundamentalistas, etc.).
  • Otras consecuencias: Solo la Sagrada Escritura es fuente de la Revelación. Es indispensable negar, entonces, que la Iglesia haya guardado memoria viva en su seno, de otras verdades de igual valor que las verdades escritas en la Biblia. La Tradición es eliminada como fuente de la Revelación. Así, el “libre examen” de la Escritura erigió el criterio personal en norma suprema de la verdad cristiana, subordinando ésta a las opiniones particulares. De este modo se niega la autoridad de la Iglesia con su facultad interpretativa única legítima y se elimina la visibilidad de su jerarquía. Se comienza a hablar del sacerdocio común de los fieles en el sentido de un igualitarismo absoluto entre los fieles de tal manera que no hay diferencia entre el sacerdote y el laico. El oscurecimiento de la concepción de Iglesia visible tendrá gravísimas influencias para el desarrollo desmesurado de un poder político sin control moral, culminando en el fenómeno moderno (no medieval por cierto) del absolutismo real y el sometimiento al mismo de las “iglesias nacionales”.

Se da inevitablemente comienzo al proceso de desacralización. Los sacramentos no producen y confieren la gracia. El carácter causal-instrumental es reemplazado por una interpretación simbólica: su función se reduce a ser símbolos de la promesa divina de salvación y medios cuasi-psicológicos para fortalecer la fe fiducial. La justificación por la sola fe (sola fides) deriva en la negación del valor meritorio sobrenatural de las obras humanas. La inutilidad de las obras desliza la posición protestante hacia el subjetivismo moral. Es bueno o malo lo que a uno le parece bueno o malo. Puede no ser bueno para uno lo que lo es para otro; ni ser malo para mí lo que es malo para el prójimo. Por último, la obstrucción de la naturaleza como elemento a considerar en la redención de Cristo, conlleva la negación del orden natural objetivo. Por lo tanto, hay una separación radical entre la fe y la razón, lo que lleva a sostener posturas fideístas que afirman que el hombre solo puede acceder a verdades metafísicas, morales y religiosas únicamente mediante la fe. Así, la fe queda despojada de toda base metafísica y reducida a mero sentimiento.

El pesimismo antropológico protestante trajo como reacción la aparición del racionalismo de los siglos XVII y XVIII, el cual, poseído de una confianza sin límites en la capacidad del entendimiento y de la voluntad del hombre, rechaza la revelación y la gracia. Si bien es cierto, que el movimiento racionalista sostuvo la bondad de la naturaleza humana, la infalibilidad de la razón y el progreso indefinido, postulados no sostenidos, en principio, por los protestantes, no hay duda que el principio de la “libre interpretación de la Biblia” erigió a la propia inteligencia individual en único intérprete legítimo, contra la autoridad de la Iglesia docente. Asimismo, el repudio de la autoridad eclesiástica y la igualación del sacerdote con los fieles, sumado esto al inicio del proceso de desacralización, fueron incorporados por el pensamiento moderno. Especialmente, ha sido la misma noción de Dios, que “liberado de toda atadura metafísica”, se transforma en una divinidad “arbitraria y despótica” y ante la cual la pobre creatura solo puede pasivamente esperar su decreto predestinacionista de salvación o condenación, la que allanó el camino para las posturas deístas de los “ilustrados” que cristalizó en la religión reducida a moral. Un poco más tarde, y como parte de un proceso no carente de cierta lógica, se produce la airada reacción del humanismo ateo que pretende liberar al hombre de la creencia en un Dios, que “si existe, es malo”.

El neo-naturalismo

Y así fue. Tanta insistencia sobre la absoluta necesidad de la fe y la incapacidad total de la naturaleza humana para hacer algo bueno, termino por agotar la paciencia de los filósofos e intelectuales que iban surgiendo por todas partes, y para los cuales la brillante cristiandad medieval no era sino algo perdido en el tiempo. La relación de estos con el cristianismo pasaba por la fe anunciada por Lutero, sus seguidores y las distintas variantes que iban surgiendo de estos, y no es difícil darse cuenta que, de una visión enteramente pesimista de la naturaleza humana, se pasara sin escala a una visión completamente optimista de la misma, porque debía ser ella “la medida de todas las cosas”. No pasaba por los pensadores del nuevo naturalismo surgiente la idea de detenerse a analizar las bondades del sano equilibrio entre Fe y razón siempre propugnado por la Doctrina Católica y el Magisterio. La postura era tan radical como la de aquellos de quienes renegaban. Jacques Maritain sintetiza admirablemente las consecuencias de una Fe sin el hombre con estas palabras: “Laicizar el Evangelio y conservar las aspiraciones humanas del cristianismo suprimiendo a Cristo: ¿no es esto precisamente la esencia de la Revolución? Fue Juan Jacobo (Rousseau) quien consumó esta inaudita operación iniciada por Lutero, de inventar un cristianismo separado de la Iglesia de Cristo, y fue él quien terminó de naturizar el Evangelio. A él le debemos ese cadáver de ideas cristianas, cuya inmensa putrefacción emponzoña hoy al universo”[6]

Ese “cadáver de ideas cristianas” a las que hace referencia Maritain, se encuentran contenidos en los siguientes postulados:

Racionalismo: Esta corriente tiene que necesariamente negar la gracia porque excluye de su visión todo lo que no es accesible a la pura razón. (por ejemplo, las nociones de misterio, lo sagrado, el milagro, etc.). Ejemplo principal del racionalista fue Immanuel Kant. Sintéticamente, la posición kantiana reduce la religión a una función de orden moral; se identifica con la moralidad; lo que traspasa estos límites, no tiene valor ontológico, sino únicamente económico y pedagógico; de ahí que sólo pueda admitirse mientras la educación de la Humanidad no haya alcanzado un mayor grado de perfección. En esta doctrina, se apoyan, parcialmente por lo menos, la moderna ética independiente y laica, y un gran número de opiniones que desdeñan, menosprecian y aun condenan, el elemento intelectual de la Religión, como dogmas y doctrinas; el elemento histórico de la misma, o sea, lo concerniente a su origen por obra de algún fundador, y cuanto se refiere a culto, sacramentos y ceremonias; todo lo cual tienen por algo secundario y accesorio y hasta corruptor de la pureza de la Religión.

Esta actitud de las sola razón como “medida de todas las cosas” es el germen de tantos movimientos ideológicos modernos y contemporáneos que, negando la existencia del pecado original, han pretendido lograr el establecimiento de “paraísos terrestres” sin pecado, mediante la aplicación de “religiones laicas”, que es la posición propia del llamado “Nuevo Orden Mundial”, que hoy asienta sus patas inmanentistas sobre todas las naciones.

Modernismo: es un movimiento surgido hacia el año 1900 en el seno del catolicismo y que con la pretensión de amoldar la teología y la moral cristianas a la ciencia e ideas modernas, cristalizó en un conjunto de herejías. San Pío X condenó el modernismo en el año 1907 y publicó contra él el decreto “Lamentabili” y la encíclica “Pascendi”. Sus representantes más conocidos son Alfredo Loisy, Jorge Tyrrel y Rómulo Murri. Sus puntos medulares son el agnosticismo, la inmanencia vital y la idea de una revelación personal y permanente. A partir de esto, resulta imposible demostrar la existencia de un Dios personal y distinto del mundo (esto en teología natural); la Revelación es un producto natural del subconsciente y la Sagrada Escritura no está divinamente inspirada. La fe y ciencia son, por tanto, independientes (pudiéndose negar por la ciencia lo que se admite por la fe). Cristo también recibe lo suyo según esta postura: su divinidad no se funda en los Evangelios, sino que es producto de la conciencia cristiana; y el valor expiatorio de su muerte se debe únicamente a desarrollos teológicos de San Pablo. La Iglesia, además, no fue instituida por Cristo, ni tampoco el primado de Pedro, sino que ambos son fruto de contingencias históricas puramente humanas, y por lo tanto, modificables. Por último, los sacramentos fueron instituidos no por Cristo sino por los Apóstoles, no son signos eficaces de la gracia sino algo así como estímulos psicológicos que conservan viva la conciencia de la acción benéfica de Dios sobre nosotros.

En conclusión, mientras que para el cristianismo la salvación viene de lo alto y libra al hombre de la fatalidad de la naturaleza herida por el pecado, por el contrario, para el neo-naturalismo, la salvación procede de abajo, y se logra en el tiempo y en el mundo. La salvación se logra entregándose a la vida total de la Naturaleza, la propia vida no es más que una fase de esa vida total de la Naturaleza. Esto niega la dignidad de la persona. El naturalismo interpreta a la persona como una ola en la corriente o un árbol en el bosque (panteísmo). Esto está muy de moda hoy, de la mano del ecologismo y la deificación de la tierra como la “madre de todos” (la “Gaia”).

Ha sido especialmente el germen naturalista el que ha dado pie al espíritu utópico de una sociedad humana perfecta, conseguida a fuerza de mente y músculo humano, con total prescindencia del Orden Sobrenatural, colocada en un futuro indefinido al cual se llegará merced a una evolución y a un progreso inevitable. Monseñor Luigi Giussani, insistente difusor de una crítica al naturalismo pelagiano, la caracteriza así:

“Pensar: «Juntémonos estrechamente, unamos todos nuestros esfuerzos humanos (la fórmula más conocida de tal proyecto es: «proletarios del mundo uníos») y así, con la ayuda de los científicos y de los intelectuales que planteen soluciones e identifiquen los medios adecuados para llevarlas a cabo, lograremos arreglar el mundo», esta es la ilusión que sacudió al hombre en todas las épocas. Y el hombre siempre se derrumbó en ella. Se llama utopía esta forma de ideologización, esta construcción cultural a través de la cual, haciendo uso de todos los medios a su disposición, teóricos y prácticos, el hombre –como sociedad– intenta producir la respuesta a todas sus necesidades, busca, en síntesis, el camino a la felicidad. Se llama utopía y siempre se derrumba: porque no puede estar en condiciones de individualizar, asimilar, unir y realizar la totalidad de los factores en juego en la realidad. Al hombre siempre se le escapa algo”[7].

Conclusión

Para cerrar este trabajo, nos parece conveniente remarcar que esta verdadera “anticultura” reinante —presente no sólo entre la gente común y sencilla sino sobre todo entre quienes tienen la responsabilidad de guiar a las comunidades— se va esparciendo muy fácilmente bajo técnicas muy probadas y eficaces, como la “manipulación del lenguaje” a través de los mass media y, especialmente, por medio de aquella “subversión cultural” tan pregonada por Antonio Gramsci, hoy llevada a cabo por los más grandes poderes políticos y financieros (empresas multinacionales, organizaciones internacionales, etc.), conformando un verdadero monstruo que resulta de la fusión de las grandes ideologías racionalistas, materialistas y ateas que, hasta no hace mucho, se presentaban como enemigas a muerte pero que, de un tiempo a esta parte, conviven y se reparten los despojos que van quedando de un mundo que por momentos se parece a un enfermo terminal el cual, en medio de su agonía, todavía quiere “pasarla bien” a toda costa, sin la más mínima intención de arrepentimiento.

Pero sabemos muy bien que la última palabra de todo este drama humano que viene desde sus mismos orígenes la tiene Dios. El epílogo de la historia del hombre sobre éste mundo no va a estar dado por esta “cultura de la muerte” que se presenta triunfante y hasta glamorosa bajo el título de “progresismo”. Al decir de S.S. Benedicto XVI:

“La muerte no tiene la última palabra, porque al final es la Vida la que triunfa. Nuestra certeza no se basa en simples razonamientos humanos, sino en un dato histórico de fe: Jesucristo, crucificado y sepultado, ha resucitado con su cuerpo glorioso. Jesús ha resucitado para que también nosotros, creyendo en Él, podamos tener la vida eterna. Este anuncio está en el corazón del mensaje evangélico. San Pablo lo afirma con fuerza: «Si Cristo no ha resucitado, nuestra predicación carece de sentido y vuestra fe lo mismo». Y añade: «Si nuestra esperanza en Cristo acaba con esta vida, somos los hombres más desgraciados» (1 Co 15,14.19). Desde la aurora de Pascua una nueva primavera de esperanza llena el mundo; desde aquel día nuestra resurrección ya ha comenzado, porque la Pascua no marca simplemente un momento de la historia, sino el inicio de una condición nueva: Jesús ha resucitado no porque su recuerdo permanezca vivo en el corazón de sus discípulos, sino porque Él mismo vive en nosotros y en Él ya podemos gustar la alegría de la Vida eterna”[8].

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Bibliografía

Acción Católica Española, Colección de Encíclicas y Cartas Pontificias, Poblet, Buenos Aires 1946

Bilyk, Juan Carlos; Evangelización y Cultura. La Iglesia en la historia; ediciones Aquinas, Buenos Aires; 2004.

Concilio Vaticano II, Documentos Completos, B.A.C., Madrid, 1978

Fosbery, Fr. Aníbal Ernesto, La Cultura Católica, Tierra Media, Buenos Aires, 1999

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[1] San Pío X; Acta Apostolicae Sedis; 17

[2] Juan Pablo II, Reconciliatio et Paenitentia, n° 18; 1984

[3] Benedicto XVI; Discurso al Pontificio Consejo de la Cultura; 10/3/2008

[4] Juan Pablo II; Mensaje a la Orden de Predicadores (Dominicos); julio 2001

[5] Contra las herejías, III, 1

[6] Jacques Maritain; Tres reformadores, Epesa, Madrid, 1948

[7] L. Giussani, Reconocer una presencia, Editorial El hilo rojo, agosto de 1993

[8] Mensaje Urbi et orbi, Pascua 2009.

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