anticristo

Leonardo Castellani

Quinta conferencia, dada el 5 de junio de 1969

El Anticristo – Su leyenda – El número 666 – Exégesis – Aplicación a nuestros tiempos: José Pieper, Nehddlin, Selma Lagerloef

La grabación no registra el principio de esta conferencia en que Castellani relata los tramos finales del “Breve Relato del Anticristo”, de Solovieff.

Los acontecimientos que siguen calcan al Apocalipsis. Los cuerpos de los Dos Testigos yacieron tres días y medio en medio de una plaza—los Dos Testigos salen en el Apocalipsis, que van a predicar tres años y medio, antes del Anticristo, y van a ser muertos por el Anticristo, que no sabemos quiénes serán o qué serán, porque la tradición antigua decía que serían Enoch y Elías, que no han muerto todavía y que iban a venir a preparar al mundo para la Gran Tribulación. Otros dicen que no, que eso es demasiado raro, que no puede ser. Aunque (inaudible) dice que eso es de fe, dice que serán dos órdenes religiosas o que serán los dos testamentos, el Antiguo y el Nuevo, pero son dos testigos que el Anticristo mata y que resucitan a los tres días y medio. Yacieron tres días y medio en una plaza y entonces sonó una voz del cielo y resucitaron y se dirigieron al Monte Oliveto donde se habían refugiado todos los cristianos con el Profesor Paulus y allí dieron la mano a Pedro y lo proclamaron Primado de la Iglesia, es decir los tres jefes de todos los cristianos de entonces hicieron la unidad de la Iglesia ante el rostro del Anticristo. Al mismo tiempo un gran terremoto destruyó la tercera parte de la ciudad, terremoto que el mago Apolonio detuvo, cuando ya se estaba deteniendo solo. El Anticristo envió un ejército contra los cristianos a los cuales se había unido una inmensa muchedumbre de judíos que pedían ser bautizados. Y Pedro mandó dejasen las armas y se entregasen al ayuno y la oración; de repente en medio de la noche surgió una inmensa claridad, y en medio de ella apareció una Mujer vestida de sol con la luna a sus pies y en su cabeza una diadema de doce estrellas que empezó a moverse lentamente hacia el sur. El Papa Pedro II gritó: “¡Ella es nuestra bandera! ¡Sigámosla!”. Y todos los cristianos se pusieron en marcha desde el Monte Sinaí hacia Sión y entonces desde distintos lugares acudían muchos grupos jubilosos de cristianos y judíos, pero rodeados de la policía del Anticristo, los cuales resucitados reinarían mil años con Cristo. De manera que Solovieff era milenista. Aquí termina el manuscrito del Eremita, o sea Solovieff no se atrevió a describir la Parusía como tampoco ninguno de los otros que han escrito novelas apocalípticas, y han hecho bien. Sin embargo el Señor Seppa, o sea Solovieff mismo, añade algunos pormenores que dice oyó al mismo Eremita: por ejemplo, el pueblo judío que recibió al Anticristo como Mesías cae en la cuenta de la realidad y se subleva; el emperador pierde los estribos y condena a muerte a todo cristiano o judío desobediente. En el momento en que está por darse una gran batalla sobre el Mar Muerto, se abre allí un enorme cráter volcánico que a pesar de los sortilegios intentados por Apolonio devora con sus llamas al Anticristo y al Pseudoprofeta. Aterrados los judíos corren a Jerusalén desde donde ven que un relámpago corta el cielo de Oriente a Occidente y Cristo en vestiduras regias desciende mostrando en sus manos las llagas de su Pasión.

En tiempos de Solovieff no existían ni el comunismo ni la bomba nuclear, que sin duda tienen que ver con el Anticristo. Del nombre de la Bestia, 666, o el número de la Bestia: en latín y en griego los números se ponen con letras y componer adivinanzas con números que signifiquen una cosa—se llama gematría, los antiguos eran aficionados a eso—del nombre de la Bestia, 666, Solovieff nada dice, adscribiéndose a la opinión de Belarmino, o sea, la opinión más sabia es quienes dicen que no saben. Treinta nombres se han compuesto con esa cifra, en latín, en griego y en hebreo y también en francés, y el mismo Belarmino compuso uno en broma: “O Saxéinos”, el Sajón, sobrenombre de Lutero. También han compuesto de Mahoma, de Napoleón I, de Hitler, ¡qué sé yo!, han compuesto muchísimos nombres para decir que eran el Anticristo. La hipótesis que más me gusta es la de San Irineo, “Lateinos” que significa Romano, por creer estos intérpretes, ya en aquellos primeros siglos, cuando el Imperio Romano estaba boyante, que el Anticristo iba a restaurar el imperio de Augusto, como cree la mayoría de los Santos Padres.

La otra clase les dije que hay un lío muy grande—hay tres aparentes contradicciones o paradojas—en lo que dice el Apocalipsis sobre el Anticristo, acerca de la Bestia del Mar, que se resuelve si uno acepta esta opinión común de los Santos Padres, que va haber una restauración del Imperio Romano, es decir que el Anticristo va a ser la cabeza de un imperio tan bien organizado, tan fuerte, tan implacable como lo fue el Imperio Romano. Que por lo tanto será uno de lo siete y el octavo, y sin embargo será uno de los siete, dice San Juan: los siete grandes. Los siete grandes imperios que se han sucedido en la historia, son siete cabezas de la Bestia del Mar, de la cual la última es el Imperio Romano, de manera que la séptima y después la restauración del Imperio Romano es la octava y sin embargo es la séptima también, dice San Juan. Se resuelven esas antinomias o aporías que hay ahí en el Apocalipsis con esa hipótesis de los Santos Padres. “Cuando aparezca, se sabrá” dice Bossuet. Efectivamente todavía no sabemos qué significa “666” con certeza. Yo he recibido tres o cuatro cartas de gente que me indica qué significa “666” y también que está muy cerca la aparición del Anticristo y qué sé yo—no sabemos. A los que le preguntan a uno cuándo vendrá el Anticristo y si está cerca o lejos, hay que responder lo que responde Franco a los que le preguntan cuándo se va a ir: “Algún día tiene que ser”, responde él; pero el día de Franco no está muy lejos. Cuatro eruditos alemanes han defendido que “666” puesto en letras hebreas da “Nerón César”, diciendo que San Juan quiso decir a los cristianos que el Anticristo era Nerón y que lo puso así cifrado para que no lo pudieran perseguir por eso, castigar—con una pequeña trampita que es suprimir la “e”: “Nerón Q’sar”, dicen. Que esto sea así, aplicado al typo de la profecía, puede admitirse. ¿Pero el anti-typo? No lo sabemos. Lateinos, diría yo.

De la madre del superhombre, dice Solovieff que fue una dama de costumbres disolutas que nunca quiso decir quién fue el padre, lo cual está también en la leyenda aunque con añadiduras y detalles extravagantes y atroces, como se puede leer en la comedia de Alarcón, “El Anticristo”. Alarcón hace que el Anticristo mate a su madre como hizo Nerón, pero que haga una cosa que ni Nerón hizo, que la ultraja antes de matarla. Es la comedia más floja del gran dramaturgo mexicano, es mediocre o infra-mediocre, con muy poca Biblia y mucha vulgaridad, sin teología, sin poesía y sin misterio, reducido el misterio más intocable a un pueril juego de marionetas. Tiene algunas cosas buenas, por supuesto—tenía talento dramático y sobre todo un gran versificador era Alarcón, pero el tema le quedaba grande, tomó un tema demasiado grande. Tiene comedias muy buenas, discretas, pero aquí falló. Y se dieron cuenta los españoles en aquel tiempo, porque le silbaron la comedia en varios teatros. Tiene algunas cosas buenas, por supuesto, como “El gracioso”: un judío llamado Galán que se convierte a la Iglesia, después se convierte al Anticristo, después de nuevo a la Iglesia, y es gracioso de veras, porque cuando disputa el profeta Elías con el Anticristo—disputan acerca de la divinidad de Cristo—cuando el Anticristo dice un argumento fortísimo, que lo aplauden, el judío que tiene el bonete de los judíos que llevaban en ese tiempo, se pone el bonete, se vuelve judío. Y cuando Elías le responde con otro argumento más fuerte, se saca el bonete, se vuelve cristiano, y así anda todo el tiempo. El profeta Elías que anda acompañado por una dama cristiana que se llama Sofía, lucha con un falso Elías, y después tiene una discusión larguísima con el Anticristo, la cual tiene de curioso que los argumentos que el Anticristo da contra la divinidad de Cristo son los que daban los judíos de aquel tiempo, s. XVII, y de todos los tiempos, y son los que dan hoy los racionalistas alemanes contra la divinidad de Cristo, refutados cien veces. Es decir, dicen por ejemplo, “esa profecía de Isaías se aplica a David, esa profecía de Jeremías se aplica a Salomón, esta se aplica al mismo Jeremías”, de manera que oscurecen, turban todas las profecías del Antiguo Testamento para que no puedan aplicarse a Cristo. Cuando llegan a las setenta semanas de Daniel, en que Daniel predijo el tiempo en que iba a aparecer Cristo y el tiempo en que iba a predicar y el tiempo en que iba a ser muerto y la dispersión de los judíos, no hay caso, no pueden arreglarse de ninguna manera, y entonces han puesto en el Talmud un precepto que dice “maldito sea el que se pone a calcular las semanas de Daniel”.

Que habrá de ser un hombre excepcionalísimo en la lujuria, viene en la leyenda de un versículo de Daniel mal traducido, porque San Jerónimo tradujo la profecía de Daniel y tradujo una frase que hay allí en hebreo, la tradujo al latín, “el erin in concupiscentiis feminarum”, “y andará en concupiscencia de mujeres”—de ahí sacaron eso, de la gran liviandad y lascivia del Anticristo. En realidad, lo que dice Daniel—se vio que se había equivocado San Jerónimo—, Daniel dice “y no respetará a ninguno de los dioses, ni siquiera al dios de sus mayores, ni siquiera al dios que es la delicia de las mujeres”—eso es lo que tradujeron “y andará en concupiscencia de mujeres”; pero el dios que era la delicia de las mujeres era Adonis entre los griegos, Tammuz para los sirios; y eso quiere decir que va a ser adverso a todos los dioses, a todas las religiones. Lo más probable es lo que pone Solovieff, un hombre de austeras costumbres, por lo menos en lo exterior, pues habrá de mostrarse parecido a Cristo.

Otras innumerables imaginaciones acerca de su niñez, sus estudios, sus conquistas, su culto y sus prodigios, no vale la pena recordar: por ejemplo, dicen que antes de nacer ya era perseguido por el demonio, que no iba a tener ángel de la guarda, que iba a nacer con todos los dientes, que a los siete años iba él solo por sí mismo, iba a aprender toda la geometría de Euclides, que el demonio le iba a revelar muchísimos tesoros ocultos de manera que iba a ser riquísimo, que iba a ser un hombre más sabio que Salomón, que iba a apabullar a todos los sabios del mundo con su sabiduría, que iba a nacer sacrílegamente de una religiosa apóstata y de un obispo cristiano apóstata.

En cuanto a sus prodigios, hay un notable hallazgo hecho por Newman, el cual dice que probablemente sean prodigios de la técnica científica y no de magia o de prestidigitación. Lo cual también dijo Selma Lagerloef, en su novela “Los milagros del Anticristo”, gran novelista sueca, la cual dice que el Anticristo será el socialismo y sus prodigios, la técnica. San Pablo dice que serán prodigios hechos con el poder de Satanás, lo cual no dejaría muy bien a la actual técnica de ser cierta la opinión de Newman, porque estaría dirigida por Satanás.

Que el Anticristo será un hombre particular y no una colectividad, como pone Solovieff, pone un Anticristo particular—la disputa surgió en tiempos de los protestantes cuando dijeron que el Anticristo no era un hombre sino “el Papado”, es decir, una sucesión de hombres, aunque un antiguo, Armacius, ya había adelantado esa opinión. Pero el que la defendió más acérrimo y a capa y espada fue el P. Lacunza empeñado en hacer a la masonería y al filosofismo, que habían suprimido su orden, la Compañía de Jesús por medio del Papa Clemente XIV, el mismísimo “hombre de pecado”: quería hacer que esa herejía que había en su tiempo, la masonería y el filosofismo, fuesen el Anticristo. Lo siguen hoy en día los Testigos de Jehová que dicen que el Anticristo es, asómbrense ustedes, la Sociedad de las Naciones y la ONU y el imperio dual de la raza anglosajona, Inglaterra y Estados Unidos es la séptima cabeza de la Bestia, o sea el séptimo imperio. Pamplina. Pero esta es graciosa, porque tiene a su propia nación, Estados Unidos, como parte de la Bestia. En realidad, son judíos estos, son… siguen una secta judía más bien que yanqui, son cosmopolitas.

Estas dos opiniones, un hombre o una colectividad se pueden conciliar y se deben conciliar, son las dos cosas, será las dos cosas. Un gran movimiento a cuya cabeza estará un hombre. Es una ley de la historia, que en todo movimiento se da un jefe, y ese jefe hace triunfar al movimiento, como Mussolini con el nacionalismo italiano. Y así también lo pinta Solovieff: la apostasía comenzada suscita al hombre de la corona; y es el sentir de los Santos Padres y de San Pablo, que el Anticristo no precederá la Apostasía comenzante sino que presidirá la Apostasía consumada.

Nada dice tampoco Solovieff del Obstáculo, viejo enigma tan disputado. San Pablo dice a los discípulos de Tesalónica, en la Segunda Epístola a los Tesalonicenses para desengañarlos que aún no era el Fin del Siglo, “¿no véis que todavía no ha desaparecido el Obstáculo?” y pone esa palabra griega en neutro y después en masculino, “Katéjon” y “Katejoon”: lo que obstaculiza y el que obstaculiza. “¿No os acordáis cuando estuve entre vosotros…”, prosigue el Apóstol, “…os lo dije?”. A ellos se los dijo pero a nosotros no, se queja San Agustín. Pero el mismo Agustín y el grueso de los Santo Padres conjeturaron que “lo que obsta” era el Imperio Romano y “el que obsta” era el Emperador y que mientras ese Obstáculo no fuera removido, no podía manifestarse el Anticristo. Pero el Imperio, ¿no estaba persiguiendo cruelmente a los cristianos? Sí, pero con su disciplina, su ejército y su sólido cuerpo jurídico, mantenía el orden civil. Y así San Juan no ve a Nerón como el Anticristo, sino como una figura o tipo del Anticristo. Mas cuando cayó el Imperio Romano en Occidente en el año 475 y el último emperador, Rómulo Augústulo fue decapitado por el bárbaro Genserico, no apareció el Anticristo: los doctores quedaron desconcertados, pero pronto se reincorporaron diciendo que el Imperio Romano en su esencia no había desaparecido, pues se continuaba el Orden Romano sostenido por la Iglesia, el ejército y los reyes cristianos. Ni siquiera formalmente desapareció el Imperio Romano porque duró hasta Napoleón el Sacro Romano Germánico Imperio que se llamaba; había un Emperador siempre, aunque se nominal como el último, que fue Maximiliano—no Francisco, que Napoleón le quitó el título y fundó la Confederación del Rhin, pero nominalmente hubo un Imperio Romano siempre hasta el s. XIX. Santo Tomás en el s. XIII dice tranquilamente que el Imperio Romano “no ha perecido”, y así lo creo yo también. El Orden Romano consiste en cuatro columnas: la Familia, la Propiedad, el Ejército y la Religión—que hoy día están atacadas violentamente, pero no están derribadas aún. Es decir, la Romanidad se mantuvo, esa civilización que crearon los Griegos y los Romanos y que era el vehículo destinado por la Providencia para el cristianismo, se mantuvo gracias a que la Iglesia y el ejército romano no la dejaron caer. Vino una tremenda descomposición política—los bárbaros invadieron por todas partes el Imperio, al Emperador lo obedecían cada vez menos hasta que llegó a Rómulo Augústulo que ya nadie le obedeció y el bárbaro Genserico le cortó la cabeza—de manera que políticamente se hundió el Imperio, pero apareció la Cristiandad, una cantidad de reyes convertidos al cristianismo que reconocían al Papa como cabeza de toda Europa, prácticamente. No lo obedecían siempre, pero lo reconocían de derecho, jefe de la Cristiandad; de manera que permaneció la Cristiandad, que es un nombre de la Romanidad, hasta nuestros días. Ahora, ustedes saben cómo se ataca la familia, cómo se ha corrompido el ejército (en Rusia, por ejemplo, que es una calamidad el ejército), la propiedad la ataca el comunismo y la Religión la atacan por todas partes.

Después de la visión de la Caída de Babilonia, muda bruscamente el plano de la profecía, el cual se hace meta-histórico de infra-histórico que era; es decir: viene la batalla del Armaggedón, con la derrota del Anticristo y del Diablo, a cargo de Jesucristo. Después el Milenio y después el Juicio Final, que son los temas de la clase próxima. O sea, los sucesos hasta ahora predichos pertenecen al orden de la historia humana—lo sobrenatural actúa, por supuesto, pero desde atrás, y ahora se rasga un velamen e irrumpe lo sobrenatural directamente: la batalla de Armaggedón, los Ejércitos Celestiales y el pisoteo del lagar lleno de uvas agrestes que destilan sangre, son figuras; significa la victoria definitiva de Cristo, hágase ella como sea, no sabemos. Es un evidente símbolo, la batalla de Armaggedón que está al final del Apocalipsis. También puede ser figura del Reino Milenario, no lo sabemos. Los milenistas lo interpretan literal, los alegoristas, lo interpretan alegóricamente como veremos en la clase próxima.

Así que el consuelo y la alegría del fiel—que este libro atroz solamente en la apariencia, no solamente anuncia sino que manda—es de orden sobrenatural, pues está basado en la Esperanza, que es virtud sobrenatural.

Con respecto a la infra-historia, o sea la historia común, natural, de la humanidad, nuestra historia—el cristiano debe ser pesimista, porque sabe que va a terminar con una tremenda agonía; pero con respecto a toda la historia, debe saber que va a acabar bien, o sea que gran agonía va a ser un parto en realidad, no va a ser una muerte. Pero por una intervención divina directa, por la intervención directa de Cristo. Y otra cosa paradojal le está mandada: tiene que esperar los bienes eternos y al mismo tiempo no debe despreciar la Creación y los bienes temporales sino apoyarlos hasta el último momento, porque como decía al principio, todo lo que está sobre el Universo es bueno en el fondo; y no como los maniqueos que los tienen por radicalmente malos; son en el fondo buenos y su señor y dueño es Cristo y no el demonio, que es actualmente un usurpador, que “va muerto”, como dicen los porteños. Todas las creaturas están actualmente oprimidas y doblegadas en su naturaleza, pero sin ser destruidas en su naturaleza, esperando con gemidos su transfiguración en Cristo, dice San Pablo en la epístola que se leyó el domingo ante-pasado.

Y acá está la razón última de todos estos errores: el demonio no va a abandonar sus dominios sin lucha. El Apocalipsis lo pinta arrojado del cielo a la tierra y con duplicada furia por saber qué poco tiempo le queda. El Dragón es el Príncipe de este mundo, palabra de Cristo, el cual no le respondió “Mientes, no puedes hacer eso”, cuando en el Monte le ofreció todos los reinos de la tierra si lo adoraba. Tiene un poder enorme en el mundo, el demonio, no hay que disimular eso, no hay que engañarse porque probablemente era el Ángel o el Arcángel que estaba prepuesto al gobierno de la tierra y de todas las cosas vecinas. Al pecar, no perdió ese poder, ese dominio, porque los dominios de los ángeles están calcados en su propia naturaleza, tienen una relación íntima con la cosa a la cual están prepuestos; no podrían obrar sobre la materia sensible, porque son espíritus, sino que es una relación especial hecha por Dios cuando los creó, a una u otra cosa. Por lo tanto, al pecar no perdió ese poder porque no perdemos nuestras facultades, nuestra inteligencia, nuestra vida al pecar, sino que simplemente nos desviamos: a la larga puede ser que la perdamos a fuerza de pecados, pero de suyo un pecado no le quita al hombre los dones naturales que tiene, y así el demonio no perdió sus dones naturales, sino que quedó con ese poder tan asombroso que Cristo lo llama “Príncipe de este mundo”. Y cuando lo tentó diciéndole que le iba a dar todo el mundo si lo adoraba, Cristo no le dijo “eso es macana, no puedes hacer eso” sino que le dijo “hay que adorar a Dios solamente”, no le recusó esa afirmación del demonio. Y San Pablo lo llama más explícitamente aun, “el dios de este mundo”.

Así también en el curso de la historia, lo mismo que en las dos primeras tentaciones, el demonio ha trabajado con disimulo y su gran táctica ha sido hacer creer que no existe, o que puede poco, pero en los últimos tiempos va a jugar el todo por el todo y su última carta será ese hombre misterioso, el enteramente perverso y entregado al Gran Perverso, que llamamos el Anticristo.

Cristo en su recitado escatológico nombró la “devastación abominable” o “abominación devastadora” como dijo Daniel profeta, el cual en la predicción que hace del Anticristo, tomando como typo y precursor al tirano Antíoco Epifanes. Tres veces usa esta frase Daniel, “la devastación abominable”: una vez, cuando Antíoco destruyó la religión de los judíos, les hizo muchísimos males, suprimió el sacrificio y profanó el Templo; la segunda vez, cuando en Jerusalén los romanos profanaron otra vez el Templo entrando con su águilas que eran ídolos al territorio de los judíos, que lo tenían prohibido, los judíos habían puesto como condición al someterse a los romanos, que no iban a entrar ídolos allí, en su territorio; y la tercera, es el Anticristo, predicho también por Daniel y ahí también dice que la abominación de la desolación va a reinar en el Templo. Y Cristo aludió a eso: dice “cuando veáis la desolación abominable, o la abominación de la desolación, donde no debe estar, entonces es el fin”. Esa palabra hebrea asumió también San Juan, de modo que la palabra de Cristo enlaza y eslabona la lejanísima profecía de Daniel con la suya propia y con la futura de Juan Apocaleta. Así que no es exacto decir que Cristo no aludió nunca al Anticristo.

El Anticristo representa la condensación de la maldad en un hombre. Las religiones antiguas tenían también esa idea, por lo menos la Hindú y la Persa, y si la maldad tiene que ir creciendo hasta el Fin, como dicen Daniel, Cristo y San Juan, hasta llegar a la Gran Apostasía y el crimen de la adoración del hombre, tiene que ser así, es la ley de la historia, como está dicho antes. “El Anticristo ya ha cesado de atemorizarnos”, dice Renán, pero cuando apareció Hitler los franceses y los Aliados en general, decían que era el Anticristo. A nosotros ya cesó de atemorizarnos porque sabemos de seguro que “va muerto” como dicen los porteños, pero antes de morir va a dar grandes estornudos, pues aún no nació y ya estornudó, desde el siglo primero.

Nosotros decimos tranquilamente “Ven, Señor Jesús” mientras hoy día muchos profetas del Anticristo, como Kant, Nietzsche, Wells, Proudhon, Lautreamont dicen claramente, “Ven, Señor Anti-Jesús”. Pero hay profetas del Anticristo hoy día, que ya prenuncian la venida del Anticristo y hacen el programa del Anticristo, de modo que cuando venga no va a tener más que recoger los programas que le han ido haciendo ya; por ejemplo, Wells, que tiene un programa de cómo hay que gobernar al mundo por medio del socialismo, que es un programa tremendo del Anticristo. Nietzsche con su Superhombre, el Superhombre que está tan por encima de los hombres como el hombre está por encima del mundo—y que será comparado con el hombre actual, porque el hombre actual es comparado con él—es un retrato del Anticristo el que hace en sus obras; y así los otros.

Quiero terminar, si me permiten, ya hoy no he sido demasiado largo, con la mención del Anticristo que hace San Pío X en su encíclica “Ex supremi” , una encíclica poco conocida del Papa, muy importante—en las cuatro colecciones de encíclicas papales que tengo, no está en ninguna de ellas—se fijan en la condenación del modernismo, en el Syllabus y la condenación de liberalismo, la comunión frecuente de los niños, pero han dejado a un lado a esa encíclica que no se puede encontrar, que es difícil de encontrar. Esa encíclica versa sobre el gran movimiento apostático que hay en el mundo, en su tiempo, antes de la Primera Gran Guerra, sobre todo en Alemania, en Inglaterra y sobre todo en Francia, la encíclica está dirigida a comentar los sucesos en Francia donde parecían haber llegado a una apostasía nacional: la persecución de condes que habían echado del país, habían cerrado todas las escuelas católicas, perseguían a todos los católicos, sobre todo en la milicia, en el ejército, porque tenían las famosas fichas que se descubrieron después, fichas secretas en las cuales se asentaba si uno era católico—lo fichaban para que no ascendiera: incluso si uno tenía una mujer que iba a misa, aunque él no fuera a misa, lo fichaban para que no ascendiera, de tal manera que cuando vino la Segunda Guerra se encontraron con una cantidad ineptos al frente del ejército y tuvieron que ir a desenterrar a Foch, a Joffré, a todos los que defendieron a Francia en la Primera Guerra, porque los habían arrinconado a todos, los habían hecho retirar. De manera que parecía que Francia estaba perdida. Los españoles llamaban a Francia “la apóstata”. Entonces Pío X dice, en la mitad de su encíclica más o menos, dice lo siguiente: “Aquel que esto pondere”, es decir todos los acontecimientos y sucesos en Francia—también en Alemania Bismark perseguía a la Iglesia con el nombre de “Kulturkampf”, la lucha por la cultura—“Aquel que esto pondere realmente, es necesario tenga temor si de los males que en aquel último tiempo hemos de aguardar, esta perversidad de los ánimos no sea una libación y como un exhorto y que de aquel Hijo de la Perdición de la que habló el Apóstol San Pablo no ande ya por la tierra, con tan gran audacia, con tal furor se ataca la Religión y se impugnan la Escrituras de la fe y se contiende quitar los deberes de los hombres para con Dios, y después de destrozados, borrarlos. Y por otro lado, lo que según San Pablo es propio carácter del Anticristo: el hombre con temeridad suma invade el lugar de Dios, levantándose sobre todo lo que se llama Dios — “son las palabra de San Pablo sobre el Anticristo, “hasta tal punto que aunque no pueda borrar del todo en sí toda noción de Dios, borrado empero de sus dominios, se dedica asimismo a este mundo visible como un templo donde ha de ser adorado: “se sienta en el templo de Dios mostrándose como si fuese Dios.’”

Nada más.

Disertaciones del P. Castellani pronunciadas a lo largo de sucesivos viernes, entre el 6 de junio y el 18 de julio de 1969, en el salón de actos de la Iglesia del Socorro de la Ciudad de Buenos Aires.  Material publicado originalmente en Archivo.

Anuncios