los-tres-tiempos-de-occidente

Mario Petit de Murat

Hemos hecho un estudio estético y comparativo de las culturas, de los movimientos históricos. Encontramos bien delineados tres focos culturales enormes, nítidamente discernibles unos de otros.

Vamos a ir ahora a una cosa extraña, no estudiada, y a la cual le podríamos llamar la fundación de un movimiento histórico. Se trata de buscar no ya el origen de los mismos, sino cómo arraigan en el tiempo y en la historia, de qué manera. Para eso tenemos que hacer un estudio del hombre, conocer a este ser difícil y poner mucha atención en un punto que es nudo de nuestra psicología, de nuestra realidad.

La racionalidad es un modo de conocer propio, privativo absolutamente del hombre, que lo justifica dentro del universo, dándole su razón de ser. Tiene primacía sobre todo el complejo psíquico, porque es la perfección específica confiada a nosotros y la que determina que la realidad entre en nosotros por los sentidos.

El concepto común de un hombre es la dualidad de naturaleza; concepto muy vago, confuso, vulgar, de que hay un alma encerrada dentro de un cuerpo. Sería el único absurdo de la naturaleza, esa falta de unidad. Este error gravísimo fundamenta una vida dual y este concepto falso de felicidad: de que hay dos felicidades, una de la tierra y otra del cielo en mutuo antagonismo, y que si yo quiero la felicidad de la tierra tengo que renunciar a la del cielo y viceversa. Todo esto es muy grosero, todo esto es falta de conocimiento y de ciencia. Lo introdujo en el campo de la ciencia Descartes, se ha estabilizado en la mente vulgar, y así vivimos conflictuados. Dios habría creado una criatura conflictuada entre dos principios antinómicos. Es un absurdo, tenemos una unidad sustancial y la unidad sustancial se revela por esta exigencia radical de nuestra naturaleza, de apoderarse de la realidad a través de los sentidos y nada más.

De allí que toma gran importancia lo que afirmaron exageradamente los empiristas: la intuición. Es decir que la simple aprehensión toma importancia fundamental, tanto que un hombre sin intuición de la realidad concreta no debía de hablar. Y esto que digo en el campo de las ciencias, lo digo de la vida común: es terrible el hombre que no tiene intuición, porque violenta la realidad. Parte de concepciones apriorísticas, no recibidas de la realidad ni debidas a ellas, sino formadas por sugerencias ya de estudios, ya de lecturas, de esto o de aquello. Es un absurdo que sólo los libros nos puedan dar ciencia. El verdadero libro nos inicia en la ciencia adquirida por los sabios de todo el mundo, no de una época; pero nuestra inserción en la tierra es metafísica, es trascendencia, no accidental, ni depende de nuestro arbitrio. Yo tengo que hacer mía la densidad del árbol y la densidad entitativa de la piedra. Lo que hace el niño deslumbrado, que va adquiriendo las cosas y llenándose como una esponja insaciable con las criaturas de Dios. Entonces después, puedo pronunciar mi palabra; antes tengo que recibir realidad.

Esto tiene una gran profundidad. El hombre es la inteligencia del mundo sensible, al que completa, corona, remata. Hay entonces una integridad entre hombre y tierra, tan recia que es trascendental; es decir, hay un depender esencial, que está en el orden de mi naturaleza. Lo que yo toco primero es la esencia de las cosas corpóreas y después por analogía me elevo a las esencias espirituales; lo primero que yo toco es esta piedra y aquella flor, ahí está la puerta mía hacia la realidad y subo la escala de los seres desde abajo hacia arriba. Son las dos vías del conocimiento: la de la abstracción, por lo cual yo me apodero de la esencia de las cosas inferiores a mí, que se completa con la vía de la analogía. Son los dos modos necesarios de conocer la racionalidad, y no los puedo negar a ninguno de los dos. No tenemos otros caminos. No podemos explicarlo todo, pues son evidentemente verdades difíciles, tanto la abstracción como la analogía, debo hacer necesariamente un resumen. Hablar de conclusiones, no llevando vía inductiva sino de maestro, es hablar de conclusiones ya muy hechas.

Todo ser termina y se perfecciona en la inteligencia, porque es allí donde el ser encuentra al ser. Entramos en las mansiones simplicísimas y majestuosas de la Metafísica, donde las palabras se afinan muchísimo. No saben ustedes hasta qué punto la tierra es muda y opaca sin nosotros, no saben hasta qué punto constantemente la estamos iluminando, a pesar de las tinieblas en que estamos. Nosotros somos los que le damos sentido porque somos la inteligencia de la tierra. En una palabra, no conocemos nuestra responsabilidad tremenda de dar la última forma a la tierra, de nombrarla.

¿Por qué estamos tan reciamente enlazados con el ser corpóreo? Por la sencilla razón que de esa manera se construye el universo:

DIOS

ÁNGELES

HOMBRE

TIERRA

Adrede no pongo “naturaleza” sino “tierra”, para referirme a la densidad primera, para que retornemos a morder la cosa densa, concreta, entitativa, que es esa naturaleza corpórea. La tierra, toda ella, está hecha en una vehemente vocación del hombre, que lo lleva a San Pablo a decir aquellas palabras magníficas de que hasta las criaturas irracionales están como con dolores de parto aguardando el advenimiento de los hijos de Dios.

Nos trasladamos: esto que es verdad en el hombre, es verdad en las culturas. Si vamos a un examen profundo de todas las culturas antiguas, advertimos que su fundamentación está ante todo en un punto inicial de conjunción y desposorio del hombre con la tierra; todas sin excepción. Esas grandes culturas que hemos visto comienzan siempre por un primer período que podríamos llamar barbarie, de inserción del hombre en la tierra. Acá está el sentido profundísimo del trabajo manual. Nuestra desdicha de hombres económicos es considerar al trabajo manual como una maldición; es la peor zancadilla que nos pudo hacer Satanás, porque nos ha dejado sin ser, sin realidad, rompiéndonos por la mitad.

La inserción en la tierra, ese es el paso fundacional y este misterio se extiende incluso en la Iglesia. ¿Cuál es la entidad raíz, la entidad fundacional de una Iglesia, la que la asienta definitivamente en un lugar del mundo? El monacato, que injerta a Dios, que lo encarna a Dios en esta tierra aquí y ahora. ¿Y cual es la desgracia de América? Que toda aquella corriente misional espléndida de los españoles, que venía de una Europa en decadencia, no terminó en vida monástica sino en parroquias. Ahí se frustró, y de ahí que todavía no seamos católicos, que tengamos una insinuación abortiva del catolicismo. En América no hemos visto un católico aún, un hombre que prefiera la eternidad a lo temporal; tenemos un catolicismo disminuido. Y en cambio el último y más compendiado y compendioso de los romanos, San Benito de Nursia, ese gran señor, fundó a toda Europa, porque toda Europa es una fundación benedictina.

¿Cuál es el origen de las escuelas, el origen de las universidades, el origen de todo el movimiento arquitectónico? Tienen que ir necesariamente a él, meter la cabeza en el monacato de San Benito, el hombre romano del justo equilibrio entre la contemplación y la acción; ese hombre magnífico que es fruto de Cristo y fruto de Roma.

Si nosotros miramos esta raíz fundacional de los verdaderos movimientos históricos que conocemos consumados y cumplidos, descubriremos tres grandes momentos en la historia humana.

Toda la historia antigua es un justo equilibrio de racionalidad y tierra. El hombre está de pie sobre la tierra; mira, entiende y se inclina hacia las criaturas corpóreas, y de allí esas obras que son un ajustado desposorio de lo sensible con lo racional. Todo el arte de esta época tiene una característica muy intelectual: todo él es pulido; todo el arte egipcio, todo el arte asirio. El pulido es una complacencia intelectual que nos aparta de la materia un tanto, sin negarla. La pierda no pierde su densidad al estar pulida, pero está aligerada en tonos inmateriales, en reflejos. Son obras de complacencia intelectual; ustedes ven la sobriedad en el adorno de todo el arte de esa época, depurado de los accidentes superfluos. Arte sustancioso de gente con agudísima intuición de lo real. No digamos la maravillosa visión que es una estatua griega, al mismo tiempo tan cargada de una sobria sensibilidad y de una expansión máxima en lo metafísico, en lo intelectual; son ya directamente la esencia del varón y la esencia de la mujer. Hay un justo equilibrio. Podíamos decir que el antiguo camina sobre las aguas.

Después viene el gran momento insólito del Medioevo, en que da la impresión de que el hombre se ha sumergido y se ha embriagado en la tierra. Esos bárbaros vienen cargados de sus savias, destilándolas. No por nada los francos se coronaban con los cuernos de bisontes, y se envolvían en las pieles del tigre o del león. La Edad Media, y únicamente la Edad Media -paradojalmente de la Edad eminentemente cristiana-, es una conjunción amorosísima del hombre con la materia. Ellos no pulen las cosas como los antiguos, no hay ninguna obra medieval pulida. Dejan vibrar el hierro; se complacen en su plasticidad y lo dejan así, vibrante, trabajándolo a martillo lo mismo que al oro. Se complacen tanto en las cuentas de vidrios como en la perla o un brillante. Hay coronas de reyes adornados con cuentas de vidrios, que son de oro, y ya desde cuando son nómades viene con sus magníficas capas ornadas con abejas de oro. Vienen cargados de desierto, pero destilando así la savia de todas las cosas. Es el momento en que el hombre se conjuga y se desposa con la realidad como nunca.

Está bien errado Maritain cuando dice que el hombre medieval estuvo en contemplación de Dios y se olvidó de la tierra. Nunca se ha dicho un absurdo mayor, es no haber visto las obras que tiene delante de sus ojos, como las catedrales de Francia. Nunca el genio francés ha hecho una cosa como Chartres, a la que Rodin llama la Acrópolis de Francia; es la obra más alta del genio francés, no pudo llegar más allá de Chartres.

Miren dos momentos tan distintos; acá el hombre plácido -figura y símbolo de esto es la estatua del faraón Micerino-, en esta actitud de dulce soberanía, mirando con seguridad los horizontes y con el pie izquierdo avanzando: es el hombre que avanza, seguro, firme. Y en cambio este otro es el lirismo de un desposorio único, que jamás ninguna otra vez se cumplió; esta gente sumergida, embriagada en la tierra y cargada con los tesoros de todas las esencias.

Ese es el europeo, y eso le da una precisión, una sensatez, una seguridad, de la cual se ha enorgullecido tanto que ha perdido pie. Ustedes ven el sentido común y la sensatez del campesino europeo, cómo parece el hombre de dos más dos son cuatro. Las páginas de Cervantes son de delicia, ¡cómo nos da el jugo de las cosas! No digamos Quevedo, no digamos Velázquez.

Fíjense en la arquitectura de esta Edad Media: no niegan nunca el material. Lo que está haciendo el arquitecto de hoy, lo hicieron esos europeos; lo que intentas hacer, es un conato de retorno a eso.

Nunca hubo conjunción del hombre con la tierra -con este animal enorme que se nos ha confiado, este animal que respira por mil narices y que mira por mil ojos, este gran animal que es el mundo corpóreo- como la hubo en Europa.

Miren, es para gemir con los gemidos de los profetas bíblicos, cuando nosotros vemos hoy, el estado intelectual de Europa. Les soy sincero, he estado tres años en ella y dos años he tenido la sensación, la angustia de plomo, de que yo estaba metido dentro de un sepulcro venerable; es la definición que puedo dar de Europa, pero así, de experiencia sensible. Y hoy falta el tono de los profetas; esas lágrimas de fuego que sabían llorar los profetas, hoy las necesita Europa.

Y después de esto viene – ¿será castigo?- el destierro del hombre. El tercer gran período del hombre es el ensayo de hoy. El hombre del vacío haciendo su mundo matemático, y el materialista haciéndose la criatura más asceta y más inmaterial que puede darse en la historia humana. Está viviendo, ustedes lo ven, con una mortificación de sus sentidos tremenda. Nunca ha habido asceta cristiano que llegue a una mortificación de los sentidos tan grande como en la que están ustedes. ¿No se han dado cuenta que no distinguen bien el sabor de un buen vino? ¿No se han dado cuenta que ustedes nunca van a tener palabras de admiración y no van a escribir nunca un poema como lo escribieron los griegos por una manzana? ¿Ustedes han ponderado alguna vez la leche y la miel como la ponderaron los profetas hebreos del Antiguo Testamento, que las consideraba grandes dones de Dios en su promesa de una tierra de delicias? ¿Ustedes han sentido alguna vez el castísimo perfume de la tierra, se han embriagado con él? ¿Han descubierto la belleza siempre insólita y nueva de un lirio? ¿No se dan cuenta que están en medio de criaturas descarnadas, de acero, de cemento, de gases, de ruidos chirriantes? Los cristianos aprovechen, tienen la mortificación servida, pero adquieran conciencia de eso; por lo menos aprovéchenla y sepan que Dios no lo quiere.

Estamos en un tercer momento de la historia humana, en este sentido fundacional, tremendo, porque es a la inversa de toda fundación. Se está ensayando todo lo contrario, fundar una civilización humana en el vacío, desarraigada de todo ser real. Eso no me lo pueden negar; nosotros no nos movemos en medio de seres reales, sino artificiales. Estamos envueltos por todo un sistema, una inmensa máquina de seres aparenciales, sin sustancia real. Es un momento trágico, y sepamos que urgentemente nos tenemos que construir -cada uno, urgentemente-, para poder salvar la parte del mundo que nos ha sido encomendada. Así que entonces tienen esto; tres momentos que hasta ahora no han sido clasificados y que es muy interesantes verlos al hacer un estudio científico de la historia.

En fin, volveremos sobre estos temas si Dios quiere, si nos da estas gotas de tiempo que se llaman años. Si nos da otra gota de tiempo y nos encontramos reunidos, podremos entonces hablar de cosas mucho más profundas y sublimes que las que nos puede mostrar la Filosofía de la Historia, y eso corresponde ya a la Teología de la Historia.

Continuación de Los grandes focos culturales

Capítulo XI de Una Sabiduría de los Tiempos. Respuestas de la Filosofía de la Historia para el mundo contemporáneo. Curso de Filosofía de la Historia (1971) por Fray Mario José Petit de Murat.

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