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Mariana Szajbely

Introducción

Nuestra Iglesia se halla embarcada en la preparación del Gran Jubileo del Año 2000.

Este año 1997, está dedicado a la reflexión de Jesucristo. El Papa Juan Pablo II propone a los cristianos en la Carta Apostólica “Tertio Milenio Adveniente” que “para conocer la verdadera identidad de Cristo, es necesario que los cristianos, sobre todo durante este año, vuelvan con renovado interés a la Sagrada Escritura”[1] y redescubran el bautismo como fundamento de la existencia cristiana.[2]

Por eso he dedicado este trabajo a la profundización del conocimiento de la persona de Cristo y nuestra participación en El por el bautismo, inspirada en la experiencia de San Pablo tal como la dejó plasmada en sus cartas.

En una primer parte, expondré el encuentro de Pablo con Cristo Resucitado en el camino de Damasco y como esta experiencia se convirtió en la base de su “evangelio” y misión. En segundo lugar, profundizaré en algunos aspectos del Cristo que conoció y anunció San Pablo. En un tercer momento, plantearé como se da la participación del hombre en Cristo por medio del Bautismo según San Pablo.

Capítulo I – Encuentro con Cristo Resucitado de San Pablo

La teología de Pablo se vio influida, sobre todo, por la experiencia que tuvo en el camino de Damasco y por la fe en Cristo Resucitado, como Hijo de Dios, que creció a partir de esa experiencia. Los actuales investigadores del Nuevo Testamento son menos propensos que los de generaciones pasadas a considerar esa experiencia como una “conversión” explicable de acuerdo a los antecedentes judíos de Pablo o con Romanos 7 (entendido como relato biográfico). El mismo Pablo habla de esta experiencia como de una revelación del Hijo que le ha concedido el Padre.[3] En ella “vio a Jesús el Señor.”[4] Aquella revelación del “Señor de la gloria” crucificado[5] fue un acontecimiento que hizo de Pablo, el fariseo, no sólo el apóstol, sino también el primer teólogo cristiano.[6]

A lo largo de su vida corre un eje; para Pablo hay un “antes” y un “después” que se contraponen frontalmente: el primero dentro por completo de las tinieblas, el otro en la luz esplendorosa. El eje que parte la historia en dos explica la ruptura que se ha dado en su vida. O dicho a la inversa: en la ruptura que divide su vida en dos mitades experimenta el Apóstol de un modo personal el gran eje que divide la historia. Pablo no está sujeto, por ejemplo, a una determinada “mentalidad de convertido”, que no permite ver ningún aspecto bueno en el propio pasado y que lo convierte en injusto. Por el contrario, Dios opera en él transformándolo, como ha hecho a gran escala en la historia de la humanidad y para todos los hombres. Eso es algo que Pablo no puede expresar adecuadamente con palabras: “De modo que, si alguno está en Cristo, nueva criatura es. Lo viejo pasó, ha empezado lo nuevo.”[7]

Según Hechos de los Apóstoles

El encuentro de Saulo con Cristo Resucitado en el camino de Damasco es un acontecimiento capital en la historia del cristianismo. Lucas ha subrayado la importancia de ese suceso ofreciendo tres relatos diferentes. El primero presenta la narración del hecho;[8] el segundo es un discurso de Pablo ante el alborotado pueblo de Jerusalén;[9] el tercero es una apología personal de Pablo ante el rey Agripa y el procurador Festo.[10]

No se puede hablar aquí de las diferencias interesantes entre los distintos relatos y su significación. Las ligeras diferencias de los relatos reflejan los diferentes auditorios y son garantía de historicidad. Si se tratase de pura invención, San Lucas no hubiese dejado estas discrepancias; si las deja es porque, como buen historiador, inserta en sus libros los discursos de Pablo tal como llegaron a él, incluso con sus discrepancias.[11]

Las tres versiones del encuentro de Pablo con Cristo Resucitado están de acuerdo en narrar una escena de teofanía o aparición divina que contiene variantes literarias para subrayar cómo los acompañantes no participaron de la epifanía. En efecto, ésta queda reservada para el protagonista: el mundo divino se le manifiesta y le habla una persona que pertenece a ese mundo. En aquel cara a cara entre Jesús y Pablo, revelador de la identidad de uno y de otro, están de frente el Crucificado resucitado por Dios y su perseguidor. Los símbolos de la luz deslumbradora, de la caída en tierra y de la voz forman parte del revestimiento literario de un relato de estilo epifánico, dirigido a afirmar la irrupción de lo divino en la vida y en la historia de los hombres. De manera semejante la Biblia de los hebreos había narrado la aparición de Dios en el monte Sinaí[12] y antes aún a Moisés ante la zarza que ardía.[13] En realidad la luz se hizo dentro de Pablo: la luz sobre Jesús de Nazareth y la luz sobre sí mismo. Pero, para ser fieles hasta el fondo a la intención del relato de los Hechos, hay que precisar inmediatamente que no fue un puro y simple proceso de autoconciencia, sino un prodigio de la gracia.[14]

En las Cartas Paulinas.

Si rigurosamente hablando el testimonio de los Hechos no puede decirse biográfico, privado como está de elementos descriptivos y del análisis psicológico del cambio de vida de Pablo, esto vale más aún del autotestimonio del interesado. En sus cartas habla de ello en varias ocasiones pero sería inútil buscar en ellas determinaciones cronológicas o topográficas, esto es, datos de carácter autobiográfico. Más aún simplemente, él no narra su conversión, sino que interpreta más bien como teólogo el acontecimiento de Damasco, aclarando su profundo significado en su vida de creyente y de misionero. Si se quiere usar el término de autobiografía, hágase así, dado que se trata de textos en primera persona; pero para evitar equívocos adviértase enseguida que se trata de autobiografía teológica. Se podría lamentar ciertamente que no se encuentran recuerdos precisos en el epistolario paulino; pero sigue en pie el hecho: él no muestra ningún interés por su yo privado y, sí habla de sí mismo, lo hace siempre y solamente para precisar la función pública e histórica que le cupo ejercer en la historia del movimiento de Jesús y sobre todo en la actuación del proyecto divino sobre el mundo y la humanidad.[15]

Una revelación apocalíptica y una misión profética

Pablo encabeza su epístola a los Gálatas, subrayando el origen divino de su apostolado: “Pablo, apóstol, no de parte de los hombres ni por mediación de hombre alguno, sino por Jesucristo y Dios Padre, que le resucitó de entre los muertos.”[16] Este no le fue comunicado “de parte de hombres ni por mediación de hombre alguno”. Pablo rechaza enérgicamente el origen o mediación humana de su apostolado. Autor y fuente del mismo es “Jesucristo y Dios Padre, que le resucitó de entre los muertos.”[17] Esta última expresión muestra que su vocación apostólica estuvo, de algún modo, relacionada con la resurrección de Jesús.[18]

Se lee en la Primera Carta a los Corintios:

“Y en último término se me apareció también a mí, como a un abortivo. Pues yo soy el último de los apóstoles: indigno del nombre de apóstol, por haber perseguido a la Iglesia de Dios. Mas, por la gracia de Dios, soy lo que soy; y la gracia de Dios no ha sido estéril en mí. Antes bien, he trabajado más que todos ellos. Pero no yo, sino la gracia de Dios que está conmigo.”[19]

No cabe duda que Pablo se refiere al acontecimiento de Damasco, interpretado por él en clave de epifanía divina y de investidura apostólica. Jesús se ha hecho presente en su vida como Señor y le ha confiado el encargo de ser su pregonero. Sintetiza G. Barbaglio:

“No pensemos en una visión ocular, sino en la manifestación de la identidad misteriosa del crucificado del Gólgota, dador de vida, vencedor de las fuerzas terribles de la muerte. Si el Resucitado inaugura la aurora de un mundo nuevo, Pablo es su testigo autorizado, ya que ha sido iluminado por Dios y se ha visto comprometido personalmente en aquel acontecimiento.”[20]

“¿Acaso no he visto a Jesús, el Señor nuestro?”[21] Pablo señala esta visión como el fundamento y la prueba más sólida de su apostolado. Es evidente que este autotestimonio representa ya la interpretación de la visión original, hecha por el Apóstol a la luz de su experiencia cristiana. Al nivel histórico, el objeto de esa visión no debió ser sin embargo, muy diverso: Jesús, el Kyrios resucitado y exaltado objeto de la fe cristiana, perseguida en un tiempo por Saulo[22] y profesada por Pablo: “Jesús, el Señor nuestro.”[23] Ese Jesús histórico, proclamado ahora por la comunidad cristiana como el único Señor, fue el verdadero objeto de la visión de Pablo.[24]

Con análoga energía subraya el origen divino del “evangelio”, que anunció a los gálatas. “Porque os hago saber, hermanos, que el Evangelio anunciado por mí, no es de orden humano, pues yo no lo recibí ni aprendí de hombre alguno, sino por revelación de Jesucristo.”[25] Pablo no lo “recibió ni aprendió de hombre alguno”[26] por vía de tradición -kerygmática o catequética- cristiana. El vehículo, por el que le llegó el evangelio, fue, más bien, la revelación divina[27] de una realidad escatológica de Alguien hasta entonces totalmente velado para el judío y fariseo Saulo: Jesús Cristo.[28] Este es el contenido de la revelación divina, que está al origen del “evangelio” paulino: Jesucristo,[29] el Hijo natural de Dios,[30] enviado por Él como único Redentor.[31]

Es necesario precisar el significado del término bíblico “revelación” y “revelar,”[32] propio de la literatura apocalíptica. Sirve para indicar el desvelamiento del mundo nuevo que habrá de sustituir al actual, destinado a la destrucción al estar irremediablemente dominado por el mal y por la muerte. Pues bien, haciendo suyo el lenguaje de los apocalípticos, Pablo afirma que el Altísimo lo ha aferrado en la hora decisiva de la historia humana que ha sonado con Cristo. En este sentido concreto: lo ha llevado a comprender la identidad escondida de Jesús de Nazaret y le ha confiado la misión de proclamarlo como Hijo de Dios en el mundo de los que están lejos y perdidos, es decir, como único camino de salvación para todos.[33]

Aporta G. Bornkamm:

“El término “revelación”[34] procede del lenguaje apocalíptico, y designa aquí, como cuando Pablo lo repite en otros pasajes, un acontecimiento objetivo por el que el mundo cambia de rumbo; proclamado en el evangelio y llevado a cabo por la acción soberana de Dios, este acontecimiento hace que una nueva era amanezca en el mundo.”[35]

En la Carta a los Gálatas, Pablo continúa en estos términos:

“Pues ya estáis enterados de mi conducta anterior en el Judaísmo, cuán encarnizadamente perseguía a la Iglesia de Dios y la devastaba, y cómo sobrepasaba en el Judaísmo a muchos de mis compatriotas contemporáneos, superándoles en el celo por las tradiciones de mis padres. Mas, cuando Aquél que me separó desde el seno de mi madre y me llamó por su gracia, tuvo a bien revelar en mí a su Hijo, para que le anunciase entre los gentiles, al punto, sin pedir consejo ni a la carne ni a la sangre…”[36]

Que Pablo introduzca su “conducta en el judaísmo”, evocando su persecución cristiana, obedece sin embargo a una bien determinada finalidad: la recepción del “evangelio” por parte del judío Saulo fue obra del giro total que la gracia dio a su vida. Y si su vida aparece claramente dividida entre la pasado de judío fanático y perseguidor del movimiento de Jesús y el presente de creyente y apóstol de Cristo, no hay que desconocer la existencia de una continuidad subterránea. Al origen de esa conversio, como causa exclusiva de la misma, estuvo el beneplácito o libre iniciativa de Dios, quien lo separó[37] “desde el seno de su madre y lo llamó mediante su gracia”, para revelarle a su Hijo, “para que le anunciase entre los gentiles.”[38] Así formula Pablo, evocando la vocación divina y envío a los gentiles de los profetas Jeremías[39] y Deuteroisaías,[40] y mencionando, explícitamente, la mediación de la gracia, el origen exclusivamente divino de su propia vocación apostólica, así como la orientación fundamental de ésta: una íntima y personal revelación del Hijo de Dios, destinada a ser anunciada, como Buena Noticia, a los gentiles.[41]

Dice G. Barbaglio:

“En realidad, Pablo pretende decir solamente esto: Dios se le ha adelantado; el cambio de su vida no se reduce a una opción personal autónoma, sino que Cristo lo ha conquistado. En una palabra, todo es gracia en su existencia, tanto los días luminosos como las noches oscuras. No se considera un self-made-man, sino un prodigio de las nuevas fuerzas de vida y creatividad que ha suscitado en la historia Jesucristo resucitado.”[42]

Por lo demás esa revelación no fue, necesariamente, una experiencia mística exclusivamente interna. Tampoco fue privada; estuvo en función de la evangelización a los gentiles. Aquella cualificó a Pablo para predicar el “evangelio” y a ejercer su vocación de apóstol universal. Vocación, revelación y misión forman pues una unidad inseparable.[43] Además, esta experiencia iluminó, en un acto creador, la mente de Pablo y le dio una extraordinaria penetración de lo que él llamó más tarde “el misterio de Cristo.”[44]

Puede decirse que el suceso en el camino de Damasco es una experiencia religiosa de Saulo, que tiene como referente a Jesús resucitado, vivido en su interior: es una experiencia objetiva de que el Crucificado por los hombres está ahora vivo por el poder de Dios, exaltado y glorioso, con todas las consecuencias que ello tiene. Es un encuentro interior con una persona que lo conduce al convencimiento y exclamación de que “¡Jesús vive!”. Es un encuentro personal iluminador de quien es auténticamente el Señor Jesús, de su relación con Dios y de sus pretensiones a las que Pablo ha dado un sí definitivo.

La “revelación de su Hijo para evangelizar a los gentiles”[45] presupone claramente que primero se le ha revelado al propio evangelizador. Como es bien sabido, esta revelación no es algo pura ni principalmente intelectual, sino sobre todo vivencial, pues se trata de un conocimiento bíblico, o sea un establecimiento de relaciones y contactos de persona a persona, tal como suele concebirse en la cultura semítica.

El conocimiento de Jesucristo

En la Carta a los cristianos de Filipo, Pablo se refiere nuevamente al suceso de Damasco en una nueva versión:

“Pues los verdaderos circuncisos somos nosotros, los que damos culto según el Espíritu de Dios y nos gloriamos en Cristo Jesús sin poner nuestra confianza en la carne, aunque yo tengo motivos para confiar también en la carne. Si algún otro cree poder confiar en la carne, más yo. Circuncidado el octavo día; del linaje de Israel; de la tribu de Benjamín; hebreo e hijo de hebreos; en cuanto a la Ley, fariseo; en cuanto al celo, perseguidor de la Iglesia; en cuanto a la justicia de la Ley, intachable. Pero lo que era para mí ganancia, lo he juzgado una pérdida a causa de Cristo. Y más aún: juzgo que todo es pérdida ante la sublimidad del conocimiento de Cristo Jesús, mi Señor, por quien perdí todas las cosas, y las tengo por basura para ganar a Cristo, y ser hallado en Él, no con la justicia mía, la que viene de la Ley, sino la que viene por la fe de Cristo, la justicia que viene de Dios, apoyada en la fe, y conocerle a Él, el poder de su resurrección y la comunión en sus padecimientos hasta hacerme semejante a Él en su muerte, tratando de llegar a la resurrección de entre los muertos. No que lo tenga ya conseguido o que sea ya perfecto, sino que continúo mi carrera por si consigo alcanzarlo, habiendo sido yo mismo alcanzado por Cristo Jesús. Yo, hermanos, no creo haberlo alcanzado todavía. Pero una cosa hago: olvido lo que dejé atrás y me lanzo a lo que está por delante, corriendo hacia la meta, para alcanzar el premio a que Dios me llama desde lo alto en Cristo Jesús.”[46]

Lo que aquí nos ofrece Pablo es, en realidad, una nueva interpretación teológica del hecho histórico de su conversión. Factor eficiente del mismo fue la revelación que Dios le hizo de su Hijo[47] Jesucristo,[48] el conocimiento de Cristo Jesús.[49] La fe en la dignidad mesiánica de Jesús, el Kyrios resucitado y glorificado,[50] es traducida ahora en términos del “conocimiento de Cristo.”[51] También el cambio entre su pasado judaico y su presente cristiano, producido por aquella recibe una nueva formulación pérdida-ganancia. Con ella acentúa el Apóstol la intensidad de aquel giro existencial, introducido en su vida por el evento de Damasco: una ruptura total, comparada a la respectiva entre la ganancia y la pérdida, el tener y el no tener, el ser y la nada.[52] Toda, absolutamente toda la ganancia de su pasado, de sus heredadas o adquiridas prerrogativas judaicas,[53] la juzga pérdida y la perdió, a causa de Cristo y del conocimiento, que le fue dado por Dios, de Cristo Jesús.[54] Escribe G. Barbaglio:

“El cambio no podía ser más completo. (…) Pero no hemos de pensar en un proceso de autoanálisis que, por su fuerza intrínseca, desembocara en una inversión de perspectivas. Pablo se convirtió en otro a través de la experiencia mística de su encuentro con Cristo. Alcanzó la verdad de su ser por medio del conocimiento del Resucitado. O mejor dicho, el mismo Cristo se le impuso como medida absoluta de los valores.”[55]

Lo que Pablo pone aquí en evidencia, en base del giro que dio su propia vida, es mucho más que una mera confesión personal. La cosa va más allá del momento de su encuentro con Cristo para convertirse en una declaración decisiva, que afecta toda su vida; más aún es una síntesis exhaustiva de su mensaje sobre la revelación de la justicia de Dios, que, si alcanza a todos en la perdición, con mucha mayor razón ahora, en el evangelio, se extiende a todos. La venida y el sacrificio de Cristo entrañan el advenimiento de una era nueva.[56]

El “conocimiento de Jesucristo,”[57] es la novedad extraordinaria. Ciertamente designa ante todo lo que en 1Corintios 9,1 se señala como “ver al Señor”. La “visión” ha debido ser tan poderosa, que bien pudo obrar su transformación en “el mismo instante”. Pudo “conocer” a Aquel a quien él perseguía en sus comunidades; pudo percibir como vivo y radiante al que había muerto y a quien él también quería matar en las comunidades de sus fieles. Pero el “conocimiento de Jesucristo” no significa sólo que Jesús, el que había muerto “vive”, sino que también es “el Señor”. Pablo no sólo ha conocido que Jesús vive, sino también quién es realmente.

El “conocimiento de Jesucristo”[58] no es para Pablo una doctrina que pueda aprenderse en los libros; que puedan enseñar unos maestros, o que se pueda alcanzar por el propio esfuerzo o estudio. Ese conocimiento irrumpe en la vida, afecta a todo el hombre y hasta irradia sobre su rostro y quiere “transformar” en su propia imagen.[59]

Pablo “conoce” a Jesús el Señor mediante una visión. Y le conoce como el Cristo “de la gloria”. Sobre su rostro se irradia la luz, la luz que Dios al comienzo de la creación llamó de las tinieblas, y que ahora, al comienzo de la nueva creación, irradia sobre el rostro del Adán nuevo. Un reflejo de esa luz es lo que se le dio a “conocer” también a Pablo. Escribiendo a los Corintios, Pablo lo refiere con una frase incomparable, en la que sin duda se puede percibir un eco de la experiencia de Damasco: “Porque Dios, que dijo: De entre las tinieblas brille la luz, él es quien hizo brillar la luz en nuestros corazones, para que resplandezca el conocimiento de la gloria de Dios en la faz de Cristo.”[60]

Algunas consideraciones

Todas las referencias están muy lejos del cliché de la conversión entendida de forma moralista. Pablo no era un pecador arrepentido que hubiera encontrado el sendero del bien después de haber recorrido el del mal. Mucho menos era una gnóstico que hubiera llegado a aceptar a Dios y una visión religiosa de la realidad. La suya, si se quiere hablar de conversión, fue una conversión a Cristo, descubierto con los ojos de la fe como clave de bóveda del destino humano.

El acontecimiento de Damasco tampoco fue una experiencia privatista, sino que posee una dimensión pública: Pablo se convirtió a Cristo convirtiéndose al mismo tiempo a la misión cristiana en el mundo. Su descubrimiento vale para todos y ha de ser proclamado a todos. O mejor dicho, Dios lo tomó a su servicio llamándolo al apostolado.[61]

Pablo experimentó en su propia carne, en todo su concepto de la vida, la existencia de un período “anterior” y de otro “posterior”, la existencia de un antes y un después de Damasco. A lo largo de todo el futuro que le espera sólo podrá pensar así. Es entonces cuando alcanza una inteligencia existencial de que es preciso ver dos situaciones radicalmente diferentes en el conjunto de la historia y en el curso de la vida del mundo. En un punto se ha dado el cambio, la transformación, una irrupción con tal violencia que todo lo cambió. Este cambio ocurrió por una intervención de Dios, como la que Pablo ha vivido en sí mismo.

Esa intervención se dio en lo se puede llamar la “resurrección de Jesús”. La Resurrección no sólo fue el acontecimiento determinante y decisivo en Jesús y para Jesús, sino que abrió una zanja profunda a través de la historia y separó el mundo viejo del mundo nuevo que desde entonces irrumpía. En todo caso así es como lo ha visto Pablo, y lo ha configurado en un proyecto de teología cristiana que incluyó por primera vez a todos los hombres, al mundo y a la creación entera.

Capítulo II – Cristo crucificado y resucitado

Este capítulo presentará algunos acentos de la cristología de San Pablo, sin pretender abarcar y comentar la totalidad de ellos.[62]

La cristología paulina, como toda su teología, tiene un crisol propio para entenderse: su encuentro con Cristo resucitado en el camino de Damasco. Este acontecimiento fue para San Pablo, la experiencia deslumbrante de Dios y la salvación. Para él Dios lleva en adelante el nombre de “Dios que resucita a Jesucristo”; a ese Jesús, “su Hijo”, que convirtió a Pablo en “nueva creatura”, es preciso anunciarlo porque en él Dios realiza la salvación del mundo.[63] A Cristo Crucificado y Resucitado, Hijo, Creador de una nueva humanidad es al que se referirá este capítulo.

Cristo crucificado y Resucitado: Principio de Salvación

“De rico que era se hizo pobre.”[64]

Según San Pablo la situación del hombre sin Cristo es inextricable: ha pecado, y por ello se ve reducido a la debilidad de la carne; carece de fuerza, y por eso mismo se entrega al pecado que le solicita. Se encuentra preso en un círculo vicioso de condenación. El mundo entero comparte su pecado[65] y se cierra sobre él como una cárcel[66] sellada y custodiada por la ley, el pecado, la muerte, poderes cósmicos personificados en el dramático pensamiento del Apóstol. El hombre se ve cercado por la muerte: “¡Desgraciado de mí! ¿Quién me librará de este cuerpo de muerte?”[67]

En la tierra, Cristo comparte la existencia de los hombres que viene a salvar con toda su pobreza.[68] El despojo, la humillación, la obediencia, se confunden con la existencia adoptada, la de la carne débil, privada de la gloria de Dios y cuyo signo distintivo y culminación es la muerte. Escribe F.X. Durrwell:

“Cristo vive bajo una forma que no responde a su entera verdad filial.[69] Aunque de condición divina, Cristo al contrario de Adán, no reivindicó el rango que podía igualarle a Dios. Escogió la servidumbre, condición del hombre terreno, hasta el punto de dejarse tomar por un hombre semejante a cualquier otro. Y una vez hecha esta opción asume todas las consecuencias, hasta la última de ellas: la muerte.”[70]

Pablo va más lejos todavía: “Envió a su propio Hijo en una carne semejante a la del pecado.”[71] “A quien no conoció pecado, le hizo pecado por nosotros[72]” Dios le hizo pecado por el hecho de revestirle de una existencia de carne, servidumbre[73] y pobreza.[74]

Cristo no se halla solamente revestido de una condición servil; la sujeción es parte de su mismo ser: un ser de carne. Se ve sometido a leyes físicas que encadenan la libertad del hombre; la última de ellas es la muerte. Se somete, por fin, a la servidumbre propia del pueblo judío “del que nació según la carne.”[75]…“Nacido de mujer, nacido bajo la ley.”[76] La obediencia de la ley se le imponía.

La muerte de Cristo, es según el Apóstol, el acontecimiento que expresa y sintetiza su vida terrestre, el límite de su humillación, el último efecto de su debilidad.[77] Es una recapitulación tan perfecta de los años vividos en la tierra, que la teología paulina permite silenciarlos: le basta con resumirlos en la mención de la muerte.

Escribe F.X. Durrwell:

“‘Muerto por la carne,’[78] ‘crucificado en razón de su flaqueza.’[79] Pero su muerte es liberadora. Anula precisamente lo que ella misma rubrica. Al morir por razón del pecado, de la debilidad de la carne, de las exigencias de la ley, Cristo muere a todo eso: al pecado[80] a la debilidad.[81]

Es la cruz lo que evoca el Apóstol cuando escribe: ‘Dios le hizo pecado.’ En esa humillación de Cristo había un motivo: “… para que viniésemos a ser justicia de Dios;”[82] “por vosotros se hizo pobre, a fin de que os enriquecierais;”[83] “sometido a la Ley para rescatar a los que se hallaban bajo la Ley.”[84] Cristo acepta la condición carnal en su extrema y última debilidad, y el Padre le resucita para que, con Cristo, los hombres pasen de la muerte a la vida.[85]

Más allá de toda expiación o conversión moral, la salvación consistirá en una transformación, en una “nueva creación” del hombre, puesto que su mal radica en no ser más que “carne”. “La ley del Espíritu de vida me liberó de la ley del pecado y la muerte.”[86] El mal reside en el pecado y la muerte, la salvación es resurrección en la santidad del Espíritu.[87]

Resucitado para nuestra justificación (Romanos 4,25)

Para Pablo, la muerte hace merecer la resurrección.[88] La resurrección es el término de la kenosis, su fruto paradójico, el efecto de su mérito. Merecer es aceptar. La muerte es la obediencia absoluta,[89] el consentimiento ilimitado de Jesucristo frente a Dios Padre. Al asumir Jesús una total debilidad, queda por completo en manos de la omnipotencia. La muerte pone, pues fin a la vida carnal, porque introduce a Cristo en la gloria. El punto de arranque es el misterio filial que transforma la muerte en lo contrario de lo que ella es para el pecador, en una apertura a Dios y a la vida.

En su muerte, Jesús fue hecho Señor para la salvación del mundo. Pero para él como para todo hombre, la muerte tiene primero un sentido personal: a través de ella se consuma el misterio de la filiación.

“La redención que se realiza enteramente en Cristo, no es otra cosa que la realización de su propio ser filial,”[90] se lee en F.X. Durrwell.

A partir de aquí se revela en Jesús un nuevo ser. Antes “aparecido en la carne”, adoptando la condición de los hombres que venía a salvar, es ahora “constituido Hijo de Dios con poder según el espíritu de santidad,”[91] es decir, de acuerdo a la santidad original. A quien se despojó hasta la muerte, Dios otorga el nombre soberano, el poder y la gloria divinos, de modo que el universo proclama: “Cristo Jesús es Señor.”[92]

Dice F.X. Durrwell:

“La redención se realiza en una transformación de Cristo cuyo estado de carne pecadora y de santidad vivificante constituyen términos opuestos. La pascua de la salvación se identifica con una persona: “Cristo nuestra pascua.”[93]

Antes “hecho pecado”, ahora “convertido en justicia”; antes sometido a la ley, ahora resucitado en el Espíritu que es libertad a fin de dar a los hombres “el Espíritu de filiación.”[94] Los hombres quedan justificados cuando entran en comunión con Aquel que ha muerto a la carne y es glorificado en Dios.[95]

En Cristo el fiel toma parte en el misterio del Resucitado: “Todos serán vivificados en Cristo;”[96] “el que está en Cristo es una nueva creación.”[97] El pecado se perdona por inserción en la vida del Resucitado: “Hallamos la redención, el perdón de los pecados”, en el reino luminoso del Hijo amantísimo, al que hemos sido trasladados;[98] “Ninguna condenación pesa ya sobre los que están en Cristo Jesús. La ley del Espíritu de vida te ha liberado.”[99] Cristo glorioso es, por consiguiente, el lugar existencial donde la redención alcanza al fiel. Fuera de él, que “resucitó para nuestra justificación”, no hay acceso posible a la justicia. Cristo glorioso constituye el medio vital en que se elabora la justificación.

El Apóstol lleva su afirmación todavía más lejos. La misma acción divina que resucita a Cristo vivifica a los fieles. La fórmula “con Cristo” precisa que dicha justificación es efecto de la acción misma del Padre que glorifica al Hijo. “A nosotros, muertos por nuestros pecados, nos dio vida juntamente con Cristo… nos resucitó con él.”[100] Toda gracia es otorgada en el acción de Dios que glorifica a Cristo.

Los fieles quedan englobados en la acción vivificante única, de la que se beneficia el propio Cristo.[101] Unidos a Cristo en la fe, los hombres resucitan con él.

“La resurrección es la irrupción, – expresa F.X. Durrwell – en Cristo y en el mundo, de la justicia vivificante de Dios. Es el Padre quien resucita a Cristo y justifica a los hombres; los justifica en Cristo y por la acción resucitante que ejerce con él.”[102]

La justicia de los hombres es el misterio personal de Cristo en su muerte al pecado, en su resurrección gloriosa. A los hombres toca ahora pasar por ese mismo crisol de su muerte y resurrección.[103]

Cristo resucitado: “constituido Hijo de Dios” (Romanos 1,4) — “Yo te he engendrado hoy” (Hechos 13,33)

La cristiandad primitiva reconoció en el Resucitado al Hijo de Dios. No ignoraba la identidad filial del Jesús terreno, y sin embargo lo proclama Hijo en su calidad de Resucitado. El título de Hijo de Dios está reservado al Resucitado.[104] Los cristianos sintieron la gloria pascual como una realidad filial.[105]

En el pensamiento paulino, la Resurrección es un comienzo absoluto para Jesús y para la salvación. Ahí es donde Jesús se constituye en su verdad filial: “Constituido Hijo de Dios con poder… por su resurrección de entre los muertos.”[106] No sólo es proclamado, sino constituido Hijo, engendrado en ese día.[107] Esta fórmula adoptada por San Pablo, es comentada por él mismo, según Hechos 13,32s como sigue: “Os anunciamos la buena nueva de que la promesa hecha a nuestros padres Dios la ha cumplido a nosotros, los hijos, al resucitar a Jesús, cómo está escrito en el salmo segundo: “Hijo mío eres tú, yo te he engendrado hoy.’”

Esta resurrección reveló e iluminó la relación de Cristo con el Dios al que había dado el nombre de “Abba, Padre querido”. Puso de manifiesto que la vida de Jesús había sido la vida humana del Hijo de Dios. Por medio de su resurrección entre los muertos, se llegaba a conocer ahora que Cristo había sido declarado “Hijo de Dios.”[108] De aquí, que para Pablo, encontrar a Jesús resucitado supuso recibir una revelación personal y especial del Hijo, que hizo de Pablo el gran apóstol de los gentiles.[109]

En la revelación de Jesús, Pablo hizo el descubrimiento de que Dios es Padre, y precisamente de aquel Jesús a quien, como fariseo, perseguía por defender el honor de Dios. Es Padre por acción resucitante, “Dios Padre, que lo resucitó,”[110] caracterizado por ese acto, como Jesús se caracteriza por la resurrección.

F.X. Durrwell expresa:

“La resurrección es a la vez filiación realizada y filiación revelada. Por lo demás no parece que Dios haya revelado nunca su misterio en el mundo de otro modo que realizándolo en él.”[111]

En su gloria, Jesús es totalmente de origen divino: “ha sido resucitado”, “Dios lo resucitó”. Esta acción de Dios en Cristo, aún sin dejar de ejercerse sobre un ser ya existente, es totalmente creadora. La resurrección es un comienzo absoluto, a partir de la muerte en que el hombre no es nada para sí mismo. La resurrección de Cristo se debe a una intervención inmediata de Dios: “Yo te he engendrado.”[112]

La resurrección no se halla encerrada en la historia, en la sucesión terrena de causas y efectos. Rompe por el contrario esa monótona cadena y desfataliza la historia, atestiguando que el mundo no es algo cerrado en sí mismo, sino que se ofrece al Espíritu creador de Dios precisamente en ese punto de sí mismo que es Cristo.[113]

Resurrección: Nacimiento pascual por el Espíritu

El nacimiento pascual de Jesús se debe al Espíritu. Sólo por Él es posible convertirse en hijo de Dios.[114] Según el relato evangélico, Jesús es Hijo de Dios desde el comienzo de su vida terrena porque el Espíritu mora en Él. Podría decirse que el Espíritu es el seno de Dios. Resucitado por el Espíritu, trasformado en Él, Jesús nace “Hijo de Dios… según el espíritu de santidad.”[115] A las múltiples paradojas del misterio pascual ya encontradas, viene a añadirse esta otra: Jesús nace al acabarse su vida. Este nacimiento es eterno. Si la resurrección es a la vez comienzo y plenitud. Cristo jamás la superará, permanecerá para siempre en su resurrección. [116]

Si un hombre, en cualquier época de la historia, pasa a compartir, por la fe y el sacramento, la herencia de Cristo, “resucita-con” él.[117] Ahí es pues, donde encuentra a Cristo, en su resurrección. Unido a él se beneficia de la idéntica acción que resucita a Cristo, es “vivificado-con,”[118] arrebatado por “la fuerza de su resurrección.”[119] Los residuos de vetustez, que el bautismo no hizo desaparecer, se reabsorben poco a poco; el fiel se renueva,[120] se reviste del “Hombre nuevo”[121] a medida que progresa en la comunión con Cristo.

Ello significa que el nacimiento pascual de Cristo es superabundante –puesto que todo hombre puede regenerarse en él– y siempre actual, que Cristo es eterno en el frescor de primero de ese instante, siempre recién nacido en el Espíritu, que Dios pronuncia en él la palabra eterna por la que es Padre: “Yo te he engendrado hoy”.

F.X. Durrwell afirma lo siguiente:

“Así, pues, la resurrección no pertenece al pasado, ni al orden de los hechos sucesivos. Ninguna causa terrestre la precede, porque la intervención de Dios es creadora, inmediata. Nada tampoco viene después porque ella es plenitud. La resurrección es el misterio escatológico, final y original. Tras el hombre viejo que, en nosotros, va haciéndose cada vez más decrépito,[122] he aquí Adán eskathos,[123] es decir, el Adán totalmente nuevo y último: Cristo para siempre en su nacimiento.”[124]

Ni el cristianismo ni el hombre se comprenderán jamás fuera de ese “Hijo muy amado” que, en su muerte, resucitó por obra de Dios. Es ahí, en ese hombre y en esa acción, donde Dios revela su presencia en el mundo; es ahí donde lo salva al crearlo.[125]

Cristo Resucitado: Nueva Creación

San Pablo divide la existencia de Cristo en dos fases, separadas por la muerte y resurrección: una según la carne, otra según el Espíritu. En su sentido original, habla de dos modos de ser sucesivos y complementarios, de una vida primero terrestre, pero ya mesiánica, y de un estado de vida celeste vivido en el plano de Dios.[126]

En el pensamiento paulino, la muerte no se opone tanto a la vida natural como a la vida de resurrección, ahora oculta pero más tarde gloriosa, que es la vida del Espíritu.[127]

En Él y con Él, el mundo, sometido al pecado y dividido a causa de la Ley[128] porque se replegó sobre sí mismo se apartó de Dios, murió en la cruz.[129] En el cuerpo del Resucitado, Dios creó un mundo nuevo,[130] el Padre inaugura otra creación, la esperada por los profetas “en la plenitud de los tiempos.”[131] El tiempo de las promesas dio paso al tiempo de las nuevas realidades,[132] la humanidad pecadora encuentra de nuevo la intimidad de su Creador.[133]

Como coronación de esta dimensión universalista, San Pablo muestra cómo la Resurrección se convierte en principio de nueva creación del cosmos entero: todo el cosmos -no solo el hombre- es llamado a participar en esta renovación: “Pues la ansiosa espera de la creación desea vivamente la revelación de los hijos de Dios. La creación, en efecto, fue sometida a la vanidad, no espontáneamente, sino por Aquel que la sometió, en la esperanza de ser liberada de la servidumbre de la corrupción para participar en la gloriosa libertad de los hijos de Dios. Pues sabemos que la creación entera gime hasta el presente y sufre dolores de parto.”[134]

En resumen, la resurrección es experimentada y comprendida por la Iglesia apostólica no sólo como glorificación de Cristo; no sólo como la convocación de la comunidad mesiánica; no sólo como el unir en uno los dos troncos de la historia de la humanidad; no sólo como el renovar desde dentro a cada hombre, dándole la medida plena de la libertad y de la unidad en el Espíritu; sino también como inicio de la transfiguración gloriosa. En Cristo resucitado es glorificado un fragmento de corporeidad, de historia, de cosmos, y esto, en la esperanza de la Iglesia primitiva, es el signo y el inicio de lo que es el destino de toda la humanidad y de todo el cosmos. Si —como dice Pablo— es verdad que la comunidad es el cuerpo de Cristo, todo el cosmos está llamado a convertirse en el gran cuerpo de la humanidad resucitada en Cristo resucitado.[135]

“Primogénito de toda criatura” (Colosenses 1, 14) y “Primicia de los que mueren” (1Corintios   15,20)

Jesús entró tarde en la historia. Como hombre, no vivió antes de su nacimiento. Y sin embargo se le atribuye, antes de su devenir terrestre, una presencia y una acción que se remontan a los orígenes.

Por eso, cuando Pablo comprende que Cristo es la plenitud[136] escatológica, entiende fácilmente que toda realidad terrena sea proyección, aun antes de existir, de dicha plenitud;[137] que Cristo exista antes que toda cosa, porque la plenitud precede a toda participación. En su misterio pascual, Cristo es “el primogénito de toda criatura”, por ser la plenitud final de todo lo creado. (46)[138]

En varias ocasiones, “el primogénito” es llamado imagen de Dios. Este título pertenece al Hijo en su plena revelación es decir en su resurrección, es un título lleno de gloria.[139] En la tradición bíblica, la imagen salida de Dios es por sí misma un comienzo. La sabiduría, esplendor de Dios, es inseparable de la obra creadora;[140] la creación de Adán a imagen de Dios es el principio de la humanidad. Instintivamente el Apóstol une los títulos “imagen de Dios” y “primogénito.”[141] Al igual que la sabiduría. Cristo-imagen es principio de creación, de la nueva creación[142] y de la creación sin más.[143] Esto también caracteriza la acción paterna que resucita a Jesús: es creadora en Cristo y para el mundo.

La resurrección de Cristo implica pues, la resurrección de todos. “Cristo ha resucitado como primicia de los que mueren.”[144] De una vez, sin más, afirma Pablo la relación que une a Cristo con los muertos.

“Cristo es primicia –escribe B. Rey– porque la obra de su vida que se realizó en El la mañana de la Pascua compromete el futuro. Lo que se ha cumplido en su persona no afecta solamente a su ser “individual”; tanto su abatimiento como su glorificación no tienen sentido más que en función de la salvación de los hombres, por la cual fue enviado por el Padre.[145] El es “primicia” porque su resurrección es un acto de Dios que compromete el destino de todos aquellos que le han de estar orgánicamente unidos.”[146]

La palabra “primicia” implica, en realidad, un lazo necesario con la “masa” de los otros muertos de la que Jesús ha salido primero para que los demás le sigan. El es el primero, no solamente en el orden cronológico sino a título de principio: porque El es “primicia”, seguirán necesariamente las demás resurrecciones; El es “primicia de la muchedumbre” de fieles, a la manera como se ofrecía en el templo al día siguiente de la Pascua la primera gavilla del año como primicia de toda la recolección a la que pertenecía.[147]

Cristo resucitado: Nuevo Adán

“Henchid la tierra y sometedla.”[148] Este dominio de toda la creación no había podido realizarse a causa del pecado de Adán; la rebelión del hombre contra Dios implicaba, en cierto sentido, la rebelión del mundo contra el hombre. He aquí, pues, por qué por su obediencia el Mesías va a hacer posible el cumplimiento del designio de Dios sobre la humanidad y su morada, el mundo. Todas las cosas eran solidarias de Adán, todas las cosas serán solidarias del Hijo, ese hombre por quien viene la vida: El obtendrá la sumisión de todas las cosas y las remitirá al Padre. Por El los planes de Dios sobre el hombre y su creación serán llevados a la práctica, a su realización acabada, a su culminación perfecta. La nueva creación será una restauración y cumplimiento del orden primero vinculado a Adán.[149]

En Romanos,[150] Cristo se contrapone al primer Adán en nombre de su muerte; el contraste se sitúa en el plano moral: el pecado y la obediencia. Pero sólo la obediencia no hace aún de Cristo el principio de una nueva humanidad. Para convertirse en Padre de una humanidad pecadora, además de ser desobediente, el pecador Adán tuvo que engendrar. Cristo, además de ser obediente, debe propagar una vida llena de Espíritu, la que se ganó por la muerte,[151] su vida de gloria.

En cambio en Primera a los Corintios,[152] la antítesis no contrapone ya dos actos morales, pecado y obediencia, sino dos principios de vida. El último Adán es el hombre celestial, el Cristo de gloria que prolifera en el Espíritu Santo.[153]

Pablo halla la explicación de este hecho en Génesis,[154] introduciendo en dichas palabras una distinción entre el “espíritu que da la vida” y “ser animado”. Adán es un ser animado; no tiene, pues, la vida en sí: la recibe de fuera, del exterior; Cristo, por el contrario, es el “espíritu vivificante”; posee la vida en sí mismo, y en adelante será el principio divino en el que todos los hombres serán vivificados o reanimados. Dios crea otra humanidad cuyo prototipo es Cristo resucitado, porque “está escrito: fue hecho el primer hombre, Adán, alma viviente; el último Adán, espíritu que da vida.”[155]

Por su resurrección se escapa de la condición terrena del primer Adán y queda constituido en su humanidad glorificada, fuente y origen de la vida para todos los que constituirán la raza o descendencia del segundo Adán.[156] Escribe F.X. Durrwell:

“Su paternidad es más íntima que la de su antepasado terrestre, “alma viviente”, que vive para Él sólo, que fuera de Él enciende focos de vida, que comunica una existencia semejante a la suya y no la suya misma, que es un simple primer eslabón de generaciones sucesivas. Cristo “espíritu vivificante” cuyo ser se irradia, engendra a los hombres englobándolos en su propia gracia[157] y animándolos con su propia vida.”[158]

Por su paso de la muerte a la resurrección, Cristo, en su propio cuerpo, ha arrancado al mundo de su autoesclavitud para establecerle en una relación existencial nueva con su Creador, relación que se funda en un nuevo don que viene de Dios, que es de Dios: el Espíritu. Sin duda el mundo antiguo de Adán persiste, permanece; pero los hombres al unirse e identificarse con Aquel que se ha hecho para ellos “Espíritu vivificante”, adquieren una sobreexistencia que no pertenece a este mundo, sino al cielo, sobreexistencia que se manifestará en la epifanía de la resurrección de los cuerpos.[159] Cristo sustituye el reino de la muerte, instaurado por Adán, por el reino de la vida; actualmente los dos reinos coexisten, pero “al final” sólo permanecerá el reino de la vida.[160]

Cristo Resucitado: Espíritu Vivificante

La muerte de Jesús señala el fin de una existencia según la carne y la entrada en la vida según el Espíritu. Eso es precisamente la resurrección de Cristo, y ahí reside su poder de salvación universal: es la plenitud del Espíritu que invade a un hombre para la salvación de todos.

El Espíritu es resurrección. Esto se sabía ya en Israel.[161] Él es causa de toda resurrección, en Cristo y en los fieles: “Si el Espíritu que resucitó a Jesús de entre los muertos habita en vosotros, Aquel que resucitó a Cristo Jesús de entre los muertos dará también la vida a vuestros cuerpos mortales por su Espíritu que habita en vosotros.”[162] El Padre es el origen de la acción resucitadora, el Espíritu su agente. El Espíritu se manifiesta como poder actuante de Dios en su obra, a la vez de creación y salvación.[163]

Por la acción resucitante del Espíritu, el cuerpo de Cristo es “espiritual”. Su espiritualización ha llegado a ser tan sustancial que obliga a afirmar que Cristo ha sido “hecho espíritu” y que permite intercambiar, sin notable diferencia de sentido, las fórmulas “en Cristo” y “en el Espíritu”. En uno y en otro somos santificados[164] y justificados;[165] porque la vida de Cristo es la vida misma del Espíritu, y “el que se une a Cristo se hace un sólo espíritu con Él.”[166]

La resurrección que transforma a Jesús en el Espíritu, es totalmente divinizadora. Confiere a Cristo lo que Dios mismo es: principio y dador de sentido. Todo en Él es ya realidad de espíritu. Se ha convertido en “cuerpo espiritual”‘. La carne que ocultaba la santidad, ha quedado abolida; las leyes físicas no pesan ya sobre él, el tiempo y el espacio no lo circunscriben, porque el poder y la eternidad del Espíritu suprimen toda flaqueza y toda limitación.[167]

“Cuando el Espíritu espiritualiza a un hombre, –escribe B. Forte– anula en él la carne, lo libera de todo repliegue sobre sí mismo, derriba hasta la última de sus murallas: de Cristo ha hecho, pues, un ser en total apertura, en comunión y don de sí. Vivificado en el Espíritu, Cristo es irradiación del espíritu, un Resucitado semilla de resurrección.”[168]

Hecho espíritu, propaga el Espíritu por comunicación de sí mismo. es un “alimento espiritual” que espiritualiza;[169] pone a los fieles en comunión con su cuerpo para hacer de ellos “un espíritu” con Él.[170] En esta comunión los fieles son “resucitados-con”, “vivificados-con”, arrebatados por esa única acción de Dios, la que glorifica a Cristo en el Espíritu. Dios no repite con cada fiel su intervención pascual, resucita sólo a Cristo, y con Él a quienes están en Él.

A partir de ahora el Espíritu transforma a los fieles, como en el día de la resurrección, a la vez santidad, poder y gloria.[171] Cuando el fiel se vuelve a contemplar la faz de Cristo, es transfigurado de gloria en gloria en esa misma imagen. Y a su vez, Cristo irradia esa fuerza porque, penetrado del Espíritu hasta lo más hondo, Él mismo ha quedado convertido en Espíritu.[172] El Espíritu es la gloria de Dios en Cristo y su fuerza santificante.[173]

Lo que opera en Cristo resucitado como “espíritu vivificante” es obra de Dios, que se opone a lo que es obra de hombre: en el cuerpo glorificado de Cristo halla acceso el hombre a la misma vida divina, se libera de sí mismo para arrojarse en las manos de su Creador.[174]

Afirma G. Rossé:

“Convertido en Espíritu Vivificante, Jesús es capaz, en el don de sí mismo, de comunicar el Espíritu, la potencia creadora de Dios que vivifica y reúne, porque es el amor mismo de Dios comunicado. Y viceversa, solamente el Espíritu transforma la sociedad de los que se reúnen en el nombre de Jesús en Iglesia, por incorporación a Cristo.”[175]

Cristo es ahora un ser-fuente que se realiza multiplicándose, sin dejar por ello de ser él mismo, que vivifica y reúne a los hombres recibiéndolos en El, en su mismo Cuerpo. La Iglesia es entonces el Cuerpo de Cristo Resucitado.

Capítulo III – Bautismo: Re-creados en Cristo

La reconciliación realizada por Cristo produjo una unión nueva del hombre con Dios. Pablo la llama “nueva creación”[176] porque introdujo una nueva forma de existencia en el mundo del hombre, por la que Cristo y el cristiano moran uno en el otro.[177] El hombre participa de esta existencia nueva por la fe y el bautismo, que realizan su incorporación a Cristo y a la Iglesia; tal incorporación encuentra su peculiar consumación en la eucaristía.[178]

Jesucristo resucitado ejerce un ministerio fundamental en y por medio de los sacramentos. Siempre que se administra un sacramento, Cristo resucitado se halla personal y efectivamente presente.

Al considerar los sacramentos como encuentros personales con Cristo,[179] la teología paulina se beneficia de la experiencia espiritual del Apóstol. A las puertas de Damasco, Pablo fue repentinamente asido por Cristo,[180] arrancado a un mundo religioso y lanzado bruscamente a una vida nueva, que representaba una inversión total de los valores, una nueva creación, operada en él como en todo cristiano, por Cristo Jesús.

Para describir esta transfiguración que se opera por la fe y el bautismo, Pablo recurre preferentemente a imágenes antitéticas: los dos Adanes, tinieblas-luz, vida-muerte, carne-espíritu. El bautismo constituye la frontera entre dos edades, entre dos mundos que se enfrentan y se oponen.

La simbólica paulina traduce esta dialéctica espiritual por la imagen del baño que purifica, de la sepultura mística, muerte al hombre viejo y regeneración del hombre nuevo, arrancamiento de las tinieblas e iluminación en el Señor.[181]

Bautismo: participación en Cristo crucificado y resucitado

El bautismo es ese acontecimiento único de la vida de un hombre que permite participar de ese único suceso o hecho trascendental que constituye para la historia de la humanidad la muerte y resurrección de Cristo.[182]

El pensamiento primitivo conocía ya la existencia de un vínculo entre el bautismo y la muerte y resurrección de Jesús.[183] La doctrina de Pablo identifica al cristiano con la muerte, sepultura y resurrección de Cristo por el bautismo,[184] como una participación no solamente moral, sino real, no solamente espiritual sino ontológica[185] en esos episodios claves de la vida del Señor.

“Por el bautismo hemos sido sepultados con Él en la muerte –escribe San Pablo– para que así como Cristo resucitó de entre los muertos por la gloria del Padre, igual nosotros andemos en una vida nueva. Pues si estamos injertados con Él por la semejanza de su muerte, también lo estaremos por la de su resurrección.”[186] La muerte y la resurrección intervienen, tanto una como otra, en la obra salvífica. Pero su papel respectivo es diferente.

Cristo murió; unidos a Él, nosotros también hemos muerto a la vida de la carne replegada sobre sí misma,[187] a la ley y al pecado.[188] Identificado con Cristo en su resurrección, el cristiano participa en una vida nueva y de la misma vitalidad del Cristo resucitado y de su Espíritu.[189] Nace un hombre nuevo,[190] que es “una creación nueva.”[191] Es el comienzo de una existencia “celestial” nueva con Cristo: “Estando nosotros muertos por los pecados, nos hizo revivir junto con Cristo –por gracia habéis sido salvados– y con Él nos ha resucitado y nos ha sentado en los cielos con Cristo Jesús.”[192]

La Vida nueva se halla por tanto vinculada a la resurrección de Cristo, la una no puede evocarse sin la otra. Nuestra muerte se sitúa a la par con la muerte de Cristo, con la vida nueva hay que mencionar también la resurrección.[193]

El bautismo es la pascua del cristiano. Por él, los cristianos pasan por una muerte semejante a la de Cristo, que es muerte al pecado y liberación del mal.[194] Son injertados en El y forman con El “un mismo ser”. De suerte que lo que se llevó a cabo de una manera cruenta en el cuerpo de Cristo crucificado, se realiza sacramentalmente en el cristiano. Se ha hecho participante, se integra en Cristo en el misterio de su muerte y le entrega su mismo ser. Dicho de otro modo: lo que ha tenido lugar en Cristo se ha hecho para Él una realidad.[195]

Dios en virtud del principio de sustitución, acepta que la carne de Cristo inocente muera en lugar y sustitución de las otras. Ahora bastará a los hombres unirse a esta acción liberadora por medio del bautismo. La muerte del bautismo no viene a yuxtaponerse a la de Cristo en la Cruz: el hombre viejo y el cuerpo del pecado mueren en el bautismo porque ya murieron en Cristo en el calvario.[196]

Sobre esta idea reflexiona A. Hamman de este modo:

“Dios no borra primero el pecado para justificar después; la salvación es una realidad indivisa, y un acto único. En un mismo movimiento, una misma acción, un drama único, muere “el cuerpo de pecado”, es enterrado el cuerpo heredado de Adán, destruido en la cruz, y resucita el hombre nuevo en una existencia nueva. Los bautizados ya no viven para lo sucesivo en Adán, sino que están incorporados a Cristo, el Adán nuevo, como criaturas nuevas.”[197]

San Pablo profesa que, tanto la muerte de Cristo como su resurrección, actúan en el fiel por la comunión de éste con Cristo glorioso; el beneficio de la muerte – la remisión de los pecados – recae sobre él en esta comunión. Ahí es donde nos alcanza la redención[198] y donde logramos la salvación;[199] ése es el lugar donde se comunica la justicia de Dios.[200] Así pues, la fórmula “en Cristo” se refiere siempre a una comunión con Cristo glorioso.[201] Escribe G. O´Collins:

“Al ser limpiados espiritualmente del pecado y ser vivificados para Dios en el momento del bautismo, los cristianos individualmente entendidos constituyen un único cuerpo con Cristo resucitado[202] y son injertados en la vida del Hijo de Dios glorificado.”[203]

Cristo vive para Dios porque su humanidad está vivificada por el Espíritu, que es el principio vital del mundo de Dios. Por el bautismo el creyente pertenece ya a ese mundo, y aunque aún camina aquí abajo, debido al don que ha recibido no pertenece ya al mundo del pecado. Su participación en la pascua de Cristo le sitúa en una relación existencial nueva con su Creador. Ya no vive más para el pecado, para la carne o, por emplear las palabras de 2Corintios 5,15, “no vive ya para sí mismo, sino para Aquel que murió y resucitó por él”. En adelante ya no pondrá su esperanza en las realidades de este mundo, porque desde ahora es para Dios, “viviendo para Dios en Cristo Jesús.”[204]

Los cristianos son, pues, introducidos en una nueva vida mediante el bautismo. Pero se habrá de tener en cuenta que Pablo no dice que ellos participen de la resurrección de Cristo. Esta participación total sólo tendrá lugar mediante la resurrección del cuerpo. En esta existencia presente no se nos comunica más que el germen, la semilla de la vida; ésta debe ir desarrollándose en el cristiano y encaminándole hacia su resurrección.[205]

Filiación divina: Participación en la vida trinitaria

El fin primario del bautismo es comunicar la vida divina. Se trata de la participación en la vida trinitaria, de filiación a la manera de Cristo. En el bautismo de Cristo desciende sobre Él el Espíritu Santo y se oye la voz del Padre reveladora: “Este es mi Hijo muy amado, en quien tengo mis complacencias.”[206] Es la expresión de lo que sucede en los demás bautizados.[207]

Es San Pablo quien enseña que la condición de cristianos, como “hijos de Dios por la fe”, se debe a su bautismo “en Cristo.”[208]

Teodoro de Mopsuestia comenta:

“En el bautismo el Obispo dice: “En el nombre del Padre”, recordando así las palabras del Padre: “Este es mi hijo muy querido en quien tengo puestas mis complacencias”. Comprende pues, esto como referido a la adopción filial que te ha sido dada. Luego dice: “En el nombre del Hijo”, tú entiéndelo de Aquel que se hallaba presente en el que fue bautizado, es decir: Jesucristo y reconoce que Él es para ti causa de la adopción filial. Finalmente dice: “En el nombre del Espíritu Santo”, entonces recuerda que Aquel que descendió en forma de paloma y permaneció sobre Jesús; y espera, tú también la confirmación de la adopción filial, porque “los que son conducidos por el Espíritu de Dios, son hijos de Dios”. Por la invocación del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo reciben la gracia de la adopción filial, y entonces salen del agua.

Han recibido el bautismo, el segundo nacimiento. Por tu inmersión en el agua has cumplido el decreto de sepultura, y al salir del agua has recibido un signo de la resurrección. Has nacido y te has transformado totalmente.”[209]

Cristo es la revelación plena del amor del Padre que se entrega, en El, a los hombres. Y es por medio del bautismo cómo los hombres encuentran esa salvación que les confiere la vida de filiación.[210]

Según la carta a los Gálatas, el Espíritu Santo transmite a los hombres el don de la adopción de los hijos de Dios, estimulándoles a la oración propia del Hijo. “La prueba de que sois hijos es que Dios ha enviado a vuestros corazones el Espíritu de su Hijo que clama “¡Abba, Padre!”[211] El hace resonar en los corazones de los cristianos la oración que Jesús mismo dirigía al Padre con amor filial. El Espíritu Santo es Aquel que hace hijos adoptivos y de la capacidad de la adopción filial.[212]

El cristiano bautizado es “templo del Espíritu Santo”[213] e hijo adoptivo del Padre en virtud del Espíritu que ha recibido.[214] El bautismo es un “baño de nacimiento nuevo en el Espíritu Santo.”[215] Este es el principio constitutivo de la filiación adoptiva y la fuente de energía de la vida y conducta del cristiano.[216]

Para F.X. Durrwell:

“El fiel es sumergido y santificado en el Espíritu en comunión con Cristo. El bautismo hace de él una sola cosa con Cristo,[217] lo reviste de Cristo,[218] lo anexiona a su cuerpo.[219] El Espíritu santifica cristificando.”[220]

Su nueva vida significa existir “en” Cristo resucitado, la figura inclusiva en la que los creyentes se saben incorporados.[221] El Espíritu hace “ser en Cristo”; hijos en el Hijo. Con esta expresión el Apóstol manifiesta una relación profunda y personal entre los bautizados y el Resucitado. Quien está “en Cristo” se encuentra bajo su influjo vital y transformante que hace de él una “criatura nueva,”[222] en posesión ya, en su ser profundo, de la vida de resurrección que es la vida misma de Cristo.[223]

Bautizados para ser un solo cuerpo

El bautismo tiene una característica connotación eclesial: es el sacramento que nos une en un solo cuerpo. No se trata de una experiencia exclusivamente individual del cristiano, ya que por el bautismo se establece una vinculación especial entre todos los cristianos. Así reflexionaba Pablo: “Porque en un solo Espíritu también hemos sido bautizados todos nosotros para ser un solo cuerpo, tanto judíos como griegos, tanto esclavos como libres.”[224] Es el principio que Pablo pone en la base de una serie de afirmaciones fundamentales sobre la unidad del Cuerpo Místico de Cristo. Por consiguiente, el hombre alcanza la salvación por su identificación con una comunidad salvífica, por su incorporación al “cuerpo de Cristo.”[225]

En esa profunda unidad constituida por tantas causas unificadoras, el bautismo es la realidad inicial y permanente que garantiza esta cohesión eclesial: “Un solo cuerpo y un solo Espíritu, como una es la esperanza a que habéis sido llamados. Un solo Señor, una sola fe, un solo bautismo.”[226] En el único bautismo todos los cristianos se sienten unidos en el único Cuerpo eclesial.[227]

Así, el bautizado participa de una nueva forma de ser que lo impulsa a compartir la misión salvífica de Dios en la historia. La gracia bautismal capacita a los cristianos a ser, para los demás, sacramentos de la invencible justicia ganada por Jesús glorificado. Al ser bautizados en la resurrección de Cristo crucificado, los cristianos necesitan en consecuencia trasladar la renovación interior, garantizada por el sacramento, a la acción social en favor de toda la humanidad.[228]

La vida nueva del cristiano

El cristiano es iluminado en la mente y el corazón para entrar en el conocimiento de los misterios, que le son plenamente develados sólo en el momento en que se convierte en un bautizado. Por tanto está llamado a la sabiduría que el Espíritu comunica y a la contemplación de las cosas divinas, a la oración filial y a la experiencia sobrenatural de los misterios.[229]

El creyente es un hombre en busca de “un conocimiento”: “Pero en otro tiempo, cuando no conocíais a Dios, servíais a los que en realidad no son dioses. Mas, ahora que habéis conocido a Dios, o mejor, que El os ha conocido, ¿cómo retornáis a esos elementos sin fuerza ni valor, a los cuales queréis volver a servir de nuevo?”[230] El Apóstol presenta ese conocimiento como el fin y el objeto de la renovación de todo bautizado, aquello a lo cual tiende. En otros términos, ese conocimiento es lo que da una orientación, un sentido a su vida de cristiano. El cristiano es introducido en una novedad de vida a la que debe conformar su obrar, su conducta.

El conocimiento no es otra cosa ni tiene otro objeto que la voluntad de Dios.[231] Al decir que Cristo proporciona ese conocimiento del misterio de Dios, se quiere manifestar que al encontrarse con Cristo, el hombre experimenta el amor que Dios le tiene.[232] Al unirse la persona a Cristo y participar de su vida por el bautismo es cuando su destino encuentra su sentido, ese sentido que Dios le ha dado en su amor. Este conocimiento no debe concebirse como un saber de Dios; tiene significación existencial para el hombre; exige de él una entrega personal a Dios, que le llama en Cristo Jesús,[233] en el cual se le da Dios y le colma de toda su plenitud.[234] Como bien dice B. Rey:

“Conocer a Dios no es otra cosa que dejarse conocer por El,[235] integrase en su voluntad amorosa revelada en Jesús. Es dejarse transformar por El, entregarle todo su ser. Adhiriéndose a Cristo uno se conforma totalmente a Dios, se hace propia la voluntad divina, se la constituye en polo de su vida.”[236]

Estos rasgos esenciales de la teología paulina permiten adentrarse en la rica teología de la vida cristiana que se refiere al bautismo como el momento inicial, pero permanente, de la comunión con Cristo y de la participación en la vida en el Espíritu, en la condición de la filiación divina y en la comunión en el mismo Cuerpo eclesial.

De esta iniciación bautismal surgen los compromisos de vida nueva en el imperativo paulino: ¡sed lo que sóis![237] Estos compromisos tienen siempre en el bautismo su causa inicial, vivir por la fuerza del bautismo y su ejemplaridad permanente; vivir según la lógica del bautismo, que es el dinamismo pascual en comunión con Cristo.

Conclusión

Cristo Resucitado se ha constituido, desde el comienzo, en el fundamento de la fe y el contenido esencial de la predicación. En El se separa el mundo viejo del nuevo, creado en y por El; es el “antes” y el “después” de la historia humana. Cristo glorioso es el lugar existencial donde los hombres alcanzan la redención y son regeneradas como creaturas nuevas.

En la vida de Saulo irrumpió Cristo Resucitado revelándose y llamándolo a la misión de anunciarlo a los gentiles. Esta experiencia transforma radicalmente la existencia de Pablo y lo hace un hombre nuevo porque graba vivencialmente en él lo que ha ocurrido a nivel universal por la resurrección de Jesucristo. Su conocimiento del Resucitado lo lanza definitivamente a vivir para El como único absoluto orientando su vida al anuncio del Cristo que había conocido, el Hijo de Dios, Creador de una nueva humanidad.

Es así que el evangelio de Pablo, su predicación, es la del Crucificado resucitado, que en su muerte y resurrección nos salva; la del Hijo de Dios constituido por la resurrección; la del Nuevo Adán, principio de la nueva humanidad; la de Cristo, Espíritu vivificante, ser fuente que se realiza comunicando nueva vida a la humanidad.

Pablo predica que por el bautismo participamos realmente de la muerte y resurrección de Cristo y nos hacemos beneficiarios de los frutos de la resurrección: un vencimiento definitivo del pecado y la muerte y una vida nueva de hijos del Padre para construir en comunidad el Reino de Dios.

Pablo, el Apóstol de los gentiles, exclamaba con dramatismo: “Ay de mí si no predicara el Evangelio,”[238] porque no podía dejar de anunciar a Aquel que se le había revelado y le urgía desde dentro. Y movido por este impulso del Espíritu quería llegar con su evangelización “hasta los confines de la tierra”.

Ante los desafíos del mundo contemporáneo cabe preguntase cómo emprender esa evangelización “nueva en su ardor, sus métodos y en sus formas” que nos propuso el Papa Juan Pablo II. Como dice el Card. J. Ratzinger,

“una nueva evangelización, tiene en primer lugar que dejarse inflamar nuevamente por el Cristo de San Pablo; depende de esta experiencia central: encontrar a Dios en Cristo de un modo vivo. Ningún esfuerzo intelectual, por muy sutil que sea, podrá crear nuevas formas culturales del cristianismo si éstas no surgen de la fuerza liberadora del encuentro con El, bajo cuya luz se manifiesta lo que es “polvo” y lo que es “perla”, por la que merece venderlo todo.”[239]

Hoy en la Iglesia se vive una primavera de vida cristiana en la cual son muchos los cristianos que, a través de diversos carismas del Espíritu, recuperan la plena conciencia de la vida cristiana enraizada en el bautismo, como encuentro con Cristo Resucitado vivo y presente en medio de la humanidad. La llamada universal a la santidad, el apostolado de los laicos, los nuevos testimonios de martirio por la fe, la renovación de la oración, los compromisos de vida evangélica y de la espiritualidad comunitaria, son algunas de las muchas expresiones de la vida bautismal. Esta deja de ser un peso moralista o una costumbre sociológica, para convertirse en un relanzamiento de novedad evangélica y camino de santidad cristiana.[240]

La predicación cristiana debe volver a proponer la participación, no sólo en la experiencia cuaresmal de conversión y purificación, sino también en la experiencia pascual de comunión y glorificación con Cristo Resucitado.[241] Es la experiencia de quien quiere recorrer el camino de los apóstoles y primeros discípulos, que pasaron por la desilusión y desconsuelo de la pasión y muerte a la alegría desbordante del encuentro con el Resucitado. En una “cultura de muerte”, la espiritualidad pascual es una invitación a los cristianos contemporáneos a hacerse expertos en resucitar al hombre en la comunión con Dios en Cristo Resucitado donde se encuentra la felicidad.


[i] Bibliografía.

[1] Tertio Milenio Adveniente, 40)

[2] Tertio Milenio Adveniente, 41)

[3] Gálatas 1,16)

[4] 1Corintios 9,1; cf. 1Corintios 15,8; 2Corintios 4,6 y 2Corintios 9,5)

[5] 1Corintios 2,8)

[6] J. A. Fitzmyer SJ, “Teología de San Pablo”. En R. E. Brown ss, J. A. Fitzmyer SJ, R.E. Murphy O. Carm., Comentario Bíblico San Jerónimo. Tomo V, Madrid, (1972) p. 770.

[7] 2Corintios 5,17b.

[8] Hechos 9,1-19a

[9] Hechos 22,1-21

[10] Hechos 26, 2-23

[11] L. Turrado, Biblia Comentada VI, Madrid, (1965) p. 84.

[12] Exodo 19.

[13] Exodo 3.

[14] G. Barbaglio, Pablo de Tarso y los orígenes cristianos, Salamanca, (1992), p. 68.

[15] G. Barbaglio, Pablo de Tarso y los orígenes cristianos, Salamanca, (1992), 69.

[16] Gálatas 1,1.

[17] Gálatas 1,1b.

[18] cf. 1Corintios 15,4-10. || S. Sabugal, La conversión de San Pablo, Barcelona, (1976) pp. 12-16.

[19] 1Corintios 15, 8-11.

[20] G. Barbaglio, Pablo de Tarso y los orígenes cristianos, Salamanca, (1992) pp. 70.

[21] 1Corintios 9,1c.

[22] Hechos 9,4-5.

[23] 1Corintios 9,1.

[24] S. Sabugal, La conversión de San Pablo, Barcelona, (1976) pp. 20-21.

[25] Gálatas 1,11-12.

[26] Gálatas 1,12a.

[27] Gálatas 1,16.

[28] Gálatas 1,12b.

[29] Gálatas 1,12b.

[30] Gálatas 1,16a.

[31] Gálatas 4,1-6. || S. Sabugal, La conversión de San Pablo, Barcelona, (1976) pp. 12-16.

[32] Gálatas 1,12.16.

[33] G. Barbaglio, Pablo de Tarso y los orígenes cristianos, Salamanca, (1992) pp. 71-72; X. Léon-Dufour, Resurrección de Jesús y mensaje pascual, Salamanca, (1973) pp. 98-99.

[34] Gálatas 1,16.

[35] G. Bornkamm, Pablo de Tarso, Salamanca, 41991, p. 55.

[36] Gálatas 1,13-16.

[37] cf. Romanos 1,1.

[38] Gálatas 1,15-16a.b.

[39] Jeremías 1,5.

[40] Isaías 49,1.

[41] X. Léon-Dufour, Resurrección de Jesús y mensaje pascual, Salamanca, (1973) 96-97.

[42] G. Barbaglio, Pablo de Tarso y los orígenes cristianos, Salamanca, (1992) pp. 71-72.

[43] S. Sabugal, La conversión de San Pablo, Barcelona, (1976) pp. 12-16.

[44] Efesios 3,4. || J. A. Fitzmyer SJ, Teología de San Pablo. En R. E. Brown ss, J. A. Fitzmyer SJ, R.E. Murphy O. Carm., Comentario Bíblico San Jerónimo Tomo V, Madrid, (1972) p. 770.

[45] Gálatas 1,16.

[46] Filipenses 3, 3-14.

[47] Gálatas 1,16.

[48] Gálatas 1,12.

[49] Filipenses 3,8.

[50] cf. Hechos 9,4-5.

[51] Filipenses 3,6.

[52] S. Sabugal, La conversión de San Pablo, Barcelona, (1976) pp. 41-42.

[53] Filipenses 3,5-6.

[54] Filipenses 3,7-8a.

[55] G. Barbaglio, Pablo de Tarso y los orígenes cristianos, Salamanca, (1992) p. 72.

[56] G. Bornkamm, Pablo de Tarso, Salamanca, 4 (1991. p. 50.

[57] Filipenses 3,4-9.

[58] X. Léon-Dufour, Resurrección de Jesús y mensaje pascual, Salamanca, (1973) pp. 101-103.

[59] 2Corintios 3,18.

[60] 2Corintios 4,6.

[61] G. Barbaglio, Pablo de Tarso y los orígenes cristianos, Salamanca, (1992) p. 74.

[62] G. Eichholz, El Evangelio de Pablo. Esbozo de la teología paulina, Salamanca, (1977) pp. 157-186.

[63] G. O´Collins, Jesús Resucitado. Estudio histórico, fundamental y sistemático, Barcelona, (1988) p. 173.

[64] 2Corintios 8,9.

[65] Romanos 8,20.

[66] cf. Gálatas 3,22; Romanos 11,32.

[67] Romanos 7,24. || J. A. Fitzmyer SJ, Teología de San Pablo. En R. E. Brown ss, J. A. Fitzmyer SJ, R.E. Murphy O. Carm., Comentario Bíblico San Jerónimo, Tomo V, Madrid, (1972) pp. 807-816.

[68] Hebreos 2,14.

[69] Filipenses 2,6-8.

[70] F.X. Durrwell, La Resurrección de Jesús, Misterio de salvación, Barcelona, 10 (1979) p. 46.

[71] Romanos 8,3.

[72] 2Corintios 5,21.

[73] Filipenses 2,7.

[74] 2Corintios 8,9, || Ibid., 47; C. I. González SJ, El es nuestra Salvación, Bogotá, (1987) 170-174; J. m. Bover, Teología de San Pablo, Madrid, (1952) pp. 386-418.

[75] Romanos 1,3; 9,5.

[76] Gálatas 4,4.

[77] 2Corintios 13,4.

[78] 1Pedro 3,18,

[79] 2Corintios 13,4.

[80] Romanos 8,3; Romanos 6,6, Romanos 6,10; Hebreos 9,28.

[81] Romanos 6,10 y a la ley.’ Gálatas 2,19; Romanos 7,4; Efesios 2,15; Colosenses 2,14. || F.X. Durrwell, La Resurrección de Jesús, Misterio de salvación, Barcelona, 10 (1979) 4650.

[82] 2Corintios 5,21.

[83] 2Corintios 8,9.

[84] Gálatas 4,4ss.

[85] Ibid., 48; C. I. González SJ, El es nuestra Salvación, Bogotá, (1987) p. 226.

[86] Romanos 8,2.

[87] J. Comblin, La resurrección de Jesucristo, Buenos Aires, (1962) p. 120.

[88] Filipenses 2,6-11.

[89] Romanos 5,19; Filipenses 2,8.

[90] F.X. Durrwell, La Resurrección de Jesús, Misterio de salvación, Barcelona, 10 (1979) p. 55.

[91] Romanos 1,4.

[92] Filipenses 2,9-11) || J. M. Bover, Teología de San Pablo, Madrid, (1952) p. 284.

[93] 1Corintios 5,7 || F.X. Durrwell, La Resurrección de Jesús, Misterio de salvación, Barcelona, 10 (1979) p. 55.

[94] Gálatas 4,1-7.

[95] 2Corintios 5,21.

[96] 1Corintios 15,22; cf. Efesios 2,6.

[97] 2Corintios 5,17.

[98] Colosenses 1,13s.

[99] Romanos 8,1s.

[100] Efesios 2,5ss; Colosenses 2,12ss; Colosenses 3,1.

[101] J. M. Bover, Teología de San Pablo, Madrid, (1952) p. 731.

[102] F.X. Durrwell, La Resurrección de Jesús, Misterio de salvación, Barcelona, 10 (1979) p. 33.

[103] F.X. Durrwell, La Resurrección de Jesús, Misterio de salvación, Barcelona, 10 (1979) pp. 50-51.

[104] G. Eichholz, El Evangelio de Pablo. Esbozo de la teología paulina, Salamanca, (1977) pp. 186-196.

[105] Gálatas 1,16.

[106] Romanos 1,4.

[107] F.X. Durrwell, La Resurrección de Jesús, Misterio de salvación, Barcelona, 10 (1979) p. 113.

[108] Romanos 1,3-4.

[109] Gálatas 1,16) || G. O´Collins, Jesús Resucitado. Estudio histórico, fundamental y sistemático, Barcelona, (1988) p. 223.

[110] Gálatas 1,1.

[111] F.X. Durrwell, La Resurrección de Jesús, Misterio de salvación, Barcelona, 10 (1979) pp. 114-115.

[112] Hechos 13,33; Hebreos 1,5.

[113] F.X. Durrwell, La Resurrección de Jesús, Misterio de salvación, Barcelona, 10 (1979) pp. 115-116; || X. Léon-Dufour, Resurrección de Jesús y mensaje pascual, Salamanca, (1973) pp. 298.

[114] Romanos 8,14ss; Gálatas 4,6.

[115] Romanos 1,4.

[116] B. Forte, Jesús de Nazaret, historia de Dios, Dios de la historia, Madrid, 2 (1983) pp. 296.

[117] Efesios 2,6; Colosenses 2,12.

[118] Efesios 2,5.

[119] Filipenses 3,10.

[120] 1Corintios 4,16.

[121] Colosenses 3,10.

[122] 2Corintios 4,16.

[123] 1Corintios 15,45.

[124] F.X. Durrwell, La Resurrección de Jesús, Misterio de salvación, Barcelona, 10 (1979) pp. 117-118.

[125] F.X. Durrwell, La Resurrección de Jesús, Misterio de salvación, Barcelona, 10 (1979) p. 14 || C. I. González SJ, El es nuestra Salvación, Bogotá, (1987) pp. 281.

[126] B. Rey, Creados en Cristo Jesús. La nueva creación según San Pablo, Madrid, 2 (1972) p. 72.

[127] Romanos 5,15.17.21; Romanos 6,23; 8,1-4) || F.X. Durrwell, La Resurrección de Jesús, Misterio de salvación, Barcelona, 10 (1979) p. 45.

[128] Gálatas 3,23-28; 6,15.

[129] 2Corintios 5,21; Gálatas 6,14.

[130] 2Corintios 5,19.

[131] 2Corintios 5,17; Gálatas 4,4.

[132] Gálatas 3,16; 2Corintios 5,17.

[133] Gálatas 6,16; 2Corintios 5,19. || B. Rey, Creados en Cristo Jesús. La nueva creación según San Pablo, Madrid, 2 (1972) p. 50. Véase también J. Comblin, La resurrección de Jesucristo, Buenos Aires, (1962), p. 162.

[134] Romanos 8,19-22.

[135] P. Coda, Dios entre los hombres, Madrid, 2 (1993), p. 135-136.

[136] Colosenses 1,19; 2,9.

[137] Colosenses 2,17.

[138] F. X. Durrwell, La Resurrección de Jesús, Misterio de salvación, Barcelona, 10 (1979) 119; G. O´Collins, Jesús Resucitado. Estudio histórico, fundamental y sistemático, Barcelona, (1988) 230; C. I. González SJ, El es nuestra Salvación, Bogotá, (1987), p. 279.

[139] 2Corintios 4,4; Colosenses 1,13.15.

[140] Proverbios 8,22-31.

[141] Romanos 8,29; Colosenses 1,15.18.

[142] 1Corintios 15,49; Colosenses 3,10.

[143] Colosenses 1,15ss.

[144] 1Corintios 15,20.

[145] Romanos 1,3-4.

[146] B. Rey, Creados en Cristo Jesús. La nueva creación según San Pablo, Madrid, 2 (1972) p. 61.

[147] cfr. Exodo 22,28; Levítico 23,10-11. || Creados en Cristo Jesús…, p. 58.

[148] Génesis 1,28.

[149] Creados en Cristo Jesús…, pp. 64. Véase G. Eichholz, El Evangelio de Pablo. Esbozo de la teología paulina, Salamanca, (1977) pp. 249-270.

[150] Romanos 5,12-21.

[151] Romanos 5,15.

[152] 1Corintios 15, 20-22.45.

[153] Juan Pablo II, Carta Encíclica Redemptor hominis, del 4 de marzo de (1979) p. 8.

[154] Génesis 2,7.

[155]1Corintios 15, 45 || F.X. Durrwell, La Resurrección de Jesús, Misterio de salvación, Barcelona, 10 (1979) || 79; G. O´Collins, Jesús Resucitado. Estudio histórico, fundamental y sistemático, Barcelona, (1988) p. 259.

[156] B. Rey, Creados en Cristo Jesús. La nueva creación según San Pablo, Madrid, 2 (1972) p. 70.

[157] Romanos 5,15.

[158] F. X. Durrwell, La Resurrección de Jesús, Misterio de salvación, Barcelona, 10 (1979) p. 140.

[159] B. Rey, Creados en Cristo Jesús. La nueva creación según San Pablo, Madrid, 2 (1972) p. 71.

[160] Creados en Cristo Jesús. La nueva creación según San Pablo, p. 61.

[161] Ezequiel 37,1-14.

[162] Romanos 8,11.

[163] F. X. Durrwell, La Resurrección de Jesús, Misterio de salvación, Barcelona, 10 (1979) 74. También en B. Forte, Jesús de Nazaret, historia de Dios, Dios de la historia, Madrid, 2 (1983) p. 296.

[164] 1Corintios 1,2; 1Corintios 6,11.

[165] Gálatas 2,17; 1Corintios 6,11.

[166] 1Corintios 6,17) || F. X. Durrwell, La Resurrección de Jesús, Misterio de salvación, Barcelona, 10 (1979) p. 80; J. Comblin, La resurrección de Jesucristo, Buenos Aires, (1962) p. 166.

[167] B. Forte, Jesús de Nazaret, historia de Dios, Dios de la historia, Madrid, 2 (1983) pp. 296-300.

[168] F. X. Durrwell, La Resurrección de Jesús, Misterio de salvación, Barcelona, 10 (1979) pp. 82-83.

[169] 1Corintios 10,3.

[170] 1Corintios 6,17.

[171] 2Corintios 3,18-4,6.

[172] 2Corintios 3,17ss.

[173] La Resurrección de Jesús, Misterio de salvación, pp. 77-78.

[174] Efesios 2, 17) || B. Rey, Creados en Cristo Jesús. La nueva creación según San Pablo, Madrid, 2 (1972) p. 74.

[175] G. Rossé, “La Iglesia, Cuerpo de Cristo”. En Autores Varios, El Misterio de la Iglesia, Madrid, (1984) p. 87.

[176] Gálatas 6,15; 2Corintios 5,17.

[177] Juan 14,23.

[178] J. A. Fitzmyer SJ, Teología de San Pablo. En R. E. Brown ss, J. A. Fitzmyer SJ, R.E. Murphy O. Carm., Comentario Bíblico San Jerónimo Tomo V, Madrid, (1972) p. 816.

[179] Juan Pablo II, Redemptor hominis, Carta Encíclica del 4 de marzo de (1979) p. 20.

[180] 1Corintios 15,8.

[181] A. Hamman, El Bautismo y la Confirmación, Barcelona, 2 (1970) p. 48.

[182] B. Rey, Creados en Cristo Jesús. La nueva creación según San Pablo, Madrid, 2 (1972) p. 118.

[183] F. X. Durrwell, La Resurrección de Jesús, Misterio de salvación, Barcelona, 10 (1979) p. 239.

[184] J. A. Fitzmyer SJ, Teología de San Pablo. En R. E. Brown ss, J. A. Fitzmyer SJ, R.E. Murphy O. Carm., Comentario Bíblico San Jerónimo Tomo V, Madrid, (1972) p. 818.

[185] A. Hamman, El Bautismo y la Confirmación, Barcelona, 2 (1970) p. 50.

[186] Romanos 6,4-5.

[187] 2Corintios 5,15-17.

[188] Gálatas 2,19; Romanos 6,6.10.

[189] 1Corintios 6,17; Colosenses 2,12-13.

[190] Efesios 2,15.

[191] Gálatas 6,15; 2Corintios 5,17) || J. A. Fitzmyer SJ, Teología de San Pablo. En R. E. Brown ss, J. A. Fitzmyer SJ, R.E. Murphy O. Carm., Comentario Bíblico San Jerónimo Tomo V, Madrid, (1972) p. 819.

[192] Efesios 2,5-6.

[193] F. X. Durrwell, La Resurrección de Jesús, Misterio de salvación, Barcelona, 10 (1979) p. 30.

[194] B. Rey, Creados en Cristo Jesús. La nueva creación según San Pablo, Madrid, 2 (1972) p. 122.

[195] Creados en Cristo Jesús. La nueva creación según San Pablo, p. 123.

[196] Creados en Cristo Jesús. La nueva creación según San Pablo, p. 127.

[197] A. Hamman, El Bautismo y la Confirmación, Barcelona, 2 (1970) p. 50.

[198] Romanos 3,24; 1Corintios 1,30; Colosenses 1,14.

[199] cf. 2Timoteo 2,10.

[200] 2Corintios 5,21; Gálatas 2,17.

[201] F. X. Durrwell, La Resurrección de Jesús, Misterio de salvación, Barcelona, 10 (1979) pp. 30-31.

[202] 1Corintios 12,12-13.

[203] G. O´Collins, Jesús Resucitado. Estudio histórico, fundamental y sistemático, Barcelona, (1988) p. 236.

[204] B. Rey, Creados en Cristo Jesús. La nueva creación según San Pablo, Madrid, 2 (1972) p. 128.

[205] B. Rey, Creados en Cristo Jesús. La nueva creación según San Pablo, Madrid, 2 (1972) p. 119.

[206] Mateo 3, 16-17.

[207] E. Ancilli, Diccionario de Espiritualidad. Tomo I. En la voz: “Bautismo”, Barcelona, (1983) pp. 211-216. Véase también Concilio Ecuménico Vaticano II, Constitución dogmática Lumen Gentium, p. 40.

[208] Gálatas 3, 26-27 || J. A. Fitzmyer SJ, Teología de San Pablo en R. E. Brown ss, J. A. Fitzmyer SJ, R.E. Murphy O. Carm., Comentario Bíblico San Jerónimo Tomo V, Madrid, (1972) p. 818.

[209] Teodoro de Mopsuestia, Homilía III sobre el Bautismo, n. 25. En E. Contreras, El Bautismo, Ediciones Don Bosco, Buenos Aires, (1978) p. 92.

[210] B. Rey, Creados en Cristo Jesús. La nueva creación según San Pablo, Madrid, 2 (1972) p. 118.

[211] Gálatas 4,6.

[212] Juan Pablo II, “La acción personal del Espíritu Santo según la doctrina de San Pablo”, Catequesis del miércoles 3 de octubre de 1990. En L´Osservatore romano, 7 de octubre de 1990, p. 3.

[213] 1Corintios 6,19)

[214] Gálatas 4,6)

[215] Tito 3,5)

[216] J. A. Fitzmyer SJ, “Teología de San Pablo”. En R. E. Brown ss, J. A. Fitzmyer SJ, R.E. Murphy O. Carm., Comentario Bíblico San Jerónimo, Tomo V, Madrid, (1972) p. 819.

[217] Romanos 6,5)

[218] Gálatas 3,27)

[219] 1Corintios 12,13)

[220] F. X. Durrwell, La Resurrección de Jesús, Misterio de salvación, Barcelona, 10 (1979) p. 240.

[221] Romanos 8,1; Romanos 16,7; 1Corintios   15,22; Filipenses 3,8) || G. O´Collins, Jesús Resucitado. Estudio histórico, fundamental y sistemático, Barcelona, (1988) p. 236.

[222] 2Corintios 5,17)

[223] G. Rossé, “La Iglesia, Cuerpo de Cristo”. En Autores Varios, El Misterio de la Iglesia, Cuerpo de Cristo, Madrid, p. 88.

[224] 1Corintios 12,13; Gálatas 3,28, Efesios 2,15.

[225] J. A. Fitzmyer SJ, Teología de San Pablo. En R. E. Brown ss, J. A. Fitzmyer SJ, R.E. Murphy O. Carm., Comentario Bíblico San Jerónimo Tomo V, Madrid, (1972) p. 819.

[226] Efesios 4,4-5.

[227] J. Castellano Cervera OCD, Los sacramentos de la iniciación cristiana: bautismo, confirmación, eucaristía. En Autores Varios, La Iglesia, salvación del hombre II, Madrid, (1987) p. 59.

[228] G. O´Collins, Jesús Resucitado. Estudio histórico, fundamental y sistemático, Barcelona, (1988) p. 237.

[229] J. Castellano Cervera OCD, “Los sacramentos de la iniciación cristiana: bautismo, confirmación, eucaristía.” En Autores Varios, La Iglesia, salvación del hombre II, Madrid, (1987)   p. 64.

[230] Gálatas 4, 8-9.

[231] Colosenses 1,9-10) || B. Rey, Creados en Cristo Jesús. La nueva creación según San Pablo, Madrid, 2 (1972) p. 143.

[232] Efesios 2,4.

[233] Efesios 1,18.

[234] Efesios 3,19.

[235] Gálatas 4,8.

[236] B. Rey, Creados en Cristo Jesús. La nueva creación según San Pablo, Madrid, 2 (1972) p. 145.

[237] J. Castellano Cervera OCD, “Los sacramentos de la iniciación cristiana: bautismo, confirmación, eucaristía.” En Autores Varios, La Iglesia, salvación del hombre II, Madrid, (1987) p. 64.

[238] 1Corintios 9,16.

[239] J. Ratzinger, Ser cristiano en la era neopagana, Madrid, (1995) p. 76.

[240] J. Castellano Cervera OCD, “Los sacramentos de la iniciación cristiana: bautismo, confirmación, eucaristía.” En Autores Varios, La Iglesia, salvación del hombre II, Madrid, (1987) p. 76.

[241] Comité para el Jubileo del año 2000, Jesucristo, Salvador del mundo, Madrid, 5 (1997) p. 134.

[i] Bibliografía

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Barbaglio, Giuseppe, Pablo de Tarso y los orígenes cristianos, Sígueme, Salamanca, (1992).

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