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Jorge Novoa

La Santísima Virgen ha conformado su voluntad de manera tan eminente con la de Dios, que la Santa Iglesia le rinde el culto de veneración (dulía) que es propio de los siervos (santos), es decir, de los servidores fieles del Señor. María, ocupa entre los hombres y mujeres que colaboraron con una apertura total al proyecto de Dios, un lugar eminente y del todo singular (Lumen Gentium, 53). Es así, llamada bienaventurada por todas las generaciones, dado que el fruto de su vientre, Jesús, es el Hijo del Altísimo.

El culto a la Santísima Virgen está por encima de todos los cultos que se tributan en la Iglesia Católica a los siervos fieles del Señor, es la primera entre las criaturas del Señor. Aunque la Iglesia la honra con un culto especial (Lumen Gentium 66,) “tal como existió siempre en la Iglesia, a pesar de ser enteramente singular, se distingue esencialmente del culto de adoración, tributado al Verbo Encarnado, lo mismo que al Padre y al Espíritu Santo.” (Lumen Gentium, 66).

La Iglesia al tiempo que la reconoce como miembro eminente de su Pueblo, con una misión única, ser la Madre del Salvador, también la contempla como Icono suyo. En ella, Dios deja ver el rostro de la Iglesia, contemplándola, el Pueblo de Dios descubre el modo de ser Iglesia; en la grandeza de su fe, su inquebrantable esperanza y su amor fiel, María es modelo de la Iglesia.

La Iglesia ha iluminado la enseñanza sobre la Santísima Virgen, partiendo de la Sagrada Escritura, la Tradición y el Magisterio, estas verdades han sido guardadas celosamente desde los orígenes y reconocidas en algunos momentos históricos como dogmas, es decir, verdades de fe que exigen nuestra adhesión y que tienen su origen en Dios. La Iglesia Católica reconoce estas verdades y las enseña a sus fieles, para que las guarden en el corazón y las trasmitan de generación en generación.

El tema ha sido explicitado y aclarado en el Catecismo de la Iglesia Católica (n. 88-90)

88 · El Magisterio de la Iglesia ejerce plenamente la autoridad que tiene de Cristo cuando define dogmas, es decir, cuando propone, de una forma que obliga al Pueblo cristiano a una adhesión irrevocable de fe, verdades contenidas en la Revelación Divina o verdades que tienen con ellas un vínculo necesario.

89 · Existe un vínculo orgánico entre nuestra vida espiritual y los dogmas. Los dogmas son luces en el camino de nuestra fe, lo iluminan y lo hacen seguro. De modo inverso, si nuestra vida es recta, nuestra inteligencia y nuestro corazón estarán abiertos para acoger la luz de los dogmas de fe (cf. Juan 8,31-31)

90 · Los vínculos mutuos y la coherencia de los dogmas pueden ser hallados en el conjunto de la Revelación del Misterio de Cristo (cf. Concilio Vaticano I: Denzinger-Schönmetzer 3016: Nexus mysteriorum ;Lumen Gentium 25). Existe un orden o jerarquía de las verdades de la doctrina católica, puesto que es diversa su conexión con el fundamento de la fe cristiana (Unitatis Redintegratio, 11).

Los dogmas sobre la Santísima Virgen son cuatro:

1 · María es “ Madre de Dios” (Theotokos)

Todos las prerrogativas y privilegios que recibió la Santísima Virgen estuvieron ordenados al cumplimiento de su misión, ser la Madre del Salvador. San Juan en su relato del Evangelio, nunca llama a María por su nombre, evidentemente lo conocía, pero, sabía que el nombre exacto para María era aquel que definía su misión, ser la Madre de Jesús.

Esta verdad de la fe cristiana tuvo su formulación solemne en el Concilio de Efeso (431 d.C). En contraposición con Nestorio, que consideraba a María exclusivamente como madre de Jesús-hombre, este Concilio puso de relieve el significado esencial de la maternidad de la Virgen María. En el momento de la Anunciación, pronunciando su “fiat”, María concibió un hombre que era Hijo de Dios, consubstancial al Padre. Por consiguiente, es verdaderamente la Madre de Dios, puesto que la maternidad abarca toda la persona y no sólo el cuerpo.

Declara el Concilio de Letrán bajo el Papa Martín I en el año 649 lo siguiente:

“Si alguno, según los Santos Padres, no confiesa que propia y verdaderamente es madre de Dios la santa y siempre virgen e inmaculada María, ya que concibió en los últimos tiempos sin semen, del Espíritu Santo, al mismo Verbo de Dios propia y verdaderamente, que antes de todos los siglos nació del Padre, y que dio a luz sin corrupción, permaneciendo indisoluble su virginidad aun después del parto, sea condenado…”

En esta declaración del Magisterio de la Iglesia (649), aparecen claramente explicitadas las enseñanzas sobre la   virginidad perpetua y la inmaculada concepción de Santísima Virgen que luego se definirán solemnemente,..

2 · María es “Inmaculada” ( Concebida sin pecado original)

Como miembro de la Iglesia, María pone al servicio de los hermanos su santidad personal, fruto de la gracia de Dios y de su fiel colaboración. La Inmaculada constituye para todos los cristianos un fuerte apoyo en la lucha contra el pecado y un impulso perenne a vivir como redimidos por Cristo, santificados por el Espíritu e hijos del Padre.

En orden a su misión, María, fue preservada del pecado original, siendo ella, “Toda Santa”, como tempranamente la llamó la Iglesia, fue el primer sagrario que custodió a Jesús, con una total e incondicional entrega al proyecto de Dios. Esta es la solemne declaración que realizó el Papa Pio IX.

Definición solemne: Pío IX, Ineffabilis Deus, 8 de diciembre de 1854.

“Declaramos, proclamamos y definimos que la doctrina que sostiene que la bienaventurada virgen María fue preservada inmune de toda mancha de la culpa original en el primer instante de la concepción por singular gracia y privilegio de Dios Omnipotente en atención a los méritos de Cristo Jesús Salvador del género humano, está revelada por Dios y debe ser por tanto firme y constantemente creída por todos los fieles”.

3 · María es “Siempre Virgen” (Antes, durante y después del parto)

En la actualidad algunos teólogos, incluso católicos, han puesto en duda este dogma que la Iglesia enseña, influidos por la cultura hedonista y una exégesis liberal de talante protestante, se han esforzado en acumular argumentos que contradicen la Tradición y el Magisterio.

Constitución “Cum quorumdam” de Paulo IV año 1555

“A todo y cada uno de los que hasta ahora afirmaron, dogmatizaron o creyeron[…] que Nuestro Señor[…] no fue concebido según la carne en el seno de la beatísima y siempre Virgen María por obra del Espíritu Santo, sino, como los demás hombres, del semen de José;[…] o que la misma beatísima Virgen María no es verdadera Madre de Dios ni permaneció siempre en la integridad de la virginidad, es decir, antes del parto, en el parto y perpetuamente después del parto; de parte de Dios omnipotente, Padre, Hijo y Espíritu Santo, con autoridad apostólica requerimos y avisamos[…]”

“… nec perstitisse semper in virginitatis integritate, ante partum scilicet, in partu et perpetuo post partum …” – San Agustín (354-430)

“Por lo cual solamente esta mujer es madre y virgen, no sólo en el espíritu, sino también en el cuerpo.”[1]

“No se trataba de una madre cualquiera, sino de una Madre virgen. María, en efecto, recibió el don de la fecundidad sin menoscabo de su integridad: fue virgen al concebir, en el parto y perpetuamente.”[2] – San Cirilo de Alejandría (444)

Dios te salve, María, Virgen, Madre y Esclava: Virgen, por gracia de Aquél que de ti nació sin menoscabo de tu virginidad; Madre, por razón de Aquél que llevaste en tus brazos y alimentaste con tu pecho; Esclava, por causa de Aquél que tomó forma de siervo. Entró el Rey en tu ciudad, o por decirlo más claramente, en tu seno; y de nuevo salió como quiso, permaneciendo cerradas tus puertas. Has concebido virginalmente, y divinamente has dado a luz.[3] – San León Magno (461)

Dios todopoderoso y clemente, cuya naturaleza es bondad, cuya voluntad es poder, cuya acción es misericordia, desde el instante en que la malignidad del diablo nos hubo emponzoñado con el veneno mortal de su envidia, señala los remedios con que su piedad se proponía socorrer a los mortales. Esto lo hizo ya desde el principio del mundo, cuando declaró a la serpiente que de la Mujer nacería un Hijo lleno de fortaleza para quebrantar su cabeza altanera y maliciosa (cfr. Génesis 3, 15); es decir, Cristo, el cual tomaría nuestra carne, siendo a la vez Dios y hombre; y, naciendo de una virgen, condenaría con su nacimiento a aquél por quien el género humano había sido manchado.

Después de haber engañado al hombre con su astucia, regocijábase el diablo viéndole desposeído de los dones celestiales, despojado del privilegio de la inmortalidad y gimiendo bajo el peso de una terrible sentencia de muerte. Alegrábase por haber hallado algún consuelo en sus males en la compañía del prevaricador y por haber motivado que Dios, después de crear al hombre en un estado tan honorífico, hubiese cambiado sus disposiciones acerca de él para satisfacer las exigencias de una justa severidad. Ha sido, pues, necesario, amadísimos, el plan de un profundo designio para que un Dios que no se muda, cuya voluntad por otra parte no puede dejar de ser buena, cumpliese—mediante un misterio aún más profundo— la primera disposición de su bondad, de manera que el hombre, arrastrado hacia el mal por la astucia y malicia del demonio, no pereciese, subvirtiendo el plan divino.

Ha nacido según un nuevo nacimiento, concebido por una virgen, dado a luz por una virgen, sin que atentase a la integridad de la madre. Tal origen convenía, en efecto, al que sería salvador de los hombres (…). Pues el Padre de este Dios que nace en la carne es Dios, como lo testifica el arcángel a la Bienaventurada Virgen María: el Espíritu Santo vendrá sobre ti y el poder del Altísimo te cubrirá con su sombra, porque el Hijo que nacerá de ti será santo, y será llamado Hijo de Dios (Lucas 1, 35).

Origen dispar, pero naturaleza común. Que una virgen conciba, que una virgen dé a luz y permanezca virgen, es humanamente inhabitual y desacostumbrado, pero revela el poder divino. No pensemos aquí en la condición de la que da a luz, sino en la libre decisión del que nace, naciendo como quería y podía. ¿Quieres tener razón de su origen? Confiesa que es divino su poder. El Señor Cristo Jesús ha venido, en efecto, para quitar nuestra corrupción, no para ser su víctima; no a sucumbir en nuestros vicios, sino a curarlos. Por eso determinó nacer según un modo nuevo, pues llevaba a nuestros cuerpos humanos la gracia nueva de una pureza sin mancilla. Determinó, en efecto, que la integridad del Hijo salvaguardase la virginidad sin par de su Madre, y que el poder del divino Espíritu derramado en Ella (cfr. Lucas 1, 35) mantuviese intacto ese claustro de la castidad y esta morada de la santidad en la cual Él se complacía, pues había determinado levantar lo que estaba caído, restaurar lo que se hallaba deteriorado y dotar del poder de una fuerza multiplicada para dominar las seducciones de la carne, para que la virginidad—incompatible en los otros con la transmisión de la vida—viniese a ser en los otros también imitable gracias a un nuevo nacimiento.

Mas esto mismo, amadísimos, de que el Señor haya escogido nacer de una virgen, ¿no aparece dictado por una razón muy profunda? Es a saber, que el diablo ignorase que había nacido la salvación para el género humano; que ignorando su concepción por obra del Espíritu Santo, creyese que no había nacido de modo diferente de los otros hombres. Efectivamente, viendo a Cristo en una naturaleza idéntica a la de todos, pensaba que tenía también un origen semejante a todos; no conoció que estaba libre de los lazos del pecado Aquél a quien veía sujeto a la debilidad de la muerte. Pues Dios, que en su justicia y en su misericordia tenía muchos medios para levantar al género humano (cfr. Salmo 85, 15), ha preferido escoger principalmente el camino que le permitía destruir la obra del diablo no con una intervención poderosa, sino con una razón de equidad.

(…) Alabad, pues, amadísimos, a Dios en todas sus obras (cfr. Sabiduría 39, 19) y en todos sus juicios. Ninguna duda oscurezca vuestra fe en la integridad de la Virgen y en su parto virginal. Honrad con una obediencia santa y sincera el misterio sagrado y divino de la restauración del género humano. Abrazaos a Cristo, que nace en nuestra carne, para que merezcáis ver reinando en su majestad a este mismo Dios de gloria, que con el Padre y el Espíritu Santo permanece en la unidad de la divinidad por los siglos de los siglos. Amén.[4] – San Juan Damasceno (675-749)

Madre de la gloria

Hoy es introducida en las regiones sublimes y presentada en el templo celestial la única y santa Virgen, la que con tanto afán cultivó la virginidad, que llegó a poseerla en el mismo grado que el fuego más puro. Pues mientras todas las mujeres la pierden al dar a luz, Ella permaneció virgen antes del parto, en el parto y después del parto.[5] – Santo Tomás de Aquino (1274)

“Se dice en el mismo símbolo que nació de la Virgen María, y es llamada Virgen en el sentido absoluto de la palabra, porque permaneció Virgen antes del parto, en el parto y después del parto. Hemos demostrado suficientemente que su virginidad no sufrió menoscabo antes ni después del parto. En el acto del parto tampoco sufrió menoscabo su virginidad.”[6] – San Buenaventura (1274)

“…porque todas las otras mujeres concebían con concupiscencia, pero la bienaventurada Virgen concibió a Cristo sin varón y sin concupiscencia; y así empezó la novedad, y con ello fue restituida la perfecta inocencia.”

“Nace, en efecto, Dios, de la Virgen pero nace fecundándola y hermoseándola, sin aportillar ni corromper su integridad virginal, según aquello de Ezequiel 44; “esta puerta ha de estar cerrada por siempre…”[7]

4 · María fue “Asunta al cielo” (Fue llevada al cielo en cuerpo y alma)

Luego de cumplir plenamente en su vida la voluntad del Padre, con una vida de perfección (llena de gracia) por el ejercicio permanente de las virtudes teologales; fe, esperanza y caridad, la Iglesia afirma que Nuestra Señora no quedó en el sepulcro aguardando la segunda venida de su Hijo para el juicio final, fue lleva al cielo en cuerpo y alma . Y si aquella maravillosa mujer, “toda santa”, fue quien tomando de la mano a su pequeño hijo, como instrumento elegido por Dios, la que lo introdujo en el conocimiento y las costumbres de su pueblo, paradójicamente, ella le presentó al creador sus criaturas. Quiso el Señor llevándola de su mano, tenerla junto a sí, para que bajo el Ave María de los coros angélicos, tomara posesión del trono la que iba a ser consagrada Reina. La Iglesia te saluda como, Reina y Señora de todo lo creado.

Definición dogmática: Pio XII “Munificentissimus Deus” 1 de septiembre de 1950.

“Proclamamos, declaramos y definimos ser dogma divinamente revelado que la Inmaculada Madre de Dios, siempre Virgen María, cumplido el curso de su vida terrena fue asunta en cuerpo y alma a la gloria celestial.” – San Juan Damasceno (675-749)

Madre de la gloria

Hoy es introducida en las regiones sublimes y presentada en el templo celestial la única y santa Virgen, la que con tanto afán cultivó la virginidad, que llegó a poseerla en el mismo grado que el fuego más puro. Pues mientras todas las mujeres la pierden al dar a luz, Ella permaneció virgen antes del parto, en el parto y después del parto.[8]

Hoy el arca viva y sagrada del Dios viviente, la que llevó en su seno a su propio Artífice, descansa en el templo del Señor, templo no edificado por manos humanas. Danza David, abuelo suyo y antepasado de Dios, y con él forman coro los ángeles, aplauden los Arcángeles, celebran las Virtudes, exultan los Principados, las Dominaciones se deleitan, se alegran las Potestades, hacen fiesta los Tronos, los Querubines cantan laudes y pregonan su gloria los Serafines. Y no un honor de poca monta, pues glorifican a la Madre de la gloria.

Hoy la sacratísima paloma, el alma sencilla e inocente consagrada al Espíritu Santo, salió volando del arca, es decir, del cuerpo que había engendrado a Dios y le había dado la vida, para hallar descanso a sus pies; y habiendo llegado al mundo inteligible, fijó su sede en la tierra de la suprema herencia, aquella tierra que no está sujeta a ninguna suciedad.

Hoy el Cielo da entrada al Paraíso espiritual del nuevo Adán, en el que se nos libra de la condena, es plantado el árbol de la vida y cubierta nuestra desnudez. Ya no estamos carentes de vestidos, ni privados del resplandor de la imagen divina, ni despojados de la copiosa gracia del Espíritu. Ya no nos lamentamos de la antigua desnudez, diciendo: me han quitado mi túnica, ¿cómo podré ponérmela? (Cantar de los Cantares 5, 3). En el primer Paraíso estuvo abierta la entrada a la serpiente, mientras que nosotros, por haber ambicionado la falsa divinidad que nos prometía, fuimos comparados con los jumentos (cfr. Salmos 48, 13). Pero el mismo Hijo Unigénito de Dios, que es Dios consustancial al Padre, se hizo hombre tomando origen de esta tierra purísima que es la Virgen. De este modo, siendo yo un puro hombre, he recibido la divinidad; siendo mortal, fui revestido de inmortalidad y me despojé de la túnica de piel. Rechazando la corrupción me he revestido de incorrupción, gracias a la divinización que he recibido.

Hoy la Virgen inmaculada, que no ha conocido ninguna de las culpas terrenas, sino que se ha alimentado de los pensamientos celestiales, no ha vuelto a la tierra; como Ella era un cielo viviente, se encuentra en los tabernáculos celestiales. En efecto, ¿quién faltaría a la verdad llamándola cielo?; al menos se puede decir, comprendiendo bien lo que se quiere significar, que es superior a los cielos por sus incomparables privilegios. Pues quien fabricó y conserva los cielos, el Artífice de todas las cosas creadas — tanto de las terrenas como de las celestiales, caigan o no bajo nuestra mirada—, Aquél que en ningún lugar es contenido, se encarnó y se hizo niño en Ella sin obra de varón, y la transformó en hermosísimo tabernáculo de esa única divinidad que abarca todas las cosas, totalmente recogido en María sin sufrir pasión alguna, y permaneciendo al mismo tiempo totalmente fuera, pues no puede ser comprehendido.

Hoy la Virgen, el tesoro de la vida, el abismo de la gracia—no sé de qué modo expresarlo con mis labios audaces y temblorosos—nos es escondida por una muerte vivificante. Ella, que ha engendrado al destructor de la muerte, la ve acercarse sin temor, si es que está permitido llamar muerte a esta partida luminosa, llena de vida y santidad. Pues la que ha dado la verdadera Vida al mundo, ¿cómo puede someterse a la muerte? Pero Ella ha obedecido la ley impuesta por el Señor y, como hija de Adán, sufre la sentencia pronunciada contra el padre. Su Hijo, que es la misma Vida, no la ha rehusado, y por tanto es justo que suceda lo mismo a la Madre del Dios vivo. Mas habiendo dicho Dios, refiriéndose al primer hombre: no sea que extienda ahora su mano al árbol de la vida y, comiendo de él, viva para siempre (Génesis 3, 22), ¿cómo no habrá de vivir eternamente la que engendró al que es la Vida sempiterna e inacabable, aquella Vida que no tuvo inicio ni tendrá fin?

(…) Si el cuerpo santo e incorruptible que Dios, en Ella, había unido a su persona, ha resucitado del sepulcro al tercer día, es justo que también su Madre fuese tomada del sepulcro y se reuniera con su Hijo. Es justo que así como Él había descendido hacia Ella, Ella fuera elevada a un tabernáculo más alto y más precioso, al mismo cielo.

Convenía que la que había dado asilo en su seno al Verbo de Dios, fuera colocada en las divinas moradas de su Hijo; y así como el Señor dijo que El quería estar en compañía de los que pertenecían a su Padre, convenía que la Madre habitase en el palacio de su Hijo, en la morada del Señor, en los atrios de la casa de nuestro Dios. Pues si allí está la habitación de todos los que viven en la alegría, ¿en donde habría de encontrarse quien es Causa de nuestra alegría?

Convenía que el cuerpo de la que había guardado una virginidad sin mancha en el alumbramiento, fuera también conservado poco después de la muerte.

Convenía que la que había llevado en su regazo al Creador hecho niño habitase en los tabernáculos divinos.

Convenía que la Esposa elegido por el Padre, viviese en la morada del Cielo.

Convenía que la que contempló a su Hijo en la Cruz, y tuvo su corazón traspasado por el puñal del dolor que no la había herido en el parto, le contemplase, a El mismo, sentado a la derecha del Padre.

Convenía, en fin, que la Madre de Dios poseyese todo lo que poseía el Hijo, y fuese honrada por todas las criaturas.


[1] San Agustín, Sobre la Santa Virginidad, Obras XII, BAC, Madrid, n. 121, p. 128.

[2] San Agustín, Sermón 72 A, 3, 7-8.

[3] San Cirilo, Encomio a la Santa Madre de Dios.

[4] San León Magno, Nacimiento virginal de Cristo, Homilía 2 sobre la Navidad del Señor.

[5] San Juan Damasceno, Homilía 2 en la dormición de la Virgen María, 2 y 14.

[6] Santo Tomás de Aquino, Compendio de Teología.   Rialp – Madrid, 1980, p. 298.

[7] San Buenaventura, “Jesucristo”, Obras, BAC, Madrid, n. 9, pp. 359 y 345.

[8] San Juan Damasceno, Homilía 2 en la dormición de la Virgen María, 2 y 14