los-valores-no-negociables

Daniel Iglesias Grèzes

El Papa Benedicto XVI se refirió en distintas ocasiones a los que él denominaba principios o valores no negociables de los católicos en la vida política, enumerando varios de esos principios: el derecho humano a la vida, los derechos naturales del matrimonio y de la familia, la libertad de educación, la libertad religiosa, el bien común y la justicia social, etc.

Se ha criticado la expresión “valores no negociables” diciendo que los valores son valores y punto. No habría lugar pues a una distinción entre valores negociables y no negociables. El propósito de este artículo es mostrar que la expresión en cuestión es correcta y muy útil, porque subraya un carácter peculiar de algunos valores políticos, de los que otros valores políticos carecen.

Ante la objeción planteada, lo primero que se puede responder es que no todos los valores son iguales. Existe una jerarquía de valores. Por ejemplo, el valor de una vida humana es mayor (infinitamente mayor) que el de una vida animal. Puestos en una situación en la que debamos elegir entre un valor u otro, tenemos el deber de elegir siempre a favor del respeto y el cuidado de la vida humana. Por lo tanto, en cierto sentido, el valor de una vida animal es “negociable”; cede ante otros valores superiores.

En la misma línea, convendría recordar que no todos los actos buenos son moralmente obligatorios. Algunos son opcionales. Por ejemplo, en muchos casos puede ser opcional dar una limosna mayor o menor; pero el respeto de la norma moral que prohíbe el homicidio no es moralmente opcional, sino obligatorio.

Lo dicho hasta aquí podría parecer suficiente. Sin embargo, podemos profundizar algo más nuestra respuesta si nos fijamos en que la expresión cuestionada se refiere a los valores de los católicos en la vida política. Por lo tanto, es fundamental distinguir entre los valores políticos claramente afirmados por la doctrina católica de los valores políticos que son opinables y están sujetos a discusión entre católicos.

De acuerdo con su afirmación de la legítima autonomía de la comunidad política, la Iglesia Católica reconoce no tener soluciones concretas para todos los problemas políticos que enfrentan las sociedades humanas. Por ejemplo, no es tarea de la Iglesia enseñar si se debe o no se debe privatizar una empresa pública determinada (por ejemplo, una empresa petrolera). En este terreno tienen la palabra los partidos y las ideologías políticas.

En cambio hay cuestiones políticas que no son opinables para los fieles católicos. El Magisterio de la Iglesia ha enseñado constantemente esta doctrina. Véase por ejemplo el número 570 del Compendio de la Doctrina Social de la Iglesia: “Cuando en ámbitos y realidades que remiten a exigencias éticas fundamentales se proponen o se toman decisiones legislativas y políticas contrarias a los principios y valores cristianos, el Magisterio enseña que «la conciencia cristiana bien formada no permite a nadie favorecer con el propio voto la realización de un programa político o la aprobación de una ley particular que contengan propuestas alternativas o contrarias a los contenidos fundamentales de la fe y la moral».”

En la expresión “valores no negociables”, el adjetivo “no negociables” expresa que se trata de condiciones necesarias de moralidad, que no pueden ser abandonadas (“negociadas”) a cambio de otros valores, por positivos que éstos sean. Como establece otro principio fundamental de la moral católica, no es lícito hacer el mal para obtener un bien; es decir, el fin no justifica los medios.

Por otra parte, conviene advertir que, incluso entre los mismos valores no negociables, podemos advertir diferencias importantes. Algunos de esos valores (por ejemplo, el bien común y la justicia social) son muy genéricos, por lo que su aplicación práctica no es inmediata, sino que requiere la mediación de otras normas más específicas; en cambio otros valores (como el derecho humano a la vida) tienen una aplicación práctica más inmediata.

Por ejemplo, difícilmente se encontrará en todo el mundo un partido político que alegue estar en contra del respeto a la dignidad humana o que no se muestre interesado en combatir la pobreza. Aquí el problema está en los detalles: ¿Cuál es el fundamento y el alcance de los derechos humanos? ¿Cómo combatir la pobreza y promover la justicia social? Es fácil ver que en esas áreas hay muchísimos temas sobre los cuales existe un pluralismo político legítimo entre los católicos. Por ejemplo: un determinado monopolio, ¿debe ser mantenido o eliminado? ¿Se debe aumentar, mantener o disminuir el gasto público? ¿Se debe aumentar, mantener o disminuir los impuestos? En temas como éstos, los cristianos pueden legítimamente disentir entre sí. No obstante, aún si un cristiano se encuentra dentro del rango del pluralismo legítimo, debe evitar el error de presentar su propia postura como la única válida desde el punto de vista de la fe cristiana.

En cambio hay otros temas acerca de los cuales la doctrina católica exige a todos los católicos tener una postura unánime: por ejemplo, el rechazo a la legalización del aborto, de las uniones concubinarias y de las uniones homosexuales. Es evidente que existen partidos políticos que se oponen a que el Estado garantice el derecho humano a la vida, desde la concepción hasta la muerte natural, o promueven la equiparación de las uniones concubinarias y las uniones homosexuales con el matrimonio. De ahí que esos otros valores no negociables permitan un fácil discernimiento de la ilicitud moral de algunos programas políticos.

Así como es inaceptable que un católico vote por un partido racista aduciendo que el mal de la postura racista de ese partido es compensado por sus aciertos en otras materias (por ejemplo, la seguridad ciudadana o las obras públicas), también es inaceptable que un católico vote por un partido pro-abortista o pro-homosexualista aduciendo que esos errores de su partido son compensados por sus aciertos en otras materias (por ejemplo, la justicia social).

En suma, la expresión “valores no negociables en la vida política” se traduce en la convicción de que hay errores fundamentales que descalifican absolutamente a un programa político, porque tienden a construir una sociedad inhumana.

Infocatolica, 9 de marzo de 2014

 

 

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