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P. Gerald E. Murray
Gerald E. Murray

Los laicos me han preguntado una y otra vez: “¿Qué puedo hacer para ayudar a resolver la crisis en la Iglesia?” Mi respuesta es: “Oración y acción”. Por acción, quiero decir: dar a conocer tu descontento con los obispos norteamericanos a la Santa Sede y a sus colegas católicos.

La oración es poderosa. Dios quiere que oremos a Él por las gracias que necesitamos para remediar los males que encontramos en la Iglesia hoy. Nuestras oraciones nos recuerdan que dependemos totalmente de Dios y que Dios quiere que ejercitemos nuestro amor por Él en el dulce deber de buscar Su ayuda.

También debemos actuar para incitar a los pastores de la Iglesia a reconocer los graves problemas que enfrentamos y hacer lo que sea necesario para resolverlos.

El desaliento por la larga historia de delitos sexuales y encubrimientos episcopales es generalizado. Esto es comprensible, pero debemos resistir ese sentimiento porque el desaliento puede convertirse en una excusa para la inacción.

Los laicos de a pie tienen un gran poder para influir en sus pastores en el momento presente. Los obispos dependen del apoyo de su pueblo y de la buena voluntad de las autoridades civiles que observan si el pueblo católico en general apoya a sus obispos. Si esas autoridades sienten que el rebaño está enojado con los pastores, entonces usarán su poder para responsabilizar a los pastores ante la ley.

La revelación del escándalo de McCarrick y las revelaciones de malversación episcopal con respecto a los sacerdotes criminales en Pennsylvania no resultaron de una sincera apertura de los obispos que mostraron lo que había en sus archivos. Las revelaciones fueron el resultado de ciertos procedimientos legales en curso y por venir que gozan de gran aprobación pública.

En el caso de McCarrick, la historia salió a la luz porque la Arquidiócesis de Nueva York decidió ofrecer una compensación monetaria a las víctimas de abuso sexual clerical a cambio de un acuerdo para no demandar a la Arquidiócesis en caso (ahora inevitable, tras la reciente elección de una mayoría demócrata en el senado estatal) que se extendiera el estatuto de limitaciones del estado de Nueva York.

Si bien algunos ven esta extensión venidera como un ataque a la Iglesia (ya que casi seguramente eximirá a los maestros de escuelas públicas), la extensión es también una respuesta comprensible al hecho de que muchas personas pueden afirmar de manera creíble haber sido agredidas sexualmente por sacerdotes cuando eran jóvenes

Esas víctimas merecen una compensación por lo que sufrieron a manos de los sacerdotes bajo la supervisión de los obispos cuya negligencia permitió que estos crímenes ocurrieran, especialmente a través de ignorar insensiblemente los incidentes anteriores de delitos sexuales cometidos por sacerdotes a los que se les permitió, a sabiendas, seguir ministrando en parroquias y colegios.

La presión pública en apoyo de los procedimientos legales para llegar a la verdad es el trasfondo de toda esta historia. Si el Boston Globe no hubiera convencido a un juez de Massachusetts para abrir los registros en el caso de P. John Geoghan, los horrores que ocurrieron en la Arquidiócesis de Boston nunca se hubieran conocido. Y los sacerdotes depredadores de parroquias y escuelas habrían continuado disfrutando de la protección episcopal que los salvaba de las sanciones penales y canónicas.

El fallo del juez a favor del Boston Globe recibió amplio apoyo público. El cardenal Law se sintió obligado a renunciar porque perdió el apoyo de los católicos de Boston.

Pero la indignación pública justificada en aquel caso no fue comprendida por Roma. Está claro que la Santa Sede no abordó la situación en los Estados Unidos con la seriedad necesaria.

El desorden en la Arquidiócesis de Boston no fue un hecho aislado. La Santa Sede debería haberse dado cuenta de que era absolutamente necesario que el Papa enviara investigadores a todas las diócesis de los Estados Unidos para exponer el comportamiento criminal de los clérigos y proteger a los jóvenes del mismo tipo de sacerdotes criminales que habían sido removidos en la Arquidiócesis de Boston. No fue suficiente dejar que cada diócesis se examinara a sí misma, como lo demuestran manifiestamente las recientes revelaciones.

El hecho de no haber actuado en 2002 ha vuelto a atormentar a la Iglesia en 2018. Los laicos están realmente disgustados por las revelaciones frecuentes de delitos sexuales cometidos por sacerdotes y la protección episcopal a los depredadores.

No confían en que los obispos se vigilen a sí mismos. No pueden entender por qué la Santa Sede no ha actuado de manera más decisiva, sino que ha puesto un obstáculo al plan de reformas formulado por la conferencia de obispos y diseñado para erradicar la corrupción y restaurar la confianza.

El papel de los laicos hoy es rescatar a nuestra Iglesia orando y actuando. La presión pública sobre la jerarquía no es una forma de rebelión o deslealtad. Es una forma de corrección fraterna diseñada para captar la atención de aquellos, incluido el Papa Francisco, que deben ser estimulados a actuar de manera más rápida y decisiva para enfrentar y erradicar el mal en la Iglesia.

El mismo Papa Francisco hizo un mea culpa por su defensa vehemente del ahora obispo Barros en Chile. Sin la presión pública, es poco probable que hubiera actuado de manera tan decisiva como lo hizo.

La situación de los Estados Unidos es crítica, sobre todo porque lo que sucedió aquí tiene repercusiones en otros lugares. ¿La iglesia quedará limpia o no? ¿Será purificada por sus líderes o por el poder coercitivo del estado?

Solo el Papa tiene el poder de exigir una rendición de cuentas a los obispos y eliminar a los responsables que permitieron el desarrollo de una cultura de inmunidad que ha permitido a los delincuentes sexuales seguir pasándola bien, ocultos detrás de una pantalla de pagos, traslados de parroquia en parroquia y mentiras.

Dar a conocer todo esto al Santo Padre y al Vaticano, individualmente y en común con los demás, es una forma poderosa de servir al Señor y promover el verdadero bien de la Iglesia.

El Padre Gerald E. Murray es párroco de la parroquia de la Sagrada Familia en New York.

Artículo publicado originalmente en The Catholic Thing.

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