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Michael Baruzzini

El 29 de octubre de 2018, la Unión Astronómica Internacional anunció su recomendación de que la antigua “Ley Hubble” se denomine “Ley Hubble-Lemaître”. La ley relaciona las distancias de las galaxias con su movimiento lejos de la Tierra. Entre otras evidencias, la  ley sugiere que toda la materia del universo surgió de un solo punto en el pasado antiguo y que se expandió formando el cosmos que conocemos hoy día. Esa teoría se conoce hoy como el “Big Bang” o la “Gran Explosión”.

El nombre del astrónomo estadounidense Edwin Hubble —quien fue el primero en detectar el desplazamiento al rojo en el espectro lumínico de las galaxias que se alejan de la Tierra— siempre estuvo asociado con ese descubrimiento. Pero, de hecho, fue el sacerdote católico belga Georges Lemaître quien se adelantó a deducir matemáticamente las leyes del cosmos en expansión, y quien propuso el origen del universo desde un punto ancestral y singular. Su contribución ha ganado más reconocimiento en los últimos años, incluyendo gestos como la recomendación más reciente de la Unión Astronómica Internacional.

Como a menudo se dice que la ciencia y la fe modernas se oponen, es bueno ver a un sacerdote, especialmente a un sacerdote contemporáneo, reconocido por una importante contribución a la ciencia. Pero más que simplemente ilustrar que los católicos pueden participar en el desarrollo de la ciencia, hay algo especial e irónicamente significativo en la asociación de un sacerdote católico con la teoría del Big Bang.

La cosmología del Big Bang proporciona el marco general para nuestra comprensión actual de todo el cosmos como un evento histórico en movimiento. Si se puede decir que la cosmología clásica —con sus esferas ordenadas y pulcritud geométrica— coincidía con la mente católica por su énfasis en el orden jerárquico, entonces se puede decir lo mismo de la cosmología moderna: que es parte del instinto católico de la historia.

En la ciencia moderna, como en el punto de vista católico, no encontramos un cosmos de homogeneidad eterna e inmutable (como en la teoría del “Estado Constante” que era el rival del Big Bang a principios de la cosmología del siglo XX); tampoco encontramos un caos confuso, con seres complicados que surgen aparentemente de la nada, como en las cosmogonías paganas. Más bien, la ciencia moderna presenta una imagen en la que la rica complejidad del universo moderno se origina en una singularidad causal, desde la cual las fuerzas físicas básicas surgen e interactúan para florecer en el cosmos que conocemos hoy.

El propio Lemaître se refirió a esta antigua singularidad como un “Huevo Cósmico”. Usemos una analogía utilizada originalmente para un propósito superior, invoquemos la imagen de una pequeña semilla, que crece para producir grandes ramas, en las que las aves del aire hacen sus nidos.

A nivel material, la ciencia actual afirma que de la gran semilla cósmica surgió la red de galaxias, estrellas y planetas. En la formación y los finales explosivos de los ciclos de vida de estrellas incontables, el universo se enriqueció con los elementos que hacen posible todas las cosas del mundo que nos rodea, incluida la vida. A Carl Sagan, el popularizador agnóstico pero carismático de la ciencia moderna, le gustaba decir que “somos polvo de estrellas”. Lo que Sagan, a pesar de todas sus imágenes poéticas, nunca imaginó del todo, es que un día, en un pequeño mundo rocoso, el Autor de toda la historia cósmica tomó ese polvo de estrellas y entró físicamente en su Creación.

Hoy las objeciones al Big Bang provienen a menudo del ámbito religioso: ¿cómo se puede equiparar este relato con la presentación bíblica de la Creación? Sin embargo la sospecha original del Big Bang vino de la dirección opuesta: se parecía demasiado a la religión. La Iglesia proclamaba una Creación ex nihilo, un momento antes del cual no había tiempo ni nada material, y ahora la ciencia parecía apuntar a lo mismo.

En 1978, Arno Penzias y Robert Wilson recibieron el Premio Nobel de Física por su observación del “trasfondo cósmico de microondas”, la primera evidencia importante del evento del Big Bang. Penzias escribiría más tarde sobre el Big Bang y el origen del universo: “Los mejores datos que tenemos son exactamente lo que yo hubiera predicho si no hubiera tenido nada más que los cinco libros de Moisés, los Salmos, la Biblia …”

Pero tengamos cuidado: fue el mismo Lemaître quien advirtió al Papa Pío XII que no identificara demasiado al Big Bang con el acto real de la Creación. Encontrar la creación está más allá del alcance de la ciencia. Incluso Tomás de Aquino sostuvo que la razón por sí sola no podía discernir si el universo tuvo un comienzo; eso solo nos puede llegar por revelación divina. Así también la ciencia, investigando las causas materiales, solo puede seguir las causas hasta un punto; no puede ver más allá.

El Big Bang puede o no puede haber sido el comienzo. Sin embargo, científicamente hablando, el Big Bang representa el evento histórico singular del cual emerge todo el mundo material que conocemos, el único punto a través del cual pasa toda la historia de la física. Por eso, la ciencia moderna puede decir que conoce cómo comenzó el universo conocido. Y allí, en su descubrimiento, encontramos al P. Lemaître, un sacerdote que contribuyó a la ciencia, no solo por habernos dado una visión científica importante entre otras, sino por haber descripto la teoría más fundamental de la historia de la cosmología.

La religión siempre ha tenido su propia cosmología, su historia de la Creación. Pero encontramos, en un giro interesante, que cuando la ciencia usó sus legítimas herramientas para descubrir la formación del mundo, el evento fue descubierto por primera vez no por un ateo razonable liberado de las cadenas de “superstición”, sino por un sacerdote que no encontró conflicto entre su antigua fe y los descubrimientos revolucionarios de la ciencia más reciente.

Artículo publicado originalmente en The Catholic Thing.

Michael Baruzzini es un escritor y editor científico independiente que escribe para publicaciones católicas y científicas. También es el creador de CatholicScience.com, que asiste estudiantes católicos de ciencias exactas y naturales.

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