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Daniel Iglesias Grèzes

El progresismo es una especie de “religión laica” cuya esencia es la fe en el Progreso, es decir la creencia en que la historia está determinada de modo que avanza necesariamente hacia un futuro venturoso y utópico, una suerte de paraíso terrenal forjado por el hombre. El progresismo es un historicismo, o sea una doctrina relativista que niega la existencia de verdades permanentes. Toda verdad sería histórica, en el sentido de que sería válida sólo en determinada época, o sea que sería relativa a una situación histórica. Una señal del grado de avance alcanzado por el relativismo progresista es que hoy en los debates políticos, filosóficos e incluso teológicos con mucha frecuencia se deja de lado la cuestión de la verdad o falsedad de las ideas y se discute más bien su relevancia o irrelevancia, si son o no adecuadas al espíritu de la época.

El progresismo es un liberalismo. El liberalismo, en el fondo, es la doctrina que afirma la autonomía moral absoluta del hombre y de la sociedad. Los filósofos liberales de los siglos XVII, XVIII y XIX (incluso los creyentes) planearon una sociedad organizada sin ninguna referencia a la ley moral natural establecida por Dios. En pocas palabras, intentaron reorganizar la sociedad “como si Dios no existiera”. Por sus raíces racionalistas y secularistas, el liberalismo tiende fácilmente al progresismo. De ahí que en Norteamérica, en el lenguaje corriente, “liberal” sea sinónimo de “progresista”.

Existen distintas formas de progresismo. Por un lado, hay un “progresismo de derecha” que combina la antropología individualista y la fe liberal en la “mano invisible” del mercado capitalista con la fe positivista en que el desarrollo científico y tecnológico conducirá a la humanidad hacia un futuro de paz, prosperidad y felicidad. Por otro lado, hay un “progresismo de izquierda” basado sobre todo en el materialismo histórico de Marx, que confía en que la revolución socialista producirá finalmente la sociedad sin clases, donde cesarán toda alienación y toda explotación del hombre por el hombre. Mientras que el progresismo de derecha suele ser reformista, el progresismo de izquierda suele ser revolucionario: tiende a despreciar las tradiciones, considerándolas como vínculos con un pasado de oscurantismo y de opresión que debe ser destruido para construir la sociedad perfecta del futuro.

El marxismo clásico buscaba primero tomar el poder político por medio de una revolución violenta, para luego construir el socialismo, eliminando la propiedad privada de los medios de producción. Marx no centró sus reflexiones en la cultura sino en la economía, porque pensaba que la infraestructura económica determina la superestructura cultural. En cambio varios pensadores marxistas del siglo XX (sobre todo la Escuela de Frankfurt y Antonio Gramsci) reconocieron que era muy difícil hacer la revolución socialista sin antes haber transformado la cultura. Esos pensadores concibieron un “marxismo cultural” que busca hacer primero una revolución cultural, eliminando o sustituyendo las formas de pensar y de actuar incompatibles con el marxismo. Esto se traduce en una destrucción o desnaturalización del sentido común, la familia, la Iglesia, etc.

Las rebeliones estudiantiles de 1968 fueron un momento crucial de esa revolución cultural. Muchos de los jóvenes rebeldes de ese entonces pensaban que muy pronto el comunismo se impondría en todo el mundo. Sin embargo, la irrupción de los tanques soviéticos en Praga fue el comienzo del fin del comunismo en Europa Oriental y de la Unión Soviética. En cambio, el legado cultural de 1968 es más persistente que su legado político. Los hippies fueron pioneros de una mentalidad individualista y hedonista, bien representada en aquel slogan del “mayo francés”: “Vivir sin obligaciones y gozar sin trabas”. Esta mentalidad se ha impuesto progresivamente, en gran parte a través de los medios de comunicación social. Su difusión ha causado, entre otros muchos males, un auge del divorcio y la “unión libre”.

La ideología de género, última encarnación del progresismo

De 1970 a 2000 se desarrolló el feminismo radical de la “perspectiva de género”, muy diferente del feminismo original. La “perspectiva de género” se aparta del sentido común de la humanidad. Es una ideología que afirma que las diferencias entre el hombre y la mujer, a pesar de las obvias diferencias biológicas, no corresponden a una naturaleza fija, sino que son unas construcciones meramente culturales y convencionales, hechas según los roles y estereotipos que cada sociedad asigna a los sexos.

La ideología de género es un neomarxismo, que traslada la dialéctica de la lucha de clases al interior de la familia. En esto prolonga una noción del marxismo clásico, que concibió a la familia como estructura burguesa, opresora del proletariado:

“El primer antagonismo de clases de la historia coincide con el desarrollo del antagonismo entre el hombre y la mujer unidos en matrimonio monógamo, y la primera opresión de una clase por otra, con la del sexo femenino por el masculino” (Friedrich Engels, El origen de la familia, la propiedad y el Estado).

La ideología de género es un dualismo contradictorio (una especie de “materialismo platónico”), pues disocia completamente, en el ser humano, la naturaleza de la cultura, el sexo del “género”, lo corporal de lo espiritual. Pero un materialista no puede ser platónico, porque no cree en el espíritu.

La ideología de género es la última rebelión de la creatura contra su condición de creatura. Con esa ideología, el ateo actual pretende liberarse no sólo de Dios y de su propia condición espiritual, sino incluso de las exigencias de su propio cuerpo (cf. Pedro Trevijano Echeverría, Ratzinger y la ideología de género).

“Actualmente se considera a la mujer como un ser oprimido; así que la liberación de la mujer sirve de centro nuclear para cualquier actividad de liberación tanto política como antropológica con el objetivo de liberar al ser humano de su biología. Se distingue entonces el fenómeno biológico de la sexualidad de sus formas históricas, a las que se denomina ‘gender’, pero la pretendida revolución contra las formas históricas de la sexualidad culmina en una revolución contra los presupuestos biológicos. Ya no se admite que la ‘naturaleza’ tenga algo que decir, es mejor que el hombre pueda modelarse a su gusto, tiene que liberarse de cualquier presupuesto de su ser: el ser humano tiene que hacerse a sí mismo según lo que él quiera, sólo de ese modo será ‘libre’ y liberado. Todo esto, en el fondo, disimula una insurrección del hombre contra los límites que lleva consigo como ser biológico. Se opone, en último extremo, a ser criatura. El ser humano tiene que ser su propio creador, versión moderna de aquél ‘seréis como dioses’: tiene que ser como Dios.” (Cardenal Joseph Ratzinger, La sal de la tierra).

Por último, la ideología de género es anticientífica e ilógica. Es anticientífica porque desestima las muchas evidencias científicas de la fortísima base biológica de la masculinidad y la femineidad. Y es ilógica por sus incoherencias. Aquí me referiré sólo a una incoherencia flagrante: si el “género” es una mera construcción cultural y la homosexualidad es un género, la homosexualidad no puede estar biológicamente determinada, como sostienen muchos partidarios de la ideología de género.

¿Hacia un mundo feliz?

 En 1932 el inglés Aldous Huxley publicó su notable novela distópica Brave New World, conocida en español como Un mundo feliz. Impresiona constatar cómo, hace 86 años, Huxley previó el advenimiento de una sociedad hedonista, masificada y clasista, caracterizada por la manipulación técnica del origen de la vida humana, por medio de un proceso que él llamó “bokanovskificación” y que hoy llamamos “clonación”. En el Estado mundial totalitario descrito en esa novela, cada persona pertenece desde su nacimiento a una casta que cumple una función socio-económica determinada, según su nivel jerárquico. Los niños son criados en grupos para eliminar su individualidad, y se usa una droga para controlar a las masas. Se practica ampliamente un sexo puramente recreativo, sin significado humano ni consecuencias reproductivas, debido a una anticoncepción sistemática. El calendario del Estado mundial tiene su año cero en 1908, el año en que se fabricó el primer automóvil Ford modelo T. Los años se nombran como antes o después de Ford. En esta dictadura “benevolente” no hay enfermedades ni guerras, ni matrimonios ni fidelidad sexual, y la gente ama su estado servil.

En nuestra actual civilización, la amenaza de una ciencia sin conciencia y de un progreso técnico amoral es ya una realidad grave. Extrapolando la actual tendencia a un desarrollo técnico desvinculado de la ética, nos enfrentamos a la oscura perspectiva de una sociedad cada vez más deshumanizada. Esa tendencia se muestra hoy con máxima claridad en el ámbito de la biotecnología, que parece encaminada a convertir al ser humano en un producto industrial más, comprable y vendible por catálogo. Consideremos brevemente cinco de los muchos fenómenos que apuntan en esa dirección:

1 · “Donaciones” de esperma o de óvulos. Las clínicas de reproducción humana artificial insisten en que el dinero que pagan a cada “donante” de esperma o de óvulos no es un pago por sus gametos, sino una “compensación” por su tiempo invertido, sus gastos de viajes, etc. Sin embargo, la motivación principal de esos “donantes” suele ser pecuniaria. En algunos países, “donar” esperma es una de las pocas maneras legales, rápidas y fáciles de hacer bastante dinero. Dado que se puede “donar” esperma hasta una vez por semana, no pocos “donantes” llegan a engendrar in vitro a muchas decenas de hijos al cabo de pocos años. Como en general esas “donaciones” son anónimas, es posible que un hijo de tan promiscuo padre termine por casarse con una media hermana, sin saberlo.

2 · Congelación de embriones humanos. La mayoría de los embriones humanos concebidos in vitro no son transferidos a un útero, sino almacenados en estado de congelación, en reserva para un posible uso futuro. No existe la menor duda de que estos embriones “sobrantes” son individuos de la especie humana. Por lo tanto, miles de seres humanos sobreviven por un tiempo más o menos largo en las congeladoras de las clínicas de reproducción humana artificial. Al final, la gran mayoría de ellos serán “descartados”, probablemente cuando finalice el plazo que la ley positiva del país establezca para su conservación obligatoria.

3 · Experimentación con embriones humanos. Algunos embriones humanos “sobrantes” son utilizados para la experimentación científica. Por ejemplo, de uno de esos embriones se puede extraer una “célula madre” embrionaria, causando la muerte del embrión. Aunque, a diferencia de la investigación con células madre adultas, la investigación con células madre embrionarias no ha arrojado resultados terapéuticos positivos, cada año muchos embriones humanos son sacrificados en el altar de una ciencia sin escrúpulos morales.

4 · “Maternidad subrogada”. En muchos países se discute ahora si legalizar o no lo que la gente corriente, con expresión brutal pero exacta, conoce como “vientres de alquiler”, y la “neo-lengua” progresista designa con eufemismos tales como “maternidad subrogada” o “gestación por otra”. La “maternidad subrogada” se practica a menudo a través de las fronteras internacionales. Por ejemplo, una pareja estadounidense infértil puede alquilar el vientre de una mujer de la India para hacerse de su hijo una vez que ella lo dé a luz y lo entregue a cambio de la suma convenida. La oposición a esta moderna y repugnante forma de esclavitud podría llegar a ser un área de acuerdo entre cristianos y feministas.

5 · Robots sexuales. Ya están a la venta unos “robots sexuales” capaces de satisfacer los deseos sexuales de sus dueños. Lamentablemente, los “expertos en ética” que estudian este asunto tienden a limitarse a discutir si se deberían prohibir los robots sexuales con apariencia de menores de edad y si el uso de robots sexuales disminuirá o aumentará la probabilidad de que sus usuarios cometan crímenes sexuales contra gente de carne y hueso.

Esta clase de fenómenos evidencia la vacuidad del mito del Progreso que obnubila a la parte dominante de nuestra cultura: lo que se ve aquí no es verdadero progreso, sino una marcha muy rápida hacia la autodestrucción del hombre.

Hacia un liberalismo integral

El liberalismo clásico está basado en un individualismo radical, cuyo ideal es el individuo libre de todo vínculo que lo condicione. En esa perspectiva, se concibe a la sociedad como un mal necesario para la seguridad y el desarrollo del individuo. A continuación intentaré mostrar que la antropología individualista está en la base, no sólo de la mayoría de las actuales propuestas políticas de “derecha”, sino también de las de “izquierda”.

Según la antropología individualista, el ser humano existe para sí mismo y los demás seres humanos son en cierto modo sus adversarios. Se suele decir que “mi libertad termina donde empiezan las libertades de los demás”. Esta frase común implica una noción individualista de la libertad. Si lo que yo busco es maximizar mi libertad y los otros limitan mi libertad, la existencia de otros es en principio algo malo para mí. En esa perspectiva, “El infierno son los otros”, como dijo Jean-Paul Sartre.

En el siglo XVII Thomas Hobbes aplicó el individualismo a escala social, sentando las bases de la filosofía política absolutista. Hobbes partió de este principio: “El hombre es el lobo del hombre”. Según Hobbes, los seres humanos somos por naturaleza enemigos los unos de los otros. Por lo tanto, en el “estado de naturaleza” los hombres se dañaban y mataban los unos a los otros. Para poner fin a ese peligroso estado de anarquía, los hombres realizaron el “contrato social”, renunciando a sus libertades individuales a favor del monarca absoluto, en busca de seguridad.

Partiendo de una antropología optimista (el “mito del buen salvaje”), Jean-Jacques Rousseau llegó a una conclusión similar: el hombre es bueno por naturaleza, pero la sociedad lo corrompe y esclaviza. Según Rousseau, en el “contrato social” el individuo cede sus derechos a la “voluntad general”, que es infalible, y así alcanza la verdadera libertad. El “pueblo” ocupa aquí el lugar del monarca absoluto de Hobbes. Se siembra así la semilla de los totalitarismos modernos.

En la perspectiva individualista de Hobbes, Rousseau y otros pensadores, la sociedad es un mal necesario y el “contrato social” es un intento de balancear la libertad y la seguridad de los individuos. Nótese que gran parte de la “derecha” y de la “izquierda” políticas comparten el mismo diagnóstico individualista, aunque difieran en la terapia: la “derecha” intenta maximizar la libertad a expensas de la seguridad, mientras que la “izquierda” busca maximizar la seguridad a expensas de la libertad.

Para el individualista, el amor verdadero, la búsqueda desinteresada del bien ajeno, no es más que una quimera. Por tanto, la sociedad individualista no es una “civilización del amor”, sino una trama trabajosa y en cierto modo contra natura que intenta lograr el equilibrio de los distintos intereses de los individuos, necesariamente contrapuestos entre sí.

Lo que está ocurriendo hoy en gran parte de Occidente es una rápida convergencia de los liberalismos de derecha y de izquierda en una suerte de liberalismo integral, una realidad emergente muy preocupante. Los liberales de derecha solían propugnar una libertad económica desligada de la moral, que daba lugar a un “capitalismo salvaje”, obsesionado por la maximización del lucro aún a costa de la explotación de los trabajadores o de la degradación del medio ambiente. Sin embargo, en las cuestiones “sociales” candentes de la política actual (aborto, homosexualidad, drogas, etc.) solían mantenerse apegados a posiciones “conservadoras”, vale decir afines al orden moral objetivo. Por su parte, los liberales de izquierda solían ser los grandes impulsores del “progresismo” en lo social, luchando por implantar la legalización del aborto, el matrimonio homosexual, etc. En cambio, en el terreno económico defendían un fuerte y creciente intervencionismo del Estado, o incluso la colectivización total de la economía.

La convergencia que antes mencionamos se debe a dos desarrollos recientes. En primer lugar, el fracaso completo del “socialismo real” en la URSS y sus satélites llevó a que gran parte de la izquierda no sólo abandonara la meta final del colectivismo sino también reconociera la invalidez de muchas de las recetas izquierdistas clásicas en materia económica. De ahí que hoy la distancia entre las propuestas económicas de los partidos tradicionales de derecha o de izquierda difieran relativamente poco entre sí.

En segundo lugar, dada la incoherencia básica entre su filosofía liberal y su conservadurismo social, en las últimas décadas casi todos los partidos de derecha han tendido a ceder cada vez más ante los embates de la reingeniería social anticristiana impulsada por la izquierda. La derecha, en vez de resistir firmemente esa revolución, tiende a secundarla desde posiciones más “moderadas” que sólo retrasan un poco la marcha hacia el falso “progreso”. Instalada en una pendiente deslizante y sin puntos de apoyo firmes, la derecha tiende a caer en el mismo abismo que la izquierda.

De este modo surge ante nuestros ojos un liberalismo integral, que combina la amoralidad económica del capitalismo liberal de derecha y la amoralidad social de la revolución cultural de izquierda. Este liberalismo integral, un nuevo monstruo que en nuestros tiempos está dando apenas sus primeros pasos, pronto revelará su carácter antihumano incluso a quienes hoy se obstinan en no verlo.

La solución cristiana

Lo dicho hasta acá nos lleva a la siguiente conclusión esquemática: el capitalismo liberal es el gran problema de nuestra era; el socialismo marxista es la falsa solución; y la doctrina social cristiana es la solución verdadera.

Por naturaleza, es decir en virtud de la voluntad sapientísima y perfectísima del Creador, el ser humano es a la vez un ser individual y un ser social. No es un individuo aislado, que existe para sí mismo: “No es bueno que el hombre esté solo” (Génesis 2,18).

Termino citando un poema de Santa Teresa de Jesús inspirado en el Cantar de los Cantares, que expresa la finalidad relacional de la existencia humana:

“Ya toda me entregué y di
Y de tal suerte he trocado
Que mi Amado para mí
Y yo soy para mi Amado.

Cuando el dulce Cazador
Me tiró y dejó herida
En los brazos del amor
Mi alma quedó rendida,
Y cobrando nueva vida
De tal manera he trocado
Que mi Amado para mí
Y yo soy para mi Amado.

Hirióme con una flecha
Enherbolada de amor
Y mi alma quedó hecha
Una con su Criador;
Ya yo no quiero otro amor,
Pues a mi Dios me he entregado,
Y mi Amado para mí
Y yo soy para mi Amado.”

 

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