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George Rutler

 ¿Ignoráis acaso que los que hacen el mal no tendrán parte en el reino de Dios? No os engañéis: ni los lujuriosos, ni los idólatras, ni los adúlteros, ni los afeminados, ni los homosexuales, ni los ladrones, ni los avaros, ni los borrachos, ni los difamadores, ni los estafadores heredarán el reino de Dios. (1 Corintios 6:9-10)

El oscurecimiento que llega con las días más cortos del año es comparable a la disminución en la intensidad de las luces de un teatro cuando la obra está a punto de comenzar. Pero en el “Drama de la Salvación”, por el cual se le ofrece a la raza humana la promesa de restaurarla a su gloria original, “el mundo entero es el escenario” y tanto los actos como los actores son reales. La creación del mundo no es meramente un mito, de lo contrario no estaríamos aquí. Tampoco son el bien y el mal puras abstracciones, porque siempre han tenido consecuencias reales.

Uno de los eventos más dramáticos en la historia del hombre, al que luego aludiría San Judas en Judas 1: 7, fue la destrucción de Sodoma y Gomorra, aproximadamente mil setecientos años antes del nacimiento de Cristo. El apóstol sabía que la historia de esa destrucción no era pura ficción teatral. Hasta hace poco, le convenías a algunos académicos hacer pasar esos hechos como una leyenda instructiva. Sin embargo, ciertos arqueólogos en un simposio que tuvo lugar el mes pasado, llegaron a la conclusión de que aquellas ciudades al norte del Mar Muerto fueron completamente destruidas, y sus tierras se quedaron inhabitables durante los siguientes seiscientos años. La teoría en esencia, es que más de 60.000 habitantes fueron eliminados por un meteoro que explotó a baja altura con la fuerza de una bomba de diez megatones, arrojando platino y lava fundida en una extensa área llamada Ghor Medio, y liberando una temperatura igual a la de la superficie de nuestro sol.

Los sabios de la antigüedad interpretaron aquello como un castigo a la corrupción de esa cultura. Existe una simbiosis entre materia y moralidad. Cuando las almas están desordenadas, las consecuencias alcanzan a toda la creación. Así fue que, en el clímax del Drama de la Salvación, cuando Cristo murió en la Cruz, el cielo se volvió negro.

Se ha dicho que si Dios no castiga a nuestra cultura por su decadencia y desprecio por la ley natural, el Todopoderoso le debe una disculpa a Sodoma y Gomorra. Fue para salvarnos de la destrucción total que la Palabra — cuya expresión hizo que todas las cosas fueran creadas — se hizo carne y luego apareció en un día que ahora llamamos Navidad.

Nuestro Señor habló dos veces de Sodoma, diciendo que su destino era menos severo que el de cualquiera que, por un acto de orgullo voluntario, lo rechazara a él y a todo lo que él requiere en el camino de la obediencia a su verdad. (Mateo 10:15; 11:24) Tal severidad es el clamor de Cristo que quiere que nadie se pierda y que todos se salven. Este es un recordatorio para nunca infantilizar al Bebé de Belén. Aunque llore en el pesebre, esa es la Voz que pronunció la existencia de todas las cosas y pronunciará el juicio de todos los hombres al final de los tiempos. En su humildad al hacerse pequeño y frágil en un establo, revela una misericordia más potente que la explosión de aquel meteorito.

“Recordó su alianza con ellos y por su inmenso amor se compadeció.” (Salmo 106: 45)

Columna semanal del P. George Rutler, New York City, 23 de diciembre de 2018.

 

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