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Timothy H. Dell

A quienes observan este mundo tan complicado sin la ayuda de la fe, les resulta paradójico que la Iglesia Católica sobreviva en medio del posmodernismo. No puedo opinar ni mucho menos escribir desde ese punto de vista porque soy católico, pero en primer lugar puedo resaltar el papel del Magisterio de la Iglesia como referente moral para una humanidad a la deriva. Luego puedo apuntar al trabajo católico de evangelización y agregar también el esfuerzo que la Iglesia continúa haciendo para unir a las diversas comunidades cristianas, para promocionar y establecer la cultura de la vida, y mucho más en todo lo que toca a la gran misión cristiana. No hay nada que se pueda comparar a la Iglesia aún en estas décadas de crisis, cuando muchos en la jerarquía parecen estar desorientados. Y la pregunta surge siempre en mi mente y en las inquietudes de muchos católicos sinceros que conozco: “¿estamos perdiendo el rumbo?”

La respuesta más obvia es –en mi opinión personal– que si la Iglesia es lo que siempre hemos creído que es, la dirección en la que estamos yendo –sea que vayamos a los tumbos o con precisa determinación apostólica– es el rumbo que debemos tomar. Desde que el Espíritu descendió sobre la Iglesia en el año 33, hasta el día en que vuelva Cristo en gloria, siempre estaremos en el camino en que debemos estar. Y está claro que nuestra breve participación en ese milagro que ya dura veinte siglos no puede torcer el destino que Dios ha trazado para su Iglesia, pero sí puede suceder que yo, o miles y hasta millones de otras personas, nos confundamos y fallemos en ordenar nuestra vida de acuerdo con la regla orientadora del Magisterio que hemos recibido para que nos guíe mientras vivimos contendiendo con el demonio, la carne y el mundo.

He mencionado el esfuerzo ecuménico y sé bien que ser cristiano y no ser católico puede resultar en una forma de religión solitaria, una fuerte convicción cristiana que no trasciende más allá del individuo y es –por definición– “no católica” o sea algo opuesto por naturaleza a lo que es comunitario, general, universal en la historia y en la extensión geográfica del mundo. Algo así sería una gnosis con poca o ninguna trascendencia en la cultura.

La sabiduría de Dios nos ha dado la Institución Papal. El orden divino nos une en comunión con el Romano Pontífice para que seamos “apostólicos”, la segunda de las palabras que tanto repetimos a veces sin pensar: “católico, apostólico, romano”. Esto tiene sin duda un significado teológico pero también un valor práctico porque el Papa no está subordinado a ninguna autoridad nacional y de hecho es el más soberano de todos los soberanos, pues si los reyes de este mundo reinan por el derecho que les da en último caso su poder militar y político, el Papa de Roma reina sobre su grey por el mismísimo poder que mueve el universo entero. No se puede comparar una soberanía con la otra.

Sin perder de vista lo ya mencionado, alguien podría recordarnos que la Iglesia ha perdido influencia y ha sido debilitada en gran medida por el goteo y los chaparrones de escándalos que han descendido sobre ella. No estamos hablando de un problema de reputación –la Iglesia nunca ha gozado de la aprobación del mundo– lo que debilita la posición católica en el discurso político y social de los últimos dos siglos es lo que yo llamaría el impulso tiránico, totalizante, del Estado en nuestros días. Y no excluyo a las democracias en esto. Pareciera haber una necesidad de parte del Estado, de monopolizar la conversación pública. El primero y principal de los signos reveladores de ese impulso es la intención –ya no muy disimulada– de silenciar a la Iglesia magnificando sus miserias y hasta generándolas.

Ese esfuerzo de parte de los estados merece ser estudiado y deconstruído, para usar ese término filosófico tan caro a los postmodernistas. Primeramente está la mera utilización de los medios para “quitarle oxígeno” a la expresión católica.  Se ignoran las mejores voces, relegando la exposición de ideas o la explicación de los principios y la experiencia de la Iglesia. En segundo lugar –y esto no es menos importante– encontramos que se está debilitando adrede la educación superior laica y católica en lo que toca a ciertos asuntos de importancia, como las ciencias, la medicina, la historia, la filosofía. Y en tercer lugar se podría identificar un esfuerzo por subyugar a la Iglesia por medio de quitarle algunas de sus libertades legales, especialmente la más importante de ellas: la libertad de auto-gobernarse. Esto último es serio, porque en cierto momento crucial en la historia de la Iglesia, sus enemigos gritaron sin dejar lugar a dudas que no querían más rey que César. Tal parece que César quiere extender su dominio a ciertas regiones de la autoridad eclesial en las que nunca tuvo ninguna injerencia. Podemos multiplicar las parroquias por todo el mundo –y espero y trabajo para que eso ocurra– pero de nada va a servir eso a la causa de Cristo si César tiene éxito en transformar al cristianismo en una cosa privada, una serie de ceremonia de puertas adentro que no trasciende al ámbito público.

La Iglesia crece, como el árbol que surgió de aquella semilla de mostaza de la parábola. Crece en los países desarrollados, en los países no desarrollados y hasta en lugares donde es violentamente reprimida. Ni los escándalos de abuso sexual, ni los incansables ataques de los medios, ni las mentiras históricas de sus detractores hacen mella en ese constante crecimiento. San Juan Pablo II habló de una nueva evangelización, de una nueva primavera de la Iglesia y la unió a una esperanzada plegaria por una creciente unión entre protestantes y católicos, por un regreso de los protestantes al hogar que Cristo dispuso para todos sus fieles. Todo eso es loable, deseable, y vale la pena trabajar para que venga tan pronto como sea posible pero –siempre hay un ‘pero’– eso no ocurrirá al costo de perder nuestra identidad católica. ¿Por qué digo esto? Porque en todas las épocas de extraordinario crecimiento de la Iglesia, los católicos fueron perseguidos. Cuanto más intensa y cruel fue la persecución, más notable fue el crecimiento. La sangre de los mártires nutre ese desarrollo. Siempre ha sido así.

La época de la historia que marcó el advenimiento de la peor forma de modernismo fue el verano de 1968. Paradójicamente, ése fue el verano en que comenzó la larga agonía que eventualmente llevará un día a la muerte del modernismo. Y aquí podemos detenernos para observar ciertas tendencias. Mucho de lo que el modernismo progresista presenta como gancho para atraer a los tontos, es doctrina católica levemente modificada: la devoción a la libertad del hombre, la crítica de los elementos en la cultura que no sirven a los legítimos intereses del pueblo, y el deseo ardiente de mover a la cultura hacia el cambio y el desarrollo de todo su potencial.

Muchos creímos que esos intereses sinceros y auténticos de la Iglesia iban a ser bien servidos por las reformas impulsadas por el Concilio Vaticano II. Pero algo terrible pasó y lo que podríamos llamar un grupo de católicos más liberales –en el buen sentido de la palabra– no interpretaron honestamente las enseñanzas del Concilio dentro de la continuidad, la lógica coherente y permanente del Magisterio, y comenzaron algo inaudito: una revolución que nadie sino solamente ellos secretamente querían. Lo que siguió fue una lucha sorda y contenciosa entre un concilio meramente imaginario y la autoridad de un concilio real que debiera haber sido quizás el más grande de la historia en su alcance pastoral, ecuménico y evangelizador. Y como las fuerzas a favor de esos cambios radicales imaginados por los progresistas han sido siempre escasas, los revolucionarios no tuvieron mejor idea que aliarse con la izquierda de la política secular para lograr sus fines. Bueno, para hacer mi historia un poco más corta al lector, debo notar que al tiempo de esta curiosa alianza, la izquierda secular ya venía volando bajo y con un solo motor en llamas. Sus verdaderos colores no tardaron mucho en surgir. Los católicos progresistas todavía agitaban las banderas sesentistas cuando la izquierda política los abandonó para ir en busca de alianzas menos problemáticas y políticamente más lucrativas.

En esto hay una lección para los que, como yo, se preocupan de los problemas de la Iglesia como si fueran propios. En realidad la Iglesia no es la iglesia de Tim, es la Iglesia de Dios. Para darnos paz, Dios mismo nos asegura que los enemigos, internos y externos, no prevalecerán. Pero ¿puedo pensar así, como si fuera una especie de fundamentalista bíblico, alguien que se aferra a la literalidad de una promesa porque está escrita tal cual en la Biblia misma? Y otra cosa … ¿qué hay de las almas que han sido descuidadas o hasta guiadas al error por estas crisis temporarias, por estos desvíos de la historia? Tranquilo, Tim. Dios no está distraído, o de vacaciones. Hasta los cabellos de tu cabeza (que son bastante pocos) ya están contados –nada se le escapa al Todopoderoso– ni una sola alma marcha a la perdición por un descuido divino. Es cierto que el concilio abrió muchas puertas y muchos se fueron por ellas y terminaron arrodillándose ante el mundo de afuera, olvidándose del tesoro y del Dios que quedaba adentro. Lo cierto es que el concilio abrió las puertas para que entrara aire fresco pero el mismo concilio no tuvo la culpa de que algunos usaran esa libertad para desertar. Tampoco es culpa del concilio que la tormenta que asolaba y aún asola al mundo, se llevara a esas almas irreverentes a las periferias de la perdición. Nadie los empujó.

En este contexto, es importantísimo subrayar que Humanae Vitae no es un hecho aislado. Siempre ha sido doctrina de la Iglesia que la unión conyugal debe estar abierta a la vida y no debe ser limitada o negada por ninguna clase de anticoncepción. La encíclica de Pablo VI simplemente expuso lo que era Tradición de la Iglesia y lo reafirmó “en tiempo dificultoso.” Pablo VI cumplió con su deber con valentía apostólica como nos exhorta San Pablo en 2 Timoteo 4, 2-5:

“Predica la Palabra; persiste en hacerlo, sea o no sea oportuno; corrige, reprende y anima con mucha paciencia, sin dejar de enseñar. Porque llegará el tiempo en que no van a tolerar la sana doctrina, sino que, llevados de sus propios deseos, se rodearán de maestros que les digan las novelerías que quieren oír. Dejarán de escuchar la verdad y se volverán a los mitos. Tú, por el contrario, sé prudente en todas las circunstancias, soporta los sufrimientos, dedícate a la evangelización; cumple con los deberes de tu ministerio.”

Pio XI ya había hecho lo mismo en los años de 1930, quizás en respuesta a las ideas que culminaron en las conclusiones de la Conferencia Anglicana de Lambeth, que básicamente dejó la anticoncepción librada a la conciencia de cada esposo y esposa. Y en esto, es curioso notar que al menos un anglicano, T. S. Elliot comentara en 1931, en su libro Pensamientos después de Lambeth:

“El mundo experimenta tratando de formar una mentalidad civilizada pero no cristiana. El experimento fallará, pero debemos ser pacientes mientras esperamos su colapso, usando bien el tiempo que queda para que la Fe pueda ser preservada a través de las épocas oscuras por venir, para renovar y reconstruir la civilización y salvar al mundo del suicidio.”

Lo que quiero anotar al pie de esta famosísima y profética cita, es cómo Eliot conecta las conclusiones de Lambeth con ese esfuerzo del liberalismo cristiano por aliarse con el mundo en la construcción de una civilización puramente secular. Hoy se puede decir sin temor a error que esa civilización no solo sería indiferente a las tradiciones cristianas sino también hostil a ellas. Y si bien es cierto que aquellos grandes católicos más cercanos a las ideas liberales de su tiempo –no quiero contarlos entre los liberales sino ubicarlos en el espectro de la libertad católica en lo que toca a las ideas– intelectos como Newman, Maritain, Chesterton, o Dorothy Day, jamás hubieran opinado que la anticoncepción es un asunto de conciencia.

Es necesario hacer una crítica más (aunque ya las hay y muy buenas) al liberalismo católico que se desbarrancó después del concilio y se volvió a desbarrancar después de Humanae Vitae. Y aquí vuelvo a mi punto anterior: lo que está en juego es nuestra identidad católica. Y el centro de la cuestión es tan claro como simple: sin obediencia, sin honestidad intelectual no puede haber tal cosa como una identidad católica. La obediencia externa debe seguir a –y estar de acuerdo con– el sincero asentimiento interno. No se puede separar el sacramento matrimonial de la generación de vida – ni por un minuto. La Iglesia no tiene autoridad de ordenar mujeres – no importa si la cantidad de sacerdotes parece insuficiente. Nuestra sumisión a la Tradición Apostólica es una obligación, un muro impasable ante el cual se detiene toda tendencia a la liberalidad por más sana que sea. Y ese muro es impasable porque guarda y contiene nuestra identidad católica, gracias a ese límite somos católicos. Si el mundo se ha parado sobre su cabeza y cree que la sumisión del intelecto es un escándalo, que lo haga; yo por mi parte no considero la autonomía necia de los liberales a ultranza como una virtud, por el simple hecho de que es una manifiesta necedad.

Como portadores y cultores de ese asentimiento de la razón a la fe, los católicos decidimos someternos a la “fe una vez recibida de los santos.” Creemos en una comunidad apostólica constituida como una colectividad de una sola fe bajo el Pontífice Romano que es Pedro, el apóstol, que mora entre nosotros. Lo escuchamos porque Cristo nos instruyó a hacerlo así según está escrito en Lucas 10, 16-18:

“El que a vosotros escucha, a mí escucha, y el que a vosotros rechaza, a mí rechaza; y el que a mí me rechaza, rechaza a Quien me envió.”

Las palabras de Cristo crean la cadena apostólica que nos une a Él. Somos libres de decidir a quién escuchar, a quién seguir, a quién obedecer. Gaudium et Spes manifiesta claramente que existe una relación entre la libertad individual y la fe:

“La orientación del hombre hacia el bien sólo se logra con el uso de la libertad, la cual posee un valor que nuestros contemporáneos ensalzan con entusiasmo. Y con toda razón. Con frecuencia, sin embargo, la fomentan de forma depravada, como si fuera pura licencia para hacer cualquier cosa, con tal que deleite, aunque sea mala. La verdadera libertad es signo eminente de la imagen divina en el hombre. Dios ha querido dejar al hombre en manos de su propia decisión para que así busque espontáneamente a su Creador y, adhiriéndose libremente a éste, alcance la plena y bienaventurada perfección. La dignidad humana requiere, por tanto, que el hombre actúe según su conciencia y libre elección, es decir, movido e inducido por convicción interna personal y no bajo la presión de un ciego impulso interior o de la mera coacción externa. El hombre logra esta dignidad cuando, liberado totalmente de la cautividad de las pasiones, tiende a su fin con la libre elección del bien y se procura medios adecuados para ello con eficacia y esfuerzo crecientes. La libertad humana, herida por el pecado, para dar la máxima eficacia a esta ordenación a Dios, ha de apoyarse necesariamente en la gracia de Dios. Cada cual tendrá que dar cuanta de su vida ante el tribunal de Dios según la conducta buena o mala que haya observado.” (Gaudium et Spes 17, Grandeza de la libertad.)

Está divinamente ordenado que solo el hombre libre puede elegir el bien. La libertad es inherente al bien así como la esclavitud es inherente al mal. Elegimos libremente someternos a la Iglesia en la dignidad de la libertad, o en su defecto, elegimos someternos a la indignidad de la esclavitud al demonio, el mundo y la carne. El impulso que nos lleva a elegir lo bueno es el mejor ejercicio de la libertad que Dios nos dio. Ese impulso sale de nosotros, de nuestro interior y nos lleva a relacionarnos con Dios sin perder nuestra individualidad. Pero la fuerza que esclaviza siempre viene de afuera y nos lleva a perder nuestra identidad como primer paso antes de perder completamente la libertad que Dios nos dio.

Puede haber ocasiones en las que quizás no entendamos una enseñanza del Magisterio. Podemos tener miles de dificultades, pero no podemos dudar y si no podemos dudar del amor de Dios en la enseñanza de la Iglesia, entonces no podemos rechazar esa enseñanza jamás. Esto se entiende a la luz de Donum Veritatis 35:

“El disenso apela a veces a una argumentación sociológica, según la cual la opinión de un gran número de cristianos constituiría una expresión directa y adecuada del ‘sentido sobrenatural de la fe’. En realidad las opiniones de los fieles no pueden pura y simplemente identificarse con el ‘sensus fidei’ (Donum Veritatis, 31). Este último es una propiedad de la fe teologal que, consistiendo en un don de Dios que hace adherirse personalmente a la Verdad, no puede engañarse. Esta fe personal es también fe de la iglesia, puesto que Dios ha confiado a la Iglesia la vigilancia de la Palabra y, por consiguiente, lo que el fiel cree es lo que cree la iglesia. Por su misma naturaleza, el ‘sensus fidei’ implica, por lo tanto, el acuerdo profundo del espíritu y del corazón con la iglesia, el ‘sentire cum Ecclesia.’”

Y así llegamos al meollo del asunto, a algo que está conectado con la relación entre la libertad, obediencia y verdad. La Iglesia obedece a la verdad, que es Cristo. Los fieles obedecemos al mismo Cristo por medio de obedecer a la Iglesia. Nos encadenamos a la verdad para ser verdaderamente libres. Rechazamos ese reflejo del liberalismo secular que se planta contra toda autoridad que no surja de su propia experiencia. Es un error creerse autónomo, reducir el intelecto a ser el mero producto de un empirismo personal.

Los cultores del mal llamado “espíritu del Concilio” erraron al desentenderse de la Tradición de la Iglesia para someterse a una tradición iluminista-racionalista. “Yo soy mi autoridad, yo soy autónomo (no obedeceré), yo tengo mi verdad”, esos son los lemas de batalla de ese grupo. No creo necesario aclarar de qué maligna persona espiritual vienen esas palabras. Por eso afirmo que ese falso “espíritu del Concilio” que se esgrime para justificar forzadamente las interpretaciones ultraliberales, es un espíritu impuro.

Contrario a eso, las palabras de Cristo nos instan en una dirección muy diferente:

“Jesús habló entonces a los judíos que habían creído en él, y les dijo: ‘Si os mantenéis fieles a mis enseñanzas, seréis realmente mis discípulos; y conoceréis la verdad, y la verdad os hará libres.’”

Habiendo bebido el vino de los conceptos del liberalismo secular, estos católicos continúan insistiendo en ser nominalmente católicos sin atarse a la concepción católica de la verdad. Ese humo venenoso está tan extendido que, puedo afirmar sin temor a equivocarme, que todos lo hemos respirado en un momento o en otro porque está presente en la cultura que habitamos. Creo que conviene citar Veritatis Splendor 88 que expone las palabras de San Juan en 1 Juan 1,5-7.[1]

“La contraposición, más aún, la radical separación entre libertad y verdad es consecuencia, manifestación y realización de otra dicotomía más grave y nociva: la que se produce entre fe y moral. Esta separación constituye una de las preocupaciones pastorales más agudas de la Iglesia en el presente proceso de secularismo, en el cual muchos hombres piensan y viven como si Dios no existiera. Nos encontramos ante una mentalidad que abarca —a menudo de manera profunda, vasta y capilar— las actitudes y los comportamientos de los mismos cristianos, cuya fe se debilita y pierde la propia originalidad de nuevo criterio de interpretación y actuación para la existencia personal, familiar y social. En realidad, los criterios de juicio y de elección seguidos por los mismos creyentes se presentan frecuentemente —en el contexto de una cultura ampliamente descristianizada— como extraños e incluso contrapuestos a los del Evangelio. Es, pues, urgente que los cristianos descubran la novedad de su fe y su fuerza de juicio ante la cultura dominante e invadiente: ‘En otro tiempo fuisteis tinieblas —nos recuerda el apóstol Pablo—; mas ahora sois luz en el Señor. Vivid como hijos de la luz; pues el fruto de la luz consiste en toda bondad, justicia y verdad. Examinad qué es lo que agrada al Señor, y no participéis en las obras infructuosas de las tinieblas, antes bien, denunciadlas… Mirad atentamente cómo vivís; que no sea como imprudentes, sino como prudentes; aprovechando bien el tiempo presente, porque los días son malos’” (Efesios 5, 8-11. 15-16; cf. 1 Tesalonicenses 5, 4-8). [2]

Cerramos el círculo así: los días son malos y aunque parezca una redundancia nuestro deber es trabajar para que el catolicismo no deje de ser católico. Ser católico y caminar el camino estrecho del que habló Jesús, de ninguna manera nos limita. Sabemos por la famosa frase de San Agustín que el universo católico es amplio dentro de los límites que Dios le ha impuesto a su pueblo por amor: “En lo necesario debe haber unidad, en lo dudoso libertad y en todo caridad.” La liberalidad en el catolicismo es necesaria para la constante renovación de la Iglesia, así como lo son las ramas tiernas de un árbol centenario. Necesitamos un liberalismo católico sano (pido perdón por no encontrar mejores palabras para nombrarlo) porque siempre están surgiendo nuevos desafíos que no pueden ser exitosamente enfrentados por una comunidad anquilosada en la que la Tradición se ha vuelto mera costumbre inflexible. En los años de mi vida en la Iglesia han surgido muchos de esos desafíos: la revolución sexual, la guerra y el control psicológico, los medios de comunicación como armas de subyugación intelectual, manipulación de los genes humanos, sociedades multiculturales y mucho más. El Magisterio ha enfrentado esas andanadas con magníficas encíclicas y otros documentos emitidos por sabios pontífices como Pablo VI, Juan Pablo II y Benedicto XVI. Pero pareciera que muchos obispos, sacerdotes y muchísimos laicos, somos impermeables o indiferentes a la enorme generosidad magisterial de la Iglesia, nuestra madre y maestra.

Si es verdad que necesitamos obispos y sacerdotes que enseñen el total, el majestuoso total de la fe, también es cierto que nosotros los laicos debemos estar dispuestos a aprenderlo. Y más que eso, aprender a enseñar con arte y persuasión, a brillar reflejando la luz en la que estamos llamados a caminar.

La voz del Magisterio de la Iglesia, que es la voz de Cristo, nos llama a evangelizar-nos y a evangelizar-al mundo en las palabras del Concilio Vaticano II. Y sabemos, creemos, y estamos seguros de la promesa de Dios en Isaías 55, 1:

“Así es también la palabra que sale de mi boca. No volverá a mí vacía, sino que hará lo que yo deseo y cumplirá con mis propósitos.”

Pero cuidado con ser indiferente (o hasta hostil al mensaje) porque aquel que entraba a Jerusalén montado en un pollino también dijo en Lucas 19, 40:

“Os aseguro que si ellos se callan, gritarán las piedras.”

Porque este es el tiempo y esta es la fe que nos ha sido confiada y mejor que nos convenzamos que estos tiempos –nuestros tiempos– son para hacer crecer la fe y para crecer en la fe. La Iglesia crecerá y la palabra que Jesús sembró no volverá a él sin frutos. Lo que a nosotros nos concierne es trabajar para compartir con él la gloriosa cosecha y cosechar para nosotros la vida verdadera.


[1] “Éste es el mensaje que hemos oído de él y que os anunciamos: Dios es luz y en él no hay ninguna oscuridad.   Si afirmamos que tenemos comunión con él, pero vivimos en la oscuridad, mentimos y no ponemos en práctica la verdad. Pero si vivimos en la luz, así como él está en la luz, tenemos comunión unos con otros, y la sangre de su Hijo Jesucristo nos limpia de todo pecado.”

[2] “Porque antes erais oscuridad, pero ahora sois luz en el Señor. Vivid como hijos de luz  (el fruto de la luz consiste en toda bondad, justicia y verdad) y comprobad lo que agrada al Señor. No tengáis nada que ver con las obras infructuosas de la oscuridad, sino más bien denunciadlas, porque da vergüenza aun mencionar lo que los desobedientes hacen en secreto. Pero todo lo que la luz pone al descubierto se hace visible, porque la luz es lo que hace que todo sea visible.” Efesios 5, 8-15.

“Vosotros, en cambio, hermanos, no estáis en la oscuridad para que ese día os sorprenda como un ladrón. Todos vosotros sois hijos de la luz y del día. No somos de la noche ni de la oscuridad. No debemos, pues, dormirnos como los demás, sino mantenernos alerta y en nuestro sano juicio. Los que duermen, de noche duermen, y los que se emborrachan, de noche se emborrachan. Nosotros que somos del día, por el contrario, estemos siempre en nuestro sano juicio, protegidos por la coraza de la fe y del amor, y por el casco de la esperanza de salvación … ” 1 Tesalonicenses 5, 4-8.

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