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Alessandro Turchi. Cristo e l’adultera
José María Iraburu

–Según dicen, el triunfalismo postconciliar fue enorme, y lleno de soberbia.

–Fue indescriptible. Muchos se pusieron en el lugar de Dios: “he aquí que hago nuevas todas las cosas” (Apocalipsis 21,5). La soberbia llevó a las herejías, y éstas a la lujuria.

Imaginen ustedes un cristiano que, siendo homosexual, aspira al sacerdocio y entra al Seminario como zorro en gallinero; recibe el sacramento del Orden sagrado sin problemas de conciencia; consigue el nombramiento de Obispo, a pesar de que se había hecho un experimentado depredador sexual, especializado en seminaristas y sacerdotes jóvenes; y procura y acepta la condición de Cardenal de la Santa Madre Iglesia… ¿Parece increíble, no es cierto? Pues dantur casus.

No voy a tratar en este artículo de esta figura presunta, sino de la situación de una Iglesia que hace posible durante medio siglo casos como éste.

Hay que tomar “medidas” contra los abusos sexuales

Actualmente los abusos contra menores (pederastia, efebofilia), o no menores, sobre todo los realizados por sacerdotes e incluso por algunos obispos, están suscitando en los fieles muy fuertes reacciones de indignación, aunque a veces sean sólo por la miseria de su encubrimiento. En realidad, como es obvio, los “abusos sexuales” se dan en muchos modos, edades y ambientes diversos: en centros escolares y universitarios, en asociaciones deportivas, campamentos, etc. Incluso dentro de los mismos matrimonios, por ejemplo, se dan abusos sexuales en la anticoncepción. Pero los realizados por clérigos en menores o en adultos son especialmente graves y causan mayor escándalo: corruptio optimi pessima.

De la indignación surge con frecuencia la proposición y creación de nuevas “medidas” de control, previsión e información, vigilancia, denuncia y sanción, tanto en el mundo cívico como en el de la Iglesia, por medio de las cuales se pretende combatir esos males y reducirlos cuanto sea posible. La necesidad de adoptar nuevas medidas legales, policiales, reglamentarias, informativas, que puedan frenar esos males con mayor eficacia es evidente. Aunque muchas veces sería suficiente “aplicar” fielmente, sin permisividades negligentes, ni encubrimientos cómplices, las mismas normas ya existentes.[1]

Papas y Pastores de la Iglesia han promovido medidas urgentes

Estas medidas se centran en los abusos sexuales de clérigos sobre menores; pero su doctrina y sus normas, mutatis mutandis, valen para todo abuso sexual, sobre todo para los ocasionados por los clérigos homosexuales activos. Recordaré aquí solamente, y como ejemplo, la carta de Benedicto XVI a los católicos de Irlanda del 19 de marzo de 2010, o la dirigida por el cardenal Levada, Prefecto de la Doctrina de la fe, en la que señala con la autoridad de Benedicto XVI las líneas guía para combatir los abusos sexuales el 3 de mayo de 2011. Sobre esta cuestión se han producido en los tres últimos pontificados numerosos documentos.

El cardenal Daniel Di Nardo, presidente de la Conferencia Episcopal de los Estados Unidos, el 27 de agosto de 2018, hizo públicas en relación a cierto informe del Arzobispo Viganò unas enérgicas declaraciones: “Estoy ansioso por una audiencia con el Santo Padre para ganar su apoyo para nuestro plan de acción. Ese plan incluye propuestas más detalladas para: buscar estas respuestas, facilitar el reporte de abusos y mala conducta por parte de los obispos y mejorar los procedimientos para resolver las quejas contra obispos”. Junto a éstas, va un buen número de medidas proyectadas no referidas sólo a los obispos.

El mismo empeño en autores privados

No pocos teólogos y pastores, canonistas y psicólogos cristianos, han colaborado en esa larga y noble campaña, proponiendo medidas más rigurosas y eficaces, estudiadas concretamente en relación a los abusos sexuales producidos o encubiertos por clérigos.

Gelsomino del Guercio asegura que “Donde hay medidas de prevención ha disminuido la pedofilia en la Iglesia”. Cita las medidas propuestas por el teólogo Hans Zollner (Gregoriana). También las medidas sugeridas por Meter Onlus, sociedad fundada por el sacerdote Fortunato Di Noto: “diáconos para la infancia”, “Oficinas pastorales pro infancia”, etc.

El P. Dominic Legge, profesor dominico, “Limpiando la Iglesia de sacrilegios clericales”, propone cinco medidas fundamentales. Carlos Esteban propone “Cuatro medidas para acabar con los abusos sexuales de clérigos.”[2]

Todos ofrecen en principio medidas prácticas, justas y eficaces: atención a los víctimas, investigaciones no retardadas, verificación de los hechos y de sus antecedentes, acogida de testigos, ayuda de psiquietras, denuncias rápidas, comunicación interdiocesana de datos, investigación de lo cómplices y encubridores, sanciones justas y coherentes no condicionadas por encubrimientos o complicidades, colaboración con las autoridades civiles, y tantas otras normas que, ajustadas a cada caso, puedan sin duda ser benéficas.

El obispo británico Philip Egan, escribe al Papa una carta abierta con sujerencias prácticas en orden a la crisis del clero. La principal es la celebración de un Sínodo. ¿Pero no sería suficiente con revisar el cumplimiento de lo ya enseñado y establecido por la Iglesia en el decreto papal Presbyterorum Ordinis del Concilio Vaticano II, en el Sínodo Episcopal de 1971, y en tantos otros documentos pontificios, algunos de extraordinaria calidad, que se han producido en los últimos decenios y que no han tenido la aplicación que los hubiese hecho suficientes? ¿Para qué más Encuentros especiales, que hoy, por cierto, no tendrían fácilmente el nivel teológico y espiritual de sus precedentes?

Las medicinas propuestas indican ya el diagnóstico que se hace de una enfermedad

Aunque los autores citados den apuntes espirituales muy valiosos, creo yo –quizá me equivoque– que predomina en el combate que ellos promueven contra los abusos sexuales los medios condicionantes exteriores: información, asesoría, investigación, asistencia psicológica, mejoras en denuncias, controles, etc.

Pero todas esas medidas, ciertamente buenas y necesarias, serían aplicables al saneamiento de cualquier sociedad o institución que hubiera sufrido una corrupción en alguna parte de su ser. Son medios de mayor o menor eficacia para reducir el desastre, o incluso eliminarlo. Pero como en su mayoría se dan en el orden administrativo, funcional, laboral, policíaco y judicial, no llegan a operar lo suficiente en la mente, voluntad y sensibilidad de las personas. Son buenas y necesarias, pero no bastan, especialmente en el caso de la Iglesia. Disminuirán los robos, quizá, pero no el número de ladrones.

Las verdaderas causas de los escándalos sexuales

“El justo vive de la fe;”[3] “la fe es por la predicación, y la predicación por la palabra de Cristo.”[4] Las “medidas” para combatir los pecados sexuales del clero tendrán eficacia no por sí mismas, sino en el grado en que el espíritu que las impulsa sea conocido, asimilado y aplicado por el gremio eclesiástico. Ya sabemos que las normas se aplican y actúan sólo si se dan y se reciben juntamente con el espíritu que las genera. Verdades de la fe negadas o silenciadas durante decenios son las causas principales de las infracciones culpables que puedan darse en el clero, sea en cuestiones sexuales o en cualquier otra materia. El silencio prolongado de una verdad de fe equivale prácticamente a su negación.

Éste es el tema del artículo presente.

Las inumerables herejías difundidas en los últimos decenios son la causa principal de los escándalos morales recientes que han afligido a la Iglesia. Todas las herejías, muchas en los últimos tiempos,son pura soberbia: dan preferencia al juicio propio o de los afines contra la doctrina de la Iglesia. Y quien por la herejía se atreve a enfrentarse con Dios, no tendrá mayor problema en desobedecer sus mandatos morales, aunque sea con los más graves pecados y perversiones. Soberbia, herejía, pecado persistente.

Juan Pablo II: “Se han esparcido a manos llenas ideas contrastantes con la verdad revelada y enseñada desde siempre. Se han propalado verdaderas y propias herejías en el campo dogmático y moral.”[5] Cardenal Ratzinger: Se ha producido “un confuso período en el que todo tipo de desviación herética parece agolparse a las puertas de la auténtica fe católica.”[6] Benedicto XVI: En la interpretación del Concilio “la hermenéutica de la discontinuidad corre el riesgo de acabar en una ruptura entre la Iglesia preconciliar y la posconciliar.”[7]

La “tolerancia cero para los crímenes sexuales” es imposible mientras no se intente y consiga suficientemente “la tolerancia cero contra las herejías”, objetivo que hoy queda muy lejano de la realidad de la Iglesia. Viniendo a los abusos sexuales de ciertos clérigos, tengamos en cuenta que no pocos de ellos han recibido una formación doctrinal y espiritual falsa, y que no creen propiamente en el pecado, ni menos en sus posibles consecuencias eternas. Aunque cueste admitirlo, es posible que incluso algunos no alcancen a ver la maldad de los abusos sexuales si los cometen. Por esta cuesta abajo el sacramento de la Penitencia ha ido desapareciendo prácticamente en no pocas Iglesias locales.

Recuerden aquello que ya cité de Pablo VI: “Los hombres, en los juicios de hoy, no son considerados pecadores… La palabra pecado no se encuentra jamás… El mundo moderno ha perdido el sentido del pecado.”[8] El lenguaje predominante hoy en muchas Iglesias nunca habla de pecados, sino de errores, actitudes equivocadas, situaciones irregulares, acciones desordenadas, ideales no alcanzados todavía, divorciados que viven un segundo matrimonio…

Tengamos en cuenta además que actualmente, eliminando la existencia de lo intrinsece malum, han sido descatalogados muchos pecados, de tal modo que hoy pueden ser cometidos con “buena conciencia”… Con un ejemplo: si los matrimonios pueden practicar –en ciertos casos, es decir siempre– la anticoncepción con buena conciencia, ¿por que la homosexualidad activa del clero o de los laicos ha de ser tan condenada? Es un acto de amor, totalmente consentido por ambas partes.

La autoridad apostólica debilitada ha sido y es una de la causas principales de los abusos sexuales—en el clero o en cualquier cristiano. Si la Autoridad de la Iglesia enseña con absoluta firmeza una doctrina como se hace en la Encíclica Humanae Vitae, por ejemplo, o establece secularmente una ley muy grave, como el caso del precepto de la Misa dominical, y luego se resigna a que no se crean ni se cumplan, ni apenas intenta que se acepten y cumplan, e incluso promueve al Episcopado no raras veces a sacerdotes que impugnan tal doctrina y tal precepto, va haciéndose de la Iglesia una sociedad engañosa, que no hace lo que dice, ni exige lo que manda. En ese marco, los crímenes sexuales prolongados durante decenios hallan posibilidades insospechadas.

En realidad la débil Autoridad pastoral da por perdidas todas las batallas, renunciando a promover la verdad y reprobar los pecados, porque de este modo entraría en combate y en ciertos casos aplicaría sanciones. Pero ambas acciones son incompatibles con una pastoral liberal y misericordiosa. Por esa causa no se hacen fuertes campañas pro-Misa dominical, ni contra-anticoncepción, ni contra-impudor y fornicación juvenil, ni pro-Orden sacerdotal, ni pro-misiones… Sólo es aceptable el combate por la justicia social –que tampoco se libra apenas, porque ya hace medio siglo se invalidó la acción cristiana en política, al tener ésta que combatir con el mundo para ser realmente cristiana.

Devaluación de la Cruz

En mi blog desarrollo el tema en los artículos 137 al 158. La doctrina de la Cruz de Cristo ha fundamentado siempre la espiritualidad cristiana. Por eso, su devaluación actual trae consigo como consecuencia necesaria y previsible, los pecados más escandalosos, que hoy espantan a los cristianos de buena voluntad. El más grave de todos los errores –que por supuesto no voy a enumerar– es hoy el horror a la cruz: “no puede ser pecado aquello [por ejemplo, la anticoncepción] que sólo puede ser evitado abrazando la Cruz.” Como decía un Cardenal hace un par de años, “los cristianos no están llamados a ser mártires.”

Cristo Salvador es un camino claramente trazado. Él nos enseña que la Cruz es el árbol único que da frutos de vida eterna. “Nadie puede ser mi discípulo si no toma su cruz cada día y me sigue.”[9] Santa Teresa Benedicta de la Cruz, Edith Stein, conocía bien el punto más flaco de la Iglesia de los últimos tiempos: el horror a la cruz: la Cruz es algo malo, que hay que evitar como sea. Al mes de su ingreso en el Carmelo, escribía el 14 de octubre1944:

“Los seguidores del Anticristo… deshonran la imagen de la cruz y se esfuerzan todo lo posible para arrancar la cruz del corazón de los cristianos. Y muy frecuentemente lo consiguen. Incluso entre los que, como nosotras [carmelitas], hicieron un día voto de seguir a Cristo cargando con la cruz.”[10] Religiosas y religiosos, sacerdotes y laicos, obispos y cardenales. Cada vez es más raro ver crucifijos en los hogares cristianos, o escuchar predicaciones que enamoren del Crucificado y, a su modo, de su Cruz: “Ave, Crux, spes unica.” San Pablo predicaba: “Nunca entre vosotros me precié de saber de cosa alguna, sino de Jesucristo, y éste crucificado.”[11]

Verdades de la fe silenciadas

Muchos grandes pecados que hoy son frecuentes en la Iglesia –en laicos y religiosos, sacerdotes, obispos y cardenales– son tolerados por el silenciamiento. Evidentemente, no podrán ser vencidos sino en la medida en que se recuperen –muy especialmente en seminarios, noviciados, facultades– ciertas verdades de la fe que no se han comunicado, o que han sido falsificadas.

Doxología

La gloria de Dios es la finalidad principal del sacerdocio ministerial. “El fin que los presbíteros persiguen con su ministerio y vida es procurar la gloria de Dios en Cristo.”[12] Es el primer mandamiento del Decálogo y la pretensión principal de todos los cristianos: “Oh Dios, que todos los pueblos te alaben.”[13] Si tantos sacerdotes no viven esta finalidad como una motivación permanente –en la Misa y los sacramentos, en la catequesis y predicación– es porque no tienen su espíritu, ya que “de la abundancia del corazón habla la boca.”[14] No conocen la finalidad propia de su vida y ministerio. Es decir, no saben qué son, quiénes son, desconocen su identidad personal y funcional. No han sido formados en esa dirección doxológica, que les libraría de pecados sexuales y de tantos otros. Por eso hay tantos sacerdotes que “vagan sin sentido por el país.”[15] No pocos de ellos se dedican a la beneficencia material, siempre necesaria y valiosa. Dios los bendiga y los guarde… Y les abra los ojos del alma.

Esta enorme carencia explica la falta de vocaciones sacerdotales y de evangelización en las misiones. “La Iglesia es para la gloria de Dios”.

Soteriología: salvación, condenación

Si durante medio siglo no se predica casi nunca en una Iglesia local –o incluso se niega– la soteriología evangélica, uno de los centros   principales del Evangelio, –ya que el Hijo divino baja del cielo “para nuestra salvación”, “para el perdón de sus pecados”– es normal que el sacerdote y obispo formado en esa obscuridad, desconozcan su propia identidad, es decir, que ignoren prácticamente que la re-configuración y la re-consagración que han recibido por el sacramento del Orden, da como fin de su vida “invitar a todos insistentemente a la conversión y la santidad.”[16] Otros fines –dinero, ciencia, sexo, poder, mundanización– beneficiencia natural gratificante, autopromoción, política, etc., según le dé su temperamento, serán los motivos principales de su vida. Pero es evidente que sin fe en la soteriología cristiana, se apaga el sentido del pecado y de la responsabilidad personal.

Pedimos al Señor en la Liturgia de las Horas, “ayúdanos a trabajar cada día con mayor entrega en la salvación de los hombres.”[17] Es una petición repetida en la Liturgia cientos de veces. Pero que hoy será extraña a no pocos de los sacerdotes o laicos que recen las Horas. ¿La salvación de los hombres?… ¿La salvación de qué?…

Pudor y castidad

No se entiende que hoy tantos cristianos estén perplejos, o incluso abandonen la Iglesia, cuando conocen los enormes escándalos que en ella se dan en el campo de la sexualidad. Pero si desde hace medio siglo no se predican ninguna de los dos virtudes, ni el pudor ni la castidad, si en el caso de que se aludan será para falsificarlas y ridiculizarlas, ¿que de extraño habrá en que el Príncipe de este mundo consiga, también entre los cristianos, impregnarlo todo de lujuria: noviazgos fornicarios, divorcios, adulterios, anticoncepción, modas, espectáculos, costumbres, televisión, internet, publicidad, artes, medios de comunicación? Abusos sexuales también de ciertos eclesiásticos… ¿Y qué se esperaba de tales silencios?

Misiones y conversiones

Misiones y conversiones cesan casi por completo, si la Iglesia se va configurando como una gran ONG internacional, que dialoga con los pueblos, respetando sus tradiciones y culturas, pero que no les predica el Evangelio con fuerza persuasiva, ni les llama a conversión y santidad. Hay incluso “misioneros” que actualmente presumen de no predicar el Evangelio, la fe en Cristo. No lo predican en el Occidente apóstata, ni en las naciones comunistas o islámicas, ni en dictaduras agnósticas. En casi todo el mundo ha logrado su Príncipe que no se predique el Evangelio. Pero si unos sacerdotes, potenciados por Cristo en el sacramento del Orden, son enviados a predicar el Evangelio, y no lo hacen, ni apenas han ocasionado ninguna conversión, viven frustrados, sean o no conscientes de ello, y se exponen a grandes falsificaciones de su vida moral.

El adulterio

Cuando no se predica lo que enseña la naturaleza humana y la revelación divina sobre el matrimonio monógamo, ya no causa horror el adulterio. Se evita incluso mencionar la misma palabra, sustituyéndola discretamente por eufemismos. Se habla de “los divorciados vueltos a casar”, los que viven “un segundo matrimonio”, cristianos que pueden estar en gracia de Dios y que en ciertas circunstancias pueden comulgar. Se devalúa entonces la virtud de la castidad, crece el convencimiento de que sólo es posible para algunos héroes, y fácilmente termina el sacerdote pensando que como él no es un héroe, es incapaz de vivir en castidad.

El Sacramento del Orden Sacerdotal

El sacramento del Orden sacerdotal –lean atentos lo que sigue– es aquel “especial sacramento con el que los presbíteros, por la unción del Espíritu Santo, quedan sellados con un carácter particular, y así se configuran [ontológica-sacramentalmente] con Cristo sacerdote, de suerte que puedan obrar como in persona de Cristo cabeza.”[18] … Los presbíteros, por tanto, “son consagrados de manera nueva a Dios (novo modo consecrati) por la recepción del Orden.”[19] Son, pues, cristianos bautizados que, por el Orden sagrado, han sido reconfigurados a Cristo y reconsagrados a Él, con una especial potenciación en el Espíritu Santo que los destina a “hacer sacramentalmente presente a Cristo entre los hermanos… proclamando eficamente el Evangelio, reuniendo y guiando la comunidad, perdonando los pecados y sobre todo celebrando la Eucaristía.”[20]

A pesar de que ninguna época de la Iglesia ha tenido una colección de documentos pontificios sobre la vida y el ministerio del sacerdote comparable a la que hoy tenemos, cuántos presbíteros y obispos hay, sin embargo, que ignoran su propia identidad personal: se asemejan lo más posible a los laicos, no viven conscientes de su nueva consagración a Cristo –sobre la del Bautismo– y de su nueva configuración al Señor, a su Cuerpo místico, a su Cuerpo eucarístico. Eso explica sobradamente que no haya vocaciones, y que este sacramento, como el de la Penitencia, tienda a la desaparición.

Dicho lo anterior con otras palabras. La Iglesia siempre ha enseñado que los sacerdotes están llamados por Dios a una santidad precoz y mayor de la común, si de verdad pretenden santificar al pueblo que les ha sido confiado. Por su nueva consagración, por su especial dedicación a la Eucaristía, por las exigencias propias de su ministerio, están “obligados de manera especial a alcanzar la perfección” evangélica (Vat. II, Presbyterorum ordinis 13).

Si ha sido ésta siempre una de las convicciones fundamentales de la formación de los sacerdotes, y a pesar de todo siempre ha habido algunos que ha caído en pecados sexuales, ¿cómo irá su vida actualmente, cuando apenas se les predica la gloria santa del sacerdocio ministerial, pensando que eso traería clericalismo y menosprecio del laicado?…

Por lo demás, afirmar que la causa principal de los abusos sexuales en los sacerdotes es su celibato, viene a ser algo tan estúpido como señalar al matrimonio monógamo con causa principal del adulterio. Efectivamente, sin el matrimonio verdadero no habría adulterios.

El demonio es señalado en el Evangelio muy claramente como el principal enemigo del Reino de Dios en el hombre.[21] Si nunca se predica de él, y más si se niega su existencia, cesa la fe en su realidad, y ya no se le combate, sino que se milita bajo su bandera. Se darán entonces abusos sexuales y todos los males que se tercien. No problem. En todo caso, cesó el combate contra el Príncipe de este mundo. Se aceptó su dominio sobre el mundo como algo normal e inevitable.

El mundo

Hay que optar, porque no hay un término medio: De Cristo o del mundo—combate o conciliación. Cristo vence los males del mundo, y lo hace combatiéndolos con la espada de la verdad y de la santidad.

Muchos hoy, sin embargo, profesan un cierto buenismo ingenuo y pecaminoso respecto al mundo, como si fuera un gran desarrollo positivo del cristianismo actual. Por él se ha conseguido eliminar en la Iglesia el lenguaje bélico, tan frecuente en el Evangelio: “No penséis que he venido a la tierra a sembrar paz: no he venido a sembrar paz, sino espada.”[22] “Quien pretende ser amigo del mundo se hace enemigo de Dios.”[23] Afirma Cristo: “Yo he vencido al mundo,”[24] porque lo ha combatido con fuerzas sobre-humanas. Más aún, nos ha fortalecido a sus discípulos para que con su gracia también nosotros lo venzamos: “ésta es la victoria que ha vencido al mundo, nuestra fe.”[25] Recuerden “la armadura de Dios” que el Apóstol describe[26] para poder librar “el buen combate de la fe.”[27]

Aún se mantienen –cada vez menos– expresiones como las del Vaticano II: “Toda la vida humana, la individual y la colectiva, se presenta como una batalla, y por cierto dramática, entre el bien y el mal, entre la luz y las tinieblas” (Gaudium et Spes 13a). “A través de toda la historia humana existe una dura batalla contra el poder de las tinieblas, que, iniciada en los orígenes del mundo, durará, como dice el Señor, hasta el día final” (ibid. 37b).

Pero hoy no son pocos los sacerdotes, obispos y cardenales que ni siquiera se han enterado de que estamos en guerra. Más aún, reprueban como negativa y antievangélica toda forma de lucha apostólica, y siguiendo un “nuevo paradigma”, evitan por todos los medios chocar con el mundo. Por el contrario, meditan satisfechos de su verdad, por ejemplo, en su casa de la playa.

La carne

Una de las verdades de la fe con más frecuencia ignorada o negada por cristianos es el pecado original . Ya sabemos aquello de Pablo VI: “Los hombres, en los juicios de hoy, no son considerados pecadores”. Sin embargo, una de las verdades de la fe más pronto y claramente reveladas es la de el pecado original, en su realidad universal e inexorable. Nos muestra que somos unos pecadores de nacimiento: “pecador me concibió mi madre” (Sal 50,7) y nos descubre sus terribles consecuencias.

Sintetizando Escritura y Santos Padres, enseña Trento que el pecado original llevó al hombre a “la muerte, con que Dios le había amenazado, y con la muerte al cautiverio bajo el poder de aquel que ”tiene el imperio de la muerte, es decir, del diablo,”[28] y que toda la persona de Adán [y su descendencia] por aquella ofensa de prevaricación fue mudada en peor, según el cuerpo y el alma.”[29] Recomiendo al lector leer el Decreto entero.

Los tres enemigos del Reino de Cristo en el hombre: demonio, mundo y carne, actúan siempre juntos, reforzándose mutuamente. Han sido siempre en la Iglesia señalados como los fundamentos negativos de la ascética-mística cristiana. Aquellos cristianos –laicos o sacerdotes, obispos o cardenales– que firman la paz con estos enemigos han tomado un camino de perdición, que puede llevarles a cualquier pecado y perversión. Y cuando esto sucede, no debe extrañarnos nada, porque era perfectamente previsible.

Me limitaré a citar un texto de San Pablo que enlaza los tres enemigos, siempre unidos y co-operantes, inclinando siempre en la misma dirección. Va dirigida la carta a los distinguidos cristianos de la comunidad de Éfeso.

“También vosotros un tiempo estábais muertos por vuestras culpas y pecados, cuando seguíais el proceder de este mundo, según el príncipe de la potestad del aire, el espíritu que ahora actúa en los rebeldes contra Dios. Como ellos, también nosotros vivíamos en el pasado siguiendo las tendencias de la carne, obedeciendo los impulsos del instinto y de la imaginación; y, por naturaleza, estábamos destinados a la ira, como los demás. Pero Dios, rico en misericordia, por el gran amor con que nos amó, estando nosotros muertos por los pecados, no ha hecho revivir con Cristo –estáis salvador por pura gracia–… Somos, pues, obra suya. Dios nos ha creado en Cristo Jesús, para que nos dediquemos a las buenas obras, que de antemano dispuso él que practicásemos.”[30]

Reforma o apostasía

La Iglesia se ve hoy en una situación de crisis crónica, más grave de la que habitualmente sufre mientras está en la tierra, y debemos conocer bien cuáles son las herejías, los silenciamientos, las carencias y contradicciones que han causado esa crisis. Hay muchas más causas negativas de las que he señalado (haberlas, haylas) pero no quiero fatigar a mis abnegados lectores. Poco después del Concilio Vaticano II que se extendió de 1962 a 1965 (post hoc, sed non propter hoc) se produjo la proliferación incontrolada de herejías y de abusos litúrgicos, el ausentismo masivo de la Misa dominical, la drástica disminución de las vocaciones sacerdotales y religiosas, la revolución sexual y la generalización de la anticoncepción, la no infrecuente promoción de Obispos que en graves cuestiones, como en la Humanae Vitae, se habían pronunciado públicamente contra el Magisterio apostólico, la paralización progresiva de las Misiones

Matthew Schmitz, editor principal de First Things, analizando la crisis actual de la Iglesia en el Catholic Herald del 16 de agosto de 2018, piensa que la profundización grave de la crisis se produjo a partir sobre todo de 1968:

“En ese año, el Papa Pablo VI reafirmó la famosa enseñanza católica sobre el control de la natalidad en la Humanae Vitae, pero luego se negó a disciplinar a los muchos obispos y sacerdotes que rechazaron esa enseñanza. El resultado fue una tregua incómoda: la enseñanza se mantuvo formalmente, pero no se exigió su obediencia… La misma dinámica se desarrolló en 2005, cuando el Vaticano decidió que los hombres con “tendencias homosexuales profundamente arraigadas” deberían ser excluidos del sacerdocio”.

Pues bien, “mantener la enseñanza católica en el papel, pero no en la realidad –i.e., Misa dominical gravemente obligatoria, Anticoncepción gravemente prohibida– ha llevado a una corrupción generalizada y al desprecio de la autoridad. Preservar la paz ha requerido una cultura de mentiras. Ésta es la cultura que permitió que hombres como McCarrick florecieran. De una manera u otra, debemos barrerla.” Ya hemos tenido bastante de ella, y conocemos sus resultados.

Jesucristo vive y reina por los siglos de los siglos

También hoy, ciertamente. No se da en la Iglesia y en el mundo un gramo más de mal de lo que Cristo Rey permite, y todos los bienes que florecen en la Iglesia y el mundo están causados por su gracia. Ningún creyente, por tanto, puede autorizarse a sí mismo a la desesperanza, y ni siquiera a la perplejidad. El Salvador hace que “todas las cosas colaboren al bien de los que aman a Dios”. Estamos, pues, gravemente obligados a la esperanza, la paz y la alegría propia de los hijos de Dios. Nos prometió Jesucristo estar con nosotros siempre, hasta la consumación del mundo, y aunque hayamos de pasar por valles tenebrosos, nada debemos temer, porque Él va con nosotros. En todas las Iglesias católicas, hasta en aquellas hoy más descristianizadas, hay siempre restos de Yavé, a veces de una calidad sobrehumana, que nos están asegurando que Cristo vive y reina por los siglos de los siglos. También allí.

Ninguno de los futuros previsibles de la Iglesia nos angustia, haciendo temblar la fe, apagando la esperanza y matando la alegría y la paz. En los horrores que con frecuencia abrumadora nos toca hoy sufrir en la Iglesia sólo podemos ver tres posibilidades fundamentales:

1· El castigo expiatorio y medicinal que el Padre da a la Iglesia por los pecados de sus hijos. No hay objeción. “No nos trata según nuestros pecados, ni nos paga según nuestras culpas.”[31]

2· que el Padre celestial esté realizando con admirable eficacia una inmensa “poda” del árbol de la Iglesia, para que, permitiendo esos males, se vea liberada por la apostasía de iinumerables ramas muertas, y venga a “dar más fruto”. Ninguna objeción a esta posible Voluntad divina providente. “Yo soy la Vid verdadera y mi Padre es el viñador. Todo sarmiento que en mí no lleve fruto, lo cortará; y todo el que dé fruto, lo podará, para que dé más fruto.”[32]

3· Que estemos viviendo los males enormes que Dios nos ha anunciado como última prueba necesaria de la Iglesia antes de la segunda venida de Cristo.[33] Tampoco a esta posibilidad ponemos objeción alguna.

“Habrá señales en el sol, en la luna y en las estrellas, y sobre la tierra angustia de las gentes, perplejas por el estruendo del mar y el oleaje, desfalleciendo los hombres por el miedo y la ansiedad ante lo que se le viene encima al mundo, pues las potencias del cielo serán sacudidas. Entonces verán venir al Hijo del hombre en una nube con gran poder y gloria. Cuando empiece a suceder esto, levantaos, alzad la cabeza, porque se acerca vuestra liberación.”[34]

Nos quejamos de vicio 

San Juan Bautista Vianney decía convencido que “un buen cristiano no se queja jamás”. Se refería a la queja-protesta, aunque puede ser lícita la queja-llanto, la que vemos en el Salmista[35] o en Jesucristo.[36]


[1] NOTA: Las leyes y reglamentaciones aludidas se refieren casi siempre al abuso sexual de menores. Sobre los adultos, apenas hay nada.

[2] “Cuatro medidas para acabar con los abusos sexuales de clérigos”, en Infovaticana.com del 25 de julio de 2018.

[3] Romanos 1,17.

[4] Romanos 10,17.

[5] 6 de febrero de1981.

[6] Informe sobre la fe, Madrid, 1985, p. 114.

[7] 22 de diciembre de 2005.

[8] Cf. Pío XII, Juan Pablo II – 2 de diciembre de 1984.

[9] Mateo 16,24.

[10] Amor a la Cruz, 14 de octubre de 1933.

[11] 1Corintios 2,2.

[12] Presbyterorum Ordinis, 4 in fine.

[13] Salmo 66,4.

[14] Lucas 6,45.

[15] Jeremías 14,18.

[16] Presbyterorum Ordinis, 4a.

[17] Nona, martes II.

[18] Presbyterorum Ordinis 2.

[19] Presbyterorum Ordinis 12.

[20] Sínodo Episcopal 1971, I p., 4.

[21] Efesios 6,12.

[22] Mateo 10,34.

[23] Santiago 4,4.

[24] Juan 16,33.

[25] 1Juan 5,4.

[26] Efesios 6,10-18.

[27] 1Timoteo 6,12.

[28] Hebreos 2,14.

[29] Trento, 1546: Denzinger 1511.

[30] Efesios 2,1-10.

[31] Salmo 102,10.

[32] Juan 15,1-2.

[33] Catecismo de la Iglesia Católica, nn. 675-677.

[34] Lucas 21,25-28

[35] Salmo 118,136.

[36] Juan 11, 33-35. || Cuántas veces vemos los que dirigimos InfoCatólica que en esta cuestión hay lectores que en las Salas de Comentarios se autorizan a sentir y expresar en público una desesperanza casi total. Pecan así con entusiasmo y buena conciencia, sin que alcancemos a evitarlo del todo… Señor, ten piedad. || Santo Tomás: “Ad convincendum superbiam hominum Deus aliquos punit, permittens eos ruere in peccata carnalia” (Para mostrar la soberbia de los hombres, castiga Dios a algunos permitiendo que caigan en pecados de la carne.) San Buenaventura: “Deus occultam superbiam clericorum vindicat per manifestam luxuriam” (Dios castiga la soberbia oculta de los clérigos por la lujuria manifiesta). Son frases frecuentes en los Padres y en la escolástica, que se resumen en el refrán italiano: nascosta superbia, manifesta lussuria.

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