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Daniel Iglesias Grèzes

Desde el Concilio Vaticano II (1962-1965) la Iglesia Católica ha vivido un período muy tormentoso de su historia. Inmediatamente después del Concilio se desató una gran crisis, que ahora parece agudizarse cada vez más y estar llegando a un clímax. Aunque esa crisis es muy compleja, puede decirse que los católicos del último medio siglo hemos estado divididos en dos corrientes principales: los llamados “conservadores” (mejor dicho, los católicos ortodoxos), que quieren conservarse fieles a la doctrina católica bíblica y tradicional, y los llamados “progresistas”, que tienden con mayor o menor intensidad y coherencia hacia el relativismo filosófico, teológico y moral. A los efectos de este análisis, podemos dejar de lado a la pequeña minoría “tradicionalista”, que básicamente cuestiona o rechaza el Concilio Vaticano II y el Magisterio de todos los Papas post-conciliares.

El Papa San Juan XXIII, quien convocó el Concilio, pretendía que éste se mantuviera plenamente fiel a la doctrina católica tradicional y buscara nuevas formas de expresarla, más adaptadas a la mentalidad moderna.

Desmintiendo las previsiones más optimistas, en el post-concilio se produjo una grave crisis de la Iglesia. Ya en 1966, una Congregación romana envió a todos los Obispos del mundo un documento secreto que alertaba contra las interpretaciones erróneas del Concilio propagadas por el creciente sector “progresista” de la Iglesia. Ese progresismo, continuador del modernismo de principios del siglo XX y del protestantismo liberal del siglo XIX, es un fenómeno muy complejo. No obstante, puede sostenerse que su núcleo está en una concepción de la Divina Revelación que niega que ésta tenga un contenido doctrinal inmutable y vinculante para todos los cristianos. En otras palabras, el progresismo es un relativismo teológico. Ve a los dogmas de fe como paradigmas teológicos cambiantes, que evolucionan según el pensamiento propio de cada época. De ahí su relativización de las enseñanzas de la Biblia, de la Tradición y del Magisterio de la Iglesia. Ese relativismo teológico se basa en el fondo en un relativismo filosófico, que niega que la razón humana sea capaz de conocer la verdad objetiva, absoluta e inmutable, y afirma que la verdad evoluciona siguiendo el ritmo de la historia. Va de suyo que el progresismo rechaza el orden moral objetivo y también la doctrina católica tradicional (que el Vaticano II repite con expresiones nuevas) acerca del catolicismo como única religión verdadera. Esto último ha causado una gran pérdida del impulso misionero entre los católicos.

En líneas generales, la teología progresista ha tendido a interpretar el Concilio Vaticano II en clave de ruptura con la Tradición católica, lo que está en la base de muchos problemas en la Iglesia de hoy. Esta “hermenéutica de la discontinuidad… con frecuencia ha contado con la simpatía de los medios de comunicación… Afirma que los textos del Concilio como tales no serían la verdadera expresión del espíritu del Concilio. Sería preciso seguir, no los textos del Concilio, sino su espíritu. De ese modo… se deja espacio a cualquier arbitrariedad” (Benedicto XVI, 22 de diciembre de 2005).

El progresismo católico ha tenido muchas variantes, pero dentro de él se puede distinguir dos corrientes principales, relacionadas entre sí: una corriente liberal que busca conformar el cristianismo al mundo moderno y una corriente marxista que buscó convertir a la Iglesia en un instrumento político al servicio de la revolución socialista. Esta segunda corriente se manifestó en América Latina por medio de la “Teología de la Liberación”, que adoptó el análisis marxista de la realidad y preconizó la lucha de clases. La Teología de la Liberación sufrió dos golpes sucesivos que la dejaron muy maltrecha, aunque no ha desaparecido: 1) la instrucción Libertatis Nuntius (de 1984), firmada por el Cardenal Joseph Ratzinger y aprobada por el Papa San Juan Pablo II, que condenó las desviaciones doctrinales de dicha teología; 2) la caída del Muro de Berlín (en 1989) y la disolución de la Unión Soviética (en 1991), con la consiguiente caída de los regímenes comunistas de Europa Oriental y la URSS.

El progresismo católico liberal predomina en la mayoría de los países desarrollados. Su lucha contra el catolicismo ortodoxo tuvo un momento estelar en 1968, cuando los progresistas rechazaron duramente la encíclica Humanae Vitae del Papa San Pablo VI, que mantuvo la tradicional condena católica de la anticoncepción. Como luego se evidenció, el objetivo de los progresistas era más amplio, puesto que terminaron rechazando prácticamente toda la moral sexual católica, y apoyando la secularización en la Iglesia y en el mundo.

La posición teórica progresista trajo consigo consecuencias prácticas en todos los ámbitos, y particularmente en la moral. La ‘revolución sexual’ también se produjo, a su modo, en el mundo católico, incluso en el clero. De ahí que los abusos sexuales de sacerdotes contra menores, poco frecuentes en el pasado, hayan cobrado una magnitud importante en los años ‘60 y ‘70 del siglo XX. Aunque, como dice el refrán, en todas partes se cuecen habas, es evidente que, ceteris paribus, es bastante más probable que cometa un abuso sexual un sacerdote progresista, que no acepta la moral sexual católica y no cree en el Infierno, que un sacerdote “conservador” (es decir, ortodoxo), que de verdad cree que cualquier crimen sexual ofende gravemente a Dios mismo y que quien muere en pecado mortal se condena eternamente. Contribuyó a la perpetuación de esos abusos otra característica de la corriente progresista: su desprecio o descuido del derecho canónico y su renuencia a aplicarlo de un modo estricto. También contribuyó el hecho de que, al menos en Norteamérica, muchos de los psicólogos o psiquiatras a los que la Jerarquía confió la atención de los victimarios eran a su vez liberales en materia moral.

Según la visión convencional, el progresismo católico habría alcanzado su máximo poder en los años ‘70, pero habría perdido mucho terreno durante los pontificados de Juan Pablo II (1978-2005) y Benedicto XVI (2005-2013). Empero, el hecho de que el progresismo haya resurgido con tanta fuerza desde 2013 cuestiona esa visión simplista.

El pontificado de Juan Pablo II (1978-2005) se caracterizó entre otras cosas por un fuerte intento de revitalización de la ortodoxia católica. En esa área alcanzó logros notables, que cristalizaron sobre todo en documentos de gran importancia doctrinal, como el Catecismo de la Iglesia Católica, las encíclicas Fides et Ratio, Evangelium Vitae y Veritatis Splendor, la declaración Dominus Iesus, etc. Juan Pablo II contribuyó mucho a evitar que la Iglesia Católica en América Latina cayera en manos de los filomarxistas. Además, sobre todo a partir de los años ‘90 del siglo XX, el mismo Papa encabezó una lucha sin cuartel contra el neomalthusianismo que pretendía imponerse globalmente, en particular desde los organismos de Naciones Unidas. Empero, ni siquiera un gran Papa puede renovar a la Iglesia por sí solo. Los logros de Juan Pablo II habrían sido mucho mayores si hubiera sido mejor secundado por los fieles. Sin embargo, sufrió una gran oposición interna de parte del sector progresista de la Iglesia, sobre todo dentro del clero. Algo similar le ocurrió a Benedicto XVI, durante cuyo pontificado esa oposición interna tuvo un alcance y una intensidad alarmantes.

Una biografía autorizada del Cardenal belga Godfried Danneels publicada en 2015, escrita por los académicos belgas Jürgen Mettepenningen y Karim Schelkens, y titulada simplemente Godfried Danneels: biographie, arrojó luz sobre esa oposición interna. Los autores revelaron que, de 1996 a 2006, un influyente grupo de Cardenales y Obispos progresistas, opositores a la línea seguida por Juan Pablo II, sostuvo reuniones anuales confidenciales en el monasterio de Sankt Gallen, en Suiza, para coordinar ideas y esfuerzos a fin de promover una reforma radical de signo liberal en la Iglesia Católica, que la adaptara al mundo moderno. El líder del Grupo de Sankt Gallen era el Cardenal italiano Carlo Maria Martini (fallecido en 2012), en ese entonces el principal representante del progresismo católico. En el acto de presentación del libro, el mismo Cardenal Danneels admitió su pertenencia al Grupo y dijo jocosamente que éste era una especie de “club de Mafia.”

La citada biografía de Danneels dice que los miembros del Grupo de Sankt Gallen diferían a veces, pero todos coincidían en un punto: su aversión por el Cardenal Ratzinger, principal colaborador de Juan Pablo II en materia doctrinal. Un objetivo central del Grupo era evitar que Ratzinger fuera elegido Papa cuando el pontificado de Juan Pablo II llegara a su fin. Los dos autores belgas escribieron que, en los días previos al Cónclave de 2005, varios Cardenales del Grupo enviaron desde Roma una postal a Ivo Fürer, Obispo de Sankt Gallen y miembro fundador del Grupo, con el mensaje: “Estamos aquí en el espíritu de Sankt Gallen”. No obstante, en 2005 Ratzinger accedió al trono pontificio, con el nombre de Benedicto XVI. Después de 2006 el Grupo no se reunió más.

El 20 de mayo de 2016, al presentar el libro El pontificado de Benedicto XVI del P. Roberto Regoli, el Arzobispo Georg Gänswein, secretario personal de Benedicto XVI, calificó ese libro como “brillante e iluminador,… bien documentado y completo” y subrayó un pasaje del mismo que narra “una lucha dramática” que tuvo lugar en el Cónclave de 2005 entre “el así llamado ‘Partido Sal de la Tierra’“ (nombrado así por un libro-entrevista del Card. Ratzinger) y sus adversarios: “el así llamado Grupo de St. Gallen”. “La elección fue ciertamente el resultado de una batalla”, continuó Gänswein, agregando que la clave del Cónclave fue la homilía del Card. Ratzinger sobre la “dictadura del relativismo”, en la Misa inmediatamente anterior al comienzo del Cónclave. Fuentes supuestamente bien informadas sostienen que el candidato apoyado por el Grupo de Sankt Gallen en 2005 fue el Cardenal argentino Jorge Mario Bergoglio, hoy Papa Francisco.

La biografía del Papa Francisco titulada El gran reformador, publicada en 2014 por Austen Ivereigh, periodista católico inglés muy favorable a la línea seguida por el Papa actual, afirmó que después de la renuncia de Benedicto XVI cuatro ex miembros del Grupo de Sankt Gallen (los Cardenales Kasper, Danneels, Lehmann y Murphy-O’Connor) se unieron con otros Cardenales para formar el Team Bergoglio, que -según Ivereigh- trabajó denodadamente para lograr que el Cardenal Bergoglio fuera elegido Papa en el Cónclave de 2013. Los Cardenales citados negaron su participación en una campaña para la elección de Bergoglio. Sin embargo, los dos biógrafos del Card. Danneels afirman: “La elección de Bergoglio se correspondió con los objetivos de St. Gallen, de eso no hay ninguna duda. Y el perfil de su programa era el que Danneels y sus colegas habían estado discutiendo durante diez años.”

Hay muchos signos inequívocos de que el poder eclesiástico está hoy en manos de quienes se opusieron de un modo solapado pero perseverante a Juan Pablo II y a Benedicto XVI.

Por ejemplo, es notorio que el Card. Kasper, el principal adversario teológico del Card. Ratzinger, es el teólogo predilecto del Papa Francisco. Destaco sobre todo el rol que Francisco concedió a Kasper en el Consistorio de 2014 como promotor de su proyecto para autorizar la comunión eucarística a los católicos divorciados y vueltos a casar.

En cuanto al ya citado Card. Danneels, ha sostenido posturas favorables a la legalización del aborto y del matrimonio homosexual y fue grabado mientras intentaba disuadir a una víctima de abuso sexual (un joven varón) de denunciar a su abusador (otro Obispo belga, tío del joven). Nada de esto impidió al Card. Danneels aparecer en el más célebre balcón del Vaticano el 13 de marzo de 2013 al lado del recién elegido Papa Francisco, quien más adelante lo nombró como miembro de los dos Sínodos de la Familia (de 2014 y 2015).

Dichos Sínodos fueron seguidos por la exhortación apostólica Amoris Laetitia, de la que lo menos que puede decirse es que no es fácil ver su compatibilidad con el Magisterio pontificio anterior, y en particular con la encíclica Veritatis Splendor y la exhortación apostólica Familiaris Consortio, ambos documentos de San Juan Pablo II. En un artículo anterior ofrecí algunas reflexiones sobre la Amoris Laetitia.

Por otra parte, en su encíclica Laudato Si’, el Papa Francisco, por primera vez en la historia del Magisterio pontificio, se pronunció claramente a favor de la teoría científica del calentamiento global antropogénico catastrófico, arriesgándose a provocar un nuevo “caso Galileo” y a apoyar indirectamente la estrategia del imperialismo demográfico neomalthusiano. Acerca de ese tema, he ofrecido estas reflexiones.

Hay muchos otros motivos de preocupación en la actual situación de la Iglesia. Para no extenderme más, recomiendo la lectura de estos dos artículos de Bonifacio de Córdoba en El Observador: El Evangelio según Scalfari y La actual crisis de la Iglesia Católica.

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